Mi secreto

Mi secreto

Tumbado sobre la nieve, que estaba dura y algo húmeda porque ayer había hecho calor y hoy apenas empezaba a helar otra vez, hasta me parecía agradable. Por dentro ardía. La sangre me daba martillazos en las sienes, el pecho dolía, la cara me quemaba y la boca parecía forrada de papel de lija.

Con la mano cogí un poco de nieve y, casi como un abuelo reumático, abrí apenas la boca y me la metí dentro. Noté el frescor en la lengua, pero enseguida lo fastidió ese sabor metálico. Las encías sangraban y no paraba de tragar sangre, costándome hasta el aliento. No tenía fuerzas ni para girarme y escupir.

La nieve calmaba un poco el dolor, y en ese momento le hubiese hecho una estatua al frío: anestesia gratis, gracias a Dios. Pero tampoco hacía milagros; el dolor simplemente parecía retirarse un poco, igual que el sol que caía a lo lejos, ese disco rojo que me obligaba a entornar los ojos por la luz insoportable del atardecer.

Me los apreté, intentando no mirar. Ahora sólo veía una cosa amarillenta, borrosa.

Me gustaría arrastrarme, esconderme en algún recoveco, en una cuneta de la dehesa, meterme en un rincón, acurrucarme, temblar y quejumbroso como un perro apaleado, pero ni fuerzas me quedaban para eso. Las piernas, dos troncos inertes sobre la nieve, a veces se sacudían con un espasmo

Intenté girar, empujarme con la mano derecha, pero se me aflojó, con un pinchazo que viene desde el hombro.

Bah A ver si así mascullé entre dientes, con esa voz ronca de quien lleva toda la noche de fiesta. Me dio miedo hasta mi propio sonido.

Por el lado izquierdo, al menos, no parecía yo tan estropeado. Pronto logré estirarme un poco y sentarme, aunque la mano se hundió en un montón de nieve y otra vez me encontré medio tumbado.

Morirse. Eso tenía que hacer, así, sin más: morirme ahora mismo y acabar con esto ya. Lo que pase después, oye, que sea lo que Dios quiera. Está claro que he metido la pata y hasta el fondo. Aquí y ahora, ya no hay vuelta atrás.

Por la mañana me buscarán. Lo prometieron. Aunque igual llegan antes los lobos. Ellos también tienen que alimentarse, ¿no? Al menos a ellos les haré un buen favor: sólo quedarán mis huesos para mis enemigos. Que les den.

La noche cayó rápido. El sueño me vencía. Me sumía en la negrura y flotaba ahí, igual que una sardina en aceite. Hasta ahí todo bien. Luego volvía a la tortura: chispazos rojos, calambres, dolor en los músculos, ganas de rechinar los dientes. De ahí nacía una rabia, furiosa pero hueca, que me hacía apretar los puños. La venganza se me revolvía en el pecho, pero yo, por mucho que pudiera, a las mujeres no las tocaría jamás. Así que nada, ni venganza ni nada.

La rabia al menos mantenía la mente girando, aunque fuera a trompicones.

Y también venía el miedo desde lo más hondo. Un miedo de esos básicos, de los que tienen los conejos antes de la montería. Ese tampoco dejaba que me desmayara.

Entre el matorral de la izquierda, escuché el aullido de los lobos. Fruncí el ceño. «¡Que no! ¡A mí no me come ninguno de vosotros tan fácil! Bien sean de dos o de cuatro patas, ninguno os vais a quedar con mis huesos»

Había que moverse. ¿A dónde? Da igual. ¿Cómo? Molesto, pero necesario. Aunque fuera arrastrándose, pero fuera de aquí, de este punto de derrota total.

Mamá Me daba pena. Ella estaría preocupada, esperando. No sabe donde estoy, ni cómo acabará todo esto o quizá le dirán. Seguro que lo hará. Mi padre me maldecirá. Bien merecido.

Eso me removió el estómago y me picaron los ojos, pero las lágrimas se congelaron en las mejillas antes de caer sobre la chaqueta rota

Empecé a arrastrarme. De forma torpe, apoyando la mano sana bajo el cuerpo, arrastrando las piernas como un trapo mojado, dejando marcas rojas pero avanzando, alejándome del terrible aullido.

Luego caí en la nada. Qué delicia. Ni dolor, ni pensamientos. Reinicio total. Si esto es el infierno, me quedo. Demonios, soy vuestro. Pecador, sí, pero ya no tengo cuerpo. No me hace falta, os lo podéis quedar.

Pero ni en el infierno me aguantaron. Un fogonazo amarillo me deslumbró y agua helada me llenó la boca.

¿Qué? ¿No toses? Tienes que toser, traga agua y para afuera todo alguien me daba tortas en la cara. Dolía en las encías.

Uuuu me quejé, escupiendo sangre teñida sobre la nieve.

¿Ves? ¡Vas a sobrevivir! Anda, que te llevo a casa. Mi cabaña está cerca. Tú échate aquí en el zamarro, te arrastro yo. Venga Un par de brazos me levantaron con brusquedad y me depositaron en un pellejo caliente y maloliente a oveja. Menuda paliza te han dado. Yo escuchaba ruidos, motores. Como siempre, cochecitos en el campo. Ya podrían irse a otro sitio Gente tonta Gente refunfuñaba mi salvador. Nada, en un rato te curo y vemos qué hacemos.

Balbuceé algo sobre los lobos, enemigos que volverían, pero enseguida todo se volvió cálido, agradable. Perdí el mundo de vista.

¡Qué tierno eres! decía riéndose Clara, regalándome besos en los hombros. ¿Eres un ternerito, sí? me agarraba la cara, se acercaba y sentía su respiración caliente. De repente me empujaba, se levantaba, buscaba la bata y se la ajustaba corriendo. Venga, vete. Que ya toca.

Clara me estiraba desperezándome en las sábanas crujientes de apresto. Tengo sueño, aún es pronto. ¡Mira la hora! Siempre me echas antes de tiempo

Ahora me quedaba a dormir en casa de Clara casi cada noche. Me preparaba la cena, me mandaba a duchar y luego me hacía la cama. Siempre bien puesta, con todo limpio y planchado, luces apagadas y yo llegaba al paraíso. Yo, casi recién salido de la mili, muerto de hambre y de ganas, pasaba de la ducha a sus brazos. Clara era guapa, dulce, mejor que cualquier chica del barrio.

Me gustaba mirar cómo se ponía las medias, espiarla en el espejo mientras se cambiaba detrás del biombo. Alicia en el país del deseo.

Te he dicho que te vayas decía en un susurro. Súbeme la cremallera y márchate, Dani, va, que te vas a meter en un lío. Vuelve mañana, anda Mañana.

Nos besábamos otro minuto y luego ella me lanzaba la ropa y se iba.

Oía cómo ponía la cafetera en la cocina, el olor a ese café casi quemado llenaba la casa. Su marido, Don Andrés, es de los que toman café negro, fortísimo, con un punto de pimienta. Según él, es celestial. Clara le observa sentada, incómoda en un taburete, sonriendo y asintiendo, con las piernas recogidas, como si tuviera que andar con cuidado para no llamarlo por mi nombre en vez del suyo

Yo me demoraba un poco, luego entraba al baño, me duchaba largamente. Luego, camisa, pantalón, apoyado en el marco de la puerta de la cocina. Clara, de espaldas, con la luz del sol haciéndole traslúcido el camisón, marcándole las curvas de guitarra.

Clara era quince años mayor que yo, pero lejos de intimidarme, me hacía sentirme especial, elegido entre todos los chavales que le rondaban.

Clara Tenía experiencia, paciencia para mis tonterías y un modo de reír y besar que me hacían perder la cabeza. Me dejaba dormir en su piso elegante, con techos altos, lámparas de cristal, parqué reluciente y vajilla digna de la reina. Me curaba el hambre, me dejaba verla comer compulsivamente las patatas fritas de la sartén o aplastar una croqueta con el tenedor Le encantaba beberse un chupito conmigo, y luego me enseñaba el cuello blanco con la cabeza echada hacia atrás, riendo y consintiendo mis besos.

Ella prefería que nadie supiera nada, pero yo insistí.

La vi una vez en el metro, me colé entre la multitud para acercarme. Iba borracho, desbocado. Traía conmigo a Santi, que después se perdió. La acosé, me empeñé en acompañarla, pero sólo conseguí que ella se pusiera colorada y evitara mirarme.

Al final, la escolté hasta su portal. Ella me despachó seco. Amagué irme, me escondí en un soportal y me quedé mirando hasta que vi en qué ventana se encendía la luz.

Primer piso. Justo los ventanales que daban a la callejón. Incluso la espiaba entre las cortinas. Se desvestía allá dentro y yo me sentía el rey del mundo, hasta que el portero me echó a escobazos.

Volvía allí cada noche. Me obsesioné. En casa decía que salía a caminar, pero en realidad hacía guardia bajo sus ventanas.

Conocí a Andrés, el esposo, tipo flaco y huesudo, en camiseta y pantalones deformados. En la cocina le veía cenar leyendo el periódico con parsimonia, mientras Clara sacaba el té y galletas. Alguna vez se volvió bruscamente hacia la ventana y atronó las cortinas, mezclándose sus siluetas tras el visillo. «¿Cómo puede mi Clara besarse con ese zoquete?», me quejaba yo.

Terminó mi paciencia y cierto día me colé por una ventana al dormitorio. El marido estaba de viaje, yo mismo le vi marcharse con las maletas, así que nada podía pasarme. Aventura total.

Cuando aparecer allí, Clara palideció, se le iba a escapar un grito, pero le tapé la boca y luego la besé.

Olía de maravilla. Su pelo, los labios, ese vestido veraniego todo con su propio aroma.

Mi madre nunca había tenido colonia. Olía a detergente barato y a tabaco. Fumaba cigarrillos fuertes, un cigarro tras otro, y tenía los dientes amarillos. No se reía nunca con la boca abierta. En cambio, los de Clara eran perfectos, blancos de anuncio. Mi madre vestía poco elegante; nunca antes me había fijado, ahora me daba hasta vergüenza. Debería regalarle algo bonito pero siempre me daba pena malgastar en ella el dinero que prefería gastar en flores para Clara. Su marido, el Don Andrés, nunca le traía flores. Era un don nadie. El piso era precioso, sí, muebles nobles, cuadros de verdad, no recortes como en mi casa. La loza era de reina y tenía joyas para una duquesa, aunque ella me explicó que eran herencias familiares. Así que don Andrés sólo disfrutaba del patrimonio de su mujer. Vaya pájaro.

Yo no era así. Lo que quería era a Clara tal cual, sin adornos. Claro, se agradecían la buena cena y las sábanas limpias, pero me habría conformado con un pajar en la sierra, con ella a mi lado.

En fin, Clara olía como un perfume caro, a Francia o a Italia, ni idea de marcas, pero yo lo embriagaba.

Siempre me quedaba embobado mirándola. ¡Sí! Mi mujer, así la sentía: Mi mujer. La había conquistado, era mía.

Clara hacía todo bonito: comer, vestirse, fumar. Era melodiosa, todo en ella era armonía, suave, como el sonido de esa guitarra de su cintura. ¡Una diosa! Mi diosa.

Aquella primera noche la recordaré siempre. Era especialmente dulce y sincera, nada de fingimientos. Se derretía en mis manos y yo sentía que podía con el mundo. Por la mañana, supe que me quería. Con su marido sólo hacía el papel, aguantaba, cumplía, pero conmigo con conmigo, vivía y reía, le hervía la sangre.

Por desgracia, a veces tocaba irse temprano.

Levanta, cariño, es hora me besaba después de nuestra tercera noche . Él viene de viaje, va a quedarse unos días. No vengas hasta la semana que viene.

¿Y si le digo unas palabras? bromeé, con valentía. Quiero que seas sólo mía, Clara. ¡Quiero ser tu marido!

Se echó a reír, echando hacia atrás la cabeza y desparramando sus rizos castaños sobre los hombros. La agarré y la llené de besos.

¡Mía! ¡Sólo mía! ¿De verdad crees que no puedo con tu Andrés? ¡Ese lo tumbo de un soplido! le susurré.

Yo no quiero cambiar nada, amor respondió ella, soltándose. Prefiero ser tu secreto, y tú el mío. Hay cosas, Dani, en las que mejor no meterse. Anda, vete, tengo que limpiar.

Me enfadé. No quería ser sólo su secreto. ¿Por qué no?

Pero ya con la puerta entornada, me abrazó de nuevo y me besó. Aunque fuera solo por la noche, era mía. Pensaría en mí al dormir, me recordaría haciendo el desayuno a su marido Yo ganaba. Él, Andrés, el cornudo.

Al irse Dani, Clara se puso a limpiar nerviosa, como poseída. Andrés había llamado de madrugada para avisar que volvía antes. Siempre tan diplomático, cuidando no pillarla en renuncio. Clara estaba roja, ventiló el piso para que no se colara otro olor. Pero él lo notó.

Huele raro, Clara soltó, tirando la maleta.

¿A qué? ella encogió los hombros, ajustándose el batín aún más.

Huele a porquería. ¿Has pecado con alguno aquí en mi ausencia? la miró de abajo arriba, quitándose los zapatos, y de pronto se irguió. A ella le faltaba el aire, pero sonreía.

¡Qué tontería! Estaba asando pollo y salió malo, imagínate. Anda, lávate, pongo la mesa. Hay café, albóndigas ¿Te lo caliento? Déjame pasar, tontorrón. Te quiero Qué ganas tenía de verte.

Andrés la agarró del pelo, la acercó y la miró a los ojos largamente antes de soltarla y, por fin, sonreír.

Te he traído un regalo. Póntelos le dio unos pendientes envueltos en un pañuelo: de oro viejo, con piedra roja, pesados, con cierre inglés.

¿Y esas manchas, Andrés? ella inspeccionó, nerviosa.

¡Bah! Tonterías. Ponte y a desayunar, Clara, venga.

Ella, sumisa, se quitó los aros antiguos de la madre y se puso los nuevos. A él le encantaba vestirla, como a una muñeca. Ropa cara, zapatos de diseño, joyas que debía lucir incluso en la cama, aunque la marcaran. Andrés consideraba que eso era divertido.

Estaré en casa cinco días, luego otra vez fuera. Me va bien. ¿Dónde está el pollo, Clara? bufó de repente.

¿Qué pollo? La mano de Clara tembló, tiró café en el mantel. Andrés odiaba la suciedad, le traían malos recuerdos de su infancia con una madre alcohólica, en una casa miserable donde comía sobras y soñaba con tener todo, lo más limpio y lujoso. A Clara la cazó aprovechando que su familia estaba a punto de perderlo todo; el padre a punto de ir a la cárcel, y Andrés, con sus artimañas, se metió en casa y terminó por casarse con ella. La boda fue forzada: había que sonreír.

Clara ahora sonreía mientras tapaba la mancha del mantel.

El pollo ya lo he tirado, estaba malo. No querría tenerlo aquí.

Andrés sonrió. Mejor así. Vieja zorra, todo lo entiende.

En cuanto Andrés se marchó, Clara me llamó corriendo. Yo estaba en la fábrica, trabajando en las cámaras frigoríficas. Clara era adicta al helado, especialmente al de nata. Siempre le llevaba uno, le daba cucharadas, le besaba los restos.

Pedí permiso para salir, fui a verla. Madre mía, cómo echaba de menos su fuego y sus abrazos, tan ardientes y crueles a veces. Era mía otra vez.

Llevaba tres días sin aparecer en casa. Ni había llamado a mis padres. Me daba igual; era joven y lo necesitaba.

Me enteré de que mi madre estaba en el hospital porque me topé con mi padre a la salida de la fábrica. Parecía un espectro, con la boina vieja entre las manos.

Te han llevado a tu madre. El estómago, otra vez. ¿Vas a verla? musitó, arrugando media vida en las manos.

¿Dónde? le solté, fastidiado porque me estropeaba mi racha con Clara.

Me dio la dirección. Prometí pasarme y me despedí. Vi que los ojos se le bañaban, pero me importó un pimiento. Mamá vivía en el hospital, nada nuevo.

Clara casi me obligó a visitarla; me llenó una bolsa de comida para llevar. Tan buena mi Clara, tan maternal

Mi madre estaba tirada en un pasillo, en una camilla, ni sitio en la sala. Le daban arcadas cada poco y la auxiliar le gritaba que me la llevase a casa.

¿Y adónde? ¡Necesita tratamiento! grité yo. ¡Y baja el tono cuando hables de mi madre!

La pobre me agarraba, rogando calma, pero yo no podía. ¿Y esa era una clínica? ¿Por qué tenía que perder yo mi tiempo en estas historias? Yo tenía mi vida y eso era lo normal.

Mamá comía despacio la sopa que me preparó Clara. Yo contaba los minutos, aguantando los empujones de médicos que iban y venían, mientras sólo pensaba en Clara y en las semanas que me quedaban con ella antes del regreso de Andrés

¿Podrás comer sola? me levanté, le puse la bolsa a los pies.

¿Tienes prisa, hijo? Vale, sí, ya como yo, vete tranquilo sonrió, acariciándome.

Asentí y salí pitando. No sabía que mamá no podría comer esa comida, ni que se la llevarían a la basura. Me daba igual. Yo sólo pensaba en Clara.

Volví a nuestro nido y vi a Clara sentada en el suelo, llorando.

¿Qué pasa? me quedé pasmado. ¿Qué ha ocurrido?

Señalaba, temblando, unas joyas en la alfombra.

Andrés me trajo estos pendientes. Los sacó la última vez. Quise limpiarlos porque están negros. Y vi es que Max, ¡llévatelos de aquí! ¡No pueden estar en mi casa! ¡Me dan miedo!

Los envolvió en un trapo y me los puso en la mano.

Tíralos a la calle, Dani, tíralos. Estoy aterrada.

¡Venga, mujer! Se limpian, ¿no? Y el Andrés te preguntará por ellos ¡¿Qué tienen?! ¡Mecachis!

Lo entendí. Andrés no tenía escrúpulos con el origen de lo que traía a casa. A saber de dónde salían las manchas negras, como la sangre seca de una herida mortal.

Tragué saliva. Me dio asco, sentí como si me hubieran metido la cabeza en el estiércol.

Clara, ¿no deberíamos avisar a la policía? Esto es

Pero sabía que decía bobadas: Clara jamás entregaría a su marido.

Hice caso y tiré el bulto tras el muro de la imprenta que estaba al lado. Ni vi al tipo flaco y encorvado entre los arbustos, pero debería haberlo hecho. Llevaba observándonos mucho tiempo, más de lo que imaginaba.

Andrés y dos gorilas aparecieron de noche. Apenas dormíamos, medio borrachos, sin oír la cerradura ni los pasos en el parqué.

Me despertó el primer golpe. En la oscuridad alguien me machacaba a puñetazos, Clara gritaba y luego el silencio.

Intenté defenderme, la cabeza me mataba, la boca supersalada a sangre, pero fallaba los golpes. Había bebido demasiado.

De pronto, la luz se encendió. Andrés estaba sentado mirándome. Clara, a su lado, con los ojos cerrados.

Disculpa la molestia dijo suave el marido, vengo a recoger unas cosas. Clara, dame un beso, que ya estoy en casa.

Le agarró la mano, la dobló y se la echó al rostro.

Andrés, escucha, él Clara me señalaba.

No insistas Andrés giró la cabeza, y entonces me dieron otra paliza. Ya no podía ni protestar. Ya gasté todas mis fuerzas de hombre feliz unas horas antes.

Clara, cariño, hazme un favor y recógeme tus bisuterías. Las necesito, cielo mío.

Andrés se acercó a mí. Apenas veía, los ojos hinchados, costaba hasta respirar. Ribetes seguramente rotas.

Y tú, bichito, al suelo y a arrastrarse dijo.

Andrés Clara rebuscaba en el mueble. No le hagas nada. Me diste tu permiso No es culpa suya tapándose con el batín. Nos lo dijimos No lo mates

Se fue a por la fruta prohibida. No me gusta. Su madre muere en el hospital y él dándose la buena vida en tus sábanas. Las nuestras me sacudió una patada en las costillas. Hay que querer a una madre. Yo odiaba a la mía, pero siempre cumplí. A este chaval se la suda.

¿Y tú cómo? tosí, con lágrimas.

Todo el barrio es mío, Dani. ¿Sorprendido? Clara no te dijo con quién te metías. Me das igual Como los otros a los que saboteó. Pero este, tú, me caes mal.

Levanté la mirada hacia Clara. Todo se mezclaba: mi madre en aquella sala fría, mi padre esperando inútilmente, el olor a sopa, las noches con Clara, sus caricias, su risa. Y después, los ojos pálidos de Andrés, acercándose para sonreírme con burla.

Mala idea dejar tirada a tu madre. Ahora ya no la volverás a ver susurró. Sentí pánico. Soy una basura y pronto muerto.

¿Y yo qué le digo? soltó Clara, llenando un bolso con las joyas. Él vino solo, es mayorcito Toma, cielo, aquí tienes le entregó todo al marido.

Él comprobó el contenido y asintió.

Ahora ponte los pendientes que te traje estos días ordenó.

No pegan con este batín, Andrés, ¡anda! murmuró, rozándole cariñosa. Yo temblaba.

¡He dicho que te lo pongas! gritó, y disparó al suelo, casi me arranca un dedo.

Clara fingió buscar; removía cajones y ropa interior.

«¡Ella nos salvará, seguro!», pensaba yo, tonto.

No están Aquí los guardé, y no están, ¡Dios! me dio una patada. ¡Ladrón! ¿Cómo pudiste? chilló, casi sin aire. Yo hasta hice un caldo para tu madre indigente, y tú me robas. Andrés, saca de casa a este ser repugnante. Dios y tampoco están mis relojes antiguos No, Dani, apestas.

Los relojes se los había dado Clara al ginecólogo que le practicó un aborto. Pudo haber tenido un hijo mío, pero ella no quiso. Andrés quería un hijo, pero no podía tenerlo. No la hubiera dejado abortar, ni sabiendo que no era suyo. Pero usó los relojes, pagó con ellos y luego me lo echó a mí.

Andrés ordenó que me levantaran y me arrastraran. Apenas recuerdo nada. Solo la imagen de Clara, hermosa tras su esposo, mientras él me partía en mil piezas

Lo que no soporto es que me roben, Dani me dijo tirado en la nieve. Puedo entender lo tuyo con Clara, hasta perdonártelo Créeme, tengo Clarisas a manta. Pero que me quiten lo mío nunca.

Me tumbé sobre la nieve fría con mi corazón idiota ardiendo, y escuché el coche alejarse y el viento que arrojaba más nieve a la cara. Y ya, sólo quedaban el latido en las sienes y el pensamiento de que mi gran amor me había traicionado. Y mi corazón se enfrió. Sanado.

Lo que pasó después, imagínatelo.

… Estuve tirado en la cabaña del cazador varios días. Trajo a un curandero. Repararon mis costillas y piernas, menos mal que no las destrozaron del todo. Esos dos desconocidos me cuidaron. Les daba las gracias entre dientes; sólo se reían.

Nada, chaval. Sanarás, y correrás me decía el cazador.

Salí a la calle sobre mis pies pasadas tres semanas. El brillo del campo me dejó sin aire. Todo era luz, cegadora. El cazador me puso unas gafas oscuras.

Ahora lárgate ordenó. Y no vuelvas a coger lo que no es tuyo. La próxima, igual no tienes tanta suerte.

Mientras me abrochaba los zapatos, oí cómo charlaban pensando que no escuchaba. “¿Cuánto te soltó Andrés por salvar a ese?” Me quedé petrificado, con el zapato a medio poner.

¿Qué decís? susurré.

Bah, nada se encogieron de hombros. Andrés es buena persona, aunque un tacaño. Su mujer… esa sí que es víbora. Siempre mirando de venderle el oro a otros. Y cuando la pilla, te saca a ti como cebo a los lobos. No eres ni el primero ni el último aquí. En fin, los ricos que hagan lo que quieran. Ahora vete, Dani. Te toca me dieron una palmadita.

Llegué a la ciudad al anochecer. Fui directo al hospital. Por si llegaba a tiempo…

Aquí no figura nadie así. Lo siento me cerraron la ventanilla en las narices.

Por favor, señorita. Mire otra vez, le ruego golpeaba el cristal, resignado. Al final me marché a casa.

La puesta de sol otra vez, como en el campo. Me asusté.

Y la ventana de casa, encendida. Suspiré y subí como pude la escalera. Toqué, toqué. Me abrió mi madre y se me echó encima a abrazarme, más pequeña y delgada que nunca. Vi a mi padre. Me derrumbé a llorar.

Nos has tenido preocupados, hijo repetía mi madre, poniéndome una montaña de patatas fritas. Luego llamó Don Andrés, que dijiste que te habías metido en líos, pero que estabas bien, que no debía aparecer por el barrio hasta nuevo aviso, que si no te buscaba la policía

¿Don Andrés? solté el tenedor.

Sí, uno del Ministerio de Sanidad. Vino a verme al hospital, consiguió que me pusieran en una sala sola. Gracias a ti, hijo, si no, no salgo

Seguía hablando, llorando, acariciándome la cabeza rapada, y mi padre, callado, miraba. No soporté su mirada, me giré.

Años después, paseando con mi mujer, Lucía, recorríamos el Rastro buscando un árbol bonito para Navidad. Lucía adora los pinos frescos, su olor, las agujas en el suelo, la resina en el tronco.

Visitamos mil puestos sin encontrar el nuestro.

Mira, entremos ahí sugirió Lucía, señalando un recoveco cubierto de arpillera. La luz de las calles apenas iluminaba árboles flacuchos y ramas apiladas.

Entramos. Lucía empezó a tocar los brotes cuando desde la sombra alguien gruñó:

Se paga primero, luego se mira. ¡Manos quietas!

Salió a la luz una mujer con chaquetón viejo y bufanda, sin gota de maquillaje y feroz en los ojos.

La reconocí. Era Clara, mi primer amor. La mujer que marcó mis cicatrices. Lucía, a veces, preguntaba por ellas y yo inventaba historias. Le mentía, porque la amaba y quería protegerla. Lucía es real, de carne y hueso, mi roca, hecha para mí. No soportaba hacerle daño.

Clara me miró, escupió. Me reconoció.

Andrés la obligaba a vender árboles bajo la helada, mientras él se tomaba copas en cualquier bar elegante. No la pegaba ya, simplemente era más astuto. Ella lo había perdido todo. Ningún otro chico salió en su defensa; se le pasó la edad, la belleza. La caza de muchachos acabó.

Vámonos, Lucía la aparté suavemente. Estos árboles no valen. Te llevo al campo, cortamos uno juntos.

Lucía sonrió. Se fiaba de mí. Me quería de verdad. Y yo aún dudaba de merecerlo.

¿Y tengo acaso que darle las gracias a Don Andrés por mi felicidad, porque mandó no matarme entonces? Ese tipo, flacucho y encorvado, salió ganando. Me hizo, para siempre, su deudor. Bien merecido lo tengo.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

four × four =