Ya no hay esperanza
¡Que no me hacen falta sus euros! exclamó Carmen, arrojando enfadada los billetes arrugados al suelo.
De hecho son suyos respondió con calma la casera. Y yo no tengo la culpa de lo que ha pasado. Por favor, no arme un escándalo, va a despertar a los vecinos.
Carmen le lanzó una mirada de furia a la mujer que vigilaba la puerta, se dio la vuelta y bajó las escaleras.
Cuando salió del portal, todo empezó a tornarse borroso, sentía que las piernas le fallaban, y apenas consiguió llegar a un banco bajo la farola. Se sentó, ocultó la cara entre las manos y rompió a llorar. Lloraba en silencio, casi sin voz, reprochándose una y otra vez lo que había hecho:
Si hubiera sabido que todo terminaría así, nunca habría ido a esa boda.
*****
¡Carmenchu, que me caso! anunció al teléfono su mejor amiga Teresa. La boda es en un mes, y después, ¡el convite! ¿Vas a venir?
Felicidades, Teresa, de verdad, me alegro mucho por ti. Pero… Carmen suspiró justo antes de decir lo que llevaba días dándole vueltas.
¡Venga, suéltalo! empujó Teresa, ansiosa.
Te pido perdón, pero no creo que pueda ir. Me encantaría, de verdad, pero…
¿Cómo que no puedes venir? en la voz de Teresa brillaba una incredulidad pura. ¡Si hemos estado juntas desde primero de primaria, compartiendo penas y alegrías! ¿Ahora no vendrás a mi boda? ¿Lo dices en serio?
No pretendía molestarte. Es solo que la boda y el convite son más de un día
¡Claro! Son tres días, pero imagino que en el trabajo te dejarán, ¿no?
El problema no es el trabajo. Es mi gato. No tengo con quién dejarlo, y no puedo llevármelo, ya me entiendes Así que
Ni hablar, Carmen, ni lo pienses. Tienes que estar conmigo esos días tan importantes. Pide el favor a alguien para que lo cuide. O llévalo a una residencia de animales, seguro que encuentras solución. Si ves que no puedes, te ayudo yo misma.
No sé, Teresa
Tienes un mes, Carmenchu. Por favor, no me falles. Quiero que estés conmigo ese día.
Aquella noche Carmen se quedó dándole vueltas. Por un lado, no quería decepcionar a su mejor amiga, pero por otro veía imposible dejar solo a su gato, Trasto.
Ni harta de vino le dejaría abandonado en casa, ni aunque le pusiera comida y agua para un mes entero.
Trasto era el gato más sociable del mundo, y lo devastaría la soledad, aunque fuese solo un par de días.
Carmen meditó cada día, hasta que al fin asumió que tenía que ir a la boda. Y Trasto quedó en manos de una señora a la que, al menos, ella consideró responsable.
Doña Elvira González, cuyo anuncio Carmen había encontrado por internet, llevaba años al cuidado de gatos ajenos durante las vacaciones de sus dueños, prometiendo devolverlos sanos y salvos.
Sí, cualquiera puede escribir promesas. Por eso Carmen leyó con suma atención todos los comentarios de otros dueños. Eran razonables.
Más aún, algunas personas repetían experiencia con doña Elvira y estaban encantadas.
Además (y este fue el argumento definitivo), la mujer había trabajado en una clínica veterinaria. Así que, en caso de emergencia, podía cuidar de Trasto.
Sopesando pros y contras, Carmen lo decidió. La llamó y quedaron para conocerse.
La casa era amplia, de tres habitaciones; la más grande, toda para los gatos. A Carmen le pareció un paraíso para felinos, la casa y la casera, cálidas y amables.
Y encima, Trasto tendría compañía de otros gatos. Imposible aburrirse.
Trasto, sólo serán tres días, corazón. Ten paciencia, ¿vale?
El joven gato se enrosco entre sus piernas y la miró a los ojos, rogando brazos. Carmen lo entendió, pero tenía prisa.
No sufra, señorita sonrió doña Elvira con ternura. Se lo aseguro, Trasto estará bien.
Así lo espero Tenga, aquí tiene los euros Carmen le tendió dos billetes de cincuenta. Y si pasa algo, por favor, llámeme de inmediato.
Por supuesto.
*****
Tres días se pasaron volando.
Teresa rebosaba alegría por la presencia de Carmen en la boda y el convite. Carmen, por su parte, celebraba que su amiga emprendiera una nueva vida. El novio le pareció una buena persona, de fiar.
Pensaba en Trasto todos los días, y a diario llamaba a doña Elvira:
Buenas tardes, ¿cómo está Trasto? ¿Se porta bien? ¿No le causa molestias?
Hola, Carmen. Tranquila, está muy bien. Come con ganas y está perfectamente de ánimo. ¿Sigue viniendo a buscarlo dentro de tres días?
Sí ¿Por qué?
Nada, sólo lo confirmo. A veces la gente cambia de planes y avisa en el último minuto, y yo tengo que organizarme con otros dueños Pero no hay problema, solo preguntaba.
No, por mí no hay variación. Le echo de menos. Ni un día más podría dejarle. Estoy deseando abrazarlo.
Cuando, por fin, Carmen llegó a Madrid, fue directa a casa de doña Elvira, avisando antes por el móvil.
Sí la espero, suspiró la mujer, con una tristeza que a Carmen se le quedó rondando la cabeza durante todo el trayecto.
¿Por qué ese suspiro? ¿Por qué me pongo así? Si ha dicho que todo está bien
Pero el mal presentimiento crecía y crecía.
Su gato se ha escapado le soltó doña Elvira, seca.
¿Cómo? ¡¿Qué?!
Verá Los del piso de arriba comenzaron unas obras. El ruido asustó a los gatos. Quise pedirles un par de días de silencio, que no martillaran hasta devolver a los gatos. Pero en cuanto abrí la puerta, Trasto salió disparado al portal. No pude hacer nada.
¿Y por qué no me avisó inmediatamente? ¿Por qué mentía? gritó Carmen, desencajada.
Pensé que lo encontraría yo misma. A veces se escapan, es sólo que hay muchos, y una sola no puede con todos. Hasta ahora siempre los había recuperado. Pero a Trasto no lo he conseguido. He puesto anuncios en internet, pero nada de momento. Puede aparecer aún, no se desespere.
¿No me desespere? ¡Dios mío! Usted me prometió que estaría bien.
Si quiere, le devuelvo el dinero.
¡No quiero su dinero! rugió Carmen y arrojó los billetes al suelo.
Pero son suyos replicó doña Elvira, serena. Y no soy responsable de lo ocurrido. Por favor, no monte una escena o despertará a todo el edificio.
Carmen le dedicó una última mirada furiosa, giró en redondo y bajó las escaleras.
Fuera, las luces de la ciudad parecían cegadoras. Consiguió arrastrarse hasta un banco y no pudo más. No podía creerse lo sucedido. ¿Para qué fui a esa boda? ¿Por qué dejé a Trasto?
Volvió mentalmente al pasado, a aquel día lluvioso de diciembre cuando, al regresar de trabajar, un diminuto ovillo pelirrojo saltó de la sombra directamente a sus pies. Antes de reaccionar, el gatito trepó por sus vaqueros y se acurrucó en sus manos.
¡Vaya! rió Carmen. Y pensó qué hacer con aquel ser diminuto.
Lo llevó a casa. Ni se le ocurrió otra cosa.
Con Trasto celebró Nochevieja, compartió fines de semana dedicados enteramente al gato, y no a sí misma. Sin querer, terminó queriendo a aquel pelirrojo más que a nada.
Hija, lo que tienes que hacer es buscarte un buen chico, no ir recogiendo gatos anaranjados en la calle decía su madre entre bromas.
Mamá, los gatos llegan antes. El que venga después tendrá que aceptarlo.
Carmen compartió su nueva alegría en la oficina.
Chicas, creo que los gatos saben cuándo salir a tu encuentro: siempre esperan a que llueva, sople el viento o haga frío
¿Y luego? preguntaron a coro.
Después aparecen de la nada, pequeños y tristes, te miran a los ojos, como diciendo: Hace tanto frío fuera, ¿me llevas a casa?. Y tú no puedes negarte. Los tomas en brazos y ya no los sueltas.
¡Carmen, tienes que escribir libros! dijeron entre risas sus compañeras.
Quienes aún no tenían mascotas no podían entender semejante devoción. Pero todo llegaría, pensó Carmen. Todo llegaría.
Desde la aparición de Trasto, el piso de Carmen se llenó de pelo, sí, pero también de calor y amor.
Cada tarde, al volver del trabajo, el gato la esperaba tras la puerta.
¡Miau! gritaba Trasto al verla, frotando su frente peluda contra la pierna de Carmen.
Lo que más le gustaba era dormir en su regazo o, mucho mejor, enredarse entre sus brazos, ronroneando como una fábrica de tractores.
Ahora nadie la recibía. Nadie ronroneaba sobre sus rodillas. Trasto ya no estaba.
O eso creía Carmen. Ojalá estuviera en algún sitio. Pero no tenía ni la menor idea de dónde.
¡En fin! resopló levantándose del banco. No me voy a quedar cruzada de brazos. Tengo que encontrarle.
*****
¡¿Lo han encontrado?! gritó Carmen, descolgando temblorosa la llamada de uno de los voluntarios.
Quizá Me ha contactado una señora, dice que rescató un gato muy parecido a tu Trasto por la calle. Te envío la dirección ahora mismo por SMS.
¡Gracias, muchísimas gracias!
Carmen estaba inmensamente agradecida a todos quienes la ayudaban en la búsqueda. Sola se habría rendido. Ya era un mes y medio desde la desaparición de Trasto.
La tortura más larga de su vida: revisar chats, foros y redes horas tras jornada, observando las fotos de gatos perdidos. Trasto no aparecía nunca.
Lo peor era que en el móvil solo tenía fotos de cuando aún era un cachorro pelirrojo, de hacía medio año. Nunca pensó que necesitaría una foto actualizada.
Pero Trasto ya había crecido y cambiado mucho. Seguramente por eso no había manera de encontrarlo.
Carmen se bajó del taxi en pleno Madrid, buscó el portal, marcó el portero automático.
¿Quién? una voz femenina.
Carmen. Por el gato anaranjado, el que recogió usted. Me pasó el contacto un voluntario.
Suba, por favor.
Diez minutos después, Carmen salía del edificio, intentando encontrar un banco, pero no había ninguno. Lloró de pie, arrimada a la pared.
El gato era anaranjado, como Trasto, pero no era el suyo. Era simpático, sí, pero distinto.
Entonces me lo quedaré yo sonrió la señora, acariciando a su nuevo compañero. Y a ti te deseo suerte, seguro que encontraras a tu Trasto. Solo no pierdas la esperanza.
Por primera vez en su vida, Carmen miró con envidia a otra persona. Y se fue enseguida, no queriendo contagiar su tristeza.
A lo largo de los meses siguientes, varias veces recibió llamadas de personas que decían haber encontrado gatos similares. En todas, hacía el viaje de la esperanza que pronto se torcía en decepción.
Aquella fue la prueba más difícil de su vida. Correr ilusionada, cruzando la ciudad, con el corazón en la garganta, para descubrir, al traspasar el umbral del piso ajeno, que ese gato anaranjado no era Trasto.
Carmen, cariño, sé cómo te sientes le dijo su madre por teléfono. Pero tienes que seguir adelante. Puedes adoptar otro gato, hay mil pelirrojos en la ciudad. O ven al pueblo, que la gata de la vecina acaba de parir, y hay uno naranja muy bonito.
Gracias, mamá, pero no quiero otro
Pasado el medio año, y ya sin rastro de Trasto, Carmen comprendió que la esperanza se había esfumado.
Solo pedía a Dios que estuviera vivo. Tal vez con otra familia, o perdido por las calles entre otros gatos solitarios. Pero vivo.
*****
Carmen ya no sabía cómo seguir.
Se sentía culpable ante Trasto, y no se soportaba. Todo por esa boda. Si no hubiera ido, nada de esto habría pasado. Él estaría ahora ronroneando a su lado.
Pero ahora
no tenía idea de qué sería del gato. Y la incertidumbre dolía más que todo.
Los fines de semana, para no quedarse en casa donde todo le recordaba a Trasto Carmen deambulaba por el barrio. Callejeaba bajo los plátanos, rodeaba portales, se detenía frente a los contenedores.
Sabía que la esperanza era vana, pero seguía caminando, por si el destino tenía otros planes.
Sin saber muy bien cómo, acabó en las afueras, ante un refugio de animales. Igual mamá tiene razón, y debería adoptar otro, musitó para sí.
Luego ahuyentó la idea. ¿Y si un día reapareciera Trasto? ¿Qué pensaría? Que le traicioné.
Se disponía a marcharse cuando del refugio salió una voluntaria.
¿Busca usted compañero peludo? la abordó sonriente.
Carmen dio un respingo.
Si quiere conocer a nuestros animales, estaré encantada de mostrárselos. No hay ningún compromiso. Quizás alguno le llegue al alma
Carmen vaciló. No quería, pero no supo decir que no.
Ese es Simón. Y aquél, Príncipe. ¿Verdad que son bonitos? explicó la joven.
Sí, mucho.
Carmen no supo explicarlo, pero allí, rodeada de gatos y perros, por primera vez en meses notó paz. Le curaban el alma con la mirada, ojos cargados de esperanza. Hasta deseó no tener que irse nunca.
¿Y quién vive allá al fondo? preguntó Carmen señalando la jaula más apartada.
Ah, allí está nuestro anacoreta. No deja que nadie se le acerque, ni para comer, y aún menos para adoptarle. Vino en muy mal estado hace seis meses. Lo hemos cuidado, pero aún no hemos conseguido ganarnos su confianza.
Algo se le encogió en el pecho a Carmen.
¿Podría mirarle tan solo?
Claro, venga.
El gato anaranjado oyó los pasos y se giró, dándoles la espalda, mostrando con todos sus gestos que no quería ver a nadie.
Es nuestro ermitaño. Siempre rehúye la mirada.
Carmen ya no escuchaba. Lo observó fijamente, sabiendo, sin saber, que
¿Trasto? susurró, temiendo equivocarse. ¿Eres tú, Trasto?
El gato giró la cabeza despacio, clavando sus ojos sorprendidos en Carmen.
No puede ser
¡Trasto! esta vez gritó. ¡Ay, Dios, estás vivo! Ven, mi cielo, ¿me reconoces? ¿Soy yo, Trasto?
El gato la miró largo rato. ¿Mi dueña? dudó hasta que al fin lo entendió: esa voz, esos ojos, ese olor.
Pero no acudía. Dudaba.
¿Me dejó o vino a buscarme? ¿Qué dice mi instinto?
El instinto ronroneó, y Trasto corrió hacia ella. La voluntaria apenas abrió la jaula cuando ambos se abrazaron, leyesendo fuerza el uno al otro.
Todos los que estaban allí miraban: la chica, los perros, los gatos, hasta las nubes y el sol a través de la ventana. Todos miraban y sonreían, porque en esos instantes uno solo puede sonreír.
Carmen se marchó con Trasto en brazos, prometiendo ayudar al refugio siempre que pudiera.
Ellos cuidaron de su gato; lo menos era ayudarles.
*****
De vuelta a casa, Trasto ronroneaba como una máquina y maullaba entre saltos:
Lo pasé tan mal aquel día, el ruido, el susto, y tú no estabas, así que corrí a buscarte. No imaginé acabar bajo un coche. Qué suerte que viniste a por mí, ¿me dejarás otra vez?, le preguntaban sus ojos.
No, Trasto. Jamás te dejaré susurró Carmen. Y por primera vez en medio año, sonrió de verdad.






