Ya no queda esperanza

Ya no hay esperanza

¡Que no me hacen falta sus euros! exclamó Carmen, arrojando enfadada los billetes arrugados al suelo.

De hecho son suyos respondió con calma la casera. Y yo no tengo la culpa de lo que ha pasado. Por favor, no arme un escándalo, va a despertar a los vecinos.

Carmen le lanzó una mirada de furia a la mujer que vigilaba la puerta, se dio la vuelta y bajó las escaleras.

Cuando salió del portal, todo empezó a tornarse borroso, sentía que las piernas le fallaban, y apenas consiguió llegar a un banco bajo la farola. Se sentó, ocultó la cara entre las manos y rompió a llorar. Lloraba en silencio, casi sin voz, reprochándose una y otra vez lo que había hecho:

Si hubiera sabido que todo terminaría así, nunca habría ido a esa boda.

*****

¡Carmenchu, que me caso! anunció al teléfono su mejor amiga Teresa. La boda es en un mes, y después, ¡el convite! ¿Vas a venir?

Felicidades, Teresa, de verdad, me alegro mucho por ti. Pero… Carmen suspiró justo antes de decir lo que llevaba días dándole vueltas.

¡Venga, suéltalo! empujó Teresa, ansiosa.

Te pido perdón, pero no creo que pueda ir. Me encantaría, de verdad, pero…

¿Cómo que no puedes venir? en la voz de Teresa brillaba una incredulidad pura. ¡Si hemos estado juntas desde primero de primaria, compartiendo penas y alegrías! ¿Ahora no vendrás a mi boda? ¿Lo dices en serio?

No pretendía molestarte. Es solo que la boda y el convite son más de un día

¡Claro! Son tres días, pero imagino que en el trabajo te dejarán, ¿no?

El problema no es el trabajo. Es mi gato. No tengo con quién dejarlo, y no puedo llevármelo, ya me entiendes Así que

Ni hablar, Carmen, ni lo pienses. Tienes que estar conmigo esos días tan importantes. Pide el favor a alguien para que lo cuide. O llévalo a una residencia de animales, seguro que encuentras solución. Si ves que no puedes, te ayudo yo misma.

No sé, Teresa

Tienes un mes, Carmenchu. Por favor, no me falles. Quiero que estés conmigo ese día.

Aquella noche Carmen se quedó dándole vueltas. Por un lado, no quería decepcionar a su mejor amiga, pero por otro veía imposible dejar solo a su gato, Trasto.

Ni harta de vino le dejaría abandonado en casa, ni aunque le pusiera comida y agua para un mes entero.

Trasto era el gato más sociable del mundo, y lo devastaría la soledad, aunque fuese solo un par de días.

Carmen meditó cada día, hasta que al fin asumió que tenía que ir a la boda. Y Trasto quedó en manos de una señora a la que, al menos, ella consideró responsable.

Doña Elvira González, cuyo anuncio Carmen había encontrado por internet, llevaba años al cuidado de gatos ajenos durante las vacaciones de sus dueños, prometiendo devolverlos sanos y salvos.

Sí, cualquiera puede escribir promesas. Por eso Carmen leyó con suma atención todos los comentarios de otros dueños. Eran razonables.

Más aún, algunas personas repetían experiencia con doña Elvira y estaban encantadas.

Además (y este fue el argumento definitivo), la mujer había trabajado en una clínica veterinaria. Así que, en caso de emergencia, podía cuidar de Trasto.

Sopesando pros y contras, Carmen lo decidió. La llamó y quedaron para conocerse.

La casa era amplia, de tres habitaciones; la más grande, toda para los gatos. A Carmen le pareció un paraíso para felinos, la casa y la casera, cálidas y amables.

Y encima, Trasto tendría compañía de otros gatos. Imposible aburrirse.

Trasto, sólo serán tres días, corazón. Ten paciencia, ¿vale?

El joven gato se enrosco entre sus piernas y la miró a los ojos, rogando brazos. Carmen lo entendió, pero tenía prisa.

No sufra, señorita sonrió doña Elvira con ternura. Se lo aseguro, Trasto estará bien.

Así lo espero Tenga, aquí tiene los euros Carmen le tendió dos billetes de cincuenta. Y si pasa algo, por favor, llámeme de inmediato.

Por supuesto.

*****

Tres días se pasaron volando.

Teresa rebosaba alegría por la presencia de Carmen en la boda y el convite. Carmen, por su parte, celebraba que su amiga emprendiera una nueva vida. El novio le pareció una buena persona, de fiar.

Pensaba en Trasto todos los días, y a diario llamaba a doña Elvira:

Buenas tardes, ¿cómo está Trasto? ¿Se porta bien? ¿No le causa molestias?

Hola, Carmen. Tranquila, está muy bien. Come con ganas y está perfectamente de ánimo. ¿Sigue viniendo a buscarlo dentro de tres días?

Sí ¿Por qué?

Nada, sólo lo confirmo. A veces la gente cambia de planes y avisa en el último minuto, y yo tengo que organizarme con otros dueños Pero no hay problema, solo preguntaba.

No, por mí no hay variación. Le echo de menos. Ni un día más podría dejarle. Estoy deseando abrazarlo.

Cuando, por fin, Carmen llegó a Madrid, fue directa a casa de doña Elvira, avisando antes por el móvil.

Sí la espero, suspiró la mujer, con una tristeza que a Carmen se le quedó rondando la cabeza durante todo el trayecto.

¿Por qué ese suspiro? ¿Por qué me pongo así? Si ha dicho que todo está bien

Pero el mal presentimiento crecía y crecía.

Su gato se ha escapado le soltó doña Elvira, seca.

¿Cómo? ¡¿Qué?!

Verá Los del piso de arriba comenzaron unas obras. El ruido asustó a los gatos. Quise pedirles un par de días de silencio, que no martillaran hasta devolver a los gatos. Pero en cuanto abrí la puerta, Trasto salió disparado al portal. No pude hacer nada.

¿Y por qué no me avisó inmediatamente? ¿Por qué mentía? gritó Carmen, desencajada.

Pensé que lo encontraría yo misma. A veces se escapan, es sólo que hay muchos, y una sola no puede con todos. Hasta ahora siempre los había recuperado. Pero a Trasto no lo he conseguido. He puesto anuncios en internet, pero nada de momento. Puede aparecer aún, no se desespere.

¿No me desespere? ¡Dios mío! Usted me prometió que estaría bien.

Si quiere, le devuelvo el dinero.

¡No quiero su dinero! rugió Carmen y arrojó los billetes al suelo.

Pero son suyos replicó doña Elvira, serena. Y no soy responsable de lo ocurrido. Por favor, no monte una escena o despertará a todo el edificio.

Carmen le dedicó una última mirada furiosa, giró en redondo y bajó las escaleras.

Fuera, las luces de la ciudad parecían cegadoras. Consiguió arrastrarse hasta un banco y no pudo más. No podía creerse lo sucedido. ¿Para qué fui a esa boda? ¿Por qué dejé a Trasto?

Volvió mentalmente al pasado, a aquel día lluvioso de diciembre cuando, al regresar de trabajar, un diminuto ovillo pelirrojo saltó de la sombra directamente a sus pies. Antes de reaccionar, el gatito trepó por sus vaqueros y se acurrucó en sus manos.

¡Vaya! rió Carmen. Y pensó qué hacer con aquel ser diminuto.

Lo llevó a casa. Ni se le ocurrió otra cosa.

Con Trasto celebró Nochevieja, compartió fines de semana dedicados enteramente al gato, y no a sí misma. Sin querer, terminó queriendo a aquel pelirrojo más que a nada.

Hija, lo que tienes que hacer es buscarte un buen chico, no ir recogiendo gatos anaranjados en la calle decía su madre entre bromas.

Mamá, los gatos llegan antes. El que venga después tendrá que aceptarlo.

Carmen compartió su nueva alegría en la oficina.

Chicas, creo que los gatos saben cuándo salir a tu encuentro: siempre esperan a que llueva, sople el viento o haga frío

¿Y luego? preguntaron a coro.

Después aparecen de la nada, pequeños y tristes, te miran a los ojos, como diciendo: Hace tanto frío fuera, ¿me llevas a casa?. Y tú no puedes negarte. Los tomas en brazos y ya no los sueltas.

¡Carmen, tienes que escribir libros! dijeron entre risas sus compañeras.

Quienes aún no tenían mascotas no podían entender semejante devoción. Pero todo llegaría, pensó Carmen. Todo llegaría.

Desde la aparición de Trasto, el piso de Carmen se llenó de pelo, sí, pero también de calor y amor.

Cada tarde, al volver del trabajo, el gato la esperaba tras la puerta.

¡Miau! gritaba Trasto al verla, frotando su frente peluda contra la pierna de Carmen.

Lo que más le gustaba era dormir en su regazo o, mucho mejor, enredarse entre sus brazos, ronroneando como una fábrica de tractores.

Ahora nadie la recibía. Nadie ronroneaba sobre sus rodillas. Trasto ya no estaba.

O eso creía Carmen. Ojalá estuviera en algún sitio. Pero no tenía ni la menor idea de dónde.

¡En fin! resopló levantándose del banco. No me voy a quedar cruzada de brazos. Tengo que encontrarle.

*****

¡¿Lo han encontrado?! gritó Carmen, descolgando temblorosa la llamada de uno de los voluntarios.

Quizá Me ha contactado una señora, dice que rescató un gato muy parecido a tu Trasto por la calle. Te envío la dirección ahora mismo por SMS.

¡Gracias, muchísimas gracias!

Carmen estaba inmensamente agradecida a todos quienes la ayudaban en la búsqueda. Sola se habría rendido. Ya era un mes y medio desde la desaparición de Trasto.

La tortura más larga de su vida: revisar chats, foros y redes horas tras jornada, observando las fotos de gatos perdidos. Trasto no aparecía nunca.

Lo peor era que en el móvil solo tenía fotos de cuando aún era un cachorro pelirrojo, de hacía medio año. Nunca pensó que necesitaría una foto actualizada.

Pero Trasto ya había crecido y cambiado mucho. Seguramente por eso no había manera de encontrarlo.

Carmen se bajó del taxi en pleno Madrid, buscó el portal, marcó el portero automático.

¿Quién? una voz femenina.

Carmen. Por el gato anaranjado, el que recogió usted. Me pasó el contacto un voluntario.

Suba, por favor.

Diez minutos después, Carmen salía del edificio, intentando encontrar un banco, pero no había ninguno. Lloró de pie, arrimada a la pared.

El gato era anaranjado, como Trasto, pero no era el suyo. Era simpático, sí, pero distinto.

Entonces me lo quedaré yo sonrió la señora, acariciando a su nuevo compañero. Y a ti te deseo suerte, seguro que encontraras a tu Trasto. Solo no pierdas la esperanza.

Por primera vez en su vida, Carmen miró con envidia a otra persona. Y se fue enseguida, no queriendo contagiar su tristeza.

A lo largo de los meses siguientes, varias veces recibió llamadas de personas que decían haber encontrado gatos similares. En todas, hacía el viaje de la esperanza que pronto se torcía en decepción.

Aquella fue la prueba más difícil de su vida. Correr ilusionada, cruzando la ciudad, con el corazón en la garganta, para descubrir, al traspasar el umbral del piso ajeno, que ese gato anaranjado no era Trasto.

Carmen, cariño, sé cómo te sientes le dijo su madre por teléfono. Pero tienes que seguir adelante. Puedes adoptar otro gato, hay mil pelirrojos en la ciudad. O ven al pueblo, que la gata de la vecina acaba de parir, y hay uno naranja muy bonito.

Gracias, mamá, pero no quiero otro

Pasado el medio año, y ya sin rastro de Trasto, Carmen comprendió que la esperanza se había esfumado.

Solo pedía a Dios que estuviera vivo. Tal vez con otra familia, o perdido por las calles entre otros gatos solitarios. Pero vivo.

*****

Carmen ya no sabía cómo seguir.

Se sentía culpable ante Trasto, y no se soportaba. Todo por esa boda. Si no hubiera ido, nada de esto habría pasado. Él estaría ahora ronroneando a su lado.

Pero ahora

no tenía idea de qué sería del gato. Y la incertidumbre dolía más que todo.

Los fines de semana, para no quedarse en casa donde todo le recordaba a Trasto Carmen deambulaba por el barrio. Callejeaba bajo los plátanos, rodeaba portales, se detenía frente a los contenedores.

Sabía que la esperanza era vana, pero seguía caminando, por si el destino tenía otros planes.

Sin saber muy bien cómo, acabó en las afueras, ante un refugio de animales. Igual mamá tiene razón, y debería adoptar otro, musitó para sí.

Luego ahuyentó la idea. ¿Y si un día reapareciera Trasto? ¿Qué pensaría? Que le traicioné.

Se disponía a marcharse cuando del refugio salió una voluntaria.

¿Busca usted compañero peludo? la abordó sonriente.

Carmen dio un respingo.

Si quiere conocer a nuestros animales, estaré encantada de mostrárselos. No hay ningún compromiso. Quizás alguno le llegue al alma

Carmen vaciló. No quería, pero no supo decir que no.

Ese es Simón. Y aquél, Príncipe. ¿Verdad que son bonitos? explicó la joven.

Sí, mucho.

Carmen no supo explicarlo, pero allí, rodeada de gatos y perros, por primera vez en meses notó paz. Le curaban el alma con la mirada, ojos cargados de esperanza. Hasta deseó no tener que irse nunca.

¿Y quién vive allá al fondo? preguntó Carmen señalando la jaula más apartada.

Ah, allí está nuestro anacoreta. No deja que nadie se le acerque, ni para comer, y aún menos para adoptarle. Vino en muy mal estado hace seis meses. Lo hemos cuidado, pero aún no hemos conseguido ganarnos su confianza.

Algo se le encogió en el pecho a Carmen.

¿Podría mirarle tan solo?

Claro, venga.

El gato anaranjado oyó los pasos y se giró, dándoles la espalda, mostrando con todos sus gestos que no quería ver a nadie.

Es nuestro ermitaño. Siempre rehúye la mirada.

Carmen ya no escuchaba. Lo observó fijamente, sabiendo, sin saber, que

¿Trasto? susurró, temiendo equivocarse. ¿Eres tú, Trasto?

El gato giró la cabeza despacio, clavando sus ojos sorprendidos en Carmen.

No puede ser

¡Trasto! esta vez gritó. ¡Ay, Dios, estás vivo! Ven, mi cielo, ¿me reconoces? ¿Soy yo, Trasto?

El gato la miró largo rato. ¿Mi dueña? dudó hasta que al fin lo entendió: esa voz, esos ojos, ese olor.

Pero no acudía. Dudaba.

¿Me dejó o vino a buscarme? ¿Qué dice mi instinto?

El instinto ronroneó, y Trasto corrió hacia ella. La voluntaria apenas abrió la jaula cuando ambos se abrazaron, leyesendo fuerza el uno al otro.

Todos los que estaban allí miraban: la chica, los perros, los gatos, hasta las nubes y el sol a través de la ventana. Todos miraban y sonreían, porque en esos instantes uno solo puede sonreír.

Carmen se marchó con Trasto en brazos, prometiendo ayudar al refugio siempre que pudiera.

Ellos cuidaron de su gato; lo menos era ayudarles.

*****

De vuelta a casa, Trasto ronroneaba como una máquina y maullaba entre saltos:

Lo pasé tan mal aquel día, el ruido, el susto, y tú no estabas, así que corrí a buscarte. No imaginé acabar bajo un coche. Qué suerte que viniste a por mí, ¿me dejarás otra vez?, le preguntaban sus ojos.

No, Trasto. Jamás te dejaré susurró Carmen. Y por primera vez en medio año, sonrió de verdad.

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Ya no queda esperanza
Estaba convencida de que era una alfombra… pero dentro alguien gemía y se movía. El sol brillaba en un inesperado día cálido, así que Sima decidió aprovechar para airear sus “almohadas” y su “manta”. Como almohadas usaba bolsas de papel rellenas de serrín, y como manta, una vieja alfombra de pared con dibujo de ciervos. La tendió con esmero entre dos árboles con una cuerda, y cerca puso un banco de madera forrado en polipiel roja, colocando encima sus “almohadas” caseras. Serafima llevaba más de un año sin techo. Su sueño era ahorrar algo de dinero, recuperar sus papeles y volver a casa, a alguna ciudad del sur donde la esperaba el recuerdo de su familia y una vida normal. Mientras tanto, sobrevivía en una caseta de guarda forestal abandonada, que antes se hallaba en un espeso bosque. Ahora, en aquel lugar, sólo quedaba un inmenso vertedero. Al principio el olor era apenas perceptible, pero con el paso de los días las montañas de basura crecían por horas. Se arrojaba aquí de todo: escombros, muebles rotos, ropa, platos. Así fue como Sima consiguió una pequeña mesita, un puf raído y hasta una baúl de madera con ropa que otros habían tirado por inútil. Al poco tiempo, comenzaron a llegar furgonetas de supermercados —descargaban productos caducados. Tras rebuscar bien, a veces encontraba verduras, frutas y hasta alimentos precocinados todavía comestibles. Pero el agua escaseaba. Tenía que acarrearla desde un río sucio, filtrándola con trapos y carbón recogido entre los restos. Leña sí había —ramas secas por todas partes, así que mantener caliente la estufa no era problema. Los días transcurrían en una rutina gris y monótona, y reunir unas monedas era rarísimo. Un euro encontrado en el forro de un pantalón viejo era un auténtico tesoro; hallar una cartera, como encontrar el Gordo de la Lotería. Una noche, la despertó el ruido de un coche acercándose. Nada nuevo —casi todos venían de noche para tirar la basura sin ser reconocidos. Pero esta vez algo fue distinto. Era un coche caro, grande, casi un todoterreno de postín. A la luz de la luna, parecía una bestia sobre ruedas. Un hombre bajo despacio, sacó del maletero un enorme bulto enrollado y lo arrastró hasta el fondo del vertedero. “¿Será tela asfáltica?”, pensó Sima. “Igual me sirve para arreglar el techo… Pronto empezarán las lluvias.” Apresuraba mentalmente al extraño: “¡Venga, marcha ya!” Dejó el rollo en un hoyo, miró alrededor, dudó, terminó por marcharse de vuelta al coche. Al poco rato, el coche rugió y se perdió en la oscuridad. Sima suspiró aliviada y empezó a cambiarse para trabajar. Se calzó las enormes botas de goma y salió al patio. El cielo clareaba, el aire olía a bosque. Recordó un claro donde crecían setas —tendría que mirar luego. Al llegar al lugar, esperaba ver tela asfáltica o plástico grueso. Pero en el suelo había una alfombra enrollada, de esas que antes adornaban los salones adinerados. “Madre mía… Persa, casi seguro. Qué bonita y pesada. Para el tejado desde luego no vale…” Sima se animó: “Bueno, igual me la quedo. Doblada me haría de colchón mejor que las bolsas.” Contenta con la idea, corrió hacia el rollo. Lo intentó levantar—demasiado pesado. Tiró del borde para desenrollarlo. Entonces escuchó, desde dentro, un gemido. Sima, que ya lo había visto todo viviendo en la calle, sintió por primera vez verdadero miedo: se le doblaron las rodillas. Se acercó y preguntó: “¿Quién anda ahí?” Silencio. Otro gemido, después una voz de mujer apenas audible: “Soy yo… María Filippovna…” Tiró con esfuerzo del borde de la alfombra hasta liberar a la mujer. Ella cayó fuera, intentando volverse, gimiendo bajito. “¡Aguanta, te ayudo!” —exclamó Sima, corriendo a socorrerla. Al desenrollar por completo la alfombra, en el suelo quedó tendida una mujer menuda, delgada, bien vestida, con un golpe en la sien. Miró a su alrededor, aturdida: “¿Dónde me ha traído? ¿A un vertedero? Así…” Sima la ayudó sin palabras a levantarse y la acompañó despacio hasta la caseta. La sentó en una silla, fue a cambiarse, mientras la señora, que recién se daba cuenta de estar viva, sollozaba quedamente: “Así que he sobrevivido… ¡Quería enterrarme viva y ha destrozado hasta su adorada alfombra…!” Sima puso la tetera al fuego, sacó hierbas del armario, preparó un té caliente y fuerte y puso la taza delante de la invitada. “Soy Serafima Egórovna. Fui profesora de lengua y literatura rusa.” “¿Eres una chica?” —se sorprendió la mujer, mirando el corte de pelo y ropa masculina. “Sí. Las circunstancias… Vine a la capital, buscaba trabajo de institutriz. Pero en la estación me robaron todo: bolso, dinero, documentos…” “¿No fuiste a la policía?” —preguntó María Filippovna, severa. “Sí, pero me mandaron a arreglarlo todo al consulado. Y eso cuesta un dineral. Tasas, papeles… No tenía ni para empezar.” María la miraba con atención. Entre el dolor y las lágrimas asomaba algo parecido a la compasión. “¿No hay ninguna ayuda?” preguntó. “Yo no conozco servicios así,” suspiró Sima. “Ahora dime tú, ¿cómo acabaste en esa alfombra?” Al oír la pregunta, el cuerpo de María se estremeció y rompió de nuevo en llanto: “Así es la vida… Mira cómo hemos acabado…” Sima murmuró entre dientes: “Para qué preguntaría…” María se secó las lágrimas, se incorporó y lanzó a Sima una mirada entre distancia y enfado: “¿Por qué iba a ayudarte…? ¿Acaso sabes quién soy? Cuando salga de aquí voy a montar tal escándalo que no se le olvidará. Y tú, piensa en tu vida. ¿Se puede vivir así?” Sima bajó los ojos, sintiéndose culpable por su vida, sus harapos, por aquella caseta que de pronto parecía palacio comparada con el horror de la alfombra. La invitada se terminó el té, respiró hondo y, dirigiéndose al aire, sentenció: “No pasa nada. Yo llegaré…” Afuera despuntaba el alba. Los primeros rayos entraban, iluminando motas de polvo en el aire. “Serafima, ¿llevas mucho aquí? ¿Sabrás ir hasta la carretera?” “Claro,” asintió Sima. “Pues acompáñame, sin más,” ordenó la mujer. Salió a la intemperie y se encogió de frío—sólo llevaba un fino traje de lana. “Ponte una rebeca o un abrigo,” sugirió Sima, pero María arrugó la nariz: “No voy a helarme. Llévame a la carretera, nada más.” “La tienes aquí cerca,” contestó Sima mientras caminaban. “¿Pero irás bien con ese golpe?” “Por vivir… todo se aprende, chiquilla. Tú tira, no me frenes,” replicó la mayor, apoyándose en el brazo de Sima. Por el camino, María rezongaba: “Fíjate cómo han dejado todo esto. ¡Ni viveros ni repoblación! Usar y tirar—da asco ver…” No tardaron en llegar a la carretera. María se detuvo, la despidió con un leve gesto y soltó su mano: “Hasta aquí, Simita. Desde aquí sigo sola. Y tú… también intentaré ayudarte.” Sima se volvió despacio, pensando: “Qué señora más curiosa. Anda como una reina, voz severa… Igual era una jefa de algo. Aunque da igual. Si ayuda, le estaré agradecida siempre.” En la caseta, puso la estufa, preparó té, sacó un poco de harina para hacer tortas. Echó agua hirviendo sobre la masa, la saló, la estiró con una botella, y comenzó a freír en una bandeja vieja. “Irán bien de sabor,” pensó mientras se doraban. Justo cuando las tortas estaban listas, la puerta se abrió de golpe. En el umbral, María Filippovna, temblando de frío, pálida, apretándose el costado. “Sima, ayúdame…” Serafima corrió para sentarla en el banco. Ella se tumbó, acurrucada, gimiendo: “Me muero de hambre y de frío… ¡Y esos conductores! Ni uno se dignó parar, menos uno. Le rogué: ‘Llévame a Starodubnilovsky.’ Y va y me pregunta: ‘¿Y cómo va a pagar?’ ¡Abuela, por favor! ¿Quién soy yo para él—nadie?” María lloriqueó; Sima le ofreció media torta todavía caliente. “¿Eso es de comida caducada?” torció el gesto la mujer. “No, de lo tirado. A veces la harina tiene bichos—entonces la tamizo y echo agua hirviendo. Sale casi como casera. Y está buena.” “Desde luego… ¡Me dejas muerta!” María se calló, digiriendo tanta pobreza. “Esto no lo he visto ni en cien años…” “Casi noventa, ¿verdad?” se atrevió Sima. “Casi. ¿Y qué? No puedo llegar a la ciudad. Y en casa… casa ya no tengo. Sólo ese animal que me tiró como un saco.” “No vas a ir andando,” comentó Sima. “Es imposible.” Entonces vio, desde la ventana, el todoterreno conocido. Se detuvo a escudriñar el basurero. Sima lo entendió de golpe: era el mismo hombre que trajo a María. “Tía Masha, ¡silencio!” susurró. “Ha vuelto.” La mujer la miró interrogante, pero Sima ya la arrastraba, sentándola en el suelo y cubriéndola con la rodilla: “¡Ni un ruido! Puede oírte.” María se estremeció, pero obedeció. Afuera, el hombre daba vueltas entre la basura. Después se acercó a la caseta. Sima selló la boca con el dedo y ayudó a María a bajar por la trampilla de la bodega, tapándola con un tablón. Cuando llamaron a la puerta, cogió aire y abrió. Al otro lado, un hombre alto, elegante, con ese aire sobrado que exudan los que se creen por encima de todos. “Buenos días,” dijo, mirando a Sima con desprecio. “¿Vive usted aquí?” “Más o menos,” contestó, procurando parecer tranquila. “¿Por la noche también?” insistió. “Dígame, ¿ha visto algo raro? ¿Encontrado algo… insólito?” Sima puso cara inocente: “¿Se le ha perdido algo?” Él se rasca la cabeza: “¿Perdido? Digamos que sí…” “¿Así que pasó aquí la noche?” “Sí, como dije.” “¿Y no vio nada extraño anoche?” “Nada,” contestó ella, disimulando el temblor de voz. “Ni los perros ladraron. Todo tranquilo.” Él la examinó un rato, intentando leer en sus ojos, después giró sobre sus pasos, subió al coche y se fue. Sima vigiló por la ventana hasta que desapareció. Sólo entonces levantó la trampilla. María Filippovna, gimiendo, salió. Se llevaba la mano al costado, pero ya no lloraba, sólo hervía de rabia: “¡Increíble! Ha vuelto a buscarme… ¡Sinvergüenza! Pero tú, Simita, eres un sol: ¡me has salvado dos veces!” “¿Quién es para usted?” no pudo evitar Sima. “El yerno. Y menuda pieza. Mi hija murió, y éste ahora viene a por mi parte. Pero le dije que ni un duro. Ni él, ni su nueva ‘querida’.” María hablaba con una vehemencia como si él estuviera delante: “Todo lo dejé en herencia a mi nieto. Y ese ambicioso—nada. Solo lo que haya ganado: negocios, coches, casa…” La mujer rió con amargor. “Pero le parece poco: quiere hasta mi tumba.” Sima escuchaba atónita—tanta riqueza y tanta avaricia, cosas sólo leídas en novelas. Como si leyera su pensamiento, María añadió: “Mi marido y yo levantamos una empresa extractiva. Tuvimos contratos públicos, inmuebles en Suiza, yate, jet privado. Ese yerno lo habría dilapidado todo si no fuera por mi nieto. Un verdadero gestor. Confío en él.” “¿Así que también quería su parte?” imaginó Sima. “Por supuesto. Desde que murió mi hija, va tras otra jovencita. Quería enviarme a Francia para quitarme de en medio. Mi hija menor vive en Alemania, pero detesto los alemanes. Mi nieto está en España. Hasta me mudaría, si no fuera por ese desalmado. Con tal que no herede, es capaz de todo…” Sima la miró compasiva: “No se preocupe, María Filippovna. Si me da la dirección de su nieto, llegaré hasta allí. Tiene que saber dónde está.” Los ojos de María brillaron de esperanza: “¿En serio? Ay, chiquilla, ¡te estará eternamente agradecida! Pero hay un problema—no dejan pasar a gente como tú. En cuantito te vean, llaman a la policía.” “Entonces cambiemos de papel,” sonrió Sima. “Usted usaría mi ropa, y yo iría en su lugar.” María no puso pegas. Se quitó el traje de lana y se vistió de falda larga y jersey enorme. Cuando Sima se puso su atuendo, la mayor sonrió aprobando: “¡Te queda de escándalo! Si tuvieras tacones, hasta podrías ir de fiesta.” “También tengo,” sonrió Sima sacando unos de un zurrón. “Me están grandes pero valen.” Mientras ultimaban los cambios, María escribió una nota—letra segura y elegante: “Oleg me reconocerá. Que me vengan a buscar. A ese Gleb le vamos a ajustar cuentas…” Antes de salir, Sima abrazó a la vieja: “Cuídese, María. Vigile la ventana, cierre bien y, si oye a alguien—directa al sótano y escóndase.” “A la orden, mi comandante,” bromeó la abuela. Sima echó a andar hacia la ciudad. Coches zingaban, nadie reparaba en la figura ensimismada vestida con ropa ajena. De repente, un coche frenó. “¿Le llevo a la ciudad?” preguntó el conductor, con acento del sur. Sima le contestó en su lengua natal: “¿Paisano?” “¡De toda la vida!” —se bajó. “¿Cómo has acabado aquí?” “Largo de contar,” suspiró Sima dándole la nota. “Debo entregar esto en una dirección. ¿Me ayudas?” Él leyó el papel y silbó: “¡Vaya! Pero a una hermana nunca se la deja tirada. Sube.” Sima se calzó los zapatos, aún grandes: “Iba descalza, me bailan.” El joven sonrió, arrancó y durante el trayecto escuchó toda la historia con atención, sin apenas interrumpir. Al llegar al chalé, Azis—ese era su nombre—silbó de nuevo: “¡Quién pudiera! Amistades así…” “No son amistades,” respondió Sima. “Son un milagro.” Llamó al interfono. Contestó una mujer: “¿Quién es?” “Vengo de parte de Serafima. Traigo una carta de María Filippovna.” Abrieron el portón. Salió corriendo un chico joven, gafas, gesto apurado: “¿Qué le ha pasado a la abuela? ¿Por qué no llama?” “Está viva,” le tranquilizó Sima. “Pero corre peligro. Hay que ir cuanto antes.” Oleg saltó al coche y partió carretera abajo: “¿Está en la ciudad?” “En el vertedero, en la caseta. Su yerno la dejó ahí envuelta en una alfombra. Nos escondimos, pero puede volver.” Oleg guardó silencio, pensativo. “Mi tío dijo que la abuela estaba en Francia. Hasta enseñó billete de avión. Pero no lo creí. El móvil no respondía. Algo olía mal…” Por fin llegaron. Al fondo, la caseta ardía. Sima palideció: “¡Rápido! ¡Es ella!” El techo ya crujía. Oleg corrió llamándola. Chorros de humo salían de la ventana. En ese momento, la estufa se vino abajo y el tejado colapsó. Sima cayó al suelo, tapándose la cara. Ni sintió la lluvia, fría, indiferente, mojando el fuego. Oleg, cerca, se despedía mentalmente de su abuela. Sima lloraba la pérdida de la única familia conseguida en años y de aquella miserable caseta hecha cenizas. Pero entre los chisporroteos se oyó una débil voz: “¡Sima! ¡Serafima! ¡Rápido, abre!” Se lanzaron en la dirección del sonido—provenía de unos arbustos. Bajo una trampilla vieja, encontraron a María Filippovna, sucia, viva, sentada en unos escalones. “¡Oleg! Nieto… ¡Nada de lágrimas!” Su voz ronca vibraba con fuerza. “¡No le ha salido como creía! ¡De mí no te deshaces tan fácil!” Resultó que Gleb había regresado, vertió gasolina y quemó la caseta. María lo vio a tiempo y bajó al sótano, por donde accedió a un viejo pasadizo que le salvó la vida. Sima no pudo contener el llanto—emociones que no había sentido ni perdiendo todo. María le apretó las manos: “No llores, niña. ¡Ahora te vienes con nosotros! Quedas en deuda—te sacaré de la miseria. Mientras yo viva, estarás a salvo.” En la casa de Oleg, María se aseó, telefoneó a varias personas y una hora después anunció: “Oleg, mañana a las diez está todo listo en el consulado. Lleva a Sima; yo haré el contrato. Pero antes tiene que ir arreglada. No se tramitan papeles en chándal y zapatos prestados.” “Abuela, como si no hubiera pasado nada,” bromeó Oleg. Pasaron la tarde entre tiendas y peluquerías. Por la noche, una mujer nueva les sonreía: cuidada, guapa, segura. Hasta Oleg se sonrojó al verla así. “A las nueve salimos mañana,” recordó. “Descansa tranquila. Estamos aquí.” Sima se tumbó sintiendo flotar entre sueño y realidad. Pensó: “Tengo que agradecérselo si regreso a casa.” Pasaron dos semanas. Le dieron pasaporte y visado. Pero le pidieron que se quedara como testigo en el proceso contra Gleb. Sima aceptó sin dudarlo. En el juicio, al ver a María viva y a Sima—la mendiga que creía muerta—Gleb palideció como un cordero vencido. Las declaraciones fueron definitivas. Gleb acabó condenado. En casa de María celebraron con alegría. Alguien rió, alguien bebió, todos agradecieron el final feliz. Al rato, Oleg le ofreció la mano a Sima: “¿Bailas?” Asintió. Él se movía seguro, y ella le siguió embelesada. “Le propuse a la abuela descansar en Francia, en su chalet favorito,” susurró mientras giraban. “¿Vendrás con nosotros?” “¿Eso lo ha pedido ella?” sonrió tímida. “No. Lo quiero yo. Me gustas y… me gustaría estar contigo mucho más allá de esta fiesta.” Sima reflexionó. “Tenía pensado volver a ver a mis padres. Me esperaron mucho en casa.” “Entonces vamos juntos,” decidió. “Los conoceré, quizá celebremos una boda allí, y después ya veremos si Francia o donde sea. A la abuela no le faltan casas.” Ella le miró y sintió, por primera vez en años, un latido real en el pecho. Aquel que vale más que el amor y vence cualquier pesadilla. Un mes más tarde, en una ciudad del sur, sonaron acordeones y tambores para celebrar una boda típica—alegre y popular—en la calle, entre vecinos. Tras la ceremonia, la pareja partió de viaje. Pero antes pasaron por casa de María Filippovna a despedirse y le entregaron un regalo: la alfombra persa original, esa que lo cambió todo.