Tiempo para la felicidad
El tren de cercanías número, con destino a, llegará a la vía tres a las 14:15. Repito anunciaba el altavoz con la voz de Maribel Iglesias. Llevaba ya dos años trabajando en la sala de control, enviando y recibiendo trenes en aquella pequeña estación perdida entre la bruma como si fueran barcos en el Mediterráneo, apurando a los viajeros, deseándoles buen viaje, recordándoles comprar el billete. Un trabajo, sí, pero como flotando en un espacio entre el sueño y la vigilia.
Maribel le había gustado mucho al jefe de estación, Álvaro Martínez de Ochoa, desde el primer instante en que se cruzaron bajo el umbral de la estación o, mejor dicho, de la casita de dos plantas con anexo, con la sala del personal, un retrete antiguo para los pasajeros y una diminuta cafetería donde los azucarillos parecían dados de dominó. Maribel nunca quiso ser la voz, quizás por timidez, por reserva o por el peso de algún secreto polvoriento, esperando quedarse entre los papeles, invisible, pero el destino la empujó al otro lado de la ventanilla y se vio, de pronto, navegando entre horarios y anuncios.
Un mes, otro mes y siempre Álvaro cerca; y ella, mirándole de reojo, como se mira un cuadro que ha estado toda la vida en el pasillo y de repente te habla. A veces acababan sentados juntos en la cafetería, incluso sin proponérselo, compartían la misma ruta hacia el mercado, coincidían como si una mano invisible los guiara en el misterio de una coreografía absurda.
Álvaro intentaba conversar con ella constantemente, buscaba su complicidad, como quien trata de recordar los fragmentos de un poema olvidado. Pero Maribel no lo ponía fácil, se le escapaba, huidiza, como si su ser flotara levemente sobre el suelo barnizado de la estación.
Álvaro sufría en silencio, apenas dormía; cada vez que cerraba los ojos, Maribel acudía a él entre nubes de algodón, sonriendo, burlona, etérea. Despertaba empapado, sin fuerzas, encadenado en aquel sueño dulce y extraño del que prefería no escapar.
Hasta que la paciencia de Álvaro se esfumó, como una filigrana de vapor en la ventana. Citó a Maribel en su despacho, tomó su mano cálida, temblorosa y pronunció aquello mismo que ella tanto esperaba y temía: pidió su mano. Y ella le dijo que no.
¡Pero Maribel! ¿Cómo puede ser? exhaló Álvaro, paralizado en su rodilla dolorida; con dificultad se arrodilló, soportando los crujidos del pasado en la espalda, pues creía que la dama de sus sueños merecía hasta el último sacrificio. Pronunció la frase mágica, guardó silencio esperando el estallido de luz en sus ojos Pero, no; le negó. Álvaro balbuceó:
¡Si lo hago de corazón! Ya tenemos piso, he buscado ese mueble de cocina con filigranas como te gusta, me enteré por casualidad cuando hablabas con Pilar en la cafetería Maribel, ¡no puedo seguir así! Ya no soy un chaval para estas cosas. Hay que decidirse. ¿Por qué me haces esto?
¿El qué? respondió Maribel encogiéndose de hombros, tintineando los pendientes de ámbar heredados de una bisabuela manchega.
¿Cómo que el qué, Maribel? ¡Si estoy enamorado de ti! ¡Hagamos, aunque sea tarde, el esfuerzo de ser felices! ¿No te cansa ir siempre sola? ¡Por ti movería montañas! ¡Maribel!
Pero ella sólo se encogió de hombros, murmuró algo como que lo pensaría, y salió.
Tengo que trabajar, Álvaro. Me esperan los maquinistas los viajeros Déjeme Y con apenas resistencia, dejó que él la besara en la mejilla, rozando con sus propios labios la barba áspera de Álvaro, como una gata fugaz. Se fue, anudándose al cuello la bufanda roja que le había regalado él mismo.
Cruzó la puerta con el rostro en llamas, el corazón golpeándole el pecho martilleando como el badajo de la Catedral de Burgos, mientras copos de hielo le azotaban la piel. Afuera, una ventisca prenavideña, como harina derramada por los cielos de Castilla, cubría la tierra árida y negra, tapando la basura, la arcilla y los restos del día con un edredón de plumas tan intacto que uno sentía ganas de zambullirse desnudo, flotar, disolverse y renacer.
Maribel cubrió su rostro con las manos, miró furtivamente la ventanita del despacho de Álvaro donde vio su figura tras la cortina, y, de pronto, abrió los brazos y comenzó a girar bajo la tormenta, la cabeza hacia atrás, los pies bailando sobre charcos de luz fosforescente.
¡Maribel! ¡Pero qué haces! gritó la ayudante de control, Lucía, que pasaba corriendo. ¿Te has vuelto loca?
¡Sí! ¡Completamente loca, Lucía! ¡Como una cuba! ¡Hoy ni encuentro el camino a casa! entonó Maribel, imitando a Rocío Jurado en la radio del padre.
Bueno, me voy se resignó Lucía, recogiendo una manopla caída, y añadió para sí, bajito: Menudo vodevil tienen aquí armado, ¡qué desmadre! Bebiéndose el trabajo ¡Pero claro! Como es la preferida del jefe A ésa le consienten todo. Mírala, roja como un tomate, seguro que han estado bah.
Álvaro Martínez era favorito entre las señoras del vecindario. Recibía cumplidos, lo agasajaban con roscones y pasteles, asados de cordero, tupper de puchero, y siempre, entre la vergüenza y la gratitud, Álvaro rehusaba sólo a medias: recogía las ofrendas con el compromiso de compartirlas entre todos en el taller.
Las mujeres se resignaban, fruncían el ceño, pero aceptaban: al menos así honraban al jefe un poco.
Álvaro nunca comía aquellos manjares, demasiado ocupado, se los entregaba a los operarios, perfectamente cubiertos de grasa y sudor, quienes agradecían devorándolo todo en minutos:
¿Pero usted no prueba nada? ¡Lo han cocinado para usted! preguntó Don Felipe, el veterano guardavías, al ver de nuevo una fuente de manjares. ¡Eso no está bien!
Ya lo sé, Felipe. ¿Pero cómo se las quita uno de encima? ¡No paran! ¡Y si pruebo algo, Maribel se enfada! Es de un celoso Pero no se lo digas a nadie susurraba Álvaro, acercándose a la oreja poblada de canas de Felipe. Y eso que, por ella, haría cualquier cosa Ya ni el anillo me atrevo a darle Aquí lo tengo, mira. Sacó del bolsillo una cajita de terciopelo rojo: dentro, un oscuro anillo de plata con retazos de mica centelleando.
¡Vaya joya! ¡Deja que me lo pruebe! pidió Felipe, manos de panadero.
¡Ni se te ocurra! ¡Se encasqueta ahí y no hay quién lo saque! Yo ni siquiera se lo he enseñado a Maribel No me atrevo, igual el destino no quiere que estemos juntos Ya soy poco útil en casa, y Maribel es
Un hierro, no una mujer asintió Felipe . Una reina, una reina castellana Como, ¿cómo se llamaba aquélla de las arenas?
¿Nefertiti?
¡Esa misma! Pero con más de donde agarrarse rió Felipe, y desapareció tras la nieve.
La tarde cayó deprisa, sin saberse si era cosa del sol tras el horizonte o de la nevada densa cubriendo todo con su sudario. Los faroles parecían levitar solos en la espuma gélida. Una corneja, la misma que antes destrozara el envoltorio azul de menta, ahora se acurrucaba en la rama de un álamo, picoteando el aire y guardando la patita bajo el plumón.
Maribel, al acabar la jornada, llegó rápido a la residencia. Cerró la puerta con doble vuelta, feliz de estar sola. La compañera se había marchado al pueblo, prometió no volver en días. La habitación era sencilla, puesta ya a la costumbre de las mujeres, con cortinas alegres, mantel de hule y una estantería de novelas. Pero, en el aire, un sopor plúmbeo, un cansancio sin origen.
Abrió la ventana. El frío lameó el suelo, las cortinas flotaron. Se ajustó el pañuelo y se sentó a la mesa. Debía cenar, pero no le apetecía. Vivía porque había que vivir: despertarse, ir al trabajo, sonreír ante los demás, pintarse los labios, ponerse la blusa bonita, porque toca. ¿Para quién? Para la gente. Porque la tristeza de una nunca debe turbarles. Por ellos, Maribel fingía alegría, hacía bromas, iba al cine pero miraba al suelo, mientras mil imágenes de Álvaro navegaban por su mente.
Podría haber quedado así, flotando sobre la silla hasta la noche, si no fuera por un estrépito en el pasillo, y voces alteradas:
¡Madre mía! ¿Y ahora qué? ¿Dónde buscarlo, con este tiempo? ¡Maribel! ¡Abre!
Abrió la puerta. Todas las inquilinas del piso estaban allí, con toallas en la cabeza, batas, camisones Miraban a Maribel como esperando un milagro.
Ha desaparecido don Felipe sollozó Carmen, una chica apenas mayor de edad. Salió de ronda y no volvió. La radio no responde. Y este temporal
Maribel se secó las lágrimas, tomó aire, y se irguió con decisión.
¿Sabe ya Álvaro? Carmen, suéltame. No es momento de llorar. Hay que salir a buscarle o se muere de frío.
Corrió sin abotonar el abrigo uno prestado . Junto al porche, los hombres se agolpaban, armándose con linternas. Álvaro, envuelto en su capa y zamarra, buscaba en el plano, tenso y sombrío. Borja, quien volvía de la ciudad, lo alumbraba con una linterna que más cegaba que ayudaba.
Borja, deja de mover la luz. ¿Cuándo fue la última vez que contactamos con Felipe? ¿Quién le mandó salir solo? A ver
Al ver aparecer a Maribel, Álvaro alzó la voz:
Vete a casa, Maribel. Nosotros nos arreglamos, no estorbes.
Pero ella, resuelta y desafiante, contestó:
No, don Álvaro. Aquí falta una persona, no puedo estorbar; puedo ayudar. Y usted usted Estuvo a punto de recordar la escena de la cafetería y la oferta de llevar un árbol a Pilar, pero calló, tomó una linterna de Borja y se adentró entre los rieles, en dirección al campo blanco.
¡Qué mujer! ¡Fuego puro! murmuró uno, y el silencio se impuso bajo la mirada helada de Álvaro.
En breve, llegarían el mercancías y el rápido. La nieve tapaba todo. Sólo las dos líneas paralelas de hierro lucían bajo la luz artificial; más allá, todo era niebla y silencio. Maribel pateaba el espesor blanco, lanzando haces de luz como redes de caza. ¡Huella! Difusa, casi extinguida, pero allí.
Avisó parpadeando la linterna; desde atrás le contestaron y los hombres avanzaron corriendo, Álvaro cojeando más que corriendo.
Vete a casa, Maribel. No quiero perderte también gritó él, alarmado, pero la mujer le dirigió una mirada de incendio. Nadie la iba a hacer huir. Cuando encontraran a Felipe, su viejo amigo, el que le regaló un ramo de tulipanes el 8 de marzo, entonces decidiría. Le diría a Álvaro que hiciera lo que quisiera, flirteara con quien quisiera, pero que él sería su marido. Así, tal cual lo pensó.
Vete, Maribel repitió Álvaro, más dulce, alargando su única mano hacia ella. Sí, sólo tenía una mano. Temía el rechazo, sentía terror ante la idea de desnudarse y mostrar la cicatriz, que ya no era muñón, ante ninguna mujer. Antes, Álvaro había tenido a muchas tras de sí. Pero tras perder el brazo, se cerró como ostra. Sólo imaginando la escena de desnudarse, se le helaba la sangre. Y pese a todo, tenía miedo. ¿O acaso Maribel podría disipar sus miedos?
La noche se hizo más negra. De pronto, al final del terraplén, donde la senda doblaba hacia un bosquecillo, una voz humana, desgarrada, se escuchó, luchando contra la ventisca.
¡Felipe! ¡Don Felipe, ¿dónde está?! ¡Voy hacia usted! gritó Álvaro, echando a correr, rodando, tropezando, yendo tras la pista invisible.
Maribel avanzaba junto a él, lanzando zancadas desproporcionadas, como queriendo ganar la carrera.
¡No corras tanto! protestaba él . ¿Quieres mostrar que eres mejor que yo? No hace falta. Ya he entendido que no soy para ti. Hasta lo de Pilar, era por picarte no funcionó. Olvídalo.
Avanzaron juntos, y sin darse cuenta, Maribel tomó del hombro a Álvaro, caminando a ciegas.
Yo ni siquiera perdí mi brazo heroicamente. Fue una estupidez. Tienes derecho a despreciarme. Mejor me voy, tan pronto encontremos a Felipe, yo me iré. Se acabó para ti
No pudo terminar, porque Maribel se volvió y le besó directamente en los labios partidos, fríos, blandos, tan humanos. Volvió a besarle. Y le sonrió, imponiendo silencio.
¡Ya era hora! se oyó entre los matorrales . Pensé que nunca os decidiríais. Venga, ayudadme que tengo el pie torcido y veo estrellitas. Álvaro, dame el brazo.
Maribel alumbró el suelo y ayudaron a Felipe, casi cargándolo.
¿Cómo se le ocurre ir solo con esta nevada, hombre de Dios? reñía Álvaro . ¿Y si le llega a pasar algo peor?
Tienes razón, hijo. Perdón, perdón. Pero ¡cómo aprietas! ¡Vaya hombrazo, Maribel, mira qué tipo!
Maribel dejó que el aire fresco le lavase por dentro. Sentía que, por fin, podía respirar. Y amar. Hace años lo intentó, y perdió a aquel hombre antes de atreverse. En el cementerio fue nadie, ni viuda, ni novia, ni nada. Temía amar otra vez; y perder. Pero Álvaro estaba ahí, de carne y hueso, agarrado a su mano. No le soltaría. El pasado quedó atrás, el futuro es misterio, y la felicidad si llega sólo cabe vivirla ahora. Ahora, aquí, en la nieve.
Álvaro le trajo, finalmente, un abeto de ramas abundantes, generoso. El regalo fue aquel anillo antiguo, persa, familiar.
Un mes después, el profesor que una vez viajó de milagro en el coche de Borja, se encontró con Álvaro, Borja y una mujer en Madrid, en la Gran Vía, frente a una tienda de novios. Maribel contemplaba un vestido de novia reflejado en los escaparates entre destellos solares. El profesor se presentó; Álvaro le reconoció enseguida, se rieron. Hablaron de estudiantes, colisionadores, y bodas inminentes. Luego, todos en el salón del profesor, tomando té, recordaron aquel rescate en la nevada, en el bosque castellano.
Allí nos comprometimos, por así decir resumió Álvaro.
¿En el bosque? preguntó el profesor.
Sí asintió Álvaro.
Bien, lo presentí. Sabía que volveríamos a vernos, y que tendría usted esposa. ¡Casi lo adiviné! El profesor se alegró como un niño y sirvió otra ronda de té. Eran los primeros invitados que recibía sin su esposa, aunque tal vez, desde la ventana, viera su silueta sonreír entre los copos.
También ella estaba feliz. Allí y ahora.






