Mamá, tienes que buscarte un marido nuevo lo antes posible, es que es urgentísimo de verdad.
Elena estuvo a punto de soltar la taza de café con leche, que incluso se derramó un poquito sobre el mantel. La dejó en la mesa, se aclaró la garganta y miró a su hija con atención.
Explícame qué pasa, le pidió intentando que su voz sonara normal. De dónde sale esa exigencia.
Lucía se movía inquieta de un pie a otro, bajó la vista y se puso a repasar el dibujo de la alfombra. Se sentía un poco cortada, pero estaba convencida de que había hecho lo que tocaba.
Verás, hoy le conté a papá que habías conocido a un hombre, suspiró con fuerza. Me tuvo toda la mañana machacando con preguntas. Todo el rato quería saber si habías encontrado a alguien. Durante todo este tiempo yo le decía que no y luego él se lanzaba a hablar sin parar de lo grande que fue el error que cometiste al dejarlo. Que no entiendes nada de la vida por haber perdido a un hombre tan estupendo como él.
Levantó la mirada hacia su madre. En los ojos se le veía enfado, desconcierto y hasta rabia hacia el padre.
Y además siempre repite que pronto te darás cuenta de lo equivocada que estabas y volverás. Dice que no vas a encontrar a nadie mejor. Pues me calenté y le solté que habías conocido a alguien.
Elena se pasó la mano por el pelo. En su memoria volvieron las entonaciones del ex, esa seguridad fingida, esa forma de convertir cualquier charla en un monólogo sobre lo acertado que está él siempre.
Puedo imaginarme los piropos tan subidos que usa, comentó con un toque de sorna. Todavía no se hace a la idea de que lo dejaste, a él que es tan perfecto. A veces pienso que Pablo insiste en tus visitas los fines de semana solo para sus discursos. Lo que le importa no es hablar contigo, sino enterarse de los últimos cotilleos. Así se cura el ego.
Lucía soltó un suspiro largo y se dejó caer en el sofá, como siempre con las piernas cruzadas debajo. Apoyada en una almohada, pasó la mano distraídamente por la tela suave del tapizado, intentando poner orden en sus ideas.
Sí, yo también lo pienso, dijo mirando hacia otro lado. Tengo que aguantar hora y media escuchando lo increíble que es él. El resto del tiempo estoy libre, ni siquiera se interesa por cómo me va. Ni pregunta cómo voy en el instituto ni si necesito algo.
La niña hablaba de esto como si fuera lo más normal, como si describiera el día a día de siempre: levantarse, desayunar, ir a clase, hacer deberes. Para Lucía era ya algo corriente desde hacía tiempo, tanto que ni le provocaba sentimientos.
Se recostó en el respaldo del sofá y miró al techo, repasando mentalmente la charla reciente con su padre. Como siempre, empezó por sus logros, esta vez explicando con detalle cómo había llevado las negociaciones con los socios. Luego pasó a sus planes de futuro, a las dificultades en el trabajo, a cómo todos subestiman su aportación. Hora y media de monólogo, Lucía incluso contó el tiempo para no olvidarlo y contárselo a su mamá.
Cuando intentó hablar de su olimpiada del instituto de mates, el padre solo asintió distraídamente y cambió de tema a sus cosas. Muy bien, claro, pero sabes, a mi edad ya y siguió con sus historias de triunfos.
La niña se encogió un poco de hombros, apartando los recuerdos. Llevaba tiempo acostumbrada a eso. Desde que Lucía se acordaba, papá siempre estaba metido en sí mismo. El resto de la familia parecía existir en un segundo plano de su atención, importantes pero no tanto como para apartarse de lo principal: él mismo.
Cualquier conversación la llevaba sin remedio hacia él y sus problemas. Si mamá se quejaba de cansancio, él empezaba a contar lo duro que es su trabajo. Si Lucía compartía preocupaciones sobre amigas, el padre encontraba forma de llevarlo a sus años de instituto, por supuesto más brillantes y llenos. Las preocupaciones de los demás parecían no verlas o considerarlas sin importancia.
Lucía no acababa de pillar cómo mamá aguantó quince años junto a un hombre así. Estaba obsesionado con su propia persona. Quizá mamá se aguantó solo por ella, para que la hija no creciera sin padre. De pequeña Lucía creía de verdad que algún día papá cambiaría, empezaría a fijarse en ellas, interesarse por sus vidas. Pero pasaron los años y nada cambió. Y solo después del divorcio la niña descubrió con sorpresa que sin él se vivía mucho más tranquilo. Nadie acapara toda la atención, considerando las cosas de los demás como tonterías.
Y por qué tengo que buscarme un compañero de vida urgentemente, la voz de Elena sonó un poco más cortante de lo que pretendía. Bueno, lo dijiste y ya está, qué hay de malo.
Es que cuando papá lo oyó cambió por completo, Lucía hizo una mueca sin querer, apretando contra el pecho una de las almohadas tiradas por el sofá. Primero palideció, luego se puso como un tomate y empezó a gritar tanto que hasta la vecina vino corriendo. La verdad, hasta me asusté un poco.
Se quedó callada un momento, recordando la escena. La voz del padre, inusualmente aguda y entrecortada, sus puños apretados, la mirada inquieta. Parecía que iba a explotar de las emociones que lo llenaban.
Exigía que le dijera el nombre de ese hombre y lo describiera con todo detalle, continuó Lucía, jugueteando con el borde de la almohada. Me negué, le dije que tú me habías pedido no decir nada, sobre todo a él. No me extrañaría que pronto te llame y te dé la lata.
Elena se giró lentamente, se apoyó en el alféizar y miró fijamente a su hija. Vaya día le esperaba. El nivel de histeria de Pablo se lo podía imaginar. Gracias, hija, vaya favor me has hecho.
Elena se sentó en el sofá junto a Lucía y suspiró profundamente, abrazando a su hija. Bueno, ya no se podía hacer nada. Las palabras estaban dichas y no se podían quitar.
Por qué inventaste eso, preguntó en voz baja, meciendo suavemente a Lucía en sus brazos. Estábamos viviendo tranquilas. Ahora otra vez tendré que aguantar sus rabietas y lloriqueos. Hasta ganas de apagar el teléfono me entran.
Lucía se soltó suavemente de los abrazos, se sentó derecha y miró seriamente a su madre. En sus ojos brillaba una convicción sincera.
Porque eres maravillosa, dijo con seguridad. Eres guapa, inteligente, tienes muchos amigos y los hombres te hacen caso. Crees que no me doy cuenta. Y papá siempre dice cosas feas de ti. Ya estoy harta.
La mujer acarició tiernamente el pelo de su hija, pasando los dedos con cuidado por los mechones suaves. En su mirada se leía ternura y un poco de desconcierto.
Ya lo he entendido, cariño, ya lo he entendido, dijo suavemente. Sinceramente, pensaba que no querrías que empezara relaciones serias. Después de todo, solo han pasado seis meses desde el divorcio con tu padre.
Esas palabras le costaron. En algún lugar de su interior temía que la hija pudiera ver el nuevo romance como una traición o intento de reemplazar al padre. Elena miró atentamente el rostro de Lucía, intentando captar la más mínima señal de descontento.
Tonterías, resopló Lucía, y en su voz sonó una determinación tan sincera que Elena no pudo evitar sonreír. Lo principal es que tú seas feliz.
La niña cruzó los brazos sobre el pecho, sonriendo a su madre. En ese momento parecía sorprendentemente adulta, sensata para su edad y dispuesta a defender su opinión.
Elena siguió mirando a su hija, y en su corazón la inquietud se iba disipando poco a poco. Lucía hablaba con tanta seguridad que las dudas empezaban a retroceder. Quizá estaba pensando demasiado en el pasado y temiendo el futuro.
Eres una lista, dijo Elena en voz baja, atrayendo de nuevo a su hija hacia sí. Gracias por preocuparte tanto por tu mamá.
Lucía se acurrucó contra ella, acomodándose cómodamente a su lado. En ese momento ambas sintieron cómo entre ellas se hacía más cálido y tranquilo, como si su pequeña familia, a pesar de todo, se fortalecía cada día más.
Elena estaba sentada en su mesa de trabajo, intentando concentrarse en el informe. Las líneas se le borraban ante los ojos y en las sienes le latía un dolor sordo que por la mañana solo le daba un leve aviso, pero hacia el mediodía creció hasta volverse insoportable. La mujer se masajeó cansadamente las sienes, esperando aliviar un poco el estado. Los movimientos eran lentos, casi mecánicos, ya los había hecho decenas de veces ese día.
Después de pensar un par de minutos, Elena decidió y pidió a una compañera que fuera a la farmacia, que estaba a solo dos minutos andando de la oficina. Al volver con las pastillas, las tomó con agua de la jarra e intentó de nuevo leer los documentos. Inútil. La cabeza parecía llena de plomo, y cada sonido, el teclear del teclado, el zumbido del aire acondicionado, las conversaciones lejanas en el pasillo, le resonaba con una ola aguda.
En ese momento el vigilante asomó la cabeza en la oficina. Su cara era educada, pero en los ojos se leía cierta precaución.
Elena, han venido a verte, dijo, abriendo un poco la puerta. Tu exmarido insiste en verte. ¿Bajas tú o le ayudamos a marcharse.
Elena se quedó quieta. Por dentro subió una ola de irritación mezclada con cansancio. Respiró hondo, intentando mantener la calma exterior.
Ahora bajo, perdona las molestias, respondió, levantándose de la mesa.
Mentalmente se enfadó. Justo ahora. Todo se estaba poniendo peor. El día de trabajo ya era duro de por sí, le dolía la cabeza como loca, y encima Pablo decide aparecer sin avisar. Por qué no llamó. Para qué se planta en el trabajo, donde hay un montón de extraños. No querrá montar un numerito en la oficina.
Se dirigió lentamente hacia la salida, sin prisa, los movimientos bruscos solo empeoraban el dolor de cabeza. En el pasillo había movimiento: empleados yendo y viniendo, alguien riendo en la máquina de café, alguien discutiendo un proyecto en la pizarra de notas. Elena pasaba junto a ellos, sintiendo cómo la tensión le apretaba los hombros.
Elena salió al vestíbulo y enseguida vio a Pablo. Se movía de un lado a otro, acercándose a la recepción o retrocediendo un par de pasos. Sus movimientos eran bruscos, impetuosos, gesticulaba con las manos emocionado, probando algo a los vigilantes, subiendo la voz de vez en cuando. En las caras de los de seguridad se leía un descontento contenido: intentaban ser educados, pero claramente estaban listos para pasar a acciones más firmes si la situación se salía de control.
Qué quieres, preguntó Elena sin rodeos, acercándose. Su voz sonó tranquila, aunque por dentro crecía la irritación. Qué representación es esta que has montado. Quieres que te presente a la policía más de cerca. Puedo organizarlo.
Pablo se giró bruscamente al oír su voz. Su cara se enrojeció, los ojos brillaban con un fuego extraño, de rabia o de nervios. Se acercó a su exmujer, señalándola con el dedo acusador, como si la hubiera pillado en un crimen.
Tú, gritó. Tú. Lucía me lo ha contado todo. Solo han pasado seis meses desde el divorcio y ya has encontrado un hombre nuevo.
En su voz se mezclaban incredulidad, ofensa y celos evidentes. Parecía que hasta el último momento esperaba que la hija se equivocara o intentara gastarle una broma. Pero ahora, mirando la cara tranquila de Elena, entendía que no era broma.
Elena levantó las cejas sorprendida, inclinando un poco la cabeza. Su postura seguía relajada, pero en los ojos brilló un destello frío.
Tengo que guardarte fidelidad para siempre, preguntó con tono tranquilo. Incluso después del divorcio. Quieres demasiado, cariño. Sobre todo teniendo en cuenta que en el matrimonio tú no considerabas la fidelidad una virtud obligatoria.
Pablo se quedó quieto un instante, como sin saber cómo reaccionar. Su mano, todavía extendida hacia ella, bajó lentamente. En los ojos pasó algo parecido a desconcierto, claramente no esperaba una respuesta tan tranquila y segura.
A su alrededor seguían pasando personas: empleados, visitantes, mensajeros. Alguien lanzaba miradas curiosas hacia ellos, alguien intentaba no prestar atención. Pero para Pablo y Elena el mundo entero se redujo por un momento a ese pequeño espacio entre ellos, lleno de viejas ofensas, reproches no dichos y una nueva realidad con la que le costaba aceptar.
Tú tú simplemente, soltó al fin, pero Elena no le dejó terminar.
Vamos a no montar escenas, Pablo, su voz se hizo un poco más suave, pero no menos firme. Si necesitas hablar de algo, podemos hacerlo con calma. Pero no aquí y no así.
Escenas. Te voy a montar una escena.
Pablo casi gritaba, y su voz resonaba por el espacioso vestíbulo de la oficina. La cara se cubrió de manchas rojas, en el cuello se marcaban las venas tensas, y los puños se cerraban y abrían involuntariamente, mostrando un extremo nerviosismo. Daba un paso adelante y luego retrocedía, como si no pudiera decidir cómo transmitir mejor su amenaza.
No permitiré que mi hija viva bajo el mismo techo con un desconocido, gritaba, sin darse cuenta de que atraía la atención de los empleados que pasaban. Te quitaré a Lucía. No la volverás a ver. Tú.
Sus palabras sonaban duras, casi histéricas, pero Elena solo levantó un poco una ceja, manteniendo en la cara una expresión de calma indiferencia. Quitarle a la hija. Vaya, le gustaría verlo. Cualquier juez estaría de su lado.
Ya has dicho todo. Vaya artista, dijo con tono tranquilo y un poco burlón. Y añadió: De circo.
Qué está pasando aquí.
Pablo se quedó a medias y se giró bruscamente hacia la voz desconocida. En la puerta que llevaba al vestíbulo estaba un hombre con un elegante traje azul oscuro. Su postura era despreocupadamente segura, y la mirada tranquila y atenta. Los vigilantes, que antes intentaban contener delicadamente a Pablo, se pusieron firmes de inmediato, obviamente era alguien importante en la empresa.
No se meta, siseó Pablo, lanzando al desconocido una mirada irritada. Su cara aún ardía de rabia, y en la voz sonaba una antipatía abierta. Es asunto personal, no le concierne.
El hombre no se apresuró a responder. Pasó lentamente adelante, deteniéndose un poco más lejos, para ver a ambos interlocutores. Sonreía, lo que irritaba aún más a Pablo.
Asunto personal es cuando hablas con tu mujer a solas, dijo al fin. Pero cuando montas un escándalo en un lugar público, deja de ser personal y se vuelve público.
Elena observaba en silencio esta escena, sintiendo cómo la tensión en el aire se volvía casi tangible. No esperaba la aparición de Fernando, pero su intervención, aunque inesperada, le parecía adecuada, al menos descolocó a Pablo de su camino habitual de amenazas y gritos.
Pablo dio un paso hacia el hombre, claramente dispuesto a responder con dureza, pero el otro ni se inmutó. Su mirada seguía tranquila, casi imperturbable, como si estuviera acostumbrado a tratar con oponentes mucho más emocionales.
Quién eres tú para darme órdenes, siseó Pablo entre dientes, intentando mantener los restos de sangre fría. Te metes en lo que no te importa.
Fernando dio varios pasos seguros adelante. Se acercó a Elena, que aún estaba un poco aturdida, sin acabar de entender qué pasaba, y la abrazó suavemente por la cintura. De forma demostrativa, sin dejar lugar a dudas.
Quién soy, dijo con tono tranquilo, casi cotidiano, pero en su voz sonaba una determinación fría que hizo que incluso Pablo retrocediera un paso. Soy el que hace feliz a Elena. Tú te permites gritarle a mi mujer, y yo no perdono eso. Con la excursión a la policía ya no te vas a librar, me encargaré de que tengas problemas hasta arriba. Y si te atreves a usar a la hija como moneda de cambio. Creo que me has entendido, no.
Pablo se quedó quieto. Su cara, que antes ardía de rabia, fue perdiendo el tono rojizo, volviéndose pálido. Miraba alternativamente a Fernando y a Elena, como intentando darse cuenta de que la situación se le había escapado de las manos. En los ojos pasó algo parecido a desconcierto, claramente no esperaba encontrar un oponente tan seguro y sereno.
Durante varios minutos estuvo callado, cerrando y abriendo los puños, como luchando con el deseo de decir algo cortante. Pero las palabras no salían, ya fuera por la aplastante seguridad con la que hablaba Fernando, ya por darse cuenta de que aquí sus métodos habituales no funcionarían.
Al final, hizo una mueca, murmuró algo ininteligible, apenas audible, y se giró bruscamente. Su paso, antes enérgico y agresivo, ahora parecía cohibido, como si intentara con todas sus fuerzas mantener los restos de dignidad. Antes de salir del vestíbulo, se giró, lanzó por encima del hombro: Con la pensión no cuentes.
No las necesito, resopló Elena, apenas se ocultó tras la puerta. Su voz sonó ligera, casi burlona, pero había un alivio sincero. En cambio Lucía ya no tendrá que ir a ver a su padre.
Al cabo de un instante Elena se dio cuenta de que la mano cálida y segura del director general seguía sobre su cintura. Ese contacto, tan simple y al mismo tiempo significativo, la hizo sentir un poco incómoda. Bajó la mirada involuntariamente, sintiendo cómo le subía un ligero rubor a las mejillas, y se apartó con cuidado, intentando que fuera lo más natural posible.
Con una sonrisa ligera y un poco desconcertada se giró hacia su salvador inesperado: Muchas gracias, Fernando. Ni te imaginas cuánto me has ayudado.
Su voz sonó sincera, sin rastro de afectación. En ese momento sentía una enorme gratitud, no solo por haber intervenido en la escena desagradable, sino por cómo de seguro y calmado lo hizo.
El hombre sonrió ligeramente, sus ojos se suavizaron un instante.
Lo hablamos en la comida, propuso, extendiendo la mano en gesto de invitación.
Elena se quedó quieta un segundo, pensando la propuesta. En su cabeza pasaron las dudas habituales, si era demasiado pronto, si parecería frívolo. Pero enseguida las apartó. Fernando se comportaba correctamente, con respeto, y de verdad quería hablar con él sin prisas ni extraños.
Además, por dentro crecía la curiosidad: quién era realmente, por qué había decidido intervenir, qué había detrás de esa seguridad tranquila.
Claro, respondió, poniendo su palma en la suya.
El contacto resultó inesperadamente agradable, firme, seguro, pero sin ser insistente. Elena sintió cómo la tensión que la atenazaba desde la aparición de Pablo se iba poco a poco, dejando lugar a una ligera emoción e incluso anticipación.
Más tarde, en una mesa acogedora en un pequeño restaurante cerca de la oficina, la conversación fluyó con más libertad. La luz suave de las lámparas, la música discreta y el aroma de bollería fresca creaban un ambiente agradable.
Poco a poco, en el transcurso de una charla relajada, supo que su salvador sentía ternura por ella desde hacía tiempo. Se lo contaba simplemente, sin pompa ni frases bonitas, más bien como algo natural que llevaba tiempo madurando dentro, pero sin salida.
Durante mucho tiempo no me atreví a acercarme, confesó, removiendo el café con la cucharilla. Siempre te veías tan concentrada, seria. Entendía que estabas pasando un periodo difícil después del divorcio y no quería presionar ni parecer pesado.
Elena escuchaba sin interrumpir. En sus palabras no había ni sombra de arrogancia o autosuficiencia, solo sinceridad y respeto por su espacio personal.
Y hoy, cuando vi cómo ese hombre te gritaba, Fernando frunció el ceño disgustado. Simplemente no pude quedarme al margen.
La mujer no pudo contener una sonrisa suave. Así que era eso. Ella ya se había dado cuenta de las miradas del jefe, pero las había interpretado mal. Fernando le gustaba bastante, solo que por la diferencia de posición ella nunca se habría atrevido a dar el primer paso.
Tres meses después de aquella escena tensa en la oficina, Elena y Fernando se casaron oficialmente. La boda salió estupenda, el hombre cumplió literalmente todos los sueños de Elena, hizo realidad cualquier deseo.
Lucía se alegraba sinceramente por su mamá. El día de la boda ayudó a Elena a prepararse, vigilaba para que todo estuviera perfecto, desde el peinado hasta el último botón del vestido. Cuando los recién casados intercambiaron anillos, la niña sonrió y abrazó fuerte a ambos.
Estoy tan contenta por vosotros, susurró, y en sus ojos brillaba una alegría sincera.
Al mismo tiempo Lucía avisó honestamente que aún no estaba lista para llamar a Fernando papá.
Me caes bien, Fernando, dijo en una de las primeras noches, cuando se quedaron los tres solos. Y me alegro de que mamá no esté sola. Pero papá, por muy como sea, pero papá ya lo tengo.
Fernando asintió sin rastro de ofensa:
Lo entiendo. Y está bien, Lucía. Lo importante es que estamos juntos.
Pablo también recibió invitación a la boda, más bien como burla que en serio. Elena dudaba si enviar el sobre, pero al final decidió, que sepa que su vida continúa, y sin él. La invitación la mandó por correo, sin carta de acompañamiento, solo la tarjeta con fecha, hora y dirección.
Naturalmente, Pablo no apareció en la boda. Ni siquiera se lo planteó seriamente. La sola idea le provocaba una mezcla de irritación y amarga ofensa. En su lugar encontró otra forma de desahogar el descontento acumulado: empezó a llamar a conocidos comunes.
La primera llamada la hizo ya al día siguiente de recibir la invitación. Su voz sonaba deliberadamente tranquila, pero en las entonaciones se notaba claramente tensión.
Imagínate, me ha invitado a su boda, soltó sin esperar a que el interlocutor terminara el saludo. Después de todo lo que pasó.
El interlocutor, un antiguo amigo de la universidad, preguntó cortésmente qué le parecía a Pablo tan escandaloso. Pero él solo hizo un gesto de desdén:
Cómo ha podido. Humillarme así.
En los siguientes días esta escena se repitió una y otra vez. Pablo marcaba un número tras otro, y cada conversación empezaba igual, con esa frase sobre la invitación, dicha con indignación apenas contenida. Parecía intentar encontrar en las palabras ajenas confirmación de su razón, esperaba que alguien dijera: Sí, es realmente asqueroso.
Pero los interlocutores reaccionaban con mesura. Alguien asentía con simpatía, alguien se salía con frases generales como Bueno, cada uno tiene su vida, y alguien simplemente callaba, sin saber qué decir. Y cuanto más repetía Pablo su monólogo, más claramente entendía que sus argumentos sonaban poco convincentes.
Entonces empezó a afirmar que Elena se precipitaba con el nuevo matrimonio:
Solo han pasado seis meses. Se puede encontrar el verdadero amor en ese tiempo. Es solo un intento de huir de la realidad. Intenta olvidarme, entiendes.
Luego cambiaba de repente a otra cosa:
Ni siquiera me dio una oportunidad de arreglarlo todo. Si hubiéramos hablado, yo habría podido.
Él mismo no terminaba lo que habría podido, devolverla, cambiar algo en sí mismo, empezar de nuevo.
Y a veces sus quejas tomaban un giro bastante extraño:
Hice tanto por ella y ella. Ni siquiera dio las gracias. Simplemente se fue. Y se llevó a la hija.
Estas acusaciones de ingratitud sonaban especialmente poco convincentes. Los interlocutores se miraban, se encogían de hombros, y alguien comentaba con cuidado:
Por qué tiene que darte las gracias. Estabais casados, es natural.
Pablo callaba, sintiendo cómo por dentro crecía el fastidio. Entendía que sus palabras no producían el efecto que esperaba. Nadie compartía su indignación, nadie llamaba a Elena indecente o frívola. Al contrario, todos parecían pensar que tenía derecho a seguir viviendo, y eso lo enfadaba aún más.
Al final, cansado de las conversaciones estériles, Pablo dejó de llamar. Se sentaba en su piso, miraba las cosas pequeñas que quedaron de Elena, un pasador olvidado en el estante, un viejo álbum de fotos en el armario, un par de vestidos que se le habían quedado pequeños, y entendía que, quieras que no, la vida sigue. Solo que él todavía no había encontrado su lugar en esa nueva vida.
Al final, cansado de las conversaciones estériles, Pablo se calló. Y la vida de Elena, Fernando y Lucía seguía su curso, tranquila, pausada, llena de pequeñas alegrías: cenas juntos, paseos los fines de semana, discusiones divertidas sobre qué película ver por la noche.Mamá, tienes que buscarte un marido nuevo lo antes posible, es que es urgentísimo de verdad.
Elena estuvo a punto de soltar la taza de café con leche, que incluso se derramó un poquito sobre el mantel. La dejó en la mesa, se aclaró la garganta y miró a su hija con atención.
Explícame qué pasa, le pidió intentando que su voz sonara normal. De dónde sale esa exigencia.
Lucía se movía inquieta de un pie a otro, bajó la vista y se puso a repasar el dibujo de la alfombra. Se sentía un poco cortada, pero estaba convencida de que había hecho lo que tocaba.
Verás, hoy le conté a papá que habías conocido a un hombre, suspiró con fuerza. Me tuvo toda la mañana machacando con preguntas. Todo el rato quería saber si habías encontrado a alguien. Durante todo este tiempo yo le decía que no y luego él se lanzaba a hablar sin parar de lo grande que fue el error que cometiste al dejarlo. Que no entiendes nada de la vida por haber perdido a un hombre tan estupendo como él.
Levantó la mirada hacia su madre. En los ojos se le veía enfado, desconcierto y hasta rabia hacia el padre.
Y además siempre repite que pronto te darás cuenta de lo equivocada que estabas y volverás. Dice que no vas a encontrar a nadie mejor. Pues me calenté y le solté que habías conocido a alguien.
Elena se pasó la mano por el pelo. En su memoria volvieron las entonaciones del ex, esa seguridad fingida, esa forma de convertir cualquier charla en un monólogo sobre lo acertado que está él siempre.
Puedo imaginarme los piropos tan subidos que usa, comentó con un toque de sorna. Todavía no se hace a la idea de que lo dejaste, a él que es tan perfecto. A veces pienso que Pablo insiste en tus visitas los fines de semana solo para sus discursos. Lo que le importa no es hablar contigo, sino enterarse de los últimos cotilleos. Así se cura el ego.
Lucía soltó un suspiro largo y se dejó caer en el sofá, como siempre con las piernas cruzadas debajo. Apoyada en una almohada, pasó la mano distraídamente por la tela suave del tapizado, intentando poner orden en sus ideas.
Sí, yo también lo pienso, dijo mirando hacia otro lado. Tengo que aguantar hora y media escuchando lo increíble que es él. El resto del tiempo estoy libre, ni siquiera se interesa por cómo me va. Ni pregunta cómo voy en el instituto ni si necesito algo.
La niña hablaba de esto como si fuera lo más normal, como si describiera el día a día de siempre: levantarse, desayunar, ir a clase, hacer deberes. Para Lucía era ya algo corriente desde hacía tiempo, tanto que ni le provocaba sentimientos.
Se recostó en el respaldo del sofá y miró al techo, repasando mentalmente la charla reciente con su padre. Como siempre, empezó por sus logros, esta vez explicando con detalle cómo había llevado las negociaciones con los socios. Luego pasó a sus planes de futuro, a las dificultades en el trabajo, a cómo todos subestiman su aportación. Hora y media de monólogo, Lucía incluso contó el tiempo para no olvidarlo y contárselo a su mamá.
Cuando intentó hablar de su olimpiada del instituto de mates, el padre solo asintió distraídamente y cambió de tema a sus cosas. Muy bien, claro, pero sabes, a mi edad ya y siguió con sus historias de triunfos.
La niña se encogió un poco de hombros, apartando los recuerdos. Llevaba tiempo acostumbrada a eso. Desde que Lucía se acordaba, papá siempre estaba metido en sí mismo. El resto de la familia parecía existir en un segundo plano de su atención, importantes pero no tanto como para apartarse de lo principal: él mismo.
Cualquier conversación la llevaba sin remedio hacia él y sus problemas. Si mamá se quejaba de cansancio, él empezaba a contar lo duro que es su trabajo. Si Lucía compartía preocupaciones sobre amigas, el padre encontraba forma de llevarlo a sus años de instituto, por supuesto más brillantes y llenos. Las preocupaciones de los demás parecían no verlas o considerarlas sin importancia.
Lucía no acababa de pillar cómo mamá aguantó quince años junto a un hombre así. Estaba obsesionado con su propia persona. Quizá mamá se aguantó solo por ella, para que la hija no creciera sin padre. De pequeña Lucía creía de verdad que algún día papá cambiaría, empezaría a fijarse en ellas, interesarse por sus vidas. Pero pasaron los años y nada cambió. Y solo después del divorcio la niña descubrió con sorpresa que sin él se vivía mucho más tranquilo. Nadie acapara toda la atención, considerando las cosas de los demás como tonterías.
Y por qué tengo que buscarme un compañero de vida urgentemente, la voz de Elena sonó un poco más cortante de lo que pretendía. Bueno, lo dijiste y ya está, qué hay de malo.
Es que cuando papá lo oyó cambió por completo, Lucía hizo una mueca sin querer, apretando contra el pecho una de las almohadas tiradas por el sofá. Primero palideció, luego se puso como un tomate y empezó a gritar tanto que hasta la vecina vino corriendo. La verdad, hasta me asusté un poco.
Se quedó callada un momento, recordando la escena. La voz del padre, inusualmente aguda y entrecortada, sus puños apretados, la mirada inquieta. Parecía que iba a explotar de las emociones que lo llenaban.
Exigía que le dijera el nombre de ese hombre y lo describiera con todo detalle, continuó Lucía, jugueteando con el borde de la almohada. Me negué, le dije que tú me habías pedido no decir nada, sobre todo a él. No me extrañaría que pronto te llame y te dé la lata.
Elena se giró lentamente, se apoyó en el alféizar y miró fijamente a su hija. Vaya día le esperaba. El nivel de histeria de Pablo se lo podía imaginar. Gracias, hija, vaya favor me has hecho.
Elena se sentó en el sofá junto a Lucía y suspiró profundamente, abrazando a su hija. Bueno, ya no se podía hacer nada. Las palabras estaban dichas y no se podían quitar.
Por qué inventaste eso, preguntó en voz baja, meciendo suavemente a Lucía en sus brazos. Estábamos viviendo tranquilas. Ahora otra vez tendré que aguantar sus rabietas y lloriqueos. Hasta ganas de apagar el teléfono me entran.
Lucía se soltó suavemente de los abrazos, se sentó derecha y miró seriamente a su madre. En sus ojos brillaba una convicción sincera.
Porque eres maravillosa, dijo con seguridad. Eres guapa, inteligente, tienes muchos amigos y los hombres te hacen caso. Crees que no me doy cuenta. Y papá siempre dice cosas feas de ti. Ya estoy harta.
La mujer acarició tiernamente el pelo de su hija, pasando los dedos con cuidado por los mechones suaves. En su mirada se leía ternura y un poco de desconcierto.
Ya lo he entendido, cariño, ya lo he entendido, dijo suavemente. Sinceramente, pensaba que no querrías que empezara relaciones serias. Después de todo, solo han pasado seis meses desde el divorcio con tu padre.
Esas palabras le costaron. En algún lugar de su interior temía que la hija pudiera ver el nuevo romance como una traición o intento de reemplazar al padre. Elena miró atentamente el rostro de Lucía, intentando captar la más mínima señal de descontento.
Tonterías, resopló Lucía, y en su voz sonó una determinación tan sincera que Elena no pudo evitar sonreír. Lo principal es que tú seas feliz.
La niña cruzó los brazos sobre el pecho, sonriendo a su madre. En ese momento parecía sorprendentemente adulta, sensata para su edad y dispuesta a defender su opinión.
Elena siguió mirando a su hija, y en su corazón la inquietud se iba disipando poco a poco. Lucía hablaba con tanta seguridad que las dudas empezaban a retroceder. Quizá estaba pensando demasiado en el pasado y temiendo el futuro.
Eres una lista, dijo Elena en voz baja, atrayendo de nuevo a su hija hacia sí. Gracias por preocuparte tanto por tu mamá.
Lucía se acurrucó contra ella, acomodándose cómodamente a su lado. En ese momento ambas sintieron cómo entre ellas se hacía más cálido y tranquilo, como si su pequeña familia, a pesar de todo, se fortalecía cada día más.
Elena estaba sentada en su mesa de trabajo, intentando concentrarse en el informe. Las líneas se le borraban ante los ojos y en las sienes le latía un dolor sordo que por la mañana solo le daba un leve aviso, pero hacia el mediodía creció hasta volverse insoportable. La mujer se masajeó cansadamente las sienes, esperando aliviar un poco el estado. Los movimientos eran lentos, casi mecánicos, ya los había hecho decenas de veces ese día.
Después de pensar un par de minutos, Elena decidió y pidió a una compañera que fuera a la farmacia, que estaba a solo dos minutos andando de la oficina. Al volver con las pastillas, las tomó con agua de la jarra e intentó de nuevo leer los documentos. Inútil. La cabeza parecía llena de plomo, y cada sonido, el teclear del teclado, el zumbido del aire acondicionado, las conversaciones lejanas en el pasillo, le resonaba con una ola aguda.
En ese momento el vigilante asomó la cabeza en la oficina. Su cara era educada, pero en los ojos se leía cierta precaución.
Elena, han venido a verte, dijo, abriendo un poco la puerta. Tu exmarido insiste en verte. ¿Bajas tú o le ayudamos a marcharse.
Elena se quedó quieta. Por dentro subió una ola de irritación mezclada con cansancio. Respiró hondo, intentando mantener la calma exterior.
Ahora bajo, perdona las molestias, respondió, levantándose de la mesa.
Mentalmente se enfadó. Justo ahora. Todo se estaba poniendo peor. El día de trabajo ya era duro de por sí, le dolía la cabeza como loca, y encima Pablo decide aparecer sin avisar. Por qué no llamó. Para qué se planta en el trabajo, donde hay un montón de extraños. No querrá montar un numerito en la oficina.
Se dirigió lentamente hacia la salida, sin prisa, los movimientos bruscos solo empeoraban el dolor de cabeza. En el pasillo había movimiento: empleados yendo y viniendo, alguien riendo en la máquina de café, alguien discutiendo un proyecto en la pizarra de notas. Elena pasaba junto a ellos, sintiendo cómo la tensión le apretaba los hombros.
Elena salió al vestíbulo y enseguida vio a Pablo. Se movía de un lado a otro, acercándose a la recepción o retrocediendo un par de pasos. Sus movimientos eran bruscos, impetuosos, gesticulaba con las manos emocionado, probando algo a los vigilantes, subiendo la voz de vez en cuando. En las caras de los de seguridad se leía un descontento contenido: intentaban ser educados, pero claramente estaban listos para pasar a acciones más firmes si la situación se salía de control.
Qué quieres, preguntó Elena sin rodeos, acercándose. Su voz sonó tranquila, aunque por dentro crecía la irritación. Qué representación es esta que has montado. Quieres que te presente a la policía más de cerca. Puedo organizarlo.
Pablo se giró bruscamente al oír su voz. Su cara se enrojeció, los ojos brillaban con un fuego extraño, de rabia o de nervios. Se acercó a su exmujer, señalándola con el dedo acusador, como si la hubiera pillado en un crimen.
Tú, gritó. Tú. Lucía me lo ha contado todo. Solo han pasado seis meses desde el divorcio y ya has encontrado un hombre nuevo.
En su voz se mezclaban incredulidad, ofensa y celos evidentes. Parecía que hasta el último momento esperaba que la hija se equivocara o intentara gastarle una broma. Pero ahora, mirando la cara tranquila de Elena, entendía que no era broma.
Elena levantó las cejas sorprendida, inclinando un poco la cabeza. Su postura seguía relajada, pero en los ojos brilló un destello frío.
Tengo que guardarte fidelidad para siempre, preguntó con tono tranquilo. Incluso después del divorcio. Quieres demasiado, cariño. Sobre todo teniendo en cuenta que en el matrimonio tú no considerabas la fidelidad una virtud obligatoria.
Pablo se quedó quieto un instante, como sin saber cómo reaccionar. Su mano, todavía extendida hacia ella, bajó lentamente. En los ojos pasó algo parecido a desconcierto, claramente no esperaba una respuesta tan tranquila y segura.
A su alrededor seguían pasando personas: empleados, visitantes, mensajeros. Alguien lanzaba miradas curiosas hacia ellos, alguien intentaba no prestar atención. Pero para Pablo y Elena el mundo entero se redujo por un momento a ese pequeño espacio entre ellos, lleno de viejas ofensas, reproches no dichos y una nueva realidad con la que le costaba aceptar.
Tú tú simplemente, soltó al fin, pero Elena no le dejó terminar.
Vamos a no montar escenas, Pablo, su voz se hizo un poco más suave, pero no menos firme. Si necesitas hablar de algo, podemos hacerlo con calma. Pero no aquí y no así.
Escenas. Te voy a montar una escena.
Pablo casi gritaba, y su voz resonaba por el espacioso vestíbulo de la oficina. La cara se cubrió de manchas rojas, en el cuello se marcaban las venas tensas, y los puños se cerraban y abrían involuntariamente, mostrando un extremo nerviosismo. Daba un paso adelante y luego retrocedía, como si no pudiera decidir cómo transmitir mejor su amenaza.
No permitiré que mi hija viva bajo el mismo techo con un desconocido, gritaba, sin darse cuenta de que atraía la atención de los empleados que pasaban. Te quitaré a Lucía. No la volverás a ver. Tú.
Sus palabras sonaban duras, casi histéricas, pero Elena solo levantó un poco una ceja, manteniendo en la cara una expresión de calma indiferencia. Quitarle a la hija. Vaya, le gustaría verlo. Cualquier juez estaría de su lado.
Ya has dicho todo. Vaya artista, dijo con tono tranquilo y un poco burlón. Y añadió: De circo.
Qué está pasando aquí.
Pablo se quedó a medias y se giró bruscamente hacia la voz desconocida. En la puerta que llevaba al vestíbulo estaba un hombre con un elegante traje azul oscuro. Su postura era despreocupadamente segura, y la mirada tranquila y atenta. Los vigilantes, que antes intentaban contener delicadamente a Pablo, se pusieron firmes de inmediato, obviamente era alguien importante en la empresa.
No se meta, siseó Pablo, lanzando al desconocido una mirada irritada. Su cara aún ardía de rabia, y en la voz sonaba una antipatía abierta. Es asunto personal, no le concierne.
El hombre no se apresuró a responder. Pasó lentamente adelante, deteniéndose un poco más lejos, para ver a ambos interlocutores. Sonreía, lo que irritaba aún más a Pablo.
Asunto personal es cuando hablas con tu mujer a solas, dijo al fin. Pero cuando montas un escándalo en un lugar público, deja de ser personal y se vuelve público.
Elena observaba en silencio esta escena, sintiendo cómo la tensión en el aire se volvía casi tangible. No esperaba la aparición de Fernando, pero su intervención, aunque inesperada, le parecía adecuada, al menos descolocó a Pablo de su camino habitual de amenazas y gritos.
Pablo dio un paso hacia el hombre, claramente dispuesto a responder con dureza, pero el otro ni se inmutó. Su mirada seguía tranquila, casi imperturbable, como si estuviera acostumbrado a tratar con oponentes mucho más emocionales.
Quién eres tú para darme órdenes, siseó Pablo entre dientes, intentando mantener los restos de sangre fría. Te metes en lo que no te importa.
Fernando dio varios pasos seguros adelante. Se acercó a Elena, que aún estaba un poco aturdida, sin acabar de entender qué pasaba, y la abrazó suavemente por la cintura. De forma demostrativa, sin dejar lugar a dudas.
Quién soy, dijo con tono tranquilo, casi cotidiano, pero en su voz sonaba una determinación fría que hizo que incluso Pablo retrocediera un paso. Soy el que hace feliz a Elena. Tú te permites gritarle a mi mujer, y yo no perdono eso. Con la excursión a la policía ya no te vas a librar, me encargaré de que tengas problemas hasta arriba. Y si te atreves a usar a la hija como moneda de cambio. Creo que me has entendido, no.
Pablo se quedó quieto. Su cara, que antes ardía de rabia, fue perdiendo el tono rojizo, volviéndose pálido. Miraba alternativamente a Fernando y a Elena, como intentando darse cuenta de que la situación se le había escapado de las manos. En los ojos pasó algo parecido a desconcierto, claramente no esperaba encontrar un oponente tan seguro y sereno.
Durante varios minutos estuvo callado, cerrando y abriendo los puños, como luchando con el deseo de decir algo cortante. Pero las palabras no salían, ya fuera por la aplastante seguridad con la que hablaba Fernando, ya por darse cuenta de que aquí sus métodos habituales no funcionarían.
Al final, hizo una mueca, murmuró algo ininteligible, apenas audible, y se giró bruscamente. Su paso, antes enérgico y agresivo, ahora parecía cohibido, como si intentara con todas sus fuerzas mantener los restos de dignidad. Antes de salir del vestíbulo, se giró, lanzó por encima del hombro: Con la pensión no cuentes.
No las necesito, resopló Elena, apenas se ocultó tras la puerta. Su voz sonó ligera, casi burlona, pero había un alivio sincero. En cambio Lucía ya no tendrá que ir a ver a su padre.
Al cabo de un instante Elena se dio cuenta de que la mano cálida y segura del director general seguía sobre su cintura. Ese contacto, tan simple y al mismo tiempo significativo, la hizo sentir un poco incómoda. Bajó la mirada involuntariamente, sintiendo cómo le subía un ligero rubor a las mejillas, y se apartó con cuidado, intentando que fuera lo más natural posible.
Con una sonrisa ligera y un poco desconcertada se giró hacia su salvador inesperado: Muchas gracias, Fernando. Ni te imaginas cuánto me has ayudado.
Su voz sonó sincera, sin rastro de afectación. En ese momento sentía una enorme gratitud, no solo por haber intervenido en la escena desagradable, sino por cómo de seguro y calmado lo hizo.
El hombre sonrió ligeramente, sus ojos se suavizaron un instante.
Lo hablamos en la comida, propuso, extendiendo la mano en gesto de invitación.
Elena se quedó quieta un segundo, pensando la propuesta. En su cabeza pasaron las dudas habituales, si era demasiado pronto, si parecería frívolo. Pero enseguida las apartó. Fernando se comportaba correctamente, con respeto, y de verdad quería hablar con él sin prisas ni extraños.
Además, por dentro crecía la curiosidad: quién era realmente, por qué había decidido intervenir, qué había detrás de esa seguridad tranquila.
Claro, respondió, poniendo su palma en la suya.
El contacto resultó inesperadamente agradable, firme, seguro, pero sin ser insistente. Elena sintió cómo la tensión que la atenazaba desde la aparición de Pablo se iba poco a poco, dejando lugar a una ligera emoción e incluso anticipación.
Más tarde, en una mesa acogedora en un pequeño restaurante cerca de la oficina, la conversación fluyó con más libertad. La luz suave de las lámparas, la música discreta y el aroma de bollería fresca creaban un ambiente agradable.
Poco a poco, en el transcurso de una charla relajada, supo que su salvador sentía ternura por ella desde hacía tiempo. Se lo contaba simplemente, sin pompa ni frases bonitas, más bien como algo natural que llevaba tiempo madurando dentro, pero sin salida.
Durante mucho tiempo no me atreví a acercarme, confesó, removiendo el café con la cucharilla. Siempre te veías tan concentrada, seria. Entendía que estabas pasando un periodo difícil después del divorcio y no quería presionar ni parecer pesado.
Elena escuchaba sin interrumpir. En sus palabras no había ni sombra de arrogancia o autosuficiencia, solo sinceridad y respeto por su espacio personal.
Y hoy, cuando vi cómo ese hombre te gritaba, Fernando frunció el ceño disgustado. Simplemente no pude quedarme al margen.
La mujer no pudo contener una sonrisa suave. Así que era eso. Ella ya se había dado cuenta de las miradas del jefe, pero las había interpretado mal. Fernando le gustaba bastante, solo que por la diferencia de posición ella nunca se habría atrevido a dar el primer paso.
Tres meses después de aquella escena tensa en la oficina, Elena y Fernando se casaron oficialmente. La boda salió estupenda, el hombre cumplió literalmente todos los sueños de Elena, hizo realidad cualquier deseo.
Lucía se alegraba sinceramente por su mamá. El día de la boda ayudó a Elena a prepararse, vigilaba para que todo estuviera perfecto, desde el peinado hasta el último botón del vestido. Cuando los recién casados intercambiaron anillos, la niña sonrió y abrazó fuerte a ambos.
Estoy tan contenta por vosotros, susurró, y en sus ojos brillaba una alegría sincera.
Al mismo tiempo Lucía avisó honestamente que aún no estaba lista para llamar a Fernando papá.
Me caes bien, Fernando, dijo en una de las primeras noches, cuando se quedaron los tres solos. Y me alegro de que mamá no esté sola. Pero papá, por muy como sea, pero papá ya lo tengo.
Fernando asintió sin rastro de ofensa:
Lo entiendo. Y está bien, Lucía. Lo importante es que estamos juntos.
Pablo también recibió invitación a la boda, más bien como burla que en serio. Elena dudaba si enviar el sobre, pero al final decidió, que sepa que su vida continúa, y sin él. La invitación la mandó por correo, sin carta de acompañamiento, solo la tarjeta con fecha, hora y dirección.
Naturalmente, Pablo no apareció en la boda. Ni siquiera se lo planteó seriamente. La sola idea le provocaba una mezcla de irritación y amarga ofensa. En su lugar encontró otra forma de desahogar el descontento acumulado: empezó a llamar a conocidos comunes.
La primera llamada la hizo ya al día siguiente de recibir la invitación. Su voz sonaba deliberadamente tranquila, pero en las entonaciones se notaba claramente tensión.
Imagínate, me ha invitado a su boda, soltó sin esperar a que el interlocutor terminara el saludo. Después de todo lo que pasó.
El interlocutor, un antiguo amigo de la universidad, preguntó cortésmente qué le parecía a Pablo tan escandaloso. Pero él solo hizo un gesto de desdén:
Cómo ha podido. Humillarme así.
En los siguientes días esta escena se repitió una y otra vez. Pablo marcaba un número tras otro, y cada conversación empezaba igual, con esa frase sobre la invitación, dicha con indignación apenas contenida. Parecía intentar encontrar en las palabras ajenas confirmación de su razón, esperaba que alguien dijera: Sí, es realmente asqueroso.
Pero los interlocutores reaccionaban con mesura. Alguien asentía con simpatía, alguien se salía con frases generales como Bueno, cada uno tiene su vida, y alguien simplemente callaba, sin saber qué decir. Y cuanto más repetía Pablo su monólogo, más claramente entendía que sus argumentos sonaban poco convincentes.
Entonces empezó a afirmar que Elena se precipitaba con el nuevo matrimonio:
Solo han pasado seis meses. Se puede encontrar el verdadero amor en ese tiempo. Es solo un intento de huir de la realidad. Intenta olvidarme, entiendes.
Luego cambiaba de repente a otra cosa:
Ni siquiera me dio una oportunidad de arreglarlo todo. Si hubiéramos hablado, yo habría podido.
Él mismo no terminaba lo que habría podido, devolverla, cambiar algo en sí mismo, empezar de nuevo.
Y a veces sus quejas tomaban un giro bastante extraño:
Hice tanto por ella y ella. Ni siquiera dio las gracias. Simplemente se fue. Y se llevó a la hija.
Estas acusaciones de ingratitud sonaban especialmente poco convincentes. Los interlocutores se miraban, se encogían de hombros, y alguien comentaba con cuidado:
Por qué tiene que darte las gracias. Estabais casados, es natural.
Pablo callaba, sintiendo cómo por dentro crecía el fastidio. Entendía que sus palabras no producían el efecto que esperaba. Nadie compartía su indignación, nadie llamaba a Elena indecente o frívola. Al contrario, todos parecían pensar que tenía derecho a seguir viviendo, y eso lo enfadaba aún más.
Al final, cansado de las conversaciones estériles, Pablo dejó de llamar. Se sentaba en su piso, miraba las cosas pequeñas que quedaron de Elena, un pasador olvidado en el estante, un viejo álbum de fotos en el armario, un par de vestidos que se le habían quedado pequeños, y entendía que, quieras que no, la vida sigue. Solo que él todavía no había encontrado su lugar en esa nueva vida.
Al final, cansado de las conversaciones estériles, Pablo se calló. Y la vida de Elena, Fernando y Lucía seguía su curso, tranquila, pausada, llena de pequeñas alegrías: cenas juntos, paseos los fines de semana, discusiones divertidas sobre qué película ver por la noche.







