Botón

Botón

Ya basta, Lucía. Basta, de verdad Víctor desvió la mirada, pero Lucía seguía aferrada a él, se colgaba de su cuello, del chaquetón recién planchado por ella, de esas manos que tanto adoraba. ¡Venga, suéltame ya! ¡¿Por qué te agarras como una lapa?!

Vic… Pero no es para siempre, ¿verdad? preguntó Lucía de manera ingenua, como si uno pudiera romper sólo por un tiempo, como si Víctor hubiese inventado ese juego, una forma de sacudir lo suyo para reavivar la pasión. ¿Quieres que prepare algo para cenar? ¿Qué prefieres? ¿Pedimos algo? ¿Unos sushi? ¿Te apetecen? O, si quieres, preparo pato asado… ¿No? Pues trucha entonces. Compro trucha fresca y…

Su mirada, esos ojos enormes, verdes y grises, tan fieles y tristes como los de un perro, lo miraban fijamente. Dios, cómo había llegado a amar aquellos ojos, cómo pensó que Lucía era un tesoro, su medalla de honor, el premio que le tocó de antemano. Siempre se sintió un afortunado, bendecido, al conquistar a semejante belleza… Pero ahora, los ojos de Lucía solo le incomodaban. Qué vulgar y burdo, mirarle así, ¡y ni una pizca de dignidad le queda! Ni un ápice. Gatea por el suelo, se arrastra, sólo para que él, Víctor, se quede. Pero él ya no la quiere, se cansó del juego, su nombre le sabe a ceniza. Hace mucho que perdió el interés, sólo se dejaba querer y montaba caprichos que Lucía, pobre tonta, siempre cumplía. Las mujeres, cuando aman, se vuelven dóciles como vacas, resignadas, pensó.

¿Se te ha ido la cabeza? empujó a Lucía, incapaz de soportar la tristeza ajena. Lucía, en ese momento, no era más que una sombra, ni se había peinado bien para despedir a su hombre. Me voy. Para siempre. ¡Déjame de una vez!

Le retiró las manos con brusquedad y algo crujió.

Ay… lo siento. Víctor miró el botón que había quedado en la mano de Lucía. Vic, quítate la chaqueta. ¡Te lo coso! Enseguida, de verdad. Siéntate un segundo, no tardo nada, ¡te lo prometo!

Lucía corrió al armario, sacó la vieja cajita de costura, tuvo la aguja entre los dedos, miró atrás buscando la chaqueta y sólo encontró el vacío. La puerta pegó un portazo, el ascensor chirrió y se tragó a Víctor, bajándolo hacia la libertad. Lucía se quedó de pie, con el hilo y la aguja, después fue a la cocina y se sentó.

No sabría decir cuánto tiempo estuvo así. Se quedó petrificada, congelada, con la mente en blanco y los ojos abiertos

Solo volvió en sí cuando estalló un trueno fuera. El cañón de mediodía desde el Retiro. Ojalá hubieran disparado a ella directamente, que le apuntaran a la cabeza, que activaran bien la pólvora, para no fallar. Ni habría luchado, ni levantaría la voz. Sería fácil

Pero no, ni el cañón tiene esa misericordia. Habrá que seguir viviendo, arrastrar esa existencia vacía y triste sin Víctor.

«¡Victor!», se estremeció. «¡Se dejó el desayuno!»

Cada mañana, Lucía le preparaba un desayuno como a un niño: dos tostadas crujientes, un huevo duro, un par de salchichas que ella misma amasaba, especiaba, liaba en film y cocía. Todo quedaba en el compartimento del táper, para que Víctor pudiera picar algo en la oficina. Añadía pepinos, tomates, frutos secos. Víctor era muy cuidadoso con la dieta, le gustaba la comida de casa. Y a ella no le costaba nada: se levantaba a las seis, ducha rápida, repasando después gota tras gota en los azulejos y el espejo, porque a Víctor no le iban los residuos, ni la humedad. Luego deprisa a maquillarse. A Víctor le gustaba verla siempre arreglada, le brillaban los ojos y le decía aquello de «me enciendes el pecho, Luces».

Terminado el maquillaje, Lucía, sentada en el borde de la cama, acariciaba la pierna de Víctor, grande y peluda, con manos templadas, como a él le gustaba. Si hacía frío, se calentaba las manos en el radiador o bajo el grifo de agua caliente, pero luego limpiaba bien las gotas, ya se sabe: a Víctor no le gustan los restos de agua en los grifos.

Con manos cálidas acariciaba la pierna, que se removía inquieta, moviendo los dedos. Lucía sonreía y susurraba:

Despierta, amor, venga, mi vida, arriba. ¡Ya es hora, sol! Víííctor, mi Víctor

Él resoplaba, retiraba la pierna bajo la sábana y mascullaba:

Ven aquí

Lucía reía de rodillas, gateaba hacia él para darle un beso en la oreja. Las orejas de Víctor tenían forma de empanadilla, pero a medio cocinar.

Buenos días, mi Víctor susurraba acariciándole la cabeza. La cabeza refunfuñaba que era pronto, que quería café.

Café: siempre café antes de desayunar, y recién salido de la ducha, oliendo a gel masculino.

Lucía le preparaba la taza de café, servida en bandeja con servilleta y sobre de azúcar, casi ritual. Y mientras, rápido a repasar la cabina de ducha; huellas ni una. Matutino maratón.

A Víctor nada se le pasaba: ni marcas en la taza, ni ventanas empañadas, ni camisa arrugada, y si tenía que correr a una reunión Víctor era un mando intermedio del banco, con reuniones diarias. Tenía que ir impecable. Tampoco toleraba el café recalentado, el gazpacho pasado o las tostadas demasiado secas, ni el filete poco hecho, ni los pepinos mal cortados, y mucho menos si Lucía, de puro hambre, se comía una rodaja.

Lu, ¿te cuesta mucho hacer un buen café? ¡Sabes que no quiero cafetera! gritaba él dejando la taza en el fregadero con rabia. Bah, vamos a desayunar.

Lucía, siempre disculpándose, recordaba sacar pastel recién horneado: carne, brócoli, huevo y arroz, col, menudillos, queso y patata. Pero tenía que ser fresco, del día. Lo de ayer se lo comía ella, corriendo ya al metro. Nunca desayunaba sentada. Mientras él comía, ella recogía la cama «sin una sola arruga» y, si tocaba, quitaba el polvo de las mesillas, y le preparaba la fiambrera.

Oye, ¿no puede comer en el bar de la oficina como el resto? le preguntó su amiga Paula, que no tragaba a Víctor y ni pisaba la casa si él estaba.

¿Para qué? Yo lo hago para él, lo mío es mejor, y con ese estómago, más sano se excusaba Lucía, sin admitir que le aterraba perderlo, que era tan indecisa.

Vamos a ver, Lucía, las cerdas comen. Las personas comen. Y tu Víctor, bueno Paula torcía la boca.

¡Paula! ¡No hables así de él! Lucía se sentía dolida.

Venga, mujer, no es un muerto.

¡Paula!

Va, ya no digo más. Pero sigue siendo un… bueno, en fin…

Paula subía el mentón como si nada.

Da igual. Le tenía envidia, porque Lucía, con «casi marido», se desvivía por él.

Tras recoger la comida, Lucía fregaba rápido mientras Víctor se vestía, le despedía en la entrada. De vez en cuando él la besaba, con fuerza, con pasión suficiente para que a la chica le bulleran los labios todo el día. Lucía vivía para esos momentos. Él olía a colonia y su traje la deslumbraba. Y sí, era su casi marido. Y siente que le lavaría los pies y bebería esa agua, tanto lo quería. Paula se reía diciendo que era amor tóxico, pero a Lucía le daba igual.

El cañón del Retiro no la alcanzó. El corazón de Lucía seguía entero, apretado, sangrante, pero seguía latiendo.

Miró el reloj y palideció. ¡Mediodía! Llegaba tarde al colegio, pero ¿qué importaba ya el trabajo? Si Víctor se fue… Solo quedaba un botón, pequeño trofeo, recuerdo.

Lucía se levantó, comenzó a arreglarse. El dolor es el dolor, pero las clases no esperan, aunque ya llevara la mitad perdidas. Cinco llamadas perdidas en el móvil, la secretaria del cole, Carmen, buscando saber si Lucía seguía viva.

¡Carmen María! ¡Ya voy…! sollozando al teléfono. Llegaré en media hora. Yo Yo

Ya estaba llorando del todo, los sollozos se mezclaban con lamentos.

Anda, Lucía Muñoz, límpiate la nariz y dime qué ha pasado. Rápido, que dan el timbre y no te oigo la atajó la secretaria. Vaya apellido ridículo te has puesto, Muñoz. Ni lo hubiera escogido yo. Habla claro, como en el auditorio. ¡Venga!

Carmen María tenía un aire teatral para todo: «dan el timbre», «empieza el acto», «las vacaciones son el entreacto», «el claustro es el taller de creación». Era divertido, carismático.

Lucía cogió aire y, como en un escenario, contó los hechos.

Carmen escuchó sin interrumpir.

¿Y sólo te ha quedado un botón? preguntó al final, como si algo se le hubiera atragantado.

Carmen María es horrible, tan horrible

Bueno, tus clases las ha hecho Olga. Luego ajustáis cuentas. Ven, cielo, y trae el botoncito.

Carmen siguió hablando, pero el timbre del cole se tragó el resto.

Lucía se arregló como pudo, el maquillaje a medias, metió los cuadernos sin mirar en la bolsa, agarró el bolso y bajó al portal.

Entró medio en trance en el ascensor, saludó educadamente a sus vecinos Pepe, el del doce, con su Yorkshire Benito; una anciana que llevaba un ramo flores marchitas, y un chaval del veintidós. Ni los reparaba, porque solo existía Víctor.

La vieja suspiró, ay, Don Pepe agarró a Benito, y el chico le guiñó un ojo.

Pero a Lucía le daba todo igual: el mundo se había reducido a un botón.

De camino al cole saludó a Remedios, la portera, quien la miró como si viera una aparición.

«Debo estar fatal pensó Lucía triste, frenando en la puerta. Tal vez debería tirarme al Manzanares Meter la mano y apretar el botón en el fondo».

Pero nadaba bien, y luego, si no iba al colegio, Olga se quedaría con sus clases y le pagarían a ella.

Al subir al autobús, notó que olvidó ponerse la blusa. Chaqueta sí, y la falda, suerte. Pero la blusa

Como cuando su madre la llevó al parvulario y, quitándole el abrigo, descubrió que bajo las mallas de lana sólo tenía las medias. Su madre se tapó con ella, apurada, pero Lucía, de cría, no entendía la desgracia.

Ahora, ella misma se encontraba con la sorpresa. Por eso la vieja protestaba en el ascensor, y el chico, claro, guiñaba el ojo.

Se tapó con la bolsa, aunque estaba todo cerrado y entró, roja como un tomate, en el cole. Saludó, firmó y voló a buscar la bata de química para disimular.

¡Muñoz! ¡Te pillé! apareció la directora, doña Margarita Ortega. Ven paca.

No puedo gritó de lejos Lucía. Voy a por algo, ¡luego voy!

¡Lucía Fernández, a mi despacho! tronó la directora.

Lucía no se atrevió a fingir más. Arrastró los pies, la bolsa pegada al muslo.

¿Ibas deprisa, no? Doña Margarita ni levantó la vista de los papeles. Queda claro que aprecias el trabajo ¿lo aprecias?

Sí. Mucho. Es sólo que Víctor él

Toma interrumpió la directora, pasándole una blusa prestada. Te está grande, eres un fideo, pero la metes en la falda y tira. Me doy la vuelta. Cámbiate.

Lucía se vistió, las mejillas ardiendo.

Vaya Orquídea se queda corta murmuró Margarita, captando de reojo el encaje que asomaba.

No, la compré en «Sirope de Vainilla» se disculpó Lucía, como si el sujetador importara. Es que… bueno…

Porque a Víctor le gusta. Lo sé. Toda la plantilla lo sabe, hija, que a Víctor le gusta. ¡Qué le parta un rayo! murmuró la directora lo último, pero Lucía lo oyó.

¿Perdona?

Digo que Dios le bendiga.

Pero él es bueno. Es solo un malentendido. Ya verá me llamará y

Te llamará por el botón. No se lo devuelvas golpeó la mesa Margarita.

¿Por qué? Lucía se desmoronó, fijándose el lazo.

Porque no encontrará otro igual y el traje es caro. ¿Entiendes? Tú guarda la reserva. Y si pide otra, ¡tira ambas! Que salga con la chaqueta manca. Margarita la miró un instante y, de pronto, ambas rompieron a reír. Margarita, discreta, cerrando la boca, Lucía a carcajadas sinceras. Así se ríe después de un disgusto, al descubrirse a salvo. Como cuando de pequeña partió el abrigo caro, y a casa entró arrastrando los pies. Su madre lo descubrió, suspiró y le contó que ese mismo día ella rompió su propio abrigo. Y rieron juntas largo rato.

Así reía Lucía ahora: imaginando a Víctor, el estirado Víctor, balbuceando en sastrerías de la Castellana, mascullando por un botón que nadie le iba a dar. Siempre se quejaba de la frialdad de la gente…

No estabais casados, ¿verdad? soltó la directora de pronto.

No Víctor decía que era mejor probar antes, por si no encajábamos. Y yo lo di todo.

Pues mejor así. No encajasteis. Cuando quiera volver, le dices que a la tía Margarita no le vale. Ahora ve, tienes tres clases más y luego refuerzo.

Lucía miró por la ventana mientras el grupo de bachiller preparaba sus ejercicios de química.

La química, pensaba Lucía, qué misterio. Las moléculas bailan, se buscan, se enlazan Un día, de pronto, zas, familia, sociedad. ¿Y cuando las moléculas se separan? ¿Qué sienten?

Al principio como una manzana mordida luego, la herida cierra contestó alguien a su monólogo. Había hablado en voz alta.

Gracias, Federico. Sigue escribiendo.

Federico bajó la vista. Era negado para la química, pero le gustaban esos discursos. Y le gustaba Lucía.

Asomó la cabeza Julia, la profe de gimnasia.

¡Lucía! ¡Luci! musitó. Sigue, Noriega, escribe, el papel todo lo aguanta añadió en voz alta.

Lucía se acercó. Julia le agarró el brazo, le susurró una enhorabuena.

¿Por? ¿Julia?

Por Víctor. Qué alivio, tía. No sabes lo contenta que estoy. Me callé, pero nunca me gustó. ¡Te olvidaste de ti misma! Ahora eres libre, Lucecita. Aún no lo ves, pero lo entenderás. Vente hoy, jugamos a voley.

No quiero Lucía retiró la mano. Lo siento, tengo clase.

Vale, vale. Buena blusa le guiñó Julia.

Federico la miraba desde su pupitre, mordiéndose el bolígrafo. Ay, de ser diez años mayor

En la sala de profesores, reinó el silencio cuando entró Lucía: cucharitas, crujidos de azúcar y cuchicheos. Elena, la de Biología, hablaba por el manos libres con su marido.

Hola, sí, ya he comido. Claro, cariño. ¿Cansado?

Shhh, la mandaron callar, mientras rodeaban a Lucía con galletas que no le gustaban y palmaditas.

Venga, mujer, que no es para tanto Ya harás nuevos amigos, vendrán otros la animaban entre todos.

A Víctor sólo lo conocieron una vez, en la fiesta de Navidad. Guapo, sí, pero altivo, un pavo real. Lucía giraba a su alrededor: «¿Agua, pastel? ¿Tienes hambre, Víctor? ¿Quieres otra taza? No, ya voy yo por mis cosas, tranquilo». Lo irradiaba de atenciones. Y él, ceño fruncido, recogía las migas con desdén.

Por él, Lucía había rechazado un cambio de colegio a una de esas escuelas punteras con bachillerato tecnológico. Víctor alegó que si trabajaba más, no la vería en casa y no habría más tartas. Y él no estaba preparado

El claustro se indignaba en silencio, pero Lucía eligió a su hombre. Desde entonces, la compadecían. Ahora, por fin, su liberación. Pero Lucía… sólo sentía vacío.

¡Ya está bien! exclamó Lucía, disparando su voz como un cañón. ¡No quiero a nadie mejor! ¡No se metan en mi vida! ¡No tienen ni idea! Lo pequeño, el café, la camisa limpia, el desayuno eso no es nada banal. A mí me duele, ¿qué no lo ven? ¡No quiero galletas! Y por cierto, la gente come, no cucha.

Salió dando un portazo.

Fue brusco, y qué más da. Ellos tampoco entendieron, banalisaron sus años con Víctor.

En el laboratorio, Lucía marcó a Víctor, escuchó los tonos eternos y colgó. Él ya estaría en su piso, que ella conocía bien, pero no tenía fuerzas para ir. Acabaría el día, y punto.

Lucía no quería volver a casa, caminaba despacio, mirando escaparates, dejando pasar autobuses.

Tarde o temprano, el camino termina. Llegó al portal, pidió ascensor y buscó las llaves.

¡Desastre! pisó fuerte Lucía. ¡Qué desastre! Cerró la puerta y las llaves quedaron encima del mueble.

Y entonces se planteó: podía ir a casa de Víctor, él tenía copias. Le pediría el juego de vuelta y, de paso, podría intentar que volviera con ella. Le haría ver que Lucía era lo mejor que le había pasado.

Víctor vivía en la calle Barquillo, piso alto. Lucía estuvo un par de veces, solían verse en su casa.

¿Qué piso era? ¿Qué número? Ah, sí, el 76.

Iba a llamar cuando vio salir a una pareja mayor. Él se reía, ella le pedía silencio. Los reconoció. Los padres de Víctor. Pasó de largo, quería evitar explicaciones.

Entró en el bloque y, de pronto, la asaltó el pánico. ¿Qué le iba a decir? ¿Suplicar? ¿Ofrecerle cenar y hablar? Todo se puede discutir, ¿no?

Imaginó moléculas incompatibles intentándose unir afanosamente ¿funcionaría?

«¡Tonterías!» pensó con voz de Federico.

Pero mentalmente le suspendió ese pensamiento y pulsó el timbre.

Un instante en silencio, pasos y la cerradura.

¿Víctor? Pero si acaban de irse tus padres, yo ya

La puerta se abre y aparece Paula. Sí, su amiga Paula, apenas vestida.

¿Paula?

¿Lucía?

Lucía tragó saliva y quiso marcharse, pero los pies se le pegaron. Mareo, y lágrimas de nuevo.

Vaya qué situación Luci, no te lo tomes a mal. chilló nerviosa Paula. Estas cosas pasan. Somos amigas. No funcionó, ahora me toca. Luci, tú no eras no eras suficiente parpadeó.

No era suficientemente tonta como para perder la vida entre cafés en la cama y manchas de agua en la ducha, entre salchichas caseras y alfombrillas limpias. espetó Lucía con rabia. Ya es tuyo, Paula. Tu toro de lidia, con piensos especiales. Pero ojo, Paula, un fallo y te tira al pozo. No tendrás fuerzas para nadar, ni aire, porque te aplastarán. Pero tranquila, se sobrevive. Yo solo venía a por mis llaves. Lucía abrió el chaquetón para plantarse con las manos en la cadera, pero recordó la blusa extra, y se tapó de nuevo.

Paula, apresurada, fue por las llaves. Odiaba los escándalos y temía a los vecinos, pero Lucía no gritaba, qué suerte.

Toma, y recuerda, Paula: a Víctor le encanta que le cuenten el cuento ese antes de dormir: «Llegará el lobo y te morderá el culete». Que no se te olvide, y luego acaríciale la espalda y tápalo bien con la manta.

A Víctor le horrorizaba ese cuento, pero Paula no lo sabía Un pequeño veneno.

Paula asintió, repitiendo mentalmente la orden, cerró la puerta.

Lucía salió a la calle, caminó despacio. Una gaviota chilló en el cielo, por el río pasó una lancha soltando espuma y salpicando a los turistas del barco. El olor a canela y crema pastelera salía de una panadería. Lucía sintió hambre, quería llegar a casa.

Enfiló decidida hacia la calle Mayor. Parada en el puente, sacó el botón del bolsillo, lo estudió y lo lanzó al Manzanares.

Mejor que te lo coma un pez susurró, esbozando una sonrisa mientras seguía su camino.

En casa, preparó unas tortitas, se sentó tranquila con mermelada y puso una comedia en la tele. Hasta casi había olvidado cómo era comer tranquila, sin saltar cada vez que Víctor pedía parmesano, o salsa, o ketchup.

Ahora Lucía era su propio Víctor: ella decide si se sirve o no.

En el baño, dibujó una cara sonriente en el espejo empañado y no la borró. Porque le dio la gana.

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