Una cita imperfecta

Una cita imperfecta y onírica

Caminaban despacio, casi flotando, por una calle de Madrid, tibia en el frío invernal gracias a la luz que caía desde farolas estilizadas, rematadas en volutas, como si fueran coronas doradas para gigantes soñolientos. Los charcos, aún congelados, reflejaban motas de amarillo y crema, transformando la acera en un puzzle surrealista de luz, celebrando una Navidad tardía en pleno febrero, con la primavera acechando en la respiración callada de la ciudad.

Un tranvía antiguo, chisporroteando bajo la noche, cruzó cerca, y Lola siguió absorta las chispas rojas que dibujaban un sendero efímero hacia el cielo madrileño, devoradas al instante por la negrura.

A su lado, Tomás la conducía del brazo, en un silencio cómodo, casi telepático. Después de veinte años juntos, dos hijos tras el telón, ya no necesitaban palabras. Se entendían en media mirada, como si las palabras fueran piedras que los separaban de la melodía verdadera.

No era habitual que pasearan así tras el trabajo. Pero hoy Tomás había llamado, invitando a Lola a una cita. La idea le había caído encima, suave y absurda, como una pluma flotando en la sopa.

¿Una cita? rió Lola, sujetando el teléfono. Tomás, anda ya… Y yo sin tiempo de pasar por casa, cambiarme…

¡Vamos, mujer! gruñó él, grave, con esa voz que siempre la ablandaba, sobre todo desde el auricular. Venga como estés, el mundo no mira. A las seis en Cibeles.

Dijo que sí, murmurando un “te quiero” que retumbó pequeño y sincero.

Amar, seguía amándole. No con la lava de antes, pero sí con la solidez de las raíces viejas. Nada de dramatismos adolescentes: la certeza apacible de que aquel era SU hombre.

En la boca de metro, un grupo de chavales, disfrazados de bufones, arrancaba sonrisas a los peatones. Una chica, espigada, con lunares pintados y coleta saltarina, pedía monedas con una hucha multicolor.

Tomás, al principio, negó con la mano, pero al rebuscar en el abrigo encontró un billete de cinco euros no, de diez y se lo dio a la muchacha.

¡Gracias! respondió ella, y Tomás pensó, fugazmente, “Me recuerda a Carmen”.

Amaba a su hija Carmen. El mayor, Gonzalo, solía quejarse de favoritismos, pero Tomás no podía evitarlo. Carmen sacaba de él lo que la vida no conseguía.

Lola adoraba esos bolsos descomunales en los que cabían libros, revistas y todos los papeles envueltos en misterio de un trabajo universitario que se colaba en su vida privada.

Otra vez cargada de ladrillos, hija musitó Tomás, mascullando entre dientes. El trabajo, en el trabajo, Lola. Algún día aprenderás…

Ella solo suspiró, pegándose más a su sombra.

Avanzaban, contemplando escaparates decorados con guirnaldas y muñecos de nieve malheridos, perseguidos por cuervos que picoteaban bolsas arrugadas.

Un artista exponía sus cuadros sobre un banco oficioso. Marinas vibrantes, hechas de acrílico y sal, amarillos y azules festivos, enmarcados por el albor del asfalto. Lola señaló una: una playa, con conchas y sol poniente.

Diez euros, pero para ti, cinco susurró el pintor con voz de grieta.

Mirada furtiva, Tomás asiente. Ningún ramo hoy, pero un cuadro puede ser mejor flor.

La miniatura quedó enseguida tragada por el bolso.

¿Entramos? preguntó, señalando un restaurante con linternas de colores colgando como frutas. Hace siglos que no salimos a cenar.

Ganas de no irse aún a casa. Gonzalo en la universidad, ensayando, y Carmen con amigas nadando en la piscina, ambos lejos hasta tarde…

¡Vamos! decidió Lola. Hace un siglo…

Tomás la ayudó a subir los escalones resbaladizos, abriendo la puerta con elegancia torpe.

En el recibidor, un joven con pajarita saludó, nervioso, prometiendo atenciones ridículas (“¡el mejor restaurante del barrio!”) mientras lanzaba miradas de reojo a la penumbra, donde un hombre rechoncho, bigote económico y rostro de entresijos, lo evaluaba con aire de juez fallido.

¿Álvaro? murmullo asombrado de Lola. Era uno de sus alumnos: brillante, excéntrico, con la cabeza perdida en microbios y galaxias.

Álvaro bajó la mirada, metiendo unos tickets en sus manos.

¿Han reservado? preguntó, y añadió en voz baja. No se preocupe, profesora, no dejo la carrera. Es por dinero, para mi madre y…

Ella asintió, guiñando un ojo. Tomás explicó la reserva a nombre de García.

Les guiaron a una mesa junto a un escudo colgado; dos leones, a punto de estallar, se empujaban en silencio gótico.

Lola se sentó, bajó un abrigo y trató de recolocarse el pelo nuevo: se lo había cortado al estilo bob, casi como gesto de rebelión. Le daba inseguridad esa cabeza ahora pequeña sobre el cuerpo. Pero ya era tarde.

Tomás hojeaba la carta, distraído.

¿Estamos bien aquí, Tomás?

Sí… digo, sí. ¿Cuánto tardan en cocinar este codillo? Oye, ¿y si nos vamos a casa y hago unas albóndigas?

Nada de eso. Hoy cenamos fuera pidió, llamando al camarero.

Y una copita, ¿no? añadió Tomás. Derribó el salero.

Uy, a mí también me apetece sonrió Lola, viendo cómo él miraba de soslayo hacia la barra.

El camarero se marchó y Tomás empezó a hablar demasiado deprisa de Carmen, de Gonzalo llegando tarde, de la laxitud de Lola como madre.

Ella solo puso la mano sobre la de él.

¿Qué te pasa?

Un encogimiento de hombros, evasión, pero en ese instante una voz cortó su ánimo como un cuchillo envuelto en miel:

¡Pero mira quién tenemos aquí! ¡La élite de la docencia madrileña! Lola, casi no te reconozco, ¡te has puesto de lo más regia…! No contestes, cariño, la edad no perdona.

Sin pedir permiso, se sentó a su mesa Fátima López, apodada la Ardilla, toda ella pintarrajeada y joyosa, como una actriz que imita a otras actrices. Los dedos plagados de anillos, las botas tan altas como los castillos de Ponferrada.

¡Fátima! ¿Eres tú, Ardilla? musitó Tomás, inquieto. Vaya…

Por supuesto. Yo. ¿No notáis que me cuido? Dieta sana, gimnasio, nada de excesos chasqueó la lengua. Luego te paso el teléfono de mi nutricionista, aunque… con vuestros sueldos… Bah, déjalo.

Me alegro de verte, Fátima contestó Lola, transformando su expresión en mármol. ¿Sola?

Yo no estoy nunca sola rió Fátima, serpenteando su melena caoba. ¡Este restaurante es mío! Bueno, de mi marido, pero la que manda soy yo. Me gusta salir a mirar a la gente. Tomás, sigues igualito Aunque tus ojos ay, esos ojos tan mustios.

Pidió rápidamente una ronda de bebidas.

Mientras, Fátima acarició a Tomás como quien acaricia un gato ajeno, y a Lola le pareció grotescamente patética.

Habían coincidido en el instituto. Fátima, recién llegada, se creía la reina de la clase. Y sí, todos los chicos caían rendidos, menos Tomás. Lo que a Fátima, por supuesto, la enfurecía. En la graduación, le susurró a Lola:

No pienses que lo tienes para siempre, querida. Si quiero algo, lo tengo, recuerda mis palabras.

Tiempo después, Fátima había desaparecido en dirección a algún país extranjero.

Sí, veinte años casi… insinuó Tomás.

El camarero llegó con vodka y tapas. Fátima continuó, implacable:

¿Y los niños? Cuéntame, ¡vuestras vidas mediocres me interesan!

Lola, siempre digna, le contestó con brevedad.

Fátima, nos gustaría cenar tranquilos. Los niños están bien. Todo está bien.

Bah, siempre tan seca. Siempre con tus científicas moléculas. Sosa como una ensalada sin aliño.

Lola apenas la miraba; ya no sentía ganas de jugar a ese juego. Propuso irse a casa, coser el vestido de Carmen, cualquier excusa sabia.

Pero Fátima insistió, repartiendo copas y anécdotas, dominando la mesa mientras su risa se reflejaba en las velas. Se sentó más cerca de Tomás. Mencionó unos pastelitos comprados en Valencia, unas vacaciones pasadas. Narraba con dramatismo, como si la vida de los demás fuera el tablero de su propio ajedrez.

La tensión entre los tres se derramaba como aceite espeso por el mantel.

Cuando Tomás quiso responder, sonó el teléfono. Carmen llamaba.

Papá, ¿estáis en un restaurante? Yo quiero ir también, ¡tengo un hambre de lobo! Katia está enferma, me aburro sola… ¿Puedo ir? ¡Enseguidita llego! Estoy en la piscina de La Estrella…

Él vaciló. Lola se resignó, colgó su bufanda en la silla, y murmuró:

Esperaremos a Carmen. No dejemos sin comer a la pobre niña.

Ay, el demonio me empujó a organizar esta cita soltó Tomás, torciendo la boca. Y yo ahí, leyendo reseñas, escogiendo restaurante… y todo, ¡al garete!

Al garete no, Tomás. Relájate. La noche se arreglará cuando llegue Carmen lo apaciguó Lola.

Mientras tanto, pasaron las horas, las copas y los platos, y Fátima se mostró cada vez más ansiosa y encantada, hasta que por fin, cuando Tomás se quedó solo un instante en el baño, ella se acercó a Lola.

Tengo que contarte lo de Valencia, querida. Tu Tomás y yo, ya sabes… relataba, regodeándose en detalles, presumiendo de recuerdos fabricados sobre piedras calientes.

Bueno, Fátima, no insistas. Todos tenemos un pasado, ¿no? respondió Lola, doblando cuidadosamente una servilleta como si doblara un secreto.

Fátima alzó el mentón e hizo una mueca digna de Hollywood. Tal vez era verdad, tal vez no, pero el mundo de Lola se volvió borroso, girando despacio sobre un hilo invisible. No tenía ganas de llorar. Sabía que el llanto vendría después, como lluvia de abril.

Y entonces Carmen apareció de la nada, la abrazó, besuqueó sus mejillas, rió, y poco después llegó Gonzalo, y hasta Álvaro, expulsado sin piedad alguna por Fátima, se unió a la fiesta familiar junto al viento nocturno de la Castellana.

Lola miró a su esposo. Sabía que él había sido una roca, un abrigo durante las tormentas más negras: en el quirófano, cuando acababa de nacer Carmen, había preparado té tras la muerte de su madre, llevaba a los niños a las montañas, reparaba el piso con las manos agrietadas.

A su vez, Fátima, escondida tras la cortina, vigilaba ese cuadro de familia con un vacío agrio en la boca.

De vuelta en la mesa, vieron cómo la Ardilla desaparecía llamada por una voz masculina. En la cocina, servía platos como una sirvienta obediente, aunque al día siguiente volaría a Niza, a perderse entre tiendas lujosas, a gastar el dinero de un hombre que no amaba.

El grupo de Tomás y Lola, niños enredados, rieron; salieron a la calle fría. Carmen lanzó una bola de nieve, Gonzalo gritó, Álvaro giró entre ellos como en una danza de carnaval.

Tomás por fin se atrevió, volviendo los ojos húmedos hacia Lola.

¿Me perdonas?

No sé de qué hablas respondió ella, medio sonriendo. Cada uno tiene sus pasados. Importa con quién se camina hoy, ¿no crees?

Recogió la mano de Tomás, se abrazó a él, y bajo la noche madrileña, se besaron como si estuvieran en una cita real, en ese mundo absurdo y tibio donde la vida siempre parece estar empezando.

Y así, siendo imperfectos, se perdonaron, tal vez, porque eso es amar en los sueños: vivir danzando sobre charcos de luz y olvidos, mientras la nieve no deja de caer, y el pasado, arrastrado por la lluvia, ya no puede alcanzarlos.

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