Begoña nunca se había planteado proponerle a Sergio que se mudara con ella. Salir juntos es una cosa; vivir bajo el mismo techo es otra muy distinta.
El sábado, Begoña esperó a Sergio para su habitual paseo. Cuando abrió la puerta le recibió una sorpresa: él llevaba dos maletas enormes.
Begoña estaba sentada en su sillón, repasando fotos en el móvil. Allí aparecen ambos alimentando patos en el Parque del Retiro, caminando por la Gran Vía y recogiendo setas en la sierra. Medio año de conocerse había pasado sin que se dieran cuenta.
Se habían conocido en una página de citas. A ella le habían sesenta y un años, a él sesenta y tres. Ambos divorciados, con hijos ya adultos, vivían por separado.
A Sergio le resultó atractivo al instante: era culto, leído y tenía buen sentido del humor. No buscaba una madre para sus hijos ni una empleada del hogar; sólo deseaba conversar con alguien interesante.
Se veían dos o tres veces por semana: a veces al teatro, otras al salón de exposiciones, cafés, paseos por la ciudad o excursiones a la casa de campo de una amiga. A Begoña le gustaba ese vínculo sin ataduras, pero con una intimidad sincera.
Begoña, cuéntame cómo vives le preguntó Sergio tras una de sus primeras citas.
Bien, tranquilo, tranquilo. Llevo cinco años sola, ya me he acostumbrado.
¿Y no te aburres?
A veces, pero tengo amigas, mis hijas me visitan y ahora estás tú.
Me alegra oírlo.
Después del divorcio, Sergio había alquilado un piso de una habitación en un edificio antiguo. Se quejaba de que la casera era caprichosa, no hacía reparaciones y subía la renta cada mes.
Qué le vamos a hacer decía. No tengo vivienda propia; todo lo que quedó a la exesposa fue lo que sus padres le compraron, y yo he invertido mi propio dinero en reformas que nadie reconocerá.
¿Y no has pensado en comprar algo?
¿De dónde sacaría tanto dinero para un piso?
Begoña comprendía la situación. Ella disponía de un amplio apartamento de tres habitaciones en un buen barrio, fruto de toda una vida de trabajo. Sus hijas ya vivían solas, así que había mucho espacio.
Sin embargo, nunca le había pasado por la cabeza ofrecerle su hogar a Sergio. Salir juntos es una cosa, vivir juntos es otra muy distinta.
El sábado, Begoña esperaba a Sergio para su paseo habitual. Al abrir la puerta, lo vio con dos maletas gigantes.
Sergio, ¿qué ocurre? preguntó.
Begoña, ¿puedo entrar? Te lo explico ahora mismo.
Se dirigieron al salón. Sergio dejó las maletas en el recibidor y se sentó en el sofá.
Verás, la dueña del piso ha decidido venderlo y me ha dado una semana para desalojar.
¿Y ahora?
Ahora no tengo dónde vivir. No se encuentra otro piso así de pronto y, además, no tengo dinero.
Begoña empezó a comprender a dónde quería llegar él.
Begoña, he pensado llevamos medio año juntos, nos conocemos bien. ¿Qué tal si probamos a vivir juntos?
¿Juntos? replicó ella.
Pues sí. Tu piso de tres habitaciones tiene mucho espacio. Yo no soy un parásito, sigo trabajando y aportaré a los gastos de comida y demás.
Sergio, nunca habíamos hablado de eso.
¿Para qué hablarlo antes? La vida nos lo ha ido diciendo.
Begoña sintió una mezcla de desconcierto. No estaba preparada para tal giro inesperado.
Sergio, necesito pensarlo.
¿Qué hay que pensar? Nos queremos.
Amar y convivir son cosas diferentes.
¿Por qué distintas? A nuestra edad hay que decidir.
¿Decidir qué?
En la relación. Si nos vemos, deberíamos estar juntos.
Begoña miró las maletas en el pasillo. Sergio había traído ya sus pertenencias y las presentaba como una decisión tomada.
¿Y si me opongo?
¿A qué? ¿Al felicidad?
Al hecho de que alguien llegue a mi casa con sus cosas sin siquiera pedirme permiso.
No te enfades, no lo hago por mala intención. Simplemente las circunstancias son así.
Las circunstancias no se dan, las crean las personas.
¿Qué quieres decir?
Que deberías haber hablado conmigo antes de traer esas maletas.
Sergio guardó silencio, reflexionando.
Vale, hablemos ahora. Propongo que vivamos juntos.
Yo rechazo esa idea.
¿Por qué?
Porque me gusta vivir sola. Me agrada nuestra compañía, pero no quiero compartir techo.
¿Y por qué? Nos complementamos.
Nos complementamos para citas, paseos, ocio. No para la vida cotidiana.
¿En qué se diferencia?
En que la cotidianidad implica hábitos, orden y compromisos.
Pues, ¿no podríamos adaptarnos?
Ese es el punto: no quiero adaptarme. Estoy bien como estoy.
Sergio lució abatido.
Begoña, ¿y si propusiera casarnos?
¿Para qué?
Para hacerlo oficial.
El matrimonio no cambiará nada. Igual no quiero vivir bajo el mismo techo.
Entonces, ¿qué sentido tiene nuestra relación?
El mismo de siempre: quedar, conversar, pasar tiempo juntos.
¿Y después?
Seguiremos viéndonos.
¡Eso no es serio!
¿No es serio? A mí me viene bien así.
A mí no. Busco estabilidad.
¿Qué tipo de estabilidad buscas? preguntó Begoña, sentándose enfrente.
La tradicional: una familia, desayunar juntos, planear el futuro.
Yo no quiero desayunar con alguien todos los días. No quiero adaptar mi vida a los planes de otro.
¡Pero estás sola!
No estoy sola. Tengo hijas, amigas, y tú. La soledad y la vida en solitario son cosas distintas.
No entiendo la diferencia.
Ahora elijo con quién y cuándo relacionarme. Si viviéramos juntos, perdería esa libertad.
Begoña, a los sesenta años deberías pensar en quién te acompañará en la vejez.
Lo pienso, pero no tiene que ser un marido.
¿Entonces quién?
Mis hijas, una cuidadora, los servicios sociales. Hay opciones.
¡Eso no es lo que quiero!
Tal vez para ti no lo sea, pero para mí está bien.
Sergio se puso de pie y recorrió la habitación.
¿Me propones que siga alquilando y que nos veamos los fines de semana?
Que vivas como te convenga y que nos encontremos cuando ambos lo deseemos.
¿Y si no tengo con qué pagar un alquiler?
Entonces ese es tu problema, no el mío.
Es cruel, Begoña.
Pero sincero. No tengo obligación de resolver tus asuntos de vivienda.
¡Pero nos vemos!
Sí, nos vemos. ¿Y qué? Eso no me hace responsable de tu vida.
Sergio volvió al sofá y meditó.
Begoña, si encuentro piso, ¿seguiremos en contacto?
Claro, si ambos queremos.
Mientras busco, ¿puedo quedarme contigo un tiempo?
No.
¿En absoluto?
En absoluto.
Sergio comprendió que Begoña estaba firmemente decidida. Recogió sus maletas y se dirigió a la puerta.
Así que tendré que buscar tanto vivienda como una nueva relación.
Quizá.
¿No te arrepentirás?
No.
Sergio se marchó y no volvió a llamarla. Begoña volvió a su vida tranquila, sin compañía masculina. A los sesenta años valoraba más la paz que cualquier relación y su libertad sobrepasaba cualquier compañía.
Al final, la historia enseña que la libertad y el respeto por los propios límites son tan valiosos como el amor; vivir según nuestras propias condiciones es la mayor forma de cuidado propio.







