Tania, no te enfades conmigo, que no viviré a tu lado.

¡Tú, Lucía, no te enfades conmigo, que no vamos a vivir juntos!
¿Y si lo intentamos, Sergio? respondió Lucía, sin parpadear, con una leve sonrojadura que se dibujó en su rostro.
Ya lo dije, Teresa murmuré, mientras la voz se perdía entre el eco de la calle.

Irene Pérez nació cuando yo cursaba el primero. Recordaba con claridad a su madre, la famosa y bonachona Doña Lidia, famosa en toda la comarca por su figura redondeada, y a su padre orgulloso, el señor Jorge.

Doña Lidia sacaba del portal la carreta en la que siempre quería asomar la curiosidad del pequeño; entonces aquel espectáculo me parecía una verdadera maravilla.

Yo iba creciendo, y la niña, Irene, también. Ya la veía salir disparada por el portal de la casa familiar, vestida con un traje rosado y un lazo enorme sobre su melena dorada. Jugaba con sus amigas, erigiendo casitas junto al seto que rodeaba la vivienda.

Yo la observaba siempre desde la ventana de la casa de mis padres, situada justo enfrente, al otro lado de la calle, frente a la vivienda de los Pérez.

Sergio, despídete de Irene, por favor me pidió Doña Lidia una tarde.
Yo acepté, y durante casi un año me convertí en el guardián de la pequeña de primero.

Al principio caminábamos a la escuela en silencio; pronto Irene no aguantó el silencio y empezó a contarme anécdotas de sus clases y de los juegos del recreo. Sus lecciones terminaban antes que las mías, y ella aguardaba pacientemente a que yo estuviera libre.

A veces volvía a casa acompañado de mis compañeros; Irene se unía a nuestro grupo y, con el tiempo, ya me anticipaba a la mañana para encontrarla en el portal. Cuando ella salía, le tomaba del brazo y juntos nos dirigíamos a la escuela.

Al año siguiente, en septiembre, Irene me pidió en voz baja que la dejara ir con sus amigas. Desde entonces ellas iban delante y yo las seguía a distancia, atento a cualquier contratiempo. Y, como es natural, llegó el momento de actuar.

Un día, un ganso bloqueó el camino. Con su pico chasqueante y sus alas agitándose, las niñas temían pasar. Me planté entre ellas y la ave, y con un grito logramos cruzar sin sufrir daño alguno.

El año siguiente me trasladé a estudiar al pueblo vecino de Valladolid, donde había una escuela de diez años de duración; solo volvía los fines de semana y en vacaciones. Irene, como si el tiempo la hubiera borrado de mi memoria, pasaba sin mirarme y sin saludarme.

Más tarde ingresé en el Instituto de Navegación y, de nuevo, mis visitas a casa se hicieron escasas.

Mamá, ¿quién es esa niña? pregunté, al ver salir del portal de los Pérez a una joven alta y elegante.
¡Es Irene, nuestra! contestó mi madre, cruzando la mirada a la ventana y sonriendo.
¿Cuándo llegó? inquirí, genuinamente sorprendido.
Llegó el momento suspiró ella con dulzura y siempre me alegra ver que lo mejor le ha tocado a los hijos.

La volví a ver en algunas ocasiones, siempre a escondidas, cubierta por el velo de las cortinas de encaje. Una mañana la encontré con dos cubos bajo el brazo, dirigiéndose a la fuente del barrio mientras el viento despeinaba su delgada blusa.

Llegó la época de los exámenes y ella, vestida con un serio traje de pantalón, se presentó a las pruebas. Yo, sin saber por qué, quise acompañarla de nuevo.

El último empujón vino de la voz de mi padre, que al reparar el cercado me decía: «Con una voz así, llegarás a la orilla más lejana del mundo». Aquella frase quedó grabada en mi cabeza.

Un día, al salir del portal con los cubos de agua, la encontré junto a la fuente.

¡Buenos días! saludó Irene, clavándome la mirada al corazón.
Buenas, Irene respondí, sin fuerza en la voz. Los cubos tardaron en llenarse y yo no sabía de qué hablarle.

Me alejé esa tarde con una tristeza latente; por fin comprendí que me había enamorado.

Luego vino la conscripción y la asignación al gélido puerto de Murcielago (actualmente llamado Murrieta), en la zona más septentrional de Castilla.

***

Años después, regresé a casa con la esperanza de declararle mis sentimientos. Pensaba que ya tenía la edad adecuada.

Al primer día, tras el viaje, el trabajo comenzó sin descanso. Mi padre, como siempre, diseñó el plan más eficiente para aprovechar la mano de obra extra. A la mañana siguiente, fuimos al bosque a talar leña; luego la partimos y la almacenamos en el granero.

Con prisa, mi padre reorganizó los marcos de la puerta de la sauna y, a continuación, sustituyó el suelo del establo. Dos semanas volaron.

Yo, de vez en cuando, miraba los portones de los vecinos, siempre cerrados. A veces salía Doña Lidia o el señor Jorge, pero Irene nunca aparecía.

Mamá, ¿por qué ya no veo a Irene? pregunté con timidez.
Se ha matriculado en la Universidad de Salamanca y ahora vive en la ciudad me respondió mi madre.

Así, sin más, regresé a Murrieta.

Un año después, la volví a ver una sola vez, y no me gustó. Volví a observarla desde detrás de la cortina de encaje. A su lado caminaba un muchacho alto y de aspecto rústico, que hablaba en voz alta, riendo de sus propias bromas; Irene le dirigía una sonrisa condescendiente y una mirada que, para mí, resultaba incómoda.

Descubrí entonces que Irene se había casado y que ahora vivía en el centro de salud del pueblo.

Yo, cuando volvía a casa de mis padres, a veces escuchaba su voz

¡Sergio, basta ya de lamentarte! No eres un niño, ya tienes edad decía mi madre, como si hubiera adivinado mi tormento interior.

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