Última oportunidadAl cruzar la puerta, descubrió que el reloj marcaba la medianoche y, con el corazón latiendo desbocado, supo que esa era su última oportunidad para cambiar el destino.

María, encogida, estaba tirada en el sofá con las manos sobre la parte baja del vientre. Todo le dolía, le recordaba que algo malo se avecinaba. Cada vez era lo mismo: un dolor agudo, después sangrado, la ambulancia, el hospital y un vacío interior. Era un aborto espontáneo, sin ninguna duda. El tercero en los últimos dos años; antes había tenido un embarazo estancado y, antes de eso, un aborto inducido. Ese aborto del que María aún pagaba el precio en forma de imposibilidad de ser madre.

Alcanzó el móvil y marcó el número de emergencias. En media hora la metieron en la ambulancia y, mientras iban, iba llamando a su marido, Andrés, para avisarle de que no llegaría a la cena.

¿Otra vez? le preguntó él, y María no respondió. Las lágrimas corrían por sus mejillas; eran lágrimas de desesperación y de decepción consigo misma. ¿Hasta cuándo? pensó. ¿Por qué siempre lo mismo? ¿Sabía María la razón de estos repetidos sucesos? Si no se hubiera puesto bajo el bisturí de aquel médico dudoso, quizá todo habría ido bien. Con Andrés podrían haber tenido ya a su niño de cinco años. Pero el niño no existía y, al parecer, nunca lo habría.

¡Qué dolor! exclamó ella, mientras el doctor ajustaba la perfusión y la miraba con indiferencia.

Dos días en el hospital le parecieron una eternidad. Luego el alta, y Andrés llegó con un ramo de rosas, como si todo fuera un guion.

Estás pálida dijo él. María apenas sonrió. No había motivos para celebrar; no podía darle a su marido un hijo, era evidente.

En el camino a casa, sentada al lado de su marido, María jugueteaba con el bonito ramo de rosas y, volteando a Andrés, soltó:

Ya no quiero seguir intentándolo. No podré darte un hijo.

No digas eso, aún puede salir intentó animarla Andrés, pero ella solo esbozó una media sonrisa.

¿Tú de verdad lo crees? Cinco años de espera. Tengo casi treinta, tú casi treinta y cinco. Basta, me cansé de fingir que soy una futura madre. Los médicos dicen que no hay posibilidades, quizás sea hora de escucharlos.

María, tendremos hijos replicó Andrés, acuérdate de lo que dijo el profesor Ramírez. Él aseguraba que había chances si seguíamos sus indicaciones al pie de la letra.

¿Y dónde está tu profesor? preguntó María, nerviosa. Hace años que falleció, ¿qué indicaciones tenía? ¡Se fueron al viento junto con él! Basta, Andrés, ya no quiero que sufras, ni yo a mí.

¿Qué quieres decir con eso? frunció el marido, sin apartar la vista del camino.

María respiró hondo y volvió la cara hacia otro lado.

Separémonos. Encontrarás a una mujer que te dé un hijo, y todo te irá bien. No merezco tu paciencia ni tu cariño. Soy un vacío; la vida no puede sostenerse en mí, soy una nada.

Mientras hablaba, las lágrimas le subían a la garganta. Andrés tomó su mano, la acercó a sus labios y le dijo:

No digas tonterías. Lo superaremos. Hay gente que vive sin hijos y somos capaces. La felicidad no está solo en los niños.

Ni en su cantidad sollozó María, basta, Andrés. No te voy a privar de la dicha de ser padre.

No quiero que me quites la felicidad familiar intervino él, interrumpiendo a María.

Él era todo eso: un marido enamorado, que aguantaba sus caprichos y estaba dispuesto a seguir soportándola mientras ella estuviera a su lado. Luchó mucho por ella, se abrió paso entre los competidores y, cuando María se convirtió en su esposa, Andrés decidió que no necesitaba nada más para ser feliz. Tal vez solo un pequeño rincón de dicha, pero el destino se negaba a recompensar a la familia con un bebé.

Andrés conocía la historia de María. Sabía que antes de él había estado casada con otro hombre, un marido impuesto por su padre tirano, y que con ese hombre había abortado sin éxito. Eso había llevado al presente, pero nada se podía cambiar. María llevaba años casada con Andrés; no tenía contacto con su padre y apenas sabía algo de su hermana menor.

No me sorprendería que el padre, algún día, la obligara a casarse con algún patán por su propio beneficio.

La hermana menor de María, Clara, tenía veintidós años, era guapa e inteligente, como la mayor, pero se doblegaba más a los caprichos del padre. Él crió a sus hijas solo, sin que las exesposas intervinieran, porque el dictador familiar lo decidió así. Controlaba a sus hijas como a una empresa: tiraba de los hilos y les imponía sus decisiones.

María escapó de su padre a los veinticuatro, conoció a Andrés y cortó todo vínculo con él. Desde entonces él le prohibió relacionarse con Clara, así que cuando Clara apareció en la puerta de su casa, María se quedó helada.

¿Qué ocurre? preguntó de inmediato, sin notar de inmediato el vientre que María llevaba.

Me he escapado del padre sollozó Clara, y se lanzó a los brazos de María. Apenas una semana había pasado desde el alta del hospital, María se había calmado un poco y, de pronto, otro shock.

¿Qué quería hacer? inquirió María.

Quería que hiciera un aborto.

¡Dios mío, estás embarazada! exclamó María, mirando a su hermana y jadeando. ¿Y de quién?

No importa. Clara, no importa. Fue por amor. Él está casado y no quiere hijos. Mi padre dijo que o aborto o me lleva a la fuerza al médico.

María lloró junto a su hermana. Clara estaba tan frágil, tan indefensa, tan cercana. No se habían visto en cinco años; la pequeña había pasado de ser un patito feo a una cisne. Pero la dependencia del padre seguía destruyéndola, y María estaba segura de que, en pocos días, Clara volvería a casa. No podía permitirlo.

Andrés tomó la llegada de la hermana de su esposa con total calma. Nunca se opuso a las decisiones de María; la amaba demasiado para contradecirla, y María nunca usó eso en contra de su vida en común.

Una semana después, Clara decidió que ya no podía seguir atormentando al padre con su ausencia.

¡No te dejo ir! gritó María, agarrando a su hermana de las manos. ¿Quieres que él haga algo peor contigo y con el bebé? Piensa en el futuro, al menos por el niño.

Ya es demasiado tarde para abortar, él no podrá obligarme contestó Clara con seguridad. Ningún médico me atenderá en la vigésima primera semana.

¡Pero los partos artificiales pueden ser peligrosos! replicó María. No entenderás nada. Te pondrán algo en el té y te obligarán a dar a luz. ¿Sabes lo que es? No, no lo sabes. ¡Yo sí lo sé!

María, entre sollozos y convicciones, logró convencer a Clara. La hermana menor se quedó, pero seguía recordando al padre y culpándose ante él.

Clara dio a luz en julio y, al instante, quiso regresar a casa. María tomó al bebé, lo abrazó contra sí:

No dejaré que ese desgraciado se lleve a su hijo. No quiero que el padre críe a su propio monstruo. Si quieres, vete. No le daré a Sergio.

Clara se encogió de hombros:

Pues no importa. Al padre solo le importaba que volviera sin el niño. Y a ti, que ya eres una pieza descartada, llévate a ese grito constante de tu hijo.

María sabía que Clara sufría una depresión posparto. Pasaría un mes, quizá más, y la hermana acabaría regresando por el niño. A María le encantaba tener en brazos al pequeño, olerlo, escuchar sus primerísimos balbuceos.

Entiendes que ella lo querrá recuperar dijo Andrés con cautela, tarde o temprano Clara volverá por su hijo.

Lo sé respondió María, mientras su interior se desgarraba. En los papeles, el niño de tres meses, Sergio, le aparecía como ajeno y no había garantía de que el padre apareciera algún día.

Así fue. El padre llamó a María, gritó por el teléfono y la amenazó:

Si no me devuelves a mi nieto, te arranco la cabeza a ti y a tu marido.

María escuchaba al padre, sentía cómo el frío se adentraba en su cuerpo, y esperaba el día en que el abuelo llegara. Quería coger al bebé, recoger sus cosas y huir a cualquier sitio. Si no fuera por Andrés, que la protegía y estaba dispuesto a defenderla a cualquier precio, habría huido. Estaba preparada para enfrentarse al padre, pero temía mirarle a los ojos. Ese encuentro nunca llegó.

En su lugar, ocurrió una tragedia. Clara y su padre, yendo en coche, se estrellaron; ambos murieron al instante. Sergio quedó bajo el cuidado de María, y ella comenzó los trámites de tutela del sobrino. Ya nadie reclamaba al niño, y así María tuvo la oportunidad de tener un hijo propio. Lo consideraba su última esperanza. Andrés no se oponía; entendía que no había otra opción.

Los papeleos se alargaron, María tuvo que recorrer mil oficinas para regularizar la adopción de Sergio. Echaba de menos a su hermana, sentía lástima por su padre, pero ahora tenía un niño, un hijo que podía llamar suyo. Era casi como su propio hijo y le recordaba a Clara.

Con los documentos ya en regla, María se olvidó por completo de su visita rutinaria al ginecólogo. La doctora la reprendió y de pronto le preguntó:

¿Tienes retrasos, por casualidad?

María hizo un encogimiento de hombros:

Sí, pero no lo había pensado; estrés, ya sabes.

¡Qué estrés! exclamó la médica. ¿Te hiciste la prueba?

María negó con la cabeza.

¡A la ecografía ya! ordenó la doctora.

Era el embarazo tan esperado, no cualquier embarazo, sino uno que ya superaba la doceava semana.

Es la primera vez que llevas el bebé hasta este punto comentó la doctora. Es una buena señal. Descansa.

¡¿Qué dices?! replicó María. Tengo un niño en brazos.

¡Tienes un bebé dentro! Y un marido, que debe cuidar al otro mientras llevas al segundo. Mira la pantalla: el bebé está sano, merece vivir.

María aceptó. Salió del hospital dos meses después, con el embarazo bajo control y la certeza de que todo iría bien. Como siempre, la esperaba Andrés con un ramo, pero ahora también con el cochecito. En el cochecito estaba Sergio, feliz al ver a María. Ella sonrió, acarició su vientre, abrazó a su marido y a su hijo. Dentro, se movía la pequeña niña que nacería en unos meses: su último y feliz chance, el cumplimiento de un sueño y la esperanza de un futuro mejor.

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Última oportunidadAl cruzar la puerta, descubrió que el reloj marcaba la medianoche y, con el corazón latiendo desbocado, supo que esa era su última oportunidad para cambiar el destino.
Casarse con un hombre discapacitado. Relato Gracias de corazón por vuestro apoyo, vuestros “me gusta”, interés y comentarios sobre mis relatos, por las suscripciones y, especialmente, por vuestras donaciones, de parte mía y de mis cinco gatetes. Por favor, compartid los relatos que os gusten en redes sociales, eso también alegra mucho a la autora. La hija llegó tarde de la clínica donde trabajaba como enfermera en urgencias traumatológicas. Estuvo mucho rato duchándose y, luego, apareció en la cocina aún en bata. —Tienes croquetas y macarrones en la sartén —le ofreció la madre, mirándole a la cara e intentando adivinar cuál era el motivo de su estado—. ¿Estás cansada, Lucía? ¿Te ha pasado algo, cariño? —No voy a cenar, ya soy fea y si encima engordo, ya no se fijará nadie en mí —contestó Lucía sombríamente, mientras se servía una taza de té. —No digas tonterías —replicó inquieta su madre—, ¡si tienes de todo, y unos ojos preciosos, y la nariz y los labios bien puestos! No te inventes defectos, Lucía. —Lo digo porque todas mis amigas ya están casadas, y yo no. Sólo le intereso a chicos perdidos. Los que me gustan ni me miran. ¿Qué me pasa, mamá? —dijo Lucía con el ceño fruncido, esperando alguna respuesta. —Simplemente no has encontrado aún a tu destino, ya llegará, —intentó tranquilizarla su madre, pero Lucía se encendió aún más. —Eso, “ojos”, porque son pequeños. Los labios finos, mira qué nariz… Si tuviera dinero me operaría, pero como somos pobres… Así que he decidido casarme con algún hombre mutilado; en la clínica hay chicos a los que sus novias han abandonado tras un accidente o una lesión. ¿Qué otra cosa me queda? ¡Ya tengo treinta y tres años, no puedo esperar más! —Anda ya, Lucía, ¿cómo puedes decir eso? Si tu padre también tiene problemas con las piernas… Yo pensaba, al menos un yerno podría ayudar en la finca; sería una gran ayuda, sino ¿cómo vamos a sobrevivir? —exclamó la madre impulsivamente, y luego trató de justificarse—. —No te lo tomes a mal, Lucía, pero no todo el mundo vive acomodado. Tú misma, ¿para qué un hombre discapacitado? Tienes ahí a Álex, el vecino, buen chico, que lleva tiempo fijándose en ti. Fuerte, seguro que tenéis hijos sanos… —Mamá, por favor, deja ya el tema. Tu Álex no dura en ningún trabajo, le gusta la juerga, ¿y de qué voy a hablar yo con él? —protestó Lucía. —¿Para qué necesitas hablar tanto? Yo le digo que labre la huerta con el motocultor y luego ya comeremos. O le mando a hacer la compra… Es un chico trabajador, ¿quién sabe si os iría bien? —sugirió la madre, pero Lucía simplemente apartó la taza de té y se levantó—. —Me voy a dormir, mamá. Pensé que al menos tú me veías como una persona y no como una feucha inútil… —¡Lucía, hija, no digas eso! —trató de seguirla su madre, pero Lucía levantó la mano interrumpiéndola—. ¡Déjalo, mamá! Y le cerró la puerta de la habitación en las narices. Después, estuvo largo rato desvelada, recordando al chico que acababan de llevar a la clínica: le habían amputado la pierna hasta el tobillo. Una losa le había caído encima en una casa medio derruida a punto de ser demolida. Nadie fue a verle, tan joven, no tenía aún ni treinta años. Al principio, la miraba a Lucía con ojos suplicantes, le cogía de la mano siempre tras la operación. Después, volvió en sí y comprendió su situación, y pasaba horas mirando el techo en silencio. A ella le daba más pena quizá que a otros, tal vez porque no le visitaba nadie. —¿Crees que volveré a caminar? —le preguntó un día sin mirarla, y Lucía le respondió con seguridad: —Claro que sí, todo sanará, eres joven. —Eso decís todos, deberías probar a vivir sin pierna, a ver qué vida es esa —se enfadó de repente el chico, volviéndose a la pared, como si ella tuviera la culpa. —¿Y tú por qué entraste ahí? —se enfadó Lucía—. ¡La culpa es tuya! —Me pareció ver algo —murmuró, y desde entonces, cuando Lucía entraba en la sala, él siempre se volvía de espaldas. Lucía se fijaba en sus ojos, claros y fríos como el hielo. Pero su rostro era muy agradable. Qué pena que le haya sucedido esto… —¿Te doy lástima? —le sorprendió él otra vez—. Lo noto, claro, ¿qué otra cosa se puede sentir por uno como yo? ¡No se puede querer a alguien así! —A los como yo tampoco nos quieren, aunque tengamos brazos y piernas. Porque no somos “normales”, ni siquiera me da lástima nadie, ¡ojalá me faltara algo! —le espetó Lucía, sintiéndose de repente a punto de llorar. Sin embargo, Miguel —así se llamaba— sonrió por primera vez mirándola: —Menuda tontería. ¿Fea tú? ¿Estamos locos? Si no dejo de mirar y de pensar quién será el afortunado al que elijas… ¿Lo crees? Lucía le miraba fijamente, convencida de que realmente lo decía de corazón. Al fin, se atrevió a decir lo que rondaba por su cabeza: —Y si te elijo a ti, ¿te casarías conmigo? Veo que te callas, seguro que mientes, ¡ya lo entendí todo! Lucía se puso de pie, ofendida, y se dirigió a la puerta. Miguel se impulsó como pudo y se sentó sobre la cama, como si fuera a salir tras ella. Pero al recordar su herida, la llamó: —¡Cásate conmigo, Lucía! Te prometo que muy pronto nadie notará lo de mi pierna. Me recuperaré, no te vayas, Lucía… Lucía y Miguel Se detuvo en el pasillo con ganas de llorar, pero a la vez sintió por fin que ÉL era el adecuado. No importaba su nariz o sus ojos, o la pierna de Miguel; simplemente, se habían encontrado. El momento había llegado, como decía mamá… Miguel se volcó en la rehabilitación con un entusiasmo enorme; ahora tenía un objetivo: casarse con una chica maravillosa, y debía andar por su futuro juntos. No quería que Lucía se entristeciera pensando que nadie la necesitaba. Él la necesitaba, mucho. Sólo con ella quería vivir y estar siempre cerca… —¿Te has enamorado por fin, hija? —le preguntó la madre—. Mira cómo te has transformado; decías que eras fea. Lucía ni se molestó en negarlo; flotaba sobre las nubes. Su mayor deseo ahora era que Miguel pudiera caminar y acostumbrarse pronto a la prótesis. Cada vez paseaban más: primero por el jardín de la clínica y, más tarde, por las calles de la ciudad, engalanadas y llenas de luz antes de Año Nuevo… —Ya han derruido la casa, aquí fue donde me quedé atrapado —le indicó un día Miguel. —¿Y para qué entraste allí? ¿Qué buscabas? Nunca me lo contaste —le preguntó Lucía. —Te reirás, pero vi un perrito callejero, flaco, negro con manchas blancas. Me dio pena y quise llevármelo a casa, para no vivir solo —explicó Miguel. —Mira, ahí hay un perro escuálido que nos mira triste, pero no se atreve acercarse. —¡Ése es, seguro! —sonrió Miguel. El perrito se les unió y los acompañó hasta casa… —Quién lo diría, ¡vaya suerte ha tenido Lucía encontrando un marido tan apuesto, más joven, ¡y con piso propio y sin suegra! —bromeaban sus amigas en la boda. La madre de Lucía incluso lloró al oír a Miguel llamarla “mamá”. Él era huérfano de orfanato, sin familia alguna. Buen chico y sincero, lo principal era que se amaban y serían felices. El huerto puede esperar; hasta en eso Miguel se las arregla, todo le sale bien. De momento viven los tres: Lucía, Miguel y el perro Kuzma, que ya nunca los abandona. Pero pronto serán cuatro: Lucía y Miguel esperan una hija… Nunca debemos perder la esperanza, porque podríamos dejar pasar la oportunidad y no reconocer nuestra propia felicidad. La vida es maravillosa precisamente por su imprevisión…