«Fui de viaje a Italia con un grupo de jubilados»: No esperaba que bajo la sombra del Coliseo conociera a un hombre que me haría sentir joven de nuevo.

¡Hola, Carmen!
Te tengo que contar la última aventura que viví con el grupo de la residencia. Salí a hacer un minitour por España con unos compañeros de la tercera edad, sin esperar nada fuera de lo común: unos días de visitas, fotos para el álbum y algunos recuerdos para los nietos. Necesitaba despejarme de la rutina y de esa soledad que, con los años, se ha vuelto más pesada.

Pensaba que Madrid, Sevilla o Granada serían solo paradas más del itinerario turístico. Pero, bajo las sombras del anfiteatro romano de Tarragona, conocí a un señor que me hizo sentir de nuevo joven.

Yo estaba allí, bajo los arcos, maravillada con la magnitud del monumento. El guía hablaba de gladiadores, y yo, en vez de prestar atención, me perdía en mis pensamientos. Entonces, una voz a mi lado soltó una broma: «Me pregunto si los gladiadores también se quejaban del calor, igual que nosotros».

Me giré y vi a un hombre alto, con el pelo ya plateado, una sonrisa que resultó familiar y, al mismo tiempo, nueva. Llevaba una camisa sencilla y un sombrero de paja, pero me miró como si solo estuviéramos los dos bajo ese cielo.

Empezamos a charlar. Resultó que se llamaba Antonio, viudo y jubilado desde hacía varios años. Viajó solo porque, como él decía, «ya no quería esperar el momento perfecto para ver Tarragona». La conversación fluyó ligera, llena de risas, como si nos conociéramos de toda la vida. Tomamos café juntos junto al anfiteatro y, de repente, me di cuenta de que hacía mucho que alguien me escuchaba con tanto interés.

Los días siguientes cambiaron. Nos sentábamos uno al lado del otro en el autocar, almorzábamos juntos y, cuando nos perdíamos entre la multitud de turistas, nos hallábamos con la mirada. Había algo inocente y, a la vez, excitante en todo eso.

Por las noches, mientras el resto del grupo jugaba a las cartas o veía la tele en el hotel, Antonio y yo nos quedábamos en la terraza, mirando las luces de la ciudad española y hablando de todo: de los hijos, del pasado, de lo que se siente volver a latir el corazón con más fuerza. Me sentía como una adolescente. Empecé a arreglarme, a maquillarme, a reír más. Las compañeras del grupo me miraban con una mezcla de cariño y un toque de envidia. Yo sentía que recuperaba esa parte de mí que había enterrado bajo la rutina y la soledad.

Pero, cuanto más se acercaba el final del viaje, más fuerte surgía la pregunta: ¿y ahora qué? Él vivía a cientos de kilómetros de mí. Tenía su vida, yo la mía. Ese unasemana había sido un soplo fuera de la realidad, ¿sería suficiente para pensar en algo más?

El último día nos fuimos a pasear sin el grupo. Nos sentamos en los escalones de la Plaza de España, nos tomamos un helado y nos quedamos callados un rato. Entonces Antonio soltó: «Sabes hacía mucho que no me sentía tan bien. Pero me da miedo que, al volver, todo se desvanezca. Tú tienes tu vida, yo la mía. ¿Será solo una ilusión de vacaciones?».

No supe qué responder. En mi pecho batían dos fuerzas: la ilusión de creer que podía ser el comienzo de algo verdadero y el temor de que todo fuera un capricho pasajero que se apagaría con el último vuelo de regreso.

Nos despedimos en el aeropuerto. Un abrazo más largo de lo necesario, una mirada que contenía despedida y promesa. Intercambiamos números, pero ninguno dijo en voz alta: «Volvamos a vernos».

Hoy, cuando recuerdo aquel viaje, no sé qué pensar. Fue como un sueño: intenso, bonito, pero frágil. Tal vez Antonio tenía razón y fue una ilusión. O quizás haber sido cobarde y no averiguar si el destino me daba una segunda oportunidad sería peor.

Me pregunto a mí misma: ¿vale la pena arriesgar una vida tranquila y ordenada por un sentimiento que apareció de repente? ¿Fue solo una aventura bajo el cielo español, o el inicio de una historia que aún no conozco? Porque mi corazón late más rápido al pensar en él, y la razón me susurra que es una locura.

Quizá por eso te cuento esto, para preguntar a los demás: ¿a los cincuenta, sesenta o incluso más, uno tiene derecho a abrirse a algo nuevo? ¿Es mejor guardar el recuerdo como un bello y seguro recuerdo o atreverme a ver a dónde pueden llevar esas emociones?

Un beso,
María del Pilar.

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