El hombre de la casa

Hombre en la casa

Sofía camina despacio por el sendero del pueblo. Ni le preocupa que el viento le haya arrancado el pañuelo rosa claro del cuello, ese que ahora baila como una niebla suave, rozada por el sol de la mañana, y desaparece volando en lo alto del cielo. Poco le importa también que las sandalias se le hayan llenado de piedrecillas que le pinchan los talones, o que los tábanos, insistentes, intenten morderle el cuerpo moreno y fuerte.

Ni presta atención a los gestos de las vecinas que asienten al cruzarla, ni escucha sus saludos ni las ofertas de leche recién ordeñada de cabra.

Para Sofía, el mundo ha dejado de existir. El mundo se ha ido junto con Pedro. No habrá vuelta atrás. Por delante, sólo una nada espesa y gris. ¿Cómo vivir ahora? ¿Qué hacer?

Esa sensación de ruptura y grietas llegó hace ya tiempo, pero reconocerse, admitir que todo ha terminado, es doloroso

Sofía retira el pasador y abre la cancela. La puerta parece resistirse, como si supiera que la dueña carga una pena vieja, de mujer, y se abre a regañadientes, protestando con un chirrido.

Y Pedro que prometió engrasar esto piensa Sofía, mordiéndose el labio. ¡No pasa nada! ¡Lo haremos nosotras mismas! Cuando Tomás crezca, él lo arreglará.

Hacia la mujer apoyada sobre la pasarela de madera, pisando con rabia un diente de león, se acerca lento el perro, apoyando el hocico húmedo contra las piernas desnudas de su ama y gruñe ligeramente. Sofía huele a desdicha y eso al perro, Tormenta, no le gusta. Prefiere el aroma a risa y los chillidos de gozo del hijo de Sofía, Tomás. A él le gustan la calidez del fuego de la chimenea, el olor a sopa y la menta seca.

¿Dónde está? ¿No ha vuelto? parece preguntar el perro con la mirada, alzando su cabeza peluda y mirándola con los ojos enrojecidos por el calor, ¿Dónde lo has escondido?

La dueña sacude la cabeza. El perro suspira y se tumba a su lado. ¿Qué más puede hacer?

¿Qué, habéis hablado ya? Aparece la madre, Isabel, desde el invernadero, con un vestido rojo de flores que siempre le ha tenido atravesado el toro de la granja, Fede, y un cubo rebosante de pepinos. ¿Se queda Pedro a dormir? ¿Dónde dejó la maleta? ¿Viene tras ti? Venga entonces, Sofí, vamos a poner la mesa para recibir al invitado de honor. He arreglado tu cuarto, así que no protestes, cambié las sábanas y hay sitio para las chaquetas de Pedro. Os podéis quedar unos días, ¿sí? Luego ya os vais a Madrid. Por cierto, Sofía, pasa por casa de los Guerrero a por una botella, que aquí ni para mojar el gaznate tenemos. Venga, hija, ¡que no tenemos todo el día! Mira qué cosecha, ¡qué pepinos tan bonitos! Isabel deja el cubo en el suelo. Los pepinos verdísimos brillan, con sus granitos y las flores amarillas aún pegadas en la punta. El olor fresco y algo dulce del pepino caliente por el sol se cuela por toda la calle. Hoy los encurto yo, ya tengo los botes listos en el alféizar. También hace falta hacer pepinos a la sal, saca el barril del sótano, a mí no me da la vida con estas piernas. Pero ahora Pedro ayudará, que ya hay hombre en casa, dueño del hogar, como quería tu padre. Siempre dijo que tras él, debían tener la casa en manos firmes. Y sigue parloteando, acomodando las ramas de grosellero repletas de bayas negras.

Pero Sofía no escucha. No hace falta botella ni barril, ni falta hace preparar la mesa; ella y Tomás comerán sin mantel, sin ceremonia.

Nos bastamos, mamá, ¿oyes? Las dos. La casa estará limpia y ordenada, y deja ya de hablar de Pedro, ¿vale? Ya basta. Sofía aprieta los labios, alza la cabeza, el cabello trenzado con esmero como si fuera una corona. Entre la trenza se ha colado una espiga, y una mariquita se acomoda con todo el desparpajo sobre su hombro.

Pero Sofía no tiene hueco para la ternura, tan vacía que sólo lastima el corazón. Se puede vivir sin ella.

Sofía, que sola no vas a poder dice Isabel. Hay que dar autoridad al hombre en casa, que si no, se van. Tú deberías domar ese carácter, hija.

¿Dónde está Tomás? pregunta de pronto Sofía, pasando por alto el sermón de su madre.

Durmiendo, cielo. Todo el día pintando su avión; tuve que ir corriendo a casa de don Diego porque la pintura no le alcanzaba, ¡qué botecitos más pequeños y el avión es bien grande! sonríe Isabel, recordando cómo Tomás, toda la mañana, se afanaba en su maqueta de avión, lijando, pegando, ajustando. La cola de carpintero, regalo del abuelo Ignacio, no faltaba en la estantería. Tomás acaba, saca los pinceles y con desespero ve que la pintura está casi seca.

¡Abuela Isa! ¡La pintura, se ha secado! ¿Y cómo voy a pintar la estrella? Si papá viene quiero enseñárselo.

Isa le dice que de llorar nada: ¡al pintor, que para eso le sobran colores!

¡No quiero! Don Diego nos echa del jardín, y el jardín no es ni suyo. Tomás hace un mohín.

Pues si no quieres, sin pintura te quedas refunfuña su abuela. Para robar manzanas sois bien rápidos, ¿verdad? Que las vuestras son ácidas, seguro.

¡Nuestras no son ácidas! Tomás odia el conflicto; cada vez que discuten se pone nervioso y quiere reconciliar a todos . Venga, vamos a lo del pintor, abuela.

Mira tú qué deseos. Venga, con que me quieras acompañar vale. Cierra bien que si no se cuelan las gallinas y sale al camino, rezongando suavemente: Cuando venga tu padre, él será el jefe, Timoteo. Un hombre en casa es un tesoro, como si te toca la lotería. Aún eres pequeño, hijo, aún no entiendes

¿Esperas a tu padre?

¡Lo espero sí! ¡Hay que acabar el avión antes! Tomás salta ágil por las piedras que asoman en la tierra…

En el estudio de don Diego, pica el aceite de linaza. Los lienzos recostados, la luz fuerte en el caballete. Don Diego masca distraído la punta del pincel.

¿Interrumpimos, don Diego? Buenos días, ¿cómo anda?

El hombre se sacude, como perdido en otro mundo. Sí, bien, gracias, Isabel.

¿Y esto que tienes en el caballete? pregunta Isabel con curiosidad, pero Diego cubre la tela rápido.

Eso, cuando esté, a lo mejor lo enseño. ¿Qué buscáis? Y tú, chaval, ¿eras tú el que me colaba la fruta? No me gustan los ladrones, ni de niño.

Perdónale, de verdad. Yo te hago unas rosquillas que ni las de tu abuela. El chiquillo hizo un avión con ayuda de Andrés, el del tractor. Está hecho, pero necesita color. ¿Nos das un poco?

El pintor, idolatrado secretamente por Isabel, y vencido por el arte del piropo, asiente.

Venga, Tomás, pero otra vez me pides las manzanas. A mí me lo robaron todo en el piso de Madrid, hasta los trapos viejos. No soporto los ladrones. Mira, usa aquí el pincel y limpia bien antes de cambiar de color, ¿vale? Luego vienes y barnizamos el avión para que brille como los de verdad, ¿te parece?

Yo sólo los veo de lejos, los de fumigar y los militares responde Tomás, encogiéndose de hombros.

Tendrás que verlo de cerca dice el pintor . Igual te hago de piloto por un día. ¿Tu padre es ingeniero de aviones?

No químico, más bien contesta Isabel.

Don Diego sólo dice: Bueno, os dejo, que habrá que hacer mil cosas. Gracias. Y Tomás, trae las rosquillas esta tarde. ¡Saludos!

Mientras vuelven a casa, Isabel piensa: “Sólo espero que Pedro recapacite y se lleve a mi Sofía y mi nieto. Una familia debe estar unida, o que se quede aquí y se vuelva de la nuestra un hombre en casa.

Sofía conoció a Pedro en una exposición en Madrid. Ella acababa de salir de un examen con sus amigas y vio cómo Pedro avanzaba absorto, con aire de persona importante; de hecho, acababa de recibir su primer puesto de responsabilidad, jefe de proyecto.

Sin fijarse, Sofía retrocede y le pisa con tacón incluido a Pedro.

Disculpa ¿te he hecho daño?

Pedro ni lo nota: No lo sé. Sólo tienes helado en la mejilla, le dice, ofreciéndole un pañuelo.

Aquel encuentro fue el inicio de algo que Sofía sintió como amor a primera vista y quizá Pedro también, si bien siempre decía: El amor es química, la reacción se agota.

Sofía y Pedro se casaron al año. La boda fue en Madrid, con los amigos de Pedro, sus padres, y la madre de Sofía, que se quedó boquiabierta con ese mundo de restaurantes, modales y palabras sofisticadas. Gente culta de verdad contaba luego Isabel a sus amigas de la aldea. Educados, ni un taco, todos bien vestidos. Y la suegra, una santa mujer, se ve que es de pueblo porque sabe hasta cuándo cosechar o cómo blanquearse las manos con el heno Son como nosotras.

Poco duró esa dicha. Cuando Sofía quedó embarazada de Tomás, la gestación fue dura y el niño nació delicado, enfermo.

¿Es cosa de herencia o algo de tu embarazo? preguntaba Pedro, cansado de las noches sin dormir, los llantos y los pañales tendidos bajo el techo. En mi familia no hay problema de salud, ¿será tu culpa?

La doctora se asombra de que, en vez de consolar y preguntar cómo ayudar, el marido busque un culpable.

Para Pedro todo es culpa de Sofía, sobre todo por no reanudar sus estudios.

¿Qué trabajo te cuesta acabar la carrera a distancia, criar al niño, que tampoco es tanto? explota él. Sofía le mira con unos ojos tan agotados que sólo busca un día para dormir, desaparecer un día entero, sin comer, sin lavar, sólo dormir.

Ayudaban los suegros, de vez en cuando, pero la mayor parte era de Sofía: médicos, paseos, tomas, ropa, cansancio, rutina, y la certeza de que el futuro es igual de oscuro.

Cuando Sofía intenta explicárselo, Pedro la ignora; él tiene su cabeza en experimentos que no avanzan, tensión, la ayudante Toñi coqueteando abiertamente, y él sin saber si ceder o cortar en seco. Sofía duerme con Tomás, él solo en su cama Es demasiado.

Me voy a la aldea con mamá. El médico dice que a Tomás le viene bien el aire. Comeremos del huerto y no os molestaremos propuso Sofía una mañana, sintiendo que la solución venía de sí misma, y a todos les venía bien.

Pedro sólo replica vagamente Haz lo que quieras. Pero luego no digas que te eché yo.

Eso sí, con tal de que no se diga que él echó a su mujer e hijo enfermo; ningún rumor ni escándalo que empañe su nombre. Y si Sofía se va, podrá darle vía libre a Toñi. Es ley de vida: el hombre no puede estar sin mujeres, es química, se justifica.

Así volvió Sofía a la casa con los escalones de madera que crujen como si animaran o lamentaran: ¡Ven, ven!; la puerta chirría ¿Túuuu?, Siiiii, dice sola.

Los sonidos familiares la curan: el viento en la chimenea, la sierra partiendo leña, la sopa, la mano suave de mamá.

Por el campo, Tomás mejora gracias al aire, los cariños de la abuela Isabel, la vida sencilla. Pronto aprende a hablar, es simpático, repite todo, declama poesías en el portal, baila y ríe con las vecinas.

Pedro empieza a fijarse en su hijo, como si fuera un juguete nuevo, digno de ser mostrado en las reuniones familiares: ¡Mirad qué hijo tengo! Pero llevárselos a Madrid, nunca se anima.

Es pronto. Que el niño se recupere más sentencia Pedro ante la insistencia de Sofía.

Cuando ella le habla de retomar la carrera, Pedro frena, Ni hablar. Una guardería es un nido de enfermedades. Y mi madre no puede encargarse, lo sabes, tiene corazón delicado. Quédate en el pueblo, terminas y después os vienes, ya veremos.

Todo le sale rodado a Pedro: piso en Madrid para él y Toñi, su madre cada vez más en Salamanca con la hermana, y su padre que hace la vista gorda.

Toñi no sabe cocinar, pero siempre pueden comprar en La Encina, comida casera. Así Pedro justifica que Tomás y Sofía estén mejor en la aldea y él, a lo suyo.

Sofía siente el desaliento pero traga la pena, quizá sí, quizá es mejor. O quizá debería irse con él a Madrid. Pero se nota de sobra: a Pedro ya no le hace falta. Tomás sólo para presumir, amor no queda.

Al poco, Pedro anuncia un viaje de trabajo y desaparece. Sofía ni piensa en él, apenas tiene tiempo: la huerta, la casa, Tomás, los deberes y lecturas se suceden día tras día.

Durante la ausencia aparece a visitarles el suegro, Andrés. Aparece sin previo aviso.

Quería ver cómo crece el nieto, y traeros unas cosas de la ciudad balbucea el hombre al entrar.

Isabel lo recibe con la cortesía de siempre, aunque algo fría, porque aquí nunca faltan ni comida ni juguetes.

Almuerzan y Tomás, ajeno, juega un rato con los coches. Andrés hace amago de acariciarle, pero el niño se aparta, incómodo con el abuelo.

¿Por qué ha venido? pregunta después Isabel a su hija.

Ni idea. Da igual. Tengo los exámenes la próxima semana, ¿te quedas con Tomás?

Claro que me quedo, ¿cómo no? ¿Dónde duermes allá?

En ningún lado, me examinan todos los profesores en un día, y vuelvo.

Pero puedes quedarte en tu casa, Sofía, con Pedro dice Isabel, aún sorprendida.

No hay casa, ni llaves. Pedro hizo obra y cambió todo. Mamá, ya basta Sofía no llora, no merece la pena.

Isabel intuye que hay problema de otra mujer y Sofía se lo confirma.

¿Qué voy a hacer? Él que se quede en Madrid, y yo aquí. Tomás será nuestro hombre de la casa.

Desde aquel día, Isabel decide no insistir más y se limita a ayudar a su hija y nieto.

Pedro por su parte termina casándose de prisa con Toñi, la ayudante, que ha quedado embarazada, con una suegra dominante que pone en orden la economía familiar. Sofía, lejos de aquel mundo, se centra en criar a Tomás, a quien considera ya el único hombre de su casa.

Tomás, cada vez más fuerte ya un joven fornido y alto, ayuda en casa, y Sofía se sorprende de cómo va dejando espacio en su vida; pronto tendrá que compartirlo cuando él forme su propia familia, como todos los hombres criados con cariño y sentido. Un día, mientras arregla la radio, Tomás comenta bromeando sobre la relación de su madre con Denis, del aeródromo, y Sofía se ríe y lo niega, aunque adora a Denis: el hombre de mi vida siempre has sido tú, hijo.

¿Y Pedro? Vive a la sombra de la suegra controladora y una esposa siempre pendiente de nuevas botas y abrigos. Para Kira, lo importante es un hombre en casa y que tenga dinero, lo demás ya lo maneja ella.

De este modo Sofía comprendió por fin que el verdadero hombre de su casa, desde siempre, era ese niño que ahora, adulto, le prepara las herramientas o la abraza en la cocina. Y que la vida, después de los dolores, siempre trae algo bueno, siempre.

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El hombre de la casa
Natacha no podía creer lo que le estaba sucediendo. Su marido, el único, el que consideraba su apoyo y sostén, esa mañana le dijo: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó inmóvil en una postura absurda, mientras él daba vueltas, recogía sus cosas y hacía ruido con las llaves. Como si justo eso le faltase ahora. Hace nada falleció su padre de forma repentina y, a pesar de su propio dolor, tuvo que cuidar de su madre encanecida y de su hermana, que quedó discapacitada a los 18 años tras una grave lesión cerebral. Su familia vivía en el pueblo de al lado. Su hijo acababa de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa donde trabajaba. Se quedó en paro. Y ahora también su marido… Natacha se agarró la cabeza, se sentó a la mesa y rompió a llorar amargamente. —Dios mío, ¿qué voy a hacer ahora? ¿Cómo vivir? ¡Ay, Alesito! Tengo que ir corriendo a recogerle al cole. Las obligaciones diarias la obligaron a levantarse y caminar. —Mamá, ¿has llorado? —No, Alejo, no. —¿Lloras por el abuelito? ¡Mamá, le echo muchísimo de menos! —Yo también, hijo. Pero tenemos que ser fuertes. Nuestro abuelo siempre fue así. Ahora está con Dios y está bien, no te preocupes. Se merece descansar, nunca descansó en vida. —¿Y papá? —¿Papá? Seguramente está otra vez de viaje por trabajo. ¿Qué tal en el cole? Hay que seguir adelante. ¿No te quiere? No se puede obligar a nadie. Algo se le escapó entre tanta prisa y rutina. Mientras Alejo comía y se entretenía con sus soldaditos de juguete, Natacha se puso a mirar el ordenador de su marido, que nunca antes había tocado. Fue fácil entrar en el correo: la sesión aún estaba abierta. Ni siquiera le dio tiempo a borrar los mensajes recientes. Tenía un amor por todo lo alto. Y ahora ella era la no-amada. Diez años había sido “sol radiante”, y tras ocho años de lucha para tener al hijo, además “nuestra mamá”. Ahora todo cambió. Había que acostumbrarse. Primero tenía que buscar trabajo. Nadie parecía interesarse por su título universitario. Los euros del paro apenas calmaban la angustia. ¿Qué había pasado, qué razón convirtió a su esposo, responsable y cariñoso, en un extraño de la noche a la mañana? Pensaba y solo encontraba una explicación: o se había vuelto loco, o se había enamorado de otra. La casa común, construida poco a poco, quedó a medio hacer. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. —¡Trabajo, cuánto te necesito! —Natacha estuvo a punto de llorar otra vez, pero no tenía tiempo. Buscó empleo durante varios días. Sin suerte. El niño recién comenzaba el cole y su nueva soledad empeoraba las posibilidades. Al final del día, llamó su compadre Román: —Nata, ¿no ha vuelto tu marido? —No. —¿Quieres trabajar de almacenera? —¿Me lo dices en serio? —Por supuesto. Sé que no tienes ganas de bromas después de lo de tu marido. El puesto tiene horario partido, podrías ir a recoger a Alejo o apuntarle a actividades. El sueldo son 1.200 euros. Poco, pero mejor que nada. Mañana os traemos patatas, cebollas y un pollo. —¡Román, tengo gallinas! Ellas nos alimentan y ponen huevos. —Pues que sigan así, a las gallinas no se les toca. —Gracias, ¿qué tal Galina? —Bien, se va recuperando. Es una valiente. Román siempre igual. Su mujer Galina superó una operación difícil y está con quimio, pero él nunca se queja, aunque tenga todo encima. Él está “fenomenal”. Natacha suspiró: una oportunidad para sobrevivir. Gracias a Dios —el más fiable—, nunca falla. Y gracias por el compadre. El nuevo trabajo resultó sencillo y tenía ratos para estar sola, repasar lo pasado y permitirse llorar. Los días, semanas y meses volaron. Al cumplirse el año, Natacha comenzó a tener hambre, a dormir, a reír y a disfrutar de los progresos de su hijo. El dolor por la traición de su esposo volvía cuando él venía a llevarse a Alejo los fines de semana. Nunca lo impedía: su relación no debía hacer infeliz al niño. Tenía ganas de preguntar por qué no fue suficiente para él, aunque sabía que no se trataba de ella, sino de una pasión súbita por otra. Se acordó de aquella frase de película: «El amor dura hasta la primera curva, a partir de ahí empieza la vida». Para ella amor y vida eran inseparables. Y para su ex… El otoño fue este año una prolongación del verano: cálido, los árboles seguían verdes, las voces infantiles resonaban en la calle rodeadas de colores en el jardín. El día que Natacha se cruzó con la mirada de Miguel, no se distinguía de otros, tal vez el sol brillaba un poco más o la música de la ventana sonaba más alegre; quizá era el momento de que la suerte juntase a dos soledades. —Señorita, ¿me permite ayudarle? No debería cargar tanto. —Estoy acostumbrada. —No está bien que una belleza así cargue peso a diario. —¿Ayuda usted a todas las guapas, patrulla a la puerta del súper? —Sí, sí, he patrullado tantos días y por fin he encontrado la guapa que buscaba. Imposible no reírse. Y ambos rompieron a reír hasta las lágrimas, sin poder parar. —Miguel —extendió la mano, y aún le brillaban los ojos de alegría. —Natacha. —“Natacha, Natacha, esposa ajena”, ¿conoce la canción? —No. Pero yo no soy casada. —¿En serio? ¡Qué suerte la mía! Por fin conozco a la mujer de mis sueños y está libre. Todo el mundo está loco o ciego. —Ya veo que el humor no le falta. ¿Y la seriedad? —De eso también voy sobrado. Natacha, ¿tomamos algo en el cine y charlamos? —No puedo, tengo que recoger a mi hijo de las actividades. —No me lo puedo creer. ¿Tiene usted un hijo? ¡Pero si parece veinteañera! ¿Cómo va a tener que recoger a nadie? —Tengo 35 años. —Justo como yo. Qué coincidencia… pero en serio, parece que acaba de salir del instituto. —¿Y ahora? —Ahora me asombra más. Todos los hombres sueñan con tener un hijo. ¿Y usted, soltera con niño? ¿Dónde está el padre? —Prefiero no hablar de eso ahora. —Entendido. Entonces el fin de semana. Si quiere puede llevar a su hijo al pase infantil. —Los fines de semana está con su padre. —Natacha, no quiero incomodarla, pero si algún día le sobra tiempo, llámeme. Aquí está mi tarjeta. Por cierto, trabajo de médico, soy hematólogo infantil. —Trabajo más serio no hay. —Y no deja tiempo para buscar bellezas. —Gracias, Miguel. Le llamaré, de verdad. —Estaré esperando. ¡Qué hermoso era ese otoño! Sin duda era el regalo de ambos. Rayos de sol suaves, pintando el follaje del parque con una paleta increíble de colores, días templados que abrieron todos los rincones de la ciudad. Y la ternura que, venciendo el dolor, les envolvió en un baile otoñal bajo el manto de hojas multicolor. Se acercaban con tal delicadeza que Natacha, sin esperarlo, sentía cómo la atraía ese hombre especial. A los cuarenta días de conocerse, fue ella quien propuso tímida: «¿Te apuntas a un té en casa?» —Nata, ¿no te enfadarás? Prefiero no ir hoy a tu casa. Es tan importante lo que sentimos… quiero cuidar este momento. ¿Me lo permites? Al siguiente fin de semana, se escaparon al parque natural, donde Miguel alquiló una casita que parecía un castillo. Dentro, todo era cálido y acogedor, pero Natacha solo veía los grandes ojos castaños de su amor y se perdía en ellos hasta quedarse en sus brazos. Descubrió que el amor supremo entre hombre y mujer podía ser tan dulce. —Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Siento que muero de amor. ¿Cómo pude vivir sin ti? ¡Qué feliz soy a tu lado! —¡Eres maravillosa! ¡Qué afortunado soy! Al cabo de dos meses, era cada vez más difícil despedirse. —Natacha, cásate conmigo. —Miguel, mi divorcio sale a fin de mes. —Y justo después celebramos la boda. Así nadie me roba a mi chica. —Mi chica sabe lo que quiere. Yo tengo a mi amado. Pero, Miguel, nada de fiestas. Registrar la unión y llévame otra vez a nuestro castillo, donde fui tu mujer desde el primer día. —Como tú digas, amor mío. Román y Galina fueron los únicos testigos en el registro. La madre y la hermana enviaron un telegrama entusiasta. Pronto se mudaron a un piso que Miguel había alquilado, con dos habitaciones que reformaron juntos, creando un hogar cálido y cómodo. Miguel mimó la habitación de Alejo. Ya se conocían, pero Alejo —para quien su madre y su padre eran dos mitades de manzana— se resistía a acercarse a Miguel. —Natacha, no te asustes… quiero que controlemos la sangre de Alejo. Está muy pálido. —No digas tonterías, Miguel. Lo que pasa es que está sufriendo. No acaba de aceptar el divorcio; siempre pensó que no sería realidad. He leído que para un niño, el divorcio de los padres es peor que la muerte de uno. —Tienes razón, mujer sabia. Yo sufrí el divorcio de mis padres y lo viví como un desastre universal. Pero vamos a hacer la analítica, ¿vale campeón? Aquel día, Miguel entró en casa cabizbajo. Natacha entendió al instante: algo pasaba. —No te preocupes, Natacha. Hay cambios en la sangre de Alejo. Tu intuición no nos ha fallado. Mañana lo llevo conmigo. Como si la felicidad tuviese que pagarse con un precio tan alto. Leucemia. Qué palabra más dura. Empezó otra vida. Natacha pidió una excedencia sin sueldo. No podía dejar a Alejo solo sufriendo pinchazos, análisis y medicaciones. Le sujetaba la mano y le repetía: «Resiste, hijo mío, tú eres fuerte. Siempre has sido mi mejor amigo. Nunca nos separamos y siempre estaremos juntos». Cuando no aguantaba más, Miguel se quedaba con Alejo y mandaba a Natacha a dormir. Dormir, casi nunca: se quedaba mirando el techo. El exmarido llamó para exigirle que se empadronara fuera del hogar a medio construir. —Al niño yo le prestaré atención. Vendrá conmigo a mi casa. —Mejor ven tú a visitarle. —Ahora no puedo. Me voy de viaje. Miguel la consoló: —Natacha, juntos lo saldremos adelante. No te aferres al pasado. —Me da rabia. Yo ganaba buen dinero y todo lo invertí en la casa. ¿Ahora, con lo que tenemos encima, nos discutimos por una baja de padrón? —No pienses en eso. Cada pensamiento tuyo, ponlo en Alejo. Yo lo manejo. Siempre soñé tener una familia. Dios lo sabe. No nos la quitará. —¿Qué tal los análisis, Miguel? —Hacemos todo. De momento, mal. Natacha lloraba en silencio. No debía dejar que Alejo notase nada. —Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre? —Mira, en la sangre hay barquitos rojos y blancos. Los tuyos están peleando. —¿Quién gana? —Por ahora los blancos. —¿Y después? —Ayuda tú a los rojos. —Mamá, llévame lejos. Estoy cansado. —Natacha, yo quería decírtelo. Vámonos todos al castillo. Hace buen tiempo, pasearemos por el bosque y Alejo podrá descansar. La primavera decoró su rincón de flores y arbustos. Pasearon y disfrutaron juntos, aunque hubo instantes en que Alejo se detenía, muy serio. —¿Qué pasa, hijo? ¿Te encuentras mal? —Mamá, no me molestes, que estoy en batalla naval. El pequeño descanso terminó pronto. Alejo parecía más sano, con las mejillas algo sonrosadas. —Mamá, ¿dónde está papá? —En viaje de trabajo, hijo. —¿Otra vez? Bueno, vale. De vuelta a la clínica, hicieron nuevos análisis. La jefa del laboratorio apareció en persona. —Miguel, ¿dónde habéis llevado al niño? —Aquí cerca, a la reserva natural. ¿Por qué lo pregunta? ¿Qué pasa con la sangre? —Todo bien. Está en remisión. ¡Analítica perfecta! Miguel corrió al cuarto alegremente. —¡Alejo, estás mejor! No llores, Natacha. Está curándose. ¿Qué hacías, hijo? —Papá, ¿recuerdas lo de los barquitos? Gané todas las batallas con los rojos.