Los familiares no recibieron a la madre en el hospital de maternidad, porque ella no abandonó a su hija…

Recuerdo aquel día en que el luminoso y espacioso salón de partos del Hospital Universitario La Paz, en Madrid, estaba repleto. La atmósfera rebosaba alegría, mezclada con una ligera tensión. Alrededor circulaban familiares felices: hombres emocionados con enormes ramos de flores, nuevos abuelos recién nombrados, y una muchedumbre de conocidos y amigos. El constante murmullo de voces se veía interrumpido por carcajadas contagiosas. Todos, conteniendo el aliento, esperaban el encuentro con los nuevos miembros de sus familias.

¡Ha nacido un niño! ¡El primero! susurró una joven abuela, recién llegada, con lágrimas de felicidad brillando en los ojos, mientras sostenía con fuerza un montón de globos azul celeste.

¡Una niña! ¡Dos de una vez, imagínate! exclamó con orgullo su compañera, rodeada de paquetes de regalo rosa pastel.

Ya tienen una hija mayor. ¡Son ya tres hermanas! ¡Como en los cuentos!

¡Vaya, gemelas! ¡Qué rareza! ¡Mis felicidades!

En medio de aquel alboroto, nadie notó a una pequeña mujer que, sin éxito, intentaba abrir la pesada puerta de la sala. Sus manos estaban ocupadas al máximo: apenas sostenía unas bolsas cargadas de pertenencias, rebosantes hasta el borde.

¿Eso es un bebé? preguntó Javier, el joven que había llegado para recoger a su hermana junto al sobrino, sin poder creer lo que sus ojos veían. No podía imaginar que, entre el antebrazo y el cuerpo de aquella mujer, descansara realmente un pequeño envuelto en una manta.

¿Cómo puede ser? se agitó Javier. ¿Dónde están los parientes? ¿Dónde están los amigos? No puede ser que en esta inmensa ciudad no haya nadie que reciba a una madre joven con un hijo tan indefenso. ¿Cómo es posible?

Su familia se había preparado durante meses y con sumo esmero para el nacimiento de la hija de su hermana. Era, después de todo, un acontecimiento de gran importancia, una alegría y un hito en la vida. Javier jamás había pensado que las cosas podrían suceder de otro modo.

Sin dudarlo, Javier se acercó a la desconocida, abrió de par en par la enorme puerta, la sostuvo mientras ella pasaba y, a su vez, la siguió.

Permítame, al menos, llevarle sus cosas al taxi le ofreció con una sonrisa.

Gracias, no es necesario respondió la mujer, con una mezcla de tristeza y desconcierto en la mirada, como si estuviera al borde de las lágrimas. Acomodó al bebé contra su pecho, lo abrazó con más fuerza y se encaminó hacia la parada del autobús.

¿Se va a subir al autobús con un recién nacido? pensó Javier, horrorizado. Ya estaba a punto de alcanzarla para ofrecerle su coche, pero lo llamaron los familiares. Tenía que acompañar a su hermana y al sobrino para el alta hospitalaria. Olvidándose de todo lo demás, corrió hacia los suyos.

Inés siempre había querido ser la hija ejemplar. Su madre la había tenido a una edad avanzada, y su padre jamás la conoció; se decía que había sido fruto de un fugaz romance de vacaciones. Madre e hija vivían solas en una casa estrecha al borde de un pueblo. Desde pequeña, Inés ayudaba a su madre en las tareas domésticas, sacaba buenas notas, y obedecía en todo. Vivían con una escasa pensión de cajero de una pequeña tienda del barrio; el sueldo apenas alcanzaba para comprar una bolsa de garbanzos o un trozo de carne. Cuando la madre se jubiló, la situación económica se volvió aún más aprieta.

Inés anhelaba crecer pronto, obtener una educación, conseguir un trabajo bien pagado, y así garantizar que su familia nunca volviera a pasar hambre. No quería volver a la tienda a decidir entre comprar arroz o un trozo de carne con los últimos euros del mes. Con esa meta en mente, se entregó de lleno al estudio, asistiendo a clases extra mientras sus compañeras salían de romance, iban al cine y a los bailes. Inés, por su parte, permanecía sobre los libros, rechazando una y otra vez la invitación del vecino Federico a pasear.

¡Sal a la calle! ¡Qué día tan bonito! ¡Te ves pálida! le insistía su madre. ¡Solo estás leyendo! Desconecta un momento.

La matrícula está cerca. Necesito sacarle el máximo puntaje a los exámenes. Es mi única oportunidad, nuestro futuro replicaba Inés.

Federico, enamorado en secreto desde el primer curso, se quedaba siempre a la sombra, pues ella nunca le prestó atención. El esfuerzo de Inés dio sus frutos: aprobó los exámenes con brillantez y accedió, como soñaba, a la prestigiosa Universidad Pedagógica de la capital. La dicha la inundó, mientras su madre empezaba a preocuparse.

¿Dónde vas a vivir? ¿Cómo me vas a ayudar? Yo ya barely llego a fin de mes protestó la madre.

No te preocupes la tranquilizó Inés. Ya tengo un trabajo nocturno, he visto anuncios, y la universidad ofrece una residencia. Ya llamé y me han asignado una habitación.

Así fue como Inés pasó a vivir en el dormitorio universitario, compartiendo la estancia con otra chica del pueblo. La compañera, generosa, la invitaba a sus comidas; Inés, a su vez, le echaba una mano con trabajos y referidos. Pronto encontró empleo como camarera en el bar de la esquina. No era nada complicado: llevar los pedidos, sonreír al cliente.

Fue en ese mismo bar donde conoció a Máximo, un cliente habitual. Inés cursaba el penúltimo año; a tan solo unos meses le faltaba el título. Máximo, joven apuesto, acudía cada fin de semana acompañado de sus amigos, riendo, bromeando, charlando animadamente. Inés admiraba los hoyuelos de sus mejillas, que aparecían con cada sonrisa. Un día él cruzó la mirada con la suya; ella se sonrojó y apartó la vista, y desde entonces Máximo le mostró una atención especial.

Comenzaron a salir. Máximo resultó ser muy cuidadoso, atento y, además, extremadamente inteligente y alegre. Dos años antes había finalizado sus estudios y trabajaba como economista en un gran banco, con una carrera que ascendía rápidamente.

Inés recibió pronto la invitación de mudarse al amplio apartamento de dos habitaciones de Máximo, situado cerca de su trabajo.

Pero, para sorpresa de Inés, Máximo recibió la noticia del embarazo con una sonrisa.

Justo estaba a punto de proponerte matrimonio y ahora esta noticia soltó, riendo. Tenemos que apurarnos, para que en la boda seas una novia esbelta y no una futura mamá con barriguita. Aunque te quiero tal como eres.

Inés temía el encuentro con los padres de Máximo. Su padre era un influyente empresario, dueño de una planta lechería; su madre colaboraba en los asuntos familiares. ¿Cómo aceptarían a una humilde campesina, además embarazada? Sin embargo, los familiares de Máximo siempre habían tratado con benevolencia a la futura nuera. El padre elogió la cena que Inés preparó: «¡Como en el mejor restaurante! Este aderezo es una maravilla». La madre, que se hacía llamar Olga, añadió: «¡Tienes manos de oro!».

Olga pidió a Inés que la llamara simplemente Olga. Juntas empezaron los preparativos de la boda, visitando elegantes salones, probándose vestidos y tomando cafés, riendo y charlando sin la pretensión de una alta sociedad. La boda resultó fastuosa y numerosa: invitados, maestro de ceremonias, artistas, fuegos artificiales. Inés, al pensar en el coste, se angustiaba, pero Olga la tranquilizó con un gesto de mano:

No te preocupes, podemos permitirnos este gasto. Eres la esposa de mi hijo; quiero que tengáis una verdadera celebración. Descansa y no te agobies.

Inés no podía creer su suerte. Su anciana madre, al llegar a la boda, casi lloraba de emoción, aunque se sentía incómoda entre tanto brillo. Olga, sin pomposidad, hacía chistes y agradecía a Inés por ser una hija tan admirable, aliviando cualquier incomodidad.

Comenzó la vida familiar mientras esperaban al bebé. En la primera ecografía el médico anunció que sería una niña sana. Máximo, entre risas, comentó: «Así que la próxima vez tendremos un hijo varón». Olga, que siempre había deseado una nieta, se desbordó de alegría y compró una montaña de vestidos rosados y pequeños trajes.

Inés soñaba con vestir a su futura hija, imaginando cómo la llevaría al ballet, a la escuela de arte, a actividades de desarrollo temprano. No objetó en absoluto; al contrario, se regocijaba de que una niña fuera tan esperada.

Sin embargo, en una revisión posterior los médicos advirtieron un riesgo de pérdida fetal. El padre de Máximo llamó a los mejores especialistas. Inés se sentía muy mal; vomitaba, había perdido peso, y en lugar de alivio en el segundo trimestre, sólo empeoraba. Pasaba los días en hospitales mientras Olga, en casa, le preparaba comida, limpiaba y regañaba a su hijo por no ayudar. Inés agradecía, pues no podía hacer nada más.

Máximo, cada vez más distante, se refugiaba en el trabajo, los amigos y el móvil. Las conversaciones de Inés giraban siempre sobre análisis, pruebas y temAl final, Inés halló la fuerza para seguir adelante, abrazando a su hija Aitana con amor incondicional y convirtiendo cada desafío en la prueba de que la esperanza siempre triunfa.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

nineteen − five =