Tania lo comprendió al instante al arrancar el pañuelo que sobresalía del arbusto. El pañuelo resultó ser una vieja y colorida manta, y lo tiró con más fuerza. Y quedó paralizada: en una esquina de la manta yacía un bebé diminuto.

Teresa comprendió al instante que el trozo de trapo que sobresalía del seto no era un simple trapo. Al tirar de él, descubrió que era una vieja pañuelita de colores y, con más fuerza, la arrancó. En el rincón de la tela encontró a un bebé recién nacido.

Al amanecer, Teresa tuvo un sueño extraño: su hijo, Luisito, estaba en la puerta del portal golpeando. Se despertó sobresaltada, se puso los pies descalzos y salió corriendo hacia la puerta.

Silencio. No había nadie. Ese tipo de sueños la engañaban siempre, pero ella siempre corría a abrir la puerta de par en par. Esa mañana lo hizo de nuevo, mirando la penumbra de la noche.

La oscuridad y el crepúsculo la rodeaban. Intentando calmar el latido agitado del corazón, se sentó en el escalón del portal. De pronto, un ruido leveun crujido o un susurrose escuchó.

Seguro el gatito del vecino se ha enredado otra vez, pensó Teresa y se encaminó a liberar al animal de los arbustos, como ya lo había hecho en mil ocasiones.

Pero no era un gatito. Teresa lo supo en cuanto tiró del trozo de trapo que sobresalía del seto. El trapo resultó ser una pañuelita vieja y, al jalar con más fuerza, quedó inmóvil: en la esquina de la tela yacía un niño desnudo. Era un niño, con el cordón del ombligo todavía adherido, sin un pelo de vida.

El bebé no podía ni llorar; estaba mojado, exhausto y, sin duda, hambriento. Cuando Teresa lo tomó entre los brazos, soltó un débil balido.

Sin saber muy bien qué hacer, lo abrazó contra sí y se lanzó de vuelta a la casa. Allí halló una sábana limpia, envuelve al niño, le cubrió con una manta cálida y empezó a calentar la leche.

Lavó el biberón, encontró un pezón de repuesto que había guardado desde la primavera pasada, cuando alimentaba a su cabrito. Luisito chupó con avidez, se hartó y, acurrucado y calentito, se quedó dormido.

Al llegar la mañana, Teresa seguía pensando en su hallazgo. Tenía ya más de cuarenta años y en el pueblo la gente la llamaba tía. Perdió a su marido y a su hijo en la guerra hacía ya varios años, y vivía sola. La soledad la perseguía, pero la dura realidad le recordaba que debía valerse por sí misma.

Ahora, sin saber qué hacer, miró al niño que dormía, resoplaba dulcemente como todos los pequeños. Decidió consultar a la vecina, así que se dirigió a la casa de Dolores. Dolores llevaba una vida tranquila: nunca se casó, nunca perdió a nadie en la guerra y, según ella, nunca había asistido a ningún funeral. Vivía como quien está en vacaciones permanentes.

Todos sus amantes iban y venían; ella nunca los retuvo ni los estimó demasiado. Dolores, alta y serena, estaba en el portal bajo una chalina, disfrutando del sol. Tras oír la historia nocturna, soltó con ironía:

Pues, ¿y a ti qué te sirve esto? y volvió a su casa. Teresa, al cerrar la puerta, vio que la cortina se movía ligeramente; otro pretendiente nocturno había llegado.

¿Para qué? murmuró Teresa para sí misma.

Se encaminó a casa, alimentó al bebé, lo envolvió en ropa seca, juntó provisiones y se dirigió a la parada del autobús para buscar transporte a la ciudad. No tardó en aparecer una furgoneta que se detuvo a cinco minutos de distancia.

¿Al hospital?, preguntó el conductor, señalando el paquete que Teresa llevaba.

Al hospital respondió ella con voz contenida.

En el refugio, mientras completaban los papeles, Teresa no podía quitarse de la cabeza la sensación de haber hecho algo mal; una punzada en el pecho no la dejaba en paz. Le recordaba la desolación que sintió al recibir la noticia de la muerte de su esposo y, poco después, de su hijo.

¿Cómo llamaremos al niño? ¿Qué nombre le pondremos? preguntó la directora del centro.

¿Nombre? repitió Teresa, pensó un instante y, sorprendiéndose a sí misma, respondió Luisito.

¡Qué nombre más bonito! exclamó la directora. Aquí tenemos muchos Alejandro y Carmen, pero tú, con una pérdida tan grande, tienes que darle alegría a ese niño. ¡Ánimo, no te quedes como una cigarra sin canto!

Las palabras no estaban dirigidas a Teresa, pero le calaron hondo. De regreso a casa, al anochecer, encendió la lámpara y sus ojos se toparon con la vieja pañuelita de Luisito. La había dejado a un lado sin tirarla. La tomó entre sus manos y se sentó en la cama.

Mientras pasaba los dedos por la tela húmeda, encontró un pequeño nudo en la esquina. Dentro del nudo había un trozo de papel gris y una simple cruz de alambre en un cordel. Al desplegar el papel leyó:

Querida y buena mujer, perdóname. Este niño ya no es mío, estoy perdida en la vida y mañana ya no estaré. No dejes a mi hijo solo; dásle lo que yo no puedo: amor, cuidados y protección.

Debajo estaba la fecha de nacimiento del bebé. Teresa se quebró en llanto, sollozando como una fuente desbordada. Lloró hasta quedar sin lágrimas, dejando salir todo el dolor que creía guardado.

Recordó su boda, la felicidad con su marido, y luego la llegada de Luisito, que volvió a iluminar su vida. En el pueblo las vecinas la envidiaban; Teresa brillaba de dicha.

¿Por qué no seguir brillando? Tenía un esposo querido, un hijo amado. Sus hombres también la adoraban. Antes de la guerra, su hijo había terminado la escuela de conductores y prometió llevarla en el nuevo coche que le prometieron la colectividad.

Entonces, en agosto de 1942, le entregaron el certificado de defunción del esposo; en octubre, el del hijo. La felicidad se desvaneció, la luz blanca se apagó.

Se volvió como la mayoría de las mujeres del pueblo: despertaba de noche, corría al portal y miraba la oscuridad.

Esa noche tampoco pudo dormir; salió a la calle, escuchó el silencio y esperó algo. Por la mañana, volvió a la ciudad.

La directora del refugio la reconoció al instante y no se sorprendió cuando Teresa le pidió que le devolvieran a su hijo, como le había ordenado su hijo fallecido.

Bien, dijo la directora, con los papeles te ayudaremos.

Envuelta al niño en una manta, Teresa salió del refugio con el corazón más ligero; la pesada melancolía había cedido, dejando paso a la alegría y al amor. Si el destino está escrito para ser feliz, inevitablemente lo llega, y así fue con Teresa.

En su casa vacía, los únicos retratos eran los de su marido y su hijo en la pared. Pero ahora sus rostros parecían diferentes, no tan severos ni tristes, sino iluminados, suaves, alentadores.

Teresa abrazó a Luisito y se sintió fuerte; él todavía necesitaría su ayuda y protección.

¿Me ayudaréis, fotos? les susurró.

Pasaron veinte años. Luisito creció y se convirtió en un buen joven. Todas las chicas soñaban con él, pero él eligió a la que más le gustó el corazón: a Lucía, la más querida después de su madre.

Una vez, Luisito llevó a Lucía a conocer a su madre y Teresa, al fin, se dio cuenta de que su hijo había madurado y era un auténtico hombre. Bendijo a los novios.

Celebraron la boda, la pareja empezó a construir su nido. Con el tiempo llegaron los hijos, y al más pequeño le pusieron Luisito, haciendo que Teresa se sintiera rica en familia.

Una noche se despertó por un ruido en la ventana y, como siempre, se dirigió a la puerta. La abrió y salió al exterior; una tormenta se acercaba, los relámpagos chisporroteaban.

Gracias, hijito susurró Teresa a la oscuridad. Ahora tengo tres Luisitos y los quiero a todos.

Un gran árbol que su marido había plantado cuando nació Luisito se sacudió con el viento, y un relámpago iluminó el cielo como la sonrisa radiante de su hijo.

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Tania lo comprendió al instante al arrancar el pañuelo que sobresalía del arbusto. El pañuelo resultó ser una vieja y colorida manta, y lo tiró con más fuerza. Y quedó paralizada: en una esquina de la manta yacía un bebé diminuto.
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