Pequeños pasos

Pequeños pasos

¿Por qué tú, hijo? ¿Por qué no yo? Me desperté diciendo en voz baja esta pregunta al vacío, una vez más, y suspiré cubriéndome la cabeza con la colcha.

No encontraba alegría alguna por la mañana. De hecho, ya nada me hacía ilusión. ¿Cómo sigue uno adelante si ya no tiene a su hijo? Hasta respirar duele, vivir ya es otra historia…

Otra noche sin apenas pegar ojo había pasado. Se fue para siempre, como se fue mi vida con mi hijo Diego. En ocasiones, llego a pensar que, si pudiera, me dejaría arrastrar por las aguas del olvido solo para no recordar mi dolor.

Mi gato, quien dormía a mi lado, me golpeó con la pata un par de veces y empezó a ronronear, exigiendo mi atención como recordándome que el día ya había comenzado.

Sí, sí, ya me levanto… Me quité la colcha y obedecí a mi peludo compañero.

El gato era el único recuerdo vivo que me quedaba de mi hijo. Diego lo recogió de la calle, cerca del ejército, y fue un amigo suyo, Fernando, quien me lo trajo a casa.

Aquí está. Diego me pidió que, si le pasaba algo, te lo entregara a ti…

¿Qué ocurrió? Acepté el extraño regalo sin pensarlo. Apenas sé lo que pasó, Fernando…

Tu Diego fue un héroe…, nos salvó a todos, aunque él… Has criado a un buen hijo, madre.

Fue entonces cuando me dejé llevar por el llanto por primera vez.

No lloré al recibir la noticia. Tampoco al despedirme de él, aunque muchos cuchichearan a mis espaldas sin entender cómo una madre no soltaba ni una lágrima por su único hijo. Ni un sollozo cuando mi hermana me reprochó que no quisiera compartir la paga con la familia.

Ninguno intuía que yo no podía llorar. El alma se me había congelado en un bloque de hielo. No vivía, no respiraba, no escuchaba lo que pasaba a mi alrededor. Todo se lo llevó Diego…

Hasta que recibí aquel pequeño aviso suyo. Un gato famélico, un tanto escurridizo, maullador, pero cariñoso. Y me lo entregó el mismo amigo que estuvo ahí cuando Diego se levantó a socorrer a los heridos y atrajo sobre sí el peligro, salvando otras vidas a costa de la suya.

¿Y ahora qué hago contigo, pequeño? le acaricié al gato y, por fin, rompí a llorar, dejando salir un poco de esa pena acumulada.

Sabía que mi hijo no habría hecho otra cosa. Desde niño entendió cuán sagrada es una vida humana. Creció viendo a sus padres pasar días y noches en el hospital, asistiendo a los demás. Admiraba a su padre, médico, que salvó tantas vidas que perdió la cuenta. Él mismo soñaba con ser cirujano, aunque escogió un camino que yo, al principio, no supe aceptar.

Es lo que tengo que hacer, madre. Allí me necesitan.

No lloré aquella vez tampoco. Solo me santigüé y le pedí que se cuidara.

Y sin embargo, cuando tuve al gatito en brazos, solté el llanto, agarrada a la camiseta de un casi desconocido que, con su sonrisa y su voz ronca, me recordó a mi hijo diciéndome: «¡Madre!».

Diego siempre me llamó así. No mamá ni mami. ¡Madre!

Eres como la patria para mí. Solamente hay una y es para siempre. ¡Madre! ¡Eso suena a reina mirando desde lo alto el río y soñando…!

A Diego le apasionaba la historia y yo podía sentir todo el amor que encerraban esas palabras.

Fernando entendió mi dolor. Me abrazó y me consoló hasta que el gato, hambriento, maulló poniendo fin a mis lágrimas.

Tiene hambre, se disculpó Fernando, secando mis lágrimas. Hemos tardado mucho en llegar…

De pronto, mi cabeza encontró un sentido: había que alimentar al minino, buscar leche, calentarla… Eso ocupó mi mente durante un rato.

Comimos juntos, Fernando y yo, como solía hacerlo Diego. Con prisa, pero con ganas. Por primera vez desde la muerte de mi hijo sentí hambre y me atreví a coger un poco de pan.

Las dos horas con las que contaba antes de marcharse Fernando me supieron a poco. Le pregunté una y otra vez los detalles de las últimas horas de vida de Diego, mientras no soltaba al felino, sin darme cuenta aún de que mi vida, de repente, iba a cambiar.

A la mañana siguiente, el despertador peludo me levantó temprano, impuso una nueva rutina en casa. Ahora madrugaba para darle de comer. Eso sí, el gato se negaba a comer solo. Daba vueltas, maullaba hasta que yo también me sentaba a desayunar. En cuanto me sentaba, él se abalanzaba sobre su cuenco.

¡Cálmate, Gato! ¡Que los vecinos aún duermen!

Poco a poco, me adapté a este nuevo ritmo y, para mi sorpresa, me sentó bien. Las mañanas se llenaron de tareas, y por las noches el cansancio me vencía antes de dar rienda suelta a la tristeza.

Vivía en el mismo piso donde creció Diego; cada rincón estaba lleno de recuerdos. De pronto, hasta los parientes más lejanos empezaron a visitarme, pero no por alegría, sino por el dinero.

Siempre supe cómo vivía mi familia, a quién necesitaba ayuda y quién iba a casarse… Pero ahora exigían.

Pilar, tú estás sola, ¿para qué tanto dinero? Nosotros tenemos hijos…

La primera vez que lo oí de mi hermana, no supe qué decir. ¿Cómo explicar que, aun alegrándome por los sobrinos, a mí se me había ido el único?

¡No! No podía. Así que callé, y eso encendió aún más a la familia.

¡Qué rara eres! Podrías ayudar tanto a los tuyos y aquí estás, guardando el dinero del hijo. ¡Diego no te lo perdonaría!

Aquello me despertó. Apagué el móvil, cerré la puerta con llave y corté todo trato con quienes no entendieron lo que siente una madre cuando pierde a su único hijo.

Quise donar todo a un orfanato o a una ONG, pero mi amiga Carmen me detuvo.

No, Pilar, espera. No hagas nada guiada por la emoción. Date tiempo. Recuerda lo que te decía Diego: Todo a su debido tiempo.

Sí, lo decía…

¡Eso mismo! Pasito a pasito, Pilar. Vete poco a poco. Sé que es duro, pero él no querría verte llorar.

Ay, Carmen, cuánto le echo de menos… No puedo más. Daría lo que fuera por verle un minuto, preguntarle cómo está… Es que no puedo creer que se haya ido. ¡No puede ser! ¿Y su memoria, sus sueños? No, no me lo creo. ¡Está vivo!

Claro que sí. Mientras lo recuerdes, vive.

¿Y si yo me olvido de él? ¿Si yo también falto? ¿Qué será de su memoria?

Carmen no respondió. Solo me señaló el escritorio de Diego, repleto de cartas de sus compañeros y de gente a la que ayudó. Suficiente para calmar mi alma.

No vivió en vano mi hijo, ¡no señor! Siempre lo recordarán.

Pero, ¿por qué duele así?

Los días pasaron entre rutinas. Me levantaba, iba al hospital, atendía al gato, hacía las cosas de casa, convencida de que nada cambiaría ya en mi vida. Pero me equivocaba: el destino había preparado un encuentro para el momento justo.

Aquella tarde volví muy tarde del hospital, me había quedado con los papeles tras la guardia. Cuando me di cuenta de la hora, preferí pedir un taxi.

El taxista era un chico joven, muy charlatán, que me entretuvo el viaje con sus historias: que si conducir era solo un pasatiempo, que realmente era empresario… Yo reía por lo bajo, le seguía la corriente mientras pensaba en el escándalo que armaría Gato por llegar tan tarde.

Al llegar, pagué la carrera en euros y, preparada para salir, vi algo extraño. Sentada en un banco junto a una maleta y un cochecito, había una mujer con un bebé en brazos y otra criatura, un niño de unos cinco años, a su lado.

Qué raro, murmuré. El taxista me preguntó si necesitaba algo más.

No, no, gracias. Buenas noches.

¡Un momento! exclamó el chico, saliendo para abrirme la puerta. ¡Solo para usted, señora! ¡Qué maravilla!

Sonreí y no pude evitar comentar:

¿Por haberle escuchado charlar?

Por dejarme hablar respondió ya serio. Mi madre dice que hablo demasiado.

Bueno, la imaginación también mueve el mundo, piénselo. ¡Gracias por traerme!

Me despedí, me acerqué al portal y miré de reojo a la mujer en el banco.

¿Qué fue lo que me hizo detenerme?

Quizás la postura de aquella mujer, abrazada a su hijo, o la mirada del niño, silencioso, sin lloriquear por sueño a esas horas. Se pegaba a las piernas de su madre, cualquiera diría que estaba expectante.

Jamás supe qué me impulsó a acercarme.

¿Esperas a alguien? ¿No os han venido a buscar? pregunté, casi sin pensar.

La mujer levantó la mirada despacio.

No. No nos espera nadie contestó.

¿Pero tienes dónde ir? ¡Con niños pequeños!

No…, volvió a negar. Y de repente se echó a llorar.

Sus lágrimas silenciosas y desesperadas me empujaron a actuar.

¡Venga, arriba! Estaréis helados. Y los niños necesitan descansar. Venid conmigo.

La chica se puso nerviosa, tapó al hijo mayor.

Ese gesto me bastó para comprender que algo serio la había llevado allí.

Tranquila, vivo sola. Podéis quedaros, al menos esta noche. No vais a dormir en un banco con niños, ¿verdad?

¿Y usted no tiene miedo? preguntó con desconfianza.

¿Miedo? le respondí con una sonrisa triste. Ya no tengo miedo a nada. Lo peor ya me pasó. Anda, subid. Ya veremos mañana.

El siguiente rato fue de trajín. Darles cena, buscar ropa limpia, bañar a los niños, dejar que la madre se duchase. Cuando por fin todo quedó en silencio, acosté a Gato y, por primera vez desde la marcha de Diego, dormí sin pastillas, en paz.

La mañana siguiente me trajo una sorpresa. Al abrir los ojos, vi el rostro de un niño. Por un segundo creí que estaba loca, pues aquel pequeño despeinado era idéntico a Diego de niño.

¿Tú eres mi abuela? preguntó, rascando al gato en la oreja.

No, cielo, respondí acariciándole. ¿No duermes? ¿Es muy pronto?

Mamá ya se despertó. ¿Tienes dibujos animados?

Me levanté, busqué cómo entretenerle. Le di el juguete favorito de Gato y ambos se entretuvieron mientras las mayores conversábamos. Encontré a la huésped en la cocina.

Perdóneme, se excusó ella. Necesitaba preparar el biberón. No quería molestarla…

No pasa nada, mujer. Los niños no pueden estar sin desayuno. No pregunté ayer vuestros nombres. Soy Pilar Estévez.

Yo me llamo Elvira. El niño es Lucas y el bebé, Mateo.

¿Y cómo habéis acabado en la calle?

Elvira desvió la mirada y, tras respirar hondo, al fin se sinceró.

Se lo puedo contar… Nadie lo sabe, pero me siento capaz. Nos echaron. La madre de mi marido, exsuegra mía ya…

¿Por qué? ¿Te separaste?

No exactamente… Mi marido era camionero…

Se le quebró la voz.

¿Por qué era, Elvira? pregunté suavemente.

Tuvo un accidente… Se quedó dormido al volante. Yo le pedía que descansara, que no forzara, con dos hijos… ¡Pero no quería oírme! Y discutimos por ello…

Es comprensible…

Eso pensé, pero… Cuando Lucas era pequeño, podía con todo, era tan bueno y callado, pero con Mateo fue diferente. Llora mucho, nunca quiere que lo deje. Y la abuela… siempre fue buena conmigo, pero después cambió. Insistía en que su hijo le ayudara con sus cosas tras regresar del trabajo sin dejarle descansar…

¿La culpas de lo sucedido?

No, por Dios, pero el cansancio se acumula. Sé lo que es. Cuando Lucas nació, mis padres me ayudaron mucho, pero con el pequeño ya no vivía cerca… Ahora ya ni a mi padre puedo ir. Bebe demasiado. Y con niños, imposible.

¿Y tu suegra?

Ella también me echó, diciendo que era mi culpa la muerte de su hijo… no pudo contener el llanto. ¡Pero los niños son sus nietos!

No quise preguntar más. Solo me acerqué, le di un vaso de agua y la abracé.

Tranquila, hija. Cada uno vive el duelo a su manera. Dale tiempo a tu exsuegra, acabará recapacitando.

¿Y si no? preguntó Elvira.

¿Quién pierde más? Tú tienes a tus hijos, ella solo los recuerdos. ¿Por qué habíais venido cerca de mi casa?

Intenté alquilar una habitación aquí… pero la dueña se echó atrás, ya la había alquilado. No tengo a dónde ir…

No te preocupes le acaricié la cabeza, igual que antes a Lucas. Quédate aquí el tiempo que necesitéis.

¡No puedo molestarte…!

Claro que puedes y lo harás. Piensa en tus niños, Elvira.

Así comenzó para mí una nueva etapa.

Ayudé a Elvira y sus hijos a instalarse en la habitación que era de Diego y poco después tuve el valor de visitar a la exsuegra, para intentar un acercamiento. La charla fue dura, pero logré que entendiera que aún podía recuperar a sus nietos, aunque pedí que Elvira se quedase conmigo una temporada más.

El tiempo me dio la razón. Dos años después, Elvira consiguió trabajo y pudo dejar a Mateo con la abuela hasta que obtuvo plaza de guardería.

El motivo era sencillo. Necesitaba amortizar la hipoteca; la ayudé con la entrada, pero no aceptó que le comprara una vivienda.

Le presto el dinero del primer pago. Pero aceptarlo como regalo, jamás.

¡Tienes tus niños!

Y ellos me tienen a mí. Usted me dio refugio y trabajo, ya es mucho. El resto me toca.

¡Qué cabezota eres!

Le aprendí a usted, Pilar. Mis niños ahora tienen dos abuelas. ¿No ve qué suerte?

No discutí más. Sabía que llegado el momento, Lucas y Mateo tendrían buena educación, incluso casa propia, porque yo me ocuparía.

Ahora, al despertar, ya no lloro. Acaricio a Gato, miro la foto de Diego y contesto en silencio a su mirada:

Sigo aquí, hijo. Vivo bien. Procuro avanzar, pasito a pasito. Ya no lloro siempre, bueno, un poquito sí. Elvira me riñe si me pilla llorando, aunque ella tampoco se contiene al recordar. Los niños crecen…. Lucas es tan listo, igual que tú de niño. Pregunta de todo, ¡no para! Pero eso es bueno, ¿no? Mateo es un amor, ni te imaginas. Gato le adora más que a mí. Así que, hijo, estoy bien, ¡estoy viva! No te preocupes. Cuando llegue mi hora, nos veremos. Lo sé.

Gato me roza la mejilla exigiendo orden, y yo sonrío de nuevo al nuevo día.

Ya, ya voy

He entendido que la vida, aun cuando crees que todo se ha roto, sigue ofreciendo sorpresas y motivos para caminar. No hay dolor que no se alivie, aunque sea dando pequeños pasos.

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