—David, ¿quién es esa gente? ¿De dónde han salido tantos? —la voz de Cristina tembló, y apretó con más fuerza el codo de su hijo. Por su cabeza cruzó un pensamiento: «Lo ha vendido. Sin consultarme ha vendido la casa de campo, y estos son los nuevos dueños que vienen a hacer lo que les da la gana.» Al pensarlo se le secó la boca; soltó el brazo de él y se quedó quieta, mirando fijamente su propio patio.
Las tablas olían a pino. Olían tan denso y tan acre que a Cristina le había empezado a picar la nariz ya cuando se acercaba a la cancela, y ahora ese olor se mezclaba con la cal y el sudor. En el patio había gente. Mucha. Unas veinte personas, quizá más. Hombres con camisetas viejas y vaqueros polvorientos, dos chicas con rollos de plástico, un chico en una escalera de mano, otro directamente en el tejado, con un martillo. Alguien arrastraba sacos de cemento, alguien removía en un cubo una pasta blanca que desprendía un fuerte tufo a cal. Su parcela de campo, tranquila y mustia aún ayer, ahora parecía un hormiguero en abril.
—David —dijo ella con sequedad, casi sin voz—. ¿Tú ves esto? Si has vendido la casa sin pedirme permiso, no te lo perdono. Dime la verdad, ¿son gente extraña?
—Mamá, párate, ¿qué nuevos dueños? —David se quedó desconcertado—. ¿Qué dices? Son míos. Todos míos.
—¿Cómo que «tuyos»? ¿Qué está pasando aquí? Tengo el móvil en el bolso; si no me explicas ahora mismo, llamo a la policía local.
De verdad alargó la mano hacia el bolso que colgaba de su codo. Los dedos no le obedecían. Todo se le agolpó en la cabeza: la casita que había mantenido durante quince años, la terraza que nunca llegó a construir porque primero fueron los estudios de David, luego el préstamo del coche, luego su propia dentadura postiza —que podía esperar—, luego el linóleo del piso de la ciudad —que también podía esperar. Todo esperaba, y ahora gente desconocida pisoteaba su parcela. La suya. La que había cuidado como a un hijo.
—Mamá —David le tocó el hombro—. Escucha. No son dueños. Los he llamado yo.
Cristina se quedó paralizada con el bolso en la mano. Miró a su hijo como si lo viera por primera vez. Treinta y cinco años, las sienes ya con canas visibles, los hombros anchos —salió a ella, no a su padre. En los ojos no había miedo ni insolencia. Solo una especie de espera tranquila, serena.
—¿Tú?
—Yo. Mamá, son míos. Todos. Del trabajo, de la universidad que quedaron, los chicos del barrio, con los que jugaba al fútbol. ¿Te acuerdas de Pablo?
Cristina se acordaba de Pablo. Flaco, siempre con hambre, siempre se quedaba a cenar en su casa porque en la suya, al parecer, no andaban muy sobrados. Ella entonces le ponía ración doble y fingía no darse cuenta de que él se avergonzaba.
—¿Pablo está aquí?
—Aquí. Y Alejandro, y Miguel el pelirrojo, y Jorge, el que fue mi padrino de boda. Casi todos a los que diste de comer, mamá.
Cristina recorrió el patio con la mirada. Ahora lo entendía. Por eso las caras le resultaban vagamente conocidas. Ese de la escalera de mano era el mismo chico al que ella le dio la bicicleta vieja de David cuando su familia se mudó a un piso compartido. Y ese, con el cubo, era Alejandro: en noveno rompió un cristal con un balón, y ella no lo riñó, solo le pidió que pusiera uno nuevo. Habían crecido. Se habían convertido en hombres adultos, con manos fuertes y caras serias. Y estaban en su parcela con tablas y plantones.
—¿Para qué? —preguntó Cristina en voz baja—. David, ¿para qué?
David calló un momento. Luego le cogió la mano —con cuidado, como si fuera de cristal— y la giró hacia él.
—Has estado ahorrando toda la vida para esta casa, mamá. ¿Te acuerdas de que querías una terraza? Grande, con cristales correderos, para tomar té en verano y ver el atardecer. Hasta tenías una foto de una revista pegada en la nevera. Hace quince años, más o menos.
Cristina lo recordaba. Sí, había un dibujo así. Se había amarilleado, las esquinas dobladas, pero no lo tiró hasta que cambiaron la nevera. Entonces el recorte se perdió y ella casi se olvidó. Casi.
—Entonces ibas apartando —siguió David—, de cada sueldo. Pero luego llegó mi ingreso en la universidad, y los profesores particulares, y el piso de alquiler cuando Elena y yo nos casamos… Mamá, tú aplazaste la reforma de tu dormitorio seis años. Todavía tienes el papel pintado de florecitas, que seguramente es más viejo que yo. Recuerdo que decías: «No pasa nada, la terraza puede esperar.» ¿Y sabes qué? Pues no puede esperar. Ya basta de esperar.
Cristina calló. Calló tanto rato que Pablo, desde el tejado, dejó de martillear y se quedó quieto mirándolos.
—Te devuelvo el favor —dijo David—. La brigada es gratis. Hemos decidido que en una semana lo terminamos. Mira el proyecto.
Sacó del bolsillo trasero una hoja de papel doblada. La desplegó. Cristina vio un plano —limpio, con medidas, con anotaciones en los márgenes. No era un recorte de revista. Era un proyecto de verdad. Hecho para su pequeña parcela, respetando el viejo manzano que ella había pedido que no tocaran bajo ningún concepto.
—El manzano lo rodeamos —dijo David, captando su mirada—. Lo tenemos todo pensado. Reforzaremos los cimientos. Pondremos suelo radiante; me informé, hay un sistema especial, barato y fiable. Podrás sentarte allí en noviembre, envuelta en una manta, y tomar té.
La primera lágrima rodó por la mejilla de Cristina y se detuvo en la comisura de los labios. No se la secó —ni siquiera la notó. Se quedó quieta mirando a aquellos hombres adultos que una vez jugaron al fútbol en su patio, se rompían las rodillas, le robaban croquetas aún calientes de la sartén, se copiaban los deberes en la cocina y discutían hasta quedarse roncos por no sé qué videojuegos. Ahora habían venido. Solos. Gratis. Para construir la terraza de sus sueños.
Pero la idílica escena duró poco. Tras la valla se oyó una tosecilla, y sobre las tablas asomó una cabeza con un pañuelo de flores. Doña Pilar, la vecina de la izquierda. Mujer con la expresión perpetua de «ya lo decía yo». Se puso las manos en las caderas y observó lo que ocurría con el gesto de quien presencia cómo desmantelan la frontera del estado.
—Cristina, ¿eres tú? —canturreó con voz melosa en la que se notaba el metal—. Yo veo jaleo, ruido, unos coches desde primera hora. ¿Qué hay aquí, una feria de empleo?
—Pilar, buenos días —Cristina se secó la mejilla maquinalmente—. Es mi hijo con sus amigos. Me ayudan. Vamos a construir una terraza.
—¿Una terraza? —Doña Pilar dio una palmada—. ¿Tenéis permiso? ¿Sabes que ahora por construir sin licencia te ponen unas multas que vendes la casa y no pagas? Además, tu parcela es pequeña, Cristina; de mi valla solo hay tres metros, ¿respetas los retranqueos? Yo, si hace falta, no me callo. Tengo un sobrino en la inspección de urbanismo; puedo avisar.
David, al oírlo, se volvió y se acercó tranquilamente a la valla.
—Buenos días, doña Pilar. El permiso lo tenemos. Y el proyecto está aprobado. Y las normas de incendios se cumplen. Un amigo mío es arquitecto; antes de dibujar lo comprobó todo. ¿Quiere ver los papeles?
Doña Pilar enrojeció. No se esperaba aquello.
—Bien, bien —dijo dando un paso atrás—. Ya veremos qué sale. Porque a veces construyen y luego tienen que derribarlo a su costa. Y hay ruido, Cristina. Mis nietos no van a poder dormir.
—No pasa nada —respondió Cristina, y de repente su voz dejó de temblar—. Sus nietos comieron tortitas en mi casa el pasado agosto, cuando usted se olvidó de darles de comer. Así que dormirán un poco más tarde.
Doña Pilar apretó los labios y desapareció tras la valla. Pablo, que había estado observando desde el tejado, soltó una risita baja y volvió a coger el martillo. Y Cristina sintió que dentro de ella —por primera vez en muchos años— se extendía algo parecido a un ardor de pelea. No, señor. Ahora iba a defender su sueño.
Las dos horas siguientes, Cristina las pasó en un estado extraño, como de semitransparencia. Le parecía estar soñando. David la instaló en una silla plegable a la sombra del manzano, le trajo de casa una taza vieja con el asa rota —la misma de la que ella bebía té cuando él todavía iba al colegio— y le sirvió té caliente de un termo.
—Quédate aquí —dijo con firmeza—. Tu trabajo hoy es mirar. Nada de «voy a barrer un poco», nada de «ahora riego los pepinos». ¿Entendido?
Cristina quiso protestar —por costumbre, porque llevaba cuarenta años protestando sin parar—, pero de repente cambió de idea. Se recostó en el respaldo y se puso a mirar.
Cómo Pablo y su compañero cortaban tablas, y la sierra chirriaba tan fuerte que el perro del vecino empezó a ladrar. Cómo Miguel el pelirrojo —que ya no era pelirrojo, sino calvo y con aspecto serio— amasaba la mezcla y le explicaba algo a la chica de los plantones. Cómo David iba de uno a otro, precisaba algo, ayudaba a sostener, asentía a alguien; y su cara era adulta, concentrada, de dueño. Su hijo. Dueño de aquel patio. No —dueño de aquella vida que ahora devolvía, a ella, su madre.
Hacia las tres de la tarde, Cristina se levantó. Ya bastaba. Podía mirar, pero no hasta ese punto.
—Voy a preparar la comida —le dijo a David.
—Mamá…
—Nada de «mamá». Somos veinte personas, llevan desde las ocho de pie. ¿Qué han comido, bocadillos?
—Bueno, tenemos pan y embutido…
—Exacto. Voy rápida.
Y entró en la casa. Dentro hacía fresco y olía a polvo de verano. Abrió la nevera, que siempre parecía desangelada al inicio de la temporada —huevos, mantequilla, un tetrabrik de leche, mostaza de hacía tres años—, y suspiró. No importa. Habría que improvisar.
Pero cuando salió al porche para llamar a David y mandarlo a la tienda, ya la estaban esperando. Una de las chicas —la de los floxos— le alargó dos bolsas enormes.
—Aquí hay verduras, pollo, huevos, harina, aceite —dijo—. David lo compró ayer. Dijo: «Mi madre querrá cocinar, no le discutáis, solo dadle los ingredientes.»
Cristina cogió las bolsas. Miró a la chica. Luego a David, que estaba a cierta distancia y fingía examinar la fijación de las vigas.
—Tú —le dijo a su espalda—. ¿Cuándo has preparado todo?
—Mamá, llevo tres meses planeándolo —respondió el hijo sin volverse—. Mejor di cuándo estarán las tortitas.
Ya era demasiado. Cristina entró en la casa, cerró bien la puerta y estuvo un minuto con las manos pegadas a la cara. Luego exhaló, se arremangó y se puso con la masa.
Una hora después, en el patio había una mesa larga que los chicos habían montado con las mismas tablas en quince minutos. Sobre la mesa humeaban las patatas que Cristina había guisado en tres sartenes una tras otra, porque en la casa de campo no había cacerola grande. Había tomates y pepinos cortados en trozos grandes, como en su juventud, cuando las ensaladas no se complicaban. En el centro se elevaba una montaña de tortitas —finas, con encaje, bordes crujientes. Las suyas. Las de la casa. Las que antaño devoraban por docenas los estudiantes de instituto hambrientos en tres minutos.
—Tía Cristina —dijo alguien con la boca llena, parecía Alejandro, el del cristal roto—. Hacía quince años que no comía unas tortitas así. De verdad. Mi madre no las hacía, siempre comíamos cosas precocinadas.
—Lo sé —dijo Cristina, y de repente sonrió—. Por eso te quedabas en mi casa hasta la noche.
Todos se rieron. Fuerte, libre, jóvenes. En su casa de campo se reían veinte personas adultas, y aquella risa era, seguramente, el mejor sonido de los últimos diez años.
Cristina se levantó de repente. Recorrió a todos con la mirada. Pablo, con la cuchara en la mano, se quedó quieto; David se puso alerta. Ella cogió un cucharón, sirvió compota de la olla en una taza y la levantó.
—Chicos —dijo, y su voz sonó inusualmente alta—, perdonadme; hoy he llorado tres veces. La primera, de susto. La segunda, de alegría. La tercera, porque no sabía cómo agradecéroslo. Ahora ya lo sé. Quiero brindar por vosotros. Por cada uno. Porque os acordáis. Yo no he olvidado vuestras caras, pero pensaba que vosotros habíais olvidado las mías. Y no. No las habéis olvidado. Entonces no os di de comer en vano. Por vosotros.
Se bebió la compota de un trago, como si fuera algo más fuerte. En la mesa hubo un segundo de silencio, y luego estalló un «¡viva!» tan fuerte que del manzano vecino salió volando una urraca.
Cristina iba de uno a otro, poniendo más tortitas, sirviendo más té, escuchando las conversaciones, y se daba cuenta de que ya no sentía angustia. Esa angustia habitual con la que se había dormido y despertado los últimos años. Angustia por David, por su matrimonio, por la hipoteca, porque ganaba poco, trabajaba mucho, llamaba rara vez. Todo eso se había retirado de pronto. Porque allí estaba su hijo, sentado en un cajón volcado, con una tabla en las rodillas a modo de plato, untando una tortita de mermelada, diciendo a alguien: «No, los marcos mañana; lo importante hoy es acabar el frontón, si no vendrá la lluvia y lo deshará todo.» Y ella comprendió: había crecido. Podía organizar a veinte personas y construir una terraza. Y lo había hecho —por ella.
Al atardecer, cuando la gente empezó a retirarse a las tiendas de campaña (las habían montado justo detrás de la parcela, junto al bosque, para no estorbar), Cristina se sentó en el viejo porche. David se sentó a su lado.
—Bueno, ¿qué te parece? —preguntó.
—No sé cómo agradecértelo.
—Mamá, ¿qué dices? ¿Agradecer? Soy yo quien te da las gracias. Por todo.
Se quedaron en silencio. Luego Cristina dijo:
—¿Sabes? Siempre pensé que los padres dan a los hijos, y los hijos se van a su vida y punto. Así es para todos. No esperaba nada. De verdad, David. Solo quería que a ti te fuera mejor que a mí.
—Y así es —dijo él—. Me va mejor precisamente porque tú lo querías. Y ahora quiero que a ti también te vaya mejor. Aunque solo sea una terraza.
Cristina sonrió y le dio un empujón con el hombro —como entonces, de niño, cuando traía un suspenso en Literatura y decía: «Mamá, yo no soy Cervantes».
—Vale, constructor. Mañana tienes otra vez esos frontones.
—Los frontones no se van a escapar —dijo David, y le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
La semana voló como un solo día. El viernes al atardecer, Cristina estaba de pie en su terraza nueva y miraba cómo el sol poniente teñía el jardín de naranja. La terraza era exactamente como la del recorte: clara, espaciosa, con cristales correderos y olor a madera fresca. Las tablas aún no estaban pintadas, pero no importaba. Ya habría tiempo. En el suelo ya había una manta vieja, y en el alféizar, una taza de té. La lavanda que las chicas habían plantado en la entrada olía sutil y excitante, como una promesa de futuro.
Mañana todos se irían. Pero hoy otra vez estaban sentados a la mesa, riendo, tomando té y comiendo tortitas. Y Cristina se sorprendió a sí misma pensando: más que nada en el mundo, deseaba que cada una de esas veinte personas —Pablo, que se divorciaba; Miguel, que se quedaba calvo; las chicas de los plantones, de cuyo nombre ni siquiera se acordaba—, todos ellos tuvieran alguna vez un momento así. Un instante en que comprendieran que la bondad vuelve. No necesariamente en forma de tortitas. Quizá en tablas. Quizá en una terraza. O quizá simplemente en el hecho de que veinte personas se pusieran a tu espalda sin contrato y dijeran: «Nos acordamos de cómo nos diste de comer.»
En octubre, cuando llegaron las primeras heladas, Cristina estaba sentada en su terraza nueva, con una manta en las rodillas. Tras los cristales correderos, el viento doblaba las ramas desnudas; dentro hacía calor —el suelo radiante funcionaba bien, y el té en la taza no se enfriaba. Cogió el teléfono, fotografió el atardecer sobre el manzano y le escribió a David: «Hijo, han llegado unos pinzones. Ven. Habrá tortitas.» El mensaje se fue, y ella se reclinó en el sillón y sonrió —despacio, tranquila, como una persona que por fin ha dejado de esperar.







