“Vivo como con una anciana, sinceramente… Tengo 55 años y no consigo conocer a una chica joven… ¡Y vivir con una anciana ya me cansó! AYÚDENME… Esta noche lo escribo porque me siento en total desesperación. No sé a quién acudir por ayuda.”

Escribo estas líneas porque el desconsuelo me envuelve como una niebla espesa. No sé a quién acudir en busca de alivio.

Tengo cincuenta y cinco años, y aunque mis canas son ya una constelación, sigo sintiendo que el vigor me zumba en las venas como un tambor de guerra. Hace dos años me separé de mi esposa, Dolores, y comprendí que éramos tan diferentes como la luna y el sol; no había razón para seguir compartiendo el mismo techo.

Dolores, con casi diez años menos que yo, parecía una anciana de la aldea en la que vivía la abuela de los cuentos. Su mundo giraba en torno al huerto de la casa de campo, a los tarros de conservas, a los maceteros y a los bordados que aprendía mientras veía telenovelas en la tele de tubo. Vestía siempre como una monja sin hábito: suéteres grises, pantalones negros, el cabello siempre atado en una coleta sin ni un toque de maquillaje. Era como si el tiempo se hubiera detenido en su armario.

Comprendí entonces que, al lado de una mujer así, la felicidad se me escapaba como agua entre los dedos. Nos separamos sin gritos ni peleas, aunque algunos amigos y familiares no comprendieron la ruptura y los niños dejaron de hablarme.

El verdadero calvario no es esa partida, sino mi imposibilidad de encontrar a una mujer joven. En los portales de citas sólo aparecen señoras de jardín y abuelas de patio, con fotos de colmenas de flores y calabazas. No quiero conversar con esas ama de casa; mejor que se dediquen al gimnasio para perder esos kilos que les hacen parecer hipopótamos en la feria.

Las jóvenes, sin embargo, ni me miran, ni responden a mis cartas. Yo busco una mujer como un sueño: fresca, bella, con un cuerpo esculpido por los dioses y una sonrisa que ilumine la habitación. Con esas damas me sentiría de nuevo un hombre vigoroso, capaz de regalar sorpresas y pasar horas disfrutando de cada instante.

Quiero volver a casa y encontrar a una mujer radiante, no a una anciana en bata que huele a croquetas recién fritas. Que ría, cuente anécdotas cómicas y que, juntos, descubramos algún refugio donde descansar. Ya estoy cansado de los relatos de mi ex sobre varices, conservas y la vecina que la fastidiaba.

Sin embargo, esas chicas no toman en serio mis sentimientos. Nos vemos una sola vez, en una cafetería donde les sirvo vino tinto y tapitas, y al día siguiente me llegan mensajes del tipo no va a funcionar. ¿Cómo puedo llamar su atención? Tengo cincuenta y cinco años, pero no pretendo enterrarme bajo una lápida ni buscar una abuela. Anhelo citas con chicas de veinticinco primaveras, que son, sin duda, más hermosas que cualquier mujer mayor.

¡Que nadie copie ni reproduzca este relato!

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“Vivo como con una anciana, sinceramente… Tengo 55 años y no consigo conocer a una chica joven… ¡Y vivir con una anciana ya me cansó! AYÚDENME… Esta noche lo escribo porque me siento en total desesperación. No sé a quién acudir por ayuda.”
Renaciendo de las Cenizas