– Señora, recoja la toalla de la tumbona si se va, que aquí no se reserva sitio desde primera hora –dijo una mujer de abundante figura, con un pareo estampado, cortándole el paso a Natividad en la salida de la playa.
– La gente llega y no tiene dónde echarse, y usted lleva tres horas con solo las chanclas puestas.
Natividad, sin decir palabra, sacó la tela descolorida de debajo del colchón y la enrolló apretada. Entre los dedos se le escurría arena fina, dejando en la piel manchas grises y polvorientas. El paseo marítimo de aquel pequeño pueblo de la Costa Brava, encajado entre acantilados y el mar, bullía con el trajín del mediodía.
El altavoz del puesto de socorrismo chillaba anunciando la excursión nocturna en barco, y junto a la fuente de agua potable había cola de niños gritando y madres agotadas.
Natividad caminó hacia la casa de huéspedes por un sendero estrecho de asfalto, entre interminables tenderetes de flotadores y conchas. En el bolsillo de los pantalones cortos sonó el móvil: la dueña, doña Carmen, le recordaba que recogiera las sábanas limpias de la lavandería.
Aquel descanso, pagado con los ahorros de año y medio, debía ser un remanso de paz, pero hasta entonces solo traía bullicio y cansancio de tanto extraño.
Compró un viaje a la playa y se topó con su vieja vergüenza.
A la entrada del complejo, bajo una acacia añosa, había un hombre con pantalones de lino claros y camisa suelta. Fumaba, sacudiendo la ceniza entre las hortensias, y observaba a los transeúntes. Las sienes se le habían plateado, la frente se le había surcado de arrugas hondas, pero aquellos rasgos correctos, aquella manera de levantar la barbilla y la costumbre de dar vueltas a un anillo de plata…
Natividad lo reconoció al instante. Dieciocho años atrás, aquel hombre le había dejado una nota en el dorso de un recibo de la luz sobre la encimera de la cocina, y desapareció de la ciudad dos días antes de la boda.
En la pequeña habitación del segundo piso que Natividad había alquilado por dos semanas olía a hierbas secas y a muebles de plástico baratos. Un viejo ventilador zumbaba en la mesilla, removiendo el aire caliente. Las cosas estaban en su sitio: el vestido de verano doblado sobre el respaldo de la silla, las cremas alineadas en el espejo, una novela abierta sobre la cama. Aquella rutina doméstica siempre le había dado la sensación de controlar una vida que, en su momento, tuvo que rehacer como quien pega los trozos de una sopera rota.
Al atardecer, cuando el calor dio paso a la brisa fresca del mar, llamaron suavemente a la puerta de madera del porche común. Natividad, que se servía un vaso de agua, se quedó quieta. Apoyó la mano en la mesa.
– Nati, soy yo, abre –sonó al otro lado un barítono conocido, ahora más ronco y grave. – Le pregunté a la dueña en qué cuarto estabas. Le hice un pequeño regalo y me lo dijo.
Se acercó, descorrió el pestillo. Javier estaba en el umbral, con una cesta de mimbre llena de fresas maduras y una botella de vino. La vecina de la habitación de al lado, una joven rubia teñida, salió a fumar a la terraza y frenó el paso, mirando al visitante.
– Bueno, hola –Javier traspasó el umbral, dejó la cesta en la mesa y se sentó en una silla de plástico. – Cuánto tiempo. Y tú casi sin cambiar, solo la mirada se te ha vuelto severa, como si no pudieras acercarte.
– ¿A qué has venido? –ella retrocedió hacia la ventana, apoyando la espalda en el alféizar. La vista le recorrió el rostro, anotando las pequeñas huellas de la edad: una ligera corpulencia en los hombros, la entrada en la coronilla, las bolsas bajo los ojos.
– Hay que hablar, Nati. Cuánto tiempo perdido, éramos tontos, orgullosos –se inclinó hacia delante, con las palmas sobre las rodillas. – Todos estos años te he recordado. Te he buscado, de verdad. Pero los conocidos decían que te habías ido a Galicia, y resulta que estás aquí, en el sur, de vacaciones. Yo mismo me instalé en un balneario a tres calles, y por casualidad te vi entre la gente de la playa.
– ¿Buscándome? –sonrió con sarcasmo, el rostro impasible. – ¿Dieciocho años buscándome, Javier? ¿En la provincia de al lado? ¿O a dos horas en autobús?
– Tuve problemas entonces, ¿entiendes? –suspiró, abriendo los brazos. – El negocio empezaba, deudas, tratos con gente complicada. Me apretaron fuerte, Nati. Querían quedarse con la empresa, me amenazaron. ¿Adónde iba a arrastrarte? Me fui por ti, para no ponerte en peligro. Era joven, tonto, creí que era mejor así. Quería salvarte de aquella pesadilla.
Desde la ventana abierta llegó un llanto infantil: en el patio, alguien se había caído del patinete. En la cocina de abajo sonaron cacharros y el golpe de un cuchillo sobre la tabla: la dueña preparaba la cena. La vida rutinaria y bulliciosa de una casa de huéspedes seguía su curso, convirtiendo las palabras del hombre en ruido vacío.
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas finas, dibujando largas franjas amarillas sobre el linóleo. Natividad estaba sentada en la cocina común, esperando a que hirviera el hervidor esmaltado. Las vecinas de la planta, dos mujeres mayores de Valencia, cuchicheaban junto al fregadero mientras limpiaban un táper de plástico.
– Oye, Nati, que tu galán le preguntaba a Carmen ayer cuánto tiempo te quedabas, y si estabas sola –la más joven, con una pedicura llamativa, se volvió hacia ella. – Hombre serio, se nota. Tiene un coche negro y caro aparcado en la puerta. Todo modales, le trajo una caja de bombones a la dueña. No lo dejes escapar, que a nuestras edades no se encuentran hombres así todos los días.
– No se encuentran –repitió Natividad en voz baja, mirando el agua que empezaba a hervir.
Javier la interceptó hacia mediodía junto al embarcadero, cuando empezó a llover fino y la gente se metió bajo los toldos y en los bares. Se plantó a su lado, sujetando un paraguas negro grande, y le cogió el codo. Olía a tabaco y a colonia.
– ¿Vamos a cenar esta noche a un sitio decente, Nati? A cinco kilómetros hay un restaurante estupendo, sobre un acantilado. Nos sentamos, recordamos la juventud. Ahora estoy libre, me separé de mi mujer hace tres años, sin hijos. Lo tengo todo: empresa en Madrid, casa en la sierra, un piso grande. Pero me falta el alma en todo esto. Me faltas tú, aquella sinceridad nuestra.
Natividad se detuvo, soltándose el brazo. Se giró hacia él. Le miró fijamente a los ojos, buscando al menos un rastro del chico de diecinueve años al que había querido, por el que estuvo dispuesta a dejar los estudios e irse lejos. Pero ante ella había un desconocido, un hombre de cuarenta demasiado seguro de sí mismo, que intentaba comprar su atención con una cena en un restaurante.
– Tengo otros planes para esta noche, Javier.
– Venga ya, ¿qué planes vas a tener en este pueblo perdido? –arrugó la nariz, señalando con un gesto los bloques grises de edificios. – ¿Cuánto pagaste por este viaje? Cuatro perras. Yo te doy más en un día, solo con que te vengas al balneario conmigo, tienen un suite libre. No es tu nivel andar codeándote en pensiones, haciendo ruido con cacerolas en una cocina compartida. Conmigo vivirías como una reina. ¿Por qué te callas? ¿Es que no queda nada de lo de antes?
Pasó junto a ellos una vendedora de pescado del pueblo, con una nevera de playa al hombro. Echó a Natividad una mirada rápida, de curiosidad vulgar: vaya, qué señoritinga, despreciando a un hombre así.
Desde la carretera llegó un chirrido de frenos: el conductor de un autobús estuvo a punto de atropellar a un perro. Durante un segundo se hizo el silencio, roto solo por las gotas de lluvia golpeando la tela tensa del paraguas.
– ¿Sabes, Javier? –Natividad dio un paso atrás, poniéndose bajo la lluvia fina. – Mi madre, después de que te fueras, estuvo dos meses ingresada. Con la tensión. Y yo tuve el vestido de novia colgado en el armario tres años, no podía ni tirarlo, me daba asco mirarlo. Creí que te había pasado algo malo, pregunté por conocidos. Y tú me estabas salvando. De unas deudas. En un pueblo tranquilo de Valladolid, donde todo el mundo te conocía.
– No remuevas el pasado, mujer –Javier desvió la mirada, girando el anillo en el dedo. – ¿Quién no hizo tonterías a los diecinueve? Eran otros tiempos, yo me movía como podía, quería sobrevivir. Pero ahora puedo arreglarlo todo. Cualquier capricho que tengas, lo cumplo, ¿entiendes? Si quieres, mañana mismo vamos a la ciudad, a una joyería.
La lluvia arreció al anochecer, convirtiéndose en un aguacero con tormenta. El agua azotaba los cristales de la casa de huéspedes, anegaba el patio estrecho y transformaba los caminos de tierra en riachuelos de barro. Los veraneantes estaban en sus cuartos; de las ventanas salían ruidos de televisiones y el golpeteo del dominó.
Natividad estaba sentada en la cama, con las piernas dobladas. Por dentro estaba tranquila, como si la vieja herida se hubiera cerrado por fin. No sentía rabia, ni ganas de echarle en cara los agravios, ni el dolor antiguo que le impedía tener nuevas relaciones. Solo quedaba un leve asombro por lo mucho que aquel hombre se había retrasado con sus promesas de vida espléndida.
Hacia las diez de la noche sonó el móvil otra vez. En la pantalla apareció un número desconocido, pero Natividad sabía quién era.
– Piénsalo bien, Nati –Javier hablaba alto, casi gritando por encima del ruido de la lluvia. – Estaré aquí hasta final de semana. Habitación trescientos dos, edificio principal. Ven, charlamos sin toda esta porquería de carretera. Deja ya de hacerte la digna, que somos de los nuestros. Hemos perdido tantos años por tonterías, ¿para qué perder más tiempo con rencores?
– Buenas noches, Javier –dijo ella con voz serena, y apretó el botón rojo.
Se levantó, fue a la ventana y cerró bien las cortinas, aislando la habitación de la tormenta que rugía fuera. La vida hacía tiempo que iba por otro carril, y en ese carril nuevo no había sitio libre para Javier.
El viernes el tiempo volvió a cambiar. El cielo se despejó, azul, y el sol apretó desde primera hora, haciendo que el asfalto desprendiera un olor denso. El paseo marítimo se llenó otra vez de gente con pantalones cortos de colores y colchonetas hinchables.
Javier no volvió a aparecer por la entrada del complejo. Doña Carmen comentó de pasada por la mañana que había visto el coche negro marcharse hacia la carretera general: parece que el huésped se había ido antes de tiempo.
– Pues se fue tu comerciante, Nati –la dueña sacudía una alfombra en la cuerda. – Y tú tonta, perdona que te lo diga una vieja. Un hombre tan atractivo, con dinero. Podrías estar ahora viviendo en Madrid, y no en tu oficina ganando cuatro duros. ¿Qué te falta a ti? Bueno, el chico se escapó de joven, le asustó la responsabilidad. Ahora quería enmendarlo.
Natividad no respondió, solo sonrió. Cogió la toalla, el bolso con el libro y echó a andar hacia el mar, procurando ir por la parte de sombra de la calle.
Al atardecer, cuando el sol empezaba a ponerse tras el horizonte, tiñendo el agua de rosa, ella se sentó al borde del embarcadero, lejos de los bares ruidosos y los parques infantiles. Olía a sal, a yodo y a algas que la tormenta había arrojado a la orilla. Natividad sacó del bolsillo unos higos comprados en el mercado, y partió uno con cuidado.
Abajo, junto al agua, un hombre mayor con una gorra desteñida ensartaba pacientemente un gusano en el anzuelo, mientras su nieto, de unos siete años, vigilaba el corcho. La vida sencilla y cotidiana seguía su curso.
Natividad dio un sorbo a la mineral ya tibia y miró el ocaso que se apagaba. Le quedaba por delante una semana entera de vacaciones.






