13 de marzo
No sé ni por dónde empezar a escribir hoy. Sentada en la vieja butaca de la salita, veo pasar la luz de la tarde entre las persianas de madera. Mi suegra, Carmen, llevaba días repitiendo que no quería marcharse, que esta era su casa, su vida, y que nadie la haría salir de su hogar en el pueblo, ni aun ahora que estaba tan delicada tras el infarto cerebral. En sus palabras se quedaba siempre atrapado un temblor, una tristeza callada que se percibía en el aire.
Mamá, dijo Juan, mi marido. Tienes que entenderlo Yo no puedo hacerme cargo de ti aquí, ya no puedo.
Ahí estaba él, entre la culpa y la resignación, sabiendo que hacíamos lo que podíamos. Carmen se sentaba en aquel sofá gris gastado de la casa de siempre, mirando por la ventana los álamos amarillos del otoño, mientras su mano buena apretaba la otra, la que ya apenas respondía.
No hace falta que os molestéis tanto, dejadme tranquilanos dijo una y otra vez. No quiero que nadie me cuide.
Yo, Marina, rebuscaba en su armario tratando de decidir qué ropa llevarnos a la ciudad, aunque ella no apartaba la vista del horizonte, como si pudiese escapar por la ventana y fundirse con el paisaje de su infancia. Carmen nunca había dejado su aldea en la sierra de Salamanca. Toda su vida se dedicó a coser primero en el taller que cerraron cuando el pueblo se vació, luego en casa, y finalmente cultivando el huerto y cuidando la casa con la dedicación de quien ama cada rincón. Lo que no podía imaginar era mudarse a un piso de Valladolid, a vivir entre paredes ajenas, con la ciudad ajena y, sobre todo, sin la tierra bajo los pies.
Las semanas siguientes fueron largas y quietas. Llevé muchas veces la comida a la mesa de Carmen y volvía casi intacta. Juan lo veía también, su desesperanza, la forma en la que se iba apagando.
Intenté hablar con ella una vez más mientras la habitación se llenaba de la penumbra de la tarde:
Carmen, ¿por qué no comes? Juan está preocupado.
No puedo, hija No me apetece. Solo quiero volver allí, a casa. Tengo miedo de no volver a verla…
Juan la cogió de la mano, él mismo seco y derrotado, y yo podía ver cómo en su mirada brillaba un resto de esperanza forzada.
Espera, mamá, hasta la primavera ahora en invierno no puedes ir.
Carmen asintió. Y en su susurro me temí que no esperaría tanto tiempo.
Trato de ser fuerte, pero también yo tengo mis límites. Lo noto incluso en este diario. La clínica de fertilidad me ha dado otro mazazo hoy. La doctora, con sus gafas al borde de la nariz, me lo ha dicho tras la ecografía:
Marina, lo siento, la FIV no ha funcionado de nuevo.
Sentí que el aire me faltaba y apenas podía llorar:
¡¿Pero por qué?! Es el tercer intento ya y ni rastro de embarazo Y mientras tanto solo acumulamos facturas y dan ganas de rendirse.
Juan me abrazó, aunque tampoco tenía fuerzas para animarme. A veces me siento invisible, eclipsada por la enfermedad de su madre, por el dinero que no nos llega Por mí. Las palabras me salieron casi sin querer:
¡No puedo más! ¡Quizás si tu madre no viviese con nosotros te fijarías también en mí
Corrí fuera de la consulta, avergonzada por mi rabia. En la sala de espera no podía parar de temblar mientras Juan me tomaba de la mano.
Perdóname no quería decirlo así. Estoy cansada de ver a Carmen apagarse día tras día, de esperar algo que no llega nunca.
Por la tarde el médico nos reunió aparte:
Lo siento, pero su madre no está progresando nada. No es físico es que ha perdido el deseo de seguir. Se ha rendido. Veo demasiada tristeza en sus ojos
Creo que Juan ya lo sabía. Carmen apenas hablaba, no leía, ni encendía la tele, solo miraba por la ventana, perdiendo peso, perdiéndose ella misma.
El día que Juan recibió la llamada de que Carmen estaba peor, corrió a casa. Aquella noche la pasó entera a su lado, en silencio, escuchando el gozne de la puerta del tiempo.
Sabes lo que quiero, hijo. Me lo prometiste.
Así lo hicimos. En marzo, cuando pareció que el deshielo permitía volver, fuimos a la aldea. Carmen insistió en no ir al hospital. Ayudamos a bajarla al patio. El aire olía a tierra mojada y los montes asomaban entre los árboles. Ella sonreía por fin, respirando hondo, dejando que la brisa de la sierra la abrazase una última vez. Aquella noche, después de cenar y de pasar las horas en el banco del porche, se fue. Con esa sonrisa. Se fue en paz.
Pasamos unos días más en el pueblo, arreglando el entierro y recogiendo la casa. Yo no quería irme. El tiempo se detuvo, el pueblo parecía guardarnos silencio a nuestro duelo.
A la hora de volver a Valladolid, sentí unas nauseas extrañas. Dudé, pero fui al baño con uno de los últimos test de embarazo que me quedaban. Llevaba años usándolos, siempre en vano. Pero esta vez, cuando vi las dos rayas, me puse a llorar. De alegría, de incredulidad, de alivio y de tristeza al mismo tiempo.
Ha sido ella, tu madre. Ha querido dárnoslo desde allí arriba le dije a Juan, con la voz ahogada entre lágrimas.
Juan miró al cielo despejado de la sierra, y sé que pensó lo mismo. La presencia de Carmen se sentía en la claridad de la tarde. Fue su último regalo, el más valioso.







