¡Vete a casa ahora mismo! ¡Allí hablaremos tú y yo! —exclamó Maxim molesto—. ¡Lo que me faltaba, montar un espectáculo frente a los vecinos! —¡Pues genial! —resopló Varía—. ¡Qué carácter! —¡Varía, no me busques las cosquillas! —la amenazó Maxim—. ¡En casa hablaremos! —¡Uy, qué miedo! —respondió ella, echándose la trenza a la espalda y encaminándose hacia su casa. Maxim esperó a que Varía se alejase lo suficiente, sacó el móvil y habló al micrófono: —Sí, ya va para casa. ¡Recibidla bien, como hemos hablado! ¡Y directo al sótano, a ver si así se le bajan los humos! ¡Yo llego en un rato! Guardó el móvil en el bolsillo y estaba a punto de entrar en la tienda para celebrar su “buena educación conyugal” cuando un completo desconocido le agarró del brazo. —Perdone por abordarle así —dijo el hombre con una sonrisa nerviosa—. He visto que iba con una chica… —Es mi esposa, ¿y qué? —frunció el ceño Maxim. —Nada, nada —la sonrisa del hombre se volvió zalamera y conciliadora—. Por curiosidad… ¿No se llama su esposa, por casualidad, Bárbara Melero? —Sí, Bárbara —asintió Maxim—. Antes de casarnos era Melero. ¿Por qué lo pregunta? —¿Y su segundo nombre es Sergia? —¡Sí! —respondió Maxim, cada vez más molesto—. ¿Usted cómo sabe tanto de mi mujer? —Discúlpeme, es solo que… ¿No nació en el noventa y tres? Maxim lo pensó un instante y respondió: —Sí. ¿A qué viene tanta pregunta y de qué conoce usted a Bárbara? —dijo tensándose. Varía llegó a nuestro pueblo hace solo tres años. Antes, nadie sabía de ella. Contaba que había huido de sus padres porque la querían casar a la fuerza. Así que la aparición de este desconocido, soltando tantos detalles en un pueblo donde a Bárbara ni la conocían, era cuanto menos extraña. —Perdón, es que no la conozco personalmente —farfulló el hombre, enrojeciendo—. Digamos que soy admirador suyo. —Mira, admirador, te cuento los dientes ahora mismo y luego te faltarán costillas pa’ presumir tipo —dijo Maxim con clara amenaza—. ¿Admirador? ¿Quieres quitarme a mi mujer? —¡Ay no, no! ¡Me ha entendido fatal! —movía las manos el hombre—. No es en ese sentido… ¡Soy admirador de su talento! —Pues que yo sepa, Bárbara no tiene ningún talento especial —se desconcertó Maxim. —¡Hombre! ¡Para lograr una descalificación de por vida en muay thai a los dieciocho por exceso de dureza… eso es talento! —exclamó el desconocido. —Una pena que tras ganar un par de torneos privados dejara de competir. Verla sobre el ring era un espectáculo. A Maxim le temblaban las manos intentando sacar el móvil del bolsillo. Se le cayó al suelo y se destrozó contra el asfalto. Cuando lo recogió a toda prisa, el móvil no volvió a encenderse. Salió corriendo hacia casa y murmuraba para sí: —¡Virgen santa, ojalá llegue a tiempo! Cuando Bárbara llegó al pueblo, Maxim se fijó enseguida en ella. ¿Quién no lo hubiera hecho? Joven, deportiva, simpática, llena de vitalidad. Y además, se incorporó como profesora de educación física en primaria. Todos pensaron que sería una universitaria destinada provisionalmente, que se marcharía al terminar. Pero resultó que tenía veinticinco años y que venía para quedarse. Después empezaron a esperar que trajese a su familia. Pero la chica estaba sola. —Aquí hay gato encerrado —chismorreaban las vecinas—. Guapa y joven, y viene sola… seguro oculta algún misterio. —Que va, mujer… —respondía otra—. Más bien se habrá llevado una decepción amorosa y vino a curarse el alma. —O se peleó con los padres y escapó. Que esas historias son más comunes de lo que creemos; hasta sale en la tele. Maxim la observaba, pero no se lanzaba a cortejarla. —¡Vaya usted a saber qué historia trae! Cuando se aclare, ya veremos. Trabajar en el colegio no era solo esfuerzo, también mucha tertulia en la sala de profesores, donde todos acaban contando su vida. En medio año, lograron sacarle a Bárbara toda su emotiva historia. —Mis padres son empresarios, buena gente… pero vino una crisis, el proveedor nos dejó tirados y todo iba a la ruina. Así que mi padre quiso casarme con alguien apropiado, para salvar el negocio. ¡Y aquel “príncipe”, si lo viera! Preferí escapar con lo puesto. —¿Y aquí, sola? —se asombraba una compañera. —En todas partes vive gente —se encogía de hombros Bárbara—. Mejor sola y luchando, que casarme sin amor. ¡Ni siquiera era una boda; era una venta! Y tampoco quiero ser mercancía. —Tranquila, ya encontrarás tu verdadero amor aquí —le decían las otras—. El pueblo es pequeño, pero hay buena gente. Cuando el relato de Bárbara corrió por el pueblo, Maxim tuvo claro su destino. —¡Esta será mi mujer! Nuestras chicas ya son demasiado exigentes, y esta es de fuera. ¡Además, ni siquiera veremos a su familia! Así lo explicó en casa: a su madre, su padre y su hermano mayor. —Es joven, sana y deportista… ¡Normal que sea profe de gimnasia! Nos dará hijos sanos y ayudará en casa. ¿Cuántas clases puede tener en el cole? —¡Un partido excelente! —aprobó la familia—. Y si se pone rebelde, ya la educaremos a la castellana. ¿Y por qué estaban seguros de que habría boda? Porque Maxim era un guaperas. Además, ejercía de subjefe en el almacén de frutas y verduras. Cuando venía una inspección de la capital, Maxim se hacía pasar por simple encargado, para no levantar sospechas. Se ofreció para racionalizar y optimizar, y tanto insistió que acabaron dejándole de segundo de a bordo. —¡Tú lo organizas todo, tú lo controlas! Así que luego no te quejes de las responsabilidades. La gente bromeaba con que la iniciativa se paga cara. Pero él organizó toda la base y demostró ser un gerente excelente. Eso sí, los empleados se quejaban de que Don Maxim era duro con los castigos. Y su hermano mayor, que él colocó de jefe de seguridad, era aún peor. —Aquí ni una zanahoria pocha dejan sacar. Y encima, no les tiembla el pulso con la fuerza, que entre hermanos se protegen. Pero la eficacia era tal que los robos desaparecieron. ¿Cómo iba a negarse Bárbara a casarse con tan cumplidor muchacho? Al principio aceptó pasear con él, luego se dejó cortejar y al final fue su esposa. Maxim sacó a Bárbara de la habitación alquilada donde vivía y la llevó a su casa familiar. —Tienes que entender que aquí vivimos todos juntos como una gran familia —predicaba la suegra. —Hacemos todo juntos y nos ayudamos. No sé cómo se hacía en tu casa, pero aquí mandan estas costumbres. —En mi casa no había tantas reglas —dijo Bárbara—. Y de esas precisamente escapé. Si soy esposa de Maxim, aprenderé las reglas de ahora. Eso fue recibido con entusiasmo. —Pero tendréis que disculparme si no lo hago bien —se disculpó Bárbara—. En la casa de mis padres había personal para todo. —¡Eso se arregla rápido! —dijo el suegro—. Aquí todos aprendemos. ¿No eres tú profesora? —En teoría sí, —contestó Bárbara—. Pero no soporto la injusticia. —Querida —saltó la suegra—. La justicia es relativa. Lo que hay son normas de vida; llevan siglos ahí. Respeta a tu marido y a su familia. ¡Trata a los demás como te gustaría que te trataran! Y a la mujer la embellecen la obediencia y la dulzura. Los hombres ya se encargan de los problemas grandes y de cuidar de nosotras. —Si así se hace… —Bárbara se encogió de hombros—. Pero espero que aquí no haya castigos como en tiempos del Doméstico. —¡Nada de látigos ni caballerizas en casa! —rió el suegro. Pero sobre el “Doméstico”, Bárbara parecía tener visión de futuro. En apenas un mes, su libertad quedó reducida al mínimo. Solo al trabajo y a la compra. Para todo lo demás: —¿A dónde crees que vas? ¡En casa falta de todo! ¡Y el huerto, las gallinas, los patos! —gritaba doña Natalia—. ¡Somos familia y yo no puedo con todo sola! En esa parte no exageraba. Maxim y su hermano casi siempre fuera, desde el alba hasta tarde. Y el almacén necesitaba dedicación día y noche. El suegro, con problemas de espalda, solo daba consejos. Y todo el peso recaía sobre Natalia y Bárbara. Pero hasta Natalia no era joven ya. A veces le subía la tensión, le dolían los huesos por el cambio de tiempo, o se postraba con jaqueca. ¡Y la casa no da tregua, ni domingos ni festivos! —¿Y la vida personal? —preguntaba Bárbara—. No de marido y mujer, sino salir, ir al cine, al café; no tengo ni amigas. —Una casada no necesita amigas. Créeme, traen más problemas que soluciones. Y lo del café y cine, háblalo con tu marido. ¡Aquí no queda bien que una mujer decente vaya sola por ahí! Somos un pueblo, no la ciudad; aquí cualquier paso en falso te marca para siempre. —¿En serio? —se asombró Bárbara. —Tú has vivido en ciudad, pero aquí todo el mundo te vigila. Y tú eres maestra. Como hagas una tontería, te echan por la puerta de atrás. Lógica infalible, pero Bárbara no iba a enterrarse como criada sumisa. Trabajaba, cumplía, pero exigía respeto. Plantaba cara, subía el tono, respondía sin miedo. —Si trabajo, es en igualdad. ¡No pienso cargar con todo mientras otros descansan! Dos años y medio tras la boda y Bárbara seguía igual. Exigía juego limpio. Si alguien hacía trampa, ella no se rebajaba. —¡Menudo carácter tiene esta Bárbara! —decía Natalia cuando la mandaban a por el pan—. ¡Contestas cinco palabras por cada cosa! —¡Y a mí no me respeta! —se quejaba Antonio—. Le pido un cojín o un poco de agua, ¡y me contesta que está ocupada! —Maxim, eso no puede ser así —le decía su hermano mayor—. ¡Está faltando el respeto a los padres! ¿Desde cuándo se permite esto? —Ya sé que se burla de mí, ¡y yo soy el hombre! Hay que domarla como a una fiera. Y encima, ¡no tenemos hijos! Cuando los haya, se nos sube encima y dirá que es la madre, y nos margina. —Hay que prepararlo bien —respondió el hermano—. Sácala a pasear y luego mándala sola a casa, que nosotros la recibimos y le dejamos claro cómo son las cosas. Si entiende con palabras, bien. Si no, pues unos empujones. Y, si se rebela, al sótano; en la escuela diremos que está de vacaciones. Un mes de encierro la calma. Así lo organizaron. Mientras Maxim paseaba con Bárbara, sus parientes se aprestaban y esperaban la llamada: “¡Ahí va Bárbara para casa!” Pero Maxim no llegó a tiempo. La verja estaba en su sitio, pero la puerta… ni rastro. En la entrada, en el suelo, estaba su hermano Miki, llorando con un brazo fracturado. Maxim le sacó el móvil del bolsillo, marcó el 112 y se lo puso al oído: —¡Di la dirección! —le gritó—. ¡Y pide varias ambulancias! En el pasillo, entre trozos de muebles, al padre: inconsciente, pero vivo. Al menos eso daba algo de tranquilidad. En la cocina, junto a la puerta, la madre… con un morado enorme y una vara de amasar partida en dos. En la mesa, Bárbara, tan tranquila, tomaba el té. —¿Me traes mi ración, cariño? —miró Bárbara a su marido. —N-no… —tartamudeó Maxim. —Entonces, no sé qué ofrecerte… ¿Quizá un poco de justicia para la familia? —¡Eso había que haberlo avisado antes! —exclamó él—. ¡Casi me matas a la gente! —Sé medir. Cada quien recibió lo que venía buscando. ¡Quien viene con violencia, con violencia acaba! La vara la partí con la rodilla. A tu madre ni la toqué; fue ella, que al huir se dio con la puerta. —¿Y ahora cómo vamos a vivir? —Yo diría que en armonía —sonrió Bárbara—. Sobre todo, en justicia. Ni se te ocurra pensar en divorcio, además… estoy esperando. ¡Y mi hijo tendrá padre! Maxim tragó saliva: —Vale, cariño… Cuando todos sanaron, las normas familiares cambiaron un poco. Desde entonces, reina la paz y el respeto. ¡Y jamás nadie volvió a ofender a nadie!

¡Vete a casa! ¡Allí hablaremos! espeta Rodrigo con fastidio. ¡Solo me falta montar un espectáculo en plena calle!

¡Pues hala, encantado! resopla Inés. ¡Como si me importara!

Inés, ¡no me tientes! gruñe Rodrigo. Hablamos en casa. ¡Uy, qué miedo, el señor severo! Inés se recoge la trenza y se aleja en dirección al edificio.

Rodrigo espera a que Inés se aleje bien, saca el móvil y dice al micrófono:

Sí, ya se ha ido para casa. Recibidla como hemos acordado. Y al sótano, para que se le bajen esos humos. ¡Yo llego en seguida!

Guarda el móvil en el bolsillo y cuando se dispone a entrar en la tienda para celebrar la educación de su esposa, un hombre completamente desconocido le sujeta del brazo.

Perdón por la confianza sonríe algo cohibido el hombre Aquella chica que iba contigo…

Mi esposa. ¿Qué pasa? frunce el ceño Rodrigo.

No, nada sonríe, zalamero y disculpándose. Solo quería preguntarle si, por casualidad, a su mujer no la llaman Inés Herrero.

Inés, sí asiente Rodrigo. De soltera Herrero. ¿A qué viene tanta pregunta?

¿Y se llama de segundo nombre Ángela?

¡Pues sí! contesta Rodrigo de mala gana. ¿Cómo conoce usted a mi mujer?

Disculpe ¿Nació en el noventa y tres?

Rodrigo hace cuentas mentalmente y asiente:

Sí. ¿De qué la conoce usted, si puede saberse? Rodrigo se inquieta.

Inés llegó al pueblo hace apenas tres años, y antes nadie sabía nada de ella. Ella misma decía que huyó de sus padres porque querían casarla a la fuerza.

Por eso, que un desconocido en un lugar donde nadie había oído hablar antes de Inés, empiece a soltar detalles, resultaba de lo más sospechoso.

Uy, que no la conozco en persona se pone rojo el hombre Soy, en cierto modo, admirador suyo.

Mira, admirador, como sigas hablando así te hago un repaso de costillas que vas a recordar, ¿entendido? ¿Qué es eso de admirador? ¿Planeas quitarme a mi mujer?

¡No, por favor, no ha entendido nada! agita las manos el hombre No es de ese tipo de admirador. ¡Admiro su talento!

Que yo sepa, talento especial no tiene Inés… se extraña Rodrigo.

Bueno, hombre, conseguir una descalificación de por vida en Muay Thai por brutalidad extrema ¡a los dieciocho años! ¡Eso no es poca cosa! exclama el hombre.

Una pena que dejara de pelear tras un par de torneos privados ganados. Verla en el ring era un espectáculo.

A Rodrigo le tiemblan las manos al sacar el móvil; se le cae al suelo, se desmonta. Lo recoge precipitadamente, pero no logra encenderlo de nuevo.

Sale corriendo hacia casa, murmurando para sí:

¡Virgen Santa, que llegue a tiempo!

Cuando Inés llegó al pueblo, Rodrigo reparó en ella en seguida. ¿Y quién no se fijaría? Joven, atlética, interesante, siempre de buen humor. Encima, encontró trabajo de maestra de Educación Física en la escuela con los peques.

Todos pensaban que era una estudiante en prácticas y que se iría pronto, pero resultó que la muchacha tenía veinticinco años y había llegado para quedarse.

Entonces empezaron a cuchichear que pronto traería a su familia, pero no, estaba sola.

Aquí hay algo raro chismorreaban las vecinas Tan joven y viene sola a un pueblo. ¡Eso esconde alguna historia negra!

Tonterías, seguro que tuvo un disgusto amoroso y ha venido a curar el corazón comentaba otra.

O se peleó con sus padres y huyó, que eso sale en la tele cada dos por tres sentenciaba una tercera.

Rodrigo la observaba, pero no se atrevía a acercarse.

A saber qué historial tiene… Cuando se aclare, ya veremos.

Y claro, en la sala de profesores, poco a poco le sacaron a Inés su historia.

Mis padres son empresarios, buena gente pero el negocio fue mal, los proveedores fallaron y todo se vino abajo. Mi padre, para salvarse, decidió casarme con el socio adecuado.

¡Pero tendríais que ver al guapo! Preferí largarme.

¿Y estás sola de verdad? preguntaba una colega.

En todos lados hay gente encogía los hombros Inés Prefiero luchar sola antes que casarme de compromiso.

Que eso no sería una boda, ¡sino una venta! Y yo de mercancía no, gracias.

Anda, ya encontrarás aquí tu amor la animaban El pueblo es pequeño pero hay buena gente.

Cuando la historia de Inés se extendió, Rodrigo lo tuvo claro.

Me caso con ella. Las de aquí son unas interesadas y una forastera así nos viene bien. Además, sin familia.

Esto se lo contaba a su madre, a su padre y a su hermano mayor.

Joven, fuerte, deportista ¡Bien para la casa y para tener hijos sanotes! Y con las horas de clase tampoco trabaja tanto.

¡Novia perfecta! coincidía su familia. Y si se pone terca, ¡le enseñamos cómo funcionan las cosas aquí!

¿Por qué estaban tan seguros de que habría boda? Bueno, Rodrigo era bien parecido y, encima, subdirector del almacén de frutas y hortalizas.

Cuando había inspección desde la central, Rodrigo era el chico para todo. Fue tan eficaz, que, para no quitar al director que estaba bien respaldado, lo ascendieron a él.

Sabes cómo va esto, haz lo tuyo y responde por ello.

Algunos reían, que la iniciativa se paga cara. Pero Rodrigo elevó el nivel del almacén, gestionando a la perfección.

Eso sí, todos decían que Rodrigo era estricto con los castigos, y su hermano mayor Juan, jefe de seguridad desde que Rodrigo lo puso ahí, aún más.

No nos dejan ni tirar una zanahoria pocha. Y si protestas, su hermano te busca las vueltas.

Pero nadie se quejaba mucho, el robo se erradicó en el almacén.

¿Cómo le iba a decir que no Inés a un chico así? Primero salieron, luego le aceptó flores y al final, boda.

Rodrigo sacó a Inés de la habitación de la pensión y la llevó a casa.

Querida, aquí vivimos todos juntos la madre de Rodrigo monopolizó la charla.

Aquí ayudamos y nos apoyamos siempre. No sé en tu casa, pero aquí son nuestras costumbres.

En mi casa no había esas costumbres, soltó Inés De hecho, huí de ellas. Pero si soy esposa de Rodrigo, aprenderé a vivir con las costumbres de ahora.

Todos se entusiasman.

Eso sí, no sé hacer casi nada confiesa Inés, avergonzada Mis padres tenían a la chica para todo.

No pasa nada tranquiliza el suegro ¡Aquí te enseñamos! ¿Aprendes rápido?

En teoría sí. Pero la injusticia no la aguanto.

Mi niña vuelve a intervenir la suegra La justicia es algo relativo. Hay reglas de la familia de toda la vida.

Respeta a tu marido y a su familia. Obedece y sé amable, que el hombre es quien resuelve los grandes problemas y cuida de la mujer.

Si es así se encoge de hombros Inés Pero espero que castigos al estilo medieval, no, ¿verdad?

Nada de látigos ni sótanos se ríe el suegro.

Pero acertó de lleno. Al poco tiempo, su libertad se limitó al máximo tras la boda.

Solo podía salir para trabajar o ir a comprar. En todo lo demás:

¿A dónde vas? ¡Aquí hay faena para rato! ¡Y aún el huerto, las gallinas, los patos! ¡Inés! gritaba doña Carmen ¡Somos familia, no puedo yo sola con todo!

Y es verdad: Rodrigo y Juan siempre en el almacén, de sol a sol, a veces toda la noche porque el almacén era incesante.

El suegro se quejaba de la espalda y no hacía más que dar instrucciones. Todo, absolutamente todo, recaía en doña Carmen e Inés.

Pero Carmen tampoco era ya tan joven. Un día la tensión, otro las rodillas con el cambio de tiempo, otros la migraña. ¡Y la faena no espera!

¿Y qué hay de mi vida? preguntaba Inés No de la de pareja, la mía. Un cine, un café, un paseo. Ni amigas tengo aquí.

Las amigas no le hacen falta a una casada. Solo traen líos.

Y lo del cine o el café, lo hablas con tu marido. Y salir sola por ahí, aquí, ¡ni se te ocurra! En este pueblo el qué dirán es sagrado.

¿De verdad? se sorprende Inés.

Aquí todos se enteran de todo. Un paso en falso y recibes una fama que no te quitas nunca, sobre todo siendo maestra.

La lógica es férrea, pero Inés no se resigna a ser una esclava de la casa.

Trabajaba, hacía todo lo suyo, pero exigía respeto. Si había que plantar cara, lo hacía; si había que alzar la voz, la alzaba.

Pues a trabajar, todos por igual. Si unos están tirados y otros no paran, ¡no cuenten conmigo!

Pasaron dos años y medio desde la boda y Inés no se apaciguaba. Pedía que todos arrimasen el hombro. Si no, ella tampoco.

¡Vaya carácter tiene la Inés! se quejaba Carmen, enviando a Inés a hacer la compra. ¡Me tiene harta! ¡Le dices una cosa y te contesta cinco!

Y a mí tampoco me respeta protestaba don Vicente Le pido una almohada o agua y me contesta que está liada.

Rodrigo, esto no puede seguir insiste Juan No puedes permitir que humille a nuestros padres.

Ya lo sé, ¡se está riendo de mí! Y aún no tenemos hijos. Si los tuviéramos, se subiría a la parra de soy la madre, ¡nos echa de casa!

Hay que darle una lección dice Juan. Llévala de paseo al centro y que regrese sola. Nosotros la esperamos y hablamos claro.

Si entra por las buenas, perfecto. Si no, un poco de mano dura. Si aún así no se aviene, la encerramos en el sótano y decimos en la escuela que se ha ido de vacaciones. Un mes allí y se le pasa.

Así lo organizaron. Rodrigo dio el paseo a Inés, la familia se preparó en casa, al borde del ataque de nervios, y solo esperaban la señal de Rodrigo: cuando Inés llegara.

Pero Rodrigo no llegó a tiempo.

La verja seguía, pero la puerta desaparecida, como si nunca hubiera existido. En el pasillo estaba Juan, aullando con el brazo roto. Rodrigo le sacó el móvil del bolsillo, marcó al 112 y se lo puso en la oreja:

Diles la dirección gritó Rodrigo sobre el shock. Y que manden varias ambulancias.

Juan asintió, pálido.

En el recibidor, entre muebles hechos añicos, el padre tirado, inconsciente pero vivo. Ya era algo. Y en la cocina, Carmen sentada en el suelo, con un moratón espectacular en la cara y la rodilla la enorme vara de amasar partida por la mitad, en las manos.

En la mesa, con el té en la mano, estaba Inés, tan tranquila.

¿Cariño? levanta la cabeza hacia su marido ¿Vienes a por tu parte?

N-no balbucea Rodrigo.

Pues no sé qué ofrecerte ahora reflexiona Inés ¿Quizá un poco de justicia en las relaciones familiares?

¡Eso se avisa antes! grita Rodrigo ¡Casi los dejas!

Sé contenerme. Cada uno recibió según vino. Quien me atacó con algo, con eso mismo le respondí.

Y la vara la rompí yo misma por la rodilla. ¡Y a tu madre ni la toqué! Se estampó con la puerta sola.

¿Y ahora cómo vamos a vivir? pregunta Rodrigo.

Yo creo que, en armonía Inés sonríe. Y, sobre todo, con justicia. Ni se te ocurra pensar en divorcio: estoy embarazada y mi hijo tendrá padre.

Rodrigo traga saliva:

Lo que tú digas, cariño.

Cuando todos sanaron y se calmaron, las reglas familiares se reorganizaron.

Ahora en la casa reina la paz. Y nadie, jamás, volvió a faltar al respeto a nadie.

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¡Vete a casa ahora mismo! ¡Allí hablaremos tú y yo! —exclamó Maxim molesto—. ¡Lo que me faltaba, montar un espectáculo frente a los vecinos! —¡Pues genial! —resopló Varía—. ¡Qué carácter! —¡Varía, no me busques las cosquillas! —la amenazó Maxim—. ¡En casa hablaremos! —¡Uy, qué miedo! —respondió ella, echándose la trenza a la espalda y encaminándose hacia su casa. Maxim esperó a que Varía se alejase lo suficiente, sacó el móvil y habló al micrófono: —Sí, ya va para casa. ¡Recibidla bien, como hemos hablado! ¡Y directo al sótano, a ver si así se le bajan los humos! ¡Yo llego en un rato! Guardó el móvil en el bolsillo y estaba a punto de entrar en la tienda para celebrar su “buena educación conyugal” cuando un completo desconocido le agarró del brazo. —Perdone por abordarle así —dijo el hombre con una sonrisa nerviosa—. He visto que iba con una chica… —Es mi esposa, ¿y qué? —frunció el ceño Maxim. —Nada, nada —la sonrisa del hombre se volvió zalamera y conciliadora—. Por curiosidad… ¿No se llama su esposa, por casualidad, Bárbara Melero? —Sí, Bárbara —asintió Maxim—. Antes de casarnos era Melero. ¿Por qué lo pregunta? —¿Y su segundo nombre es Sergia? —¡Sí! —respondió Maxim, cada vez más molesto—. ¿Usted cómo sabe tanto de mi mujer? —Discúlpeme, es solo que… ¿No nació en el noventa y tres? Maxim lo pensó un instante y respondió: —Sí. ¿A qué viene tanta pregunta y de qué conoce usted a Bárbara? —dijo tensándose. Varía llegó a nuestro pueblo hace solo tres años. Antes, nadie sabía de ella. Contaba que había huido de sus padres porque la querían casar a la fuerza. Así que la aparición de este desconocido, soltando tantos detalles en un pueblo donde a Bárbara ni la conocían, era cuanto menos extraña. —Perdón, es que no la conozco personalmente —farfulló el hombre, enrojeciendo—. Digamos que soy admirador suyo. —Mira, admirador, te cuento los dientes ahora mismo y luego te faltarán costillas pa’ presumir tipo —dijo Maxim con clara amenaza—. ¿Admirador? ¿Quieres quitarme a mi mujer? —¡Ay no, no! ¡Me ha entendido fatal! —movía las manos el hombre—. No es en ese sentido… ¡Soy admirador de su talento! —Pues que yo sepa, Bárbara no tiene ningún talento especial —se desconcertó Maxim. —¡Hombre! ¡Para lograr una descalificación de por vida en muay thai a los dieciocho por exceso de dureza… eso es talento! —exclamó el desconocido. —Una pena que tras ganar un par de torneos privados dejara de competir. Verla sobre el ring era un espectáculo. A Maxim le temblaban las manos intentando sacar el móvil del bolsillo. Se le cayó al suelo y se destrozó contra el asfalto. Cuando lo recogió a toda prisa, el móvil no volvió a encenderse. Salió corriendo hacia casa y murmuraba para sí: —¡Virgen santa, ojalá llegue a tiempo! Cuando Bárbara llegó al pueblo, Maxim se fijó enseguida en ella. ¿Quién no lo hubiera hecho? Joven, deportiva, simpática, llena de vitalidad. Y además, se incorporó como profesora de educación física en primaria. Todos pensaron que sería una universitaria destinada provisionalmente, que se marcharía al terminar. Pero resultó que tenía veinticinco años y que venía para quedarse. Después empezaron a esperar que trajese a su familia. Pero la chica estaba sola. —Aquí hay gato encerrado —chismorreaban las vecinas—. Guapa y joven, y viene sola… seguro oculta algún misterio. —Que va, mujer… —respondía otra—. Más bien se habrá llevado una decepción amorosa y vino a curarse el alma. —O se peleó con los padres y escapó. Que esas historias son más comunes de lo que creemos; hasta sale en la tele. Maxim la observaba, pero no se lanzaba a cortejarla. —¡Vaya usted a saber qué historia trae! Cuando se aclare, ya veremos. Trabajar en el colegio no era solo esfuerzo, también mucha tertulia en la sala de profesores, donde todos acaban contando su vida. En medio año, lograron sacarle a Bárbara toda su emotiva historia. —Mis padres son empresarios, buena gente… pero vino una crisis, el proveedor nos dejó tirados y todo iba a la ruina. Así que mi padre quiso casarme con alguien apropiado, para salvar el negocio. ¡Y aquel “príncipe”, si lo viera! Preferí escapar con lo puesto. —¿Y aquí, sola? —se asombraba una compañera. —En todas partes vive gente —se encogía de hombros Bárbara—. Mejor sola y luchando, que casarme sin amor. ¡Ni siquiera era una boda; era una venta! Y tampoco quiero ser mercancía. —Tranquila, ya encontrarás tu verdadero amor aquí —le decían las otras—. El pueblo es pequeño, pero hay buena gente. Cuando el relato de Bárbara corrió por el pueblo, Maxim tuvo claro su destino. —¡Esta será mi mujer! Nuestras chicas ya son demasiado exigentes, y esta es de fuera. ¡Además, ni siquiera veremos a su familia! Así lo explicó en casa: a su madre, su padre y su hermano mayor. —Es joven, sana y deportista… ¡Normal que sea profe de gimnasia! Nos dará hijos sanos y ayudará en casa. ¿Cuántas clases puede tener en el cole? —¡Un partido excelente! —aprobó la familia—. Y si se pone rebelde, ya la educaremos a la castellana. ¿Y por qué estaban seguros de que habría boda? Porque Maxim era un guaperas. Además, ejercía de subjefe en el almacén de frutas y verduras. Cuando venía una inspección de la capital, Maxim se hacía pasar por simple encargado, para no levantar sospechas. Se ofreció para racionalizar y optimizar, y tanto insistió que acabaron dejándole de segundo de a bordo. —¡Tú lo organizas todo, tú lo controlas! Así que luego no te quejes de las responsabilidades. La gente bromeaba con que la iniciativa se paga cara. Pero él organizó toda la base y demostró ser un gerente excelente. Eso sí, los empleados se quejaban de que Don Maxim era duro con los castigos. Y su hermano mayor, que él colocó de jefe de seguridad, era aún peor. —Aquí ni una zanahoria pocha dejan sacar. Y encima, no les tiembla el pulso con la fuerza, que entre hermanos se protegen. Pero la eficacia era tal que los robos desaparecieron. ¿Cómo iba a negarse Bárbara a casarse con tan cumplidor muchacho? Al principio aceptó pasear con él, luego se dejó cortejar y al final fue su esposa. Maxim sacó a Bárbara de la habitación alquilada donde vivía y la llevó a su casa familiar. —Tienes que entender que aquí vivimos todos juntos como una gran familia —predicaba la suegra. —Hacemos todo juntos y nos ayudamos. No sé cómo se hacía en tu casa, pero aquí mandan estas costumbres. —En mi casa no había tantas reglas —dijo Bárbara—. Y de esas precisamente escapé. Si soy esposa de Maxim, aprenderé las reglas de ahora. Eso fue recibido con entusiasmo. —Pero tendréis que disculparme si no lo hago bien —se disculpó Bárbara—. En la casa de mis padres había personal para todo. —¡Eso se arregla rápido! —dijo el suegro—. Aquí todos aprendemos. ¿No eres tú profesora? —En teoría sí, —contestó Bárbara—. Pero no soporto la injusticia. —Querida —saltó la suegra—. La justicia es relativa. Lo que hay son normas de vida; llevan siglos ahí. Respeta a tu marido y a su familia. ¡Trata a los demás como te gustaría que te trataran! Y a la mujer la embellecen la obediencia y la dulzura. Los hombres ya se encargan de los problemas grandes y de cuidar de nosotras. —Si así se hace… —Bárbara se encogió de hombros—. Pero espero que aquí no haya castigos como en tiempos del Doméstico. —¡Nada de látigos ni caballerizas en casa! —rió el suegro. Pero sobre el “Doméstico”, Bárbara parecía tener visión de futuro. En apenas un mes, su libertad quedó reducida al mínimo. Solo al trabajo y a la compra. Para todo lo demás: —¿A dónde crees que vas? ¡En casa falta de todo! ¡Y el huerto, las gallinas, los patos! —gritaba doña Natalia—. ¡Somos familia y yo no puedo con todo sola! En esa parte no exageraba. Maxim y su hermano casi siempre fuera, desde el alba hasta tarde. Y el almacén necesitaba dedicación día y noche. El suegro, con problemas de espalda, solo daba consejos. Y todo el peso recaía sobre Natalia y Bárbara. Pero hasta Natalia no era joven ya. A veces le subía la tensión, le dolían los huesos por el cambio de tiempo, o se postraba con jaqueca. ¡Y la casa no da tregua, ni domingos ni festivos! —¿Y la vida personal? —preguntaba Bárbara—. No de marido y mujer, sino salir, ir al cine, al café; no tengo ni amigas. —Una casada no necesita amigas. Créeme, traen más problemas que soluciones. Y lo del café y cine, háblalo con tu marido. ¡Aquí no queda bien que una mujer decente vaya sola por ahí! Somos un pueblo, no la ciudad; aquí cualquier paso en falso te marca para siempre. —¿En serio? —se asombró Bárbara. —Tú has vivido en ciudad, pero aquí todo el mundo te vigila. Y tú eres maestra. Como hagas una tontería, te echan por la puerta de atrás. Lógica infalible, pero Bárbara no iba a enterrarse como criada sumisa. Trabajaba, cumplía, pero exigía respeto. Plantaba cara, subía el tono, respondía sin miedo. —Si trabajo, es en igualdad. ¡No pienso cargar con todo mientras otros descansan! Dos años y medio tras la boda y Bárbara seguía igual. Exigía juego limpio. Si alguien hacía trampa, ella no se rebajaba. —¡Menudo carácter tiene esta Bárbara! —decía Natalia cuando la mandaban a por el pan—. ¡Contestas cinco palabras por cada cosa! —¡Y a mí no me respeta! —se quejaba Antonio—. Le pido un cojín o un poco de agua, ¡y me contesta que está ocupada! —Maxim, eso no puede ser así —le decía su hermano mayor—. ¡Está faltando el respeto a los padres! ¿Desde cuándo se permite esto? —Ya sé que se burla de mí, ¡y yo soy el hombre! Hay que domarla como a una fiera. Y encima, ¡no tenemos hijos! Cuando los haya, se nos sube encima y dirá que es la madre, y nos margina. —Hay que prepararlo bien —respondió el hermano—. Sácala a pasear y luego mándala sola a casa, que nosotros la recibimos y le dejamos claro cómo son las cosas. Si entiende con palabras, bien. Si no, pues unos empujones. Y, si se rebela, al sótano; en la escuela diremos que está de vacaciones. Un mes de encierro la calma. Así lo organizaron. Mientras Maxim paseaba con Bárbara, sus parientes se aprestaban y esperaban la llamada: “¡Ahí va Bárbara para casa!” Pero Maxim no llegó a tiempo. La verja estaba en su sitio, pero la puerta… ni rastro. En la entrada, en el suelo, estaba su hermano Miki, llorando con un brazo fracturado. Maxim le sacó el móvil del bolsillo, marcó el 112 y se lo puso al oído: —¡Di la dirección! —le gritó—. ¡Y pide varias ambulancias! En el pasillo, entre trozos de muebles, al padre: inconsciente, pero vivo. Al menos eso daba algo de tranquilidad. En la cocina, junto a la puerta, la madre… con un morado enorme y una vara de amasar partida en dos. En la mesa, Bárbara, tan tranquila, tomaba el té. —¿Me traes mi ración, cariño? —miró Bárbara a su marido. —N-no… —tartamudeó Maxim. —Entonces, no sé qué ofrecerte… ¿Quizá un poco de justicia para la familia? —¡Eso había que haberlo avisado antes! —exclamó él—. ¡Casi me matas a la gente! —Sé medir. Cada quien recibió lo que venía buscando. ¡Quien viene con violencia, con violencia acaba! La vara la partí con la rodilla. A tu madre ni la toqué; fue ella, que al huir se dio con la puerta. —¿Y ahora cómo vamos a vivir? —Yo diría que en armonía —sonrió Bárbara—. Sobre todo, en justicia. Ni se te ocurra pensar en divorcio, además… estoy esperando. ¡Y mi hijo tendrá padre! Maxim tragó saliva: —Vale, cariño… Cuando todos sanaron, las normas familiares cambiaron un poco. Desde entonces, reina la paz y el respeto. ¡Y jamás nadie volvió a ofender a nadie!
Boris nunca quiso tener hijos; jamás imaginó que acabaría siendo padre. Toda la vida soñó con un per…