¡Vete a casa! ¡Allí hablaremos! espeta Rodrigo con fastidio. ¡Solo me falta montar un espectáculo en plena calle!
¡Pues hala, encantado! resopla Inés. ¡Como si me importara!
Inés, ¡no me tientes! gruñe Rodrigo. Hablamos en casa. ¡Uy, qué miedo, el señor severo! Inés se recoge la trenza y se aleja en dirección al edificio.
Rodrigo espera a que Inés se aleje bien, saca el móvil y dice al micrófono:
Sí, ya se ha ido para casa. Recibidla como hemos acordado. Y al sótano, para que se le bajen esos humos. ¡Yo llego en seguida!
Guarda el móvil en el bolsillo y cuando se dispone a entrar en la tienda para celebrar la educación de su esposa, un hombre completamente desconocido le sujeta del brazo.
Perdón por la confianza sonríe algo cohibido el hombre Aquella chica que iba contigo…
Mi esposa. ¿Qué pasa? frunce el ceño Rodrigo.
No, nada sonríe, zalamero y disculpándose. Solo quería preguntarle si, por casualidad, a su mujer no la llaman Inés Herrero.
Inés, sí asiente Rodrigo. De soltera Herrero. ¿A qué viene tanta pregunta?
¿Y se llama de segundo nombre Ángela?
¡Pues sí! contesta Rodrigo de mala gana. ¿Cómo conoce usted a mi mujer?
Disculpe ¿Nació en el noventa y tres?
Rodrigo hace cuentas mentalmente y asiente:
Sí. ¿De qué la conoce usted, si puede saberse? Rodrigo se inquieta.
Inés llegó al pueblo hace apenas tres años, y antes nadie sabía nada de ella. Ella misma decía que huyó de sus padres porque querían casarla a la fuerza.
Por eso, que un desconocido en un lugar donde nadie había oído hablar antes de Inés, empiece a soltar detalles, resultaba de lo más sospechoso.
Uy, que no la conozco en persona se pone rojo el hombre Soy, en cierto modo, admirador suyo.
Mira, admirador, como sigas hablando así te hago un repaso de costillas que vas a recordar, ¿entendido? ¿Qué es eso de admirador? ¿Planeas quitarme a mi mujer?
¡No, por favor, no ha entendido nada! agita las manos el hombre No es de ese tipo de admirador. ¡Admiro su talento!
Que yo sepa, talento especial no tiene Inés… se extraña Rodrigo.
Bueno, hombre, conseguir una descalificación de por vida en Muay Thai por brutalidad extrema ¡a los dieciocho años! ¡Eso no es poca cosa! exclama el hombre.
Una pena que dejara de pelear tras un par de torneos privados ganados. Verla en el ring era un espectáculo.
A Rodrigo le tiemblan las manos al sacar el móvil; se le cae al suelo, se desmonta. Lo recoge precipitadamente, pero no logra encenderlo de nuevo.
Sale corriendo hacia casa, murmurando para sí:
¡Virgen Santa, que llegue a tiempo!
Cuando Inés llegó al pueblo, Rodrigo reparó en ella en seguida. ¿Y quién no se fijaría? Joven, atlética, interesante, siempre de buen humor. Encima, encontró trabajo de maestra de Educación Física en la escuela con los peques.
Todos pensaban que era una estudiante en prácticas y que se iría pronto, pero resultó que la muchacha tenía veinticinco años y había llegado para quedarse.
Entonces empezaron a cuchichear que pronto traería a su familia, pero no, estaba sola.
Aquí hay algo raro chismorreaban las vecinas Tan joven y viene sola a un pueblo. ¡Eso esconde alguna historia negra!
Tonterías, seguro que tuvo un disgusto amoroso y ha venido a curar el corazón comentaba otra.
O se peleó con sus padres y huyó, que eso sale en la tele cada dos por tres sentenciaba una tercera.
Rodrigo la observaba, pero no se atrevía a acercarse.
A saber qué historial tiene… Cuando se aclare, ya veremos.
Y claro, en la sala de profesores, poco a poco le sacaron a Inés su historia.
Mis padres son empresarios, buena gente pero el negocio fue mal, los proveedores fallaron y todo se vino abajo. Mi padre, para salvarse, decidió casarme con el socio adecuado.
¡Pero tendríais que ver al guapo! Preferí largarme.
¿Y estás sola de verdad? preguntaba una colega.
En todos lados hay gente encogía los hombros Inés Prefiero luchar sola antes que casarme de compromiso.
Que eso no sería una boda, ¡sino una venta! Y yo de mercancía no, gracias.
Anda, ya encontrarás aquí tu amor la animaban El pueblo es pequeño pero hay buena gente.
Cuando la historia de Inés se extendió, Rodrigo lo tuvo claro.
Me caso con ella. Las de aquí son unas interesadas y una forastera así nos viene bien. Además, sin familia.
Esto se lo contaba a su madre, a su padre y a su hermano mayor.
Joven, fuerte, deportista ¡Bien para la casa y para tener hijos sanotes! Y con las horas de clase tampoco trabaja tanto.
¡Novia perfecta! coincidía su familia. Y si se pone terca, ¡le enseñamos cómo funcionan las cosas aquí!
¿Por qué estaban tan seguros de que habría boda? Bueno, Rodrigo era bien parecido y, encima, subdirector del almacén de frutas y hortalizas.
Cuando había inspección desde la central, Rodrigo era el chico para todo. Fue tan eficaz, que, para no quitar al director que estaba bien respaldado, lo ascendieron a él.
Sabes cómo va esto, haz lo tuyo y responde por ello.
Algunos reían, que la iniciativa se paga cara. Pero Rodrigo elevó el nivel del almacén, gestionando a la perfección.
Eso sí, todos decían que Rodrigo era estricto con los castigos, y su hermano mayor Juan, jefe de seguridad desde que Rodrigo lo puso ahí, aún más.
No nos dejan ni tirar una zanahoria pocha. Y si protestas, su hermano te busca las vueltas.
Pero nadie se quejaba mucho, el robo se erradicó en el almacén.
¿Cómo le iba a decir que no Inés a un chico así? Primero salieron, luego le aceptó flores y al final, boda.
Rodrigo sacó a Inés de la habitación de la pensión y la llevó a casa.
Querida, aquí vivimos todos juntos la madre de Rodrigo monopolizó la charla.
Aquí ayudamos y nos apoyamos siempre. No sé en tu casa, pero aquí son nuestras costumbres.
En mi casa no había esas costumbres, soltó Inés De hecho, huí de ellas. Pero si soy esposa de Rodrigo, aprenderé a vivir con las costumbres de ahora.
Todos se entusiasman.
Eso sí, no sé hacer casi nada confiesa Inés, avergonzada Mis padres tenían a la chica para todo.
No pasa nada tranquiliza el suegro ¡Aquí te enseñamos! ¿Aprendes rápido?
En teoría sí. Pero la injusticia no la aguanto.
Mi niña vuelve a intervenir la suegra La justicia es algo relativo. Hay reglas de la familia de toda la vida.
Respeta a tu marido y a su familia. Obedece y sé amable, que el hombre es quien resuelve los grandes problemas y cuida de la mujer.
Si es así se encoge de hombros Inés Pero espero que castigos al estilo medieval, no, ¿verdad?
Nada de látigos ni sótanos se ríe el suegro.
Pero acertó de lleno. Al poco tiempo, su libertad se limitó al máximo tras la boda.
Solo podía salir para trabajar o ir a comprar. En todo lo demás:
¿A dónde vas? ¡Aquí hay faena para rato! ¡Y aún el huerto, las gallinas, los patos! ¡Inés! gritaba doña Carmen ¡Somos familia, no puedo yo sola con todo!
Y es verdad: Rodrigo y Juan siempre en el almacén, de sol a sol, a veces toda la noche porque el almacén era incesante.
El suegro se quejaba de la espalda y no hacía más que dar instrucciones. Todo, absolutamente todo, recaía en doña Carmen e Inés.
Pero Carmen tampoco era ya tan joven. Un día la tensión, otro las rodillas con el cambio de tiempo, otros la migraña. ¡Y la faena no espera!
¿Y qué hay de mi vida? preguntaba Inés No de la de pareja, la mía. Un cine, un café, un paseo. Ni amigas tengo aquí.
Las amigas no le hacen falta a una casada. Solo traen líos.
Y lo del cine o el café, lo hablas con tu marido. Y salir sola por ahí, aquí, ¡ni se te ocurra! En este pueblo el qué dirán es sagrado.
¿De verdad? se sorprende Inés.
Aquí todos se enteran de todo. Un paso en falso y recibes una fama que no te quitas nunca, sobre todo siendo maestra.
La lógica es férrea, pero Inés no se resigna a ser una esclava de la casa.
Trabajaba, hacía todo lo suyo, pero exigía respeto. Si había que plantar cara, lo hacía; si había que alzar la voz, la alzaba.
Pues a trabajar, todos por igual. Si unos están tirados y otros no paran, ¡no cuenten conmigo!
Pasaron dos años y medio desde la boda y Inés no se apaciguaba. Pedía que todos arrimasen el hombro. Si no, ella tampoco.
¡Vaya carácter tiene la Inés! se quejaba Carmen, enviando a Inés a hacer la compra. ¡Me tiene harta! ¡Le dices una cosa y te contesta cinco!
Y a mí tampoco me respeta protestaba don Vicente Le pido una almohada o agua y me contesta que está liada.
Rodrigo, esto no puede seguir insiste Juan No puedes permitir que humille a nuestros padres.
Ya lo sé, ¡se está riendo de mí! Y aún no tenemos hijos. Si los tuviéramos, se subiría a la parra de soy la madre, ¡nos echa de casa!
Hay que darle una lección dice Juan. Llévala de paseo al centro y que regrese sola. Nosotros la esperamos y hablamos claro.
Si entra por las buenas, perfecto. Si no, un poco de mano dura. Si aún así no se aviene, la encerramos en el sótano y decimos en la escuela que se ha ido de vacaciones. Un mes allí y se le pasa.
Así lo organizaron. Rodrigo dio el paseo a Inés, la familia se preparó en casa, al borde del ataque de nervios, y solo esperaban la señal de Rodrigo: cuando Inés llegara.
Pero Rodrigo no llegó a tiempo.
La verja seguía, pero la puerta desaparecida, como si nunca hubiera existido. En el pasillo estaba Juan, aullando con el brazo roto. Rodrigo le sacó el móvil del bolsillo, marcó al 112 y se lo puso en la oreja:
Diles la dirección gritó Rodrigo sobre el shock. Y que manden varias ambulancias.
Juan asintió, pálido.
En el recibidor, entre muebles hechos añicos, el padre tirado, inconsciente pero vivo. Ya era algo. Y en la cocina, Carmen sentada en el suelo, con un moratón espectacular en la cara y la rodilla la enorme vara de amasar partida por la mitad, en las manos.
En la mesa, con el té en la mano, estaba Inés, tan tranquila.
¿Cariño? levanta la cabeza hacia su marido ¿Vienes a por tu parte?
N-no balbucea Rodrigo.
Pues no sé qué ofrecerte ahora reflexiona Inés ¿Quizá un poco de justicia en las relaciones familiares?
¡Eso se avisa antes! grita Rodrigo ¡Casi los dejas!
Sé contenerme. Cada uno recibió según vino. Quien me atacó con algo, con eso mismo le respondí.
Y la vara la rompí yo misma por la rodilla. ¡Y a tu madre ni la toqué! Se estampó con la puerta sola.
¿Y ahora cómo vamos a vivir? pregunta Rodrigo.
Yo creo que, en armonía Inés sonríe. Y, sobre todo, con justicia. Ni se te ocurra pensar en divorcio: estoy embarazada y mi hijo tendrá padre.
Rodrigo traga saliva:
Lo que tú digas, cariño.
Cuando todos sanaron y se calmaron, las reglas familiares se reorganizaron.
Ahora en la casa reina la paz. Y nadie, jamás, volvió a faltar al respeto a nadie.







