Él mentía, y ella le permitía hacerlo Cuántas veces nos han advertido en este mundo que el diablo que le gusta tentar a un hombre nunca descansa; siempre está al acecho. Sin embargo, las esposas a veces bajan la guardia, esperando que esa “copa amarga” pase de largo. Eso mismo le ocurrió a Mariana: y no fue una sola vez, sino… La primera vez que Íñigo engañó a Mariana, ella se sintió herida, pero terminó perdonándole: —Bueno, vale, te lo paso esta vez, cosas peores se han visto. Todos nos podemos equivocar, debió de ser un momento de debilidad. Les pasa a los hombres, sobre todo cuando rozan los cuarenta… Antes de esa traición, Mariana nunca había notado nada raro en Íñigo, o tal vez prefería no verlo; confiaba ciegamente en él. O quizá era cuestión de tiempo: dos hijos en edad escolar, que crecen a pasos agigantados. Mariana e Íñigo habían montado una empresa juntos: en realidad era pequeña y suya desde el principio, pero él propuso ampliarla, pedir un crédito y apostar por el bienestar familiar. Vivían en un piso de tres habitaciones que Íñigo había heredado de su abuela antes de casarse. El negocio estaba a nombre de Mariana, aunque ambos lo gestionaban en común, igual que el dinero. La primera “metedura de pata” de Íñigo fue con la secretaria, Inés: piernas infinitas, mirada seductora, y joven; enseguida se fijó en Íñigo, aunque su mujer no estaba lejos. Cuando Mariana la vio, no le hizo ninguna gracia: —Íñigo, necesitamos en recepción a alguien serio y profesional, no una modelo jovencita. —Bueno, la juventud no es ningún defecto —replicó Íñigo, resoplando—. Viene de una empresa importante, así que experiencia no le falta. Y, como siempre dices, la persona de recepción es nuestra tarjeta de presentación: tiene que ser guapa. Inés atraerá clientes. Mariana miró a su marido con desconfianza: —Vale, veremos cómo y con qué los atrae. Inés resultó ser educada, puntual y ordenada. Mariana pensó finalmente: —Que siga, se comporta con discreción; viste formal, como debe ser en la oficina, y ni abusa del maquillaje. No pasó ni un mes antes de que Mariana, por decirlo suave, se llevase un chasco. Aquel viernes, fue a comprar al supermercado cerca de la oficina; paseó por el centro comercial, pues al día siguiente esperaban visitas. Al regresar, vio luz en el despacho de Íñigo. —Decía que venía para casa, y su coche está ahí… Se ha quedado trabajando. Subo a buscarle y le asusto un poco, que debe estar cansado y hambriento. Aparcó y subió. Al abrir la puerta del despacho, se quedó petrificada. Aquello era lo que se llama “pillados en plena faena”. Íñigo miró asustado, Inés se tapó con su camisa. —¡Vaya, vaya! Yo pensando que estaba cansado y hambriento… Pues ya veo. Quiero a esa… fuera de nuestra empresa mañana mismo. No quiero volver a verla. Y contigo hablamos luego en casa. Se fue destrozada, llorando en el coche, la cabeza apoyada en el volante. Sentía que el mundo se derrumbaba, que todo lo que había construido se desmoronaba. Íñigo apareció después, ella se encerró en el dormitorio, él llamó a la puerta: —Marianita, perdóname. Ha sido la primera y la última vez, te lo juro, no volverá a pasar. Ella no abrió. No durmió en toda la noche, perdida y sin saber qué hacer. —¿Dejarle y llevarme a los chicos? Son casi adolescentes, ¿cómo lo entenderían? Íñigo es buen padre, los chicos le adoran. ¿Arruinarles la vida feliz? Y luego está la empresa, ¡y aún le quiero… eso lo sé! Al amanecer decidió que todo era culpa del “demonio en la costilla” y de la seductora Inés. Lloró, pero comprendió que acabaría perdonando a su marido. No de inmediato, pero lo haría. Por la mañana, él la abrazó en la cocina y le suplicó perdón: —Perdón, perdón. Fue un momento de debilidad, ella me provocó y no supe negarme. Te juro que no se repetirá. Por la tarde vinieron los amigos: tocó fingir que todo iba bien. Por la noche, Mariana decidió: —Le daré otra oportunidad. Íñigo, desde entonces, lo dio todo por olvidarlo, proclamando que sólo la amaba a ella… Pasaron un par de meses, hasta que Mariana vio, por casualidad, un mensaje en el móvil de Íñigo. Buscaba un contrato en su despacho y el teléfono, que él había dejado ahí, sonó. Mariana dudó, pero la curiosidad ganó: lo que leyó la dejó helada. Una tal Ulia le escribía cosas comprometidas y le pedía que la llamase. Con manos temblorosas, marcó el número y oyó una voz femenina: —¡Hola, mi osito! Mariana colgó, incapaz de hablar: —Así que osito, ¿eh? —pensó furiosa. Íñigo volvió justo después al despacho y Mariana le lanzó el móvil: —Llama a Ulia, osito —y salió furiosa. Buscó tabaco, aunque llevaba años sin fumar, y se fumó uno tras otro. Pero esta vez entendió: no le iba a perdonar nunca más a ese traidor; ella no era una mujer a la que se pudiera engañar sin consecuencias. —¿Y ahora? Dos hijos casi adultos, piso compartido, pero suyo. Empresa y créditos… ¿Cómo se reparte todo esto? Al volver a casa, encontró a su marido esperándole con un gran ramo de flores y abrazando a los hijos en el sofá. Parecían la familia perfecta, ejemplo de armonía. Más tarde, cuando los chicos se fueron a dormir, él intentó justificarlo. —Marianita, ha sido ella, tú sabes que yo sólo te quiero a ti, no necesito a nadie más. —¿Y cuánto tiempo lleváis…? —Muy poco, lo juro. Perdóname. Tenemos familia, hijos, esto puede ser una crisis de los cuarenta, ya sabes… De nuevo Mariana pensó que dejarle sería tirar por la borda todo lo trabajado. Pero decidió que le daría una lección. Empezó la guerra fría doméstica, que duró cuatro largos meses, antes de volver a perdonarle. Esta vez, Íñigo quedó bajo estricta vigilancia: Mariana le revisaba el móvil, los mensajes, los correos. El miedo a la traición la perseguía hasta las vacaciones. Fueron juntos al mar, se alojaron en una pensión, disfrutaron del sol y el agua. Pero hasta allí llegó la infidelidad: mientras ella iba con el hijo menor de compras, Íñigo entró en la habitación de una vecina solitaria y atractiva con la que llevaba días cruzándose miradas. Mariana, de vuelta al suyo, le vio salir sonriente del otro cuarto, arreglándose la ropa y diciendo: —Gracias, me ha encantado —hasta cruzarse con la mirada furiosa de Mariana. La puerta se cerró de golpe, e Íñigo balbuceó: —Marianita, no es lo que parece… Se repitió la historia: tras mandar a los chicos a pasear, hicieron las maletas y, al día siguiente, regresaron en coche en silencioso y tenso viaje. Ni los hijos hablaban: sabían ya que su padre había vuelto a fallar y esta vez su madre no le perdonaría. En casa, la conversación siguió: Íñigo intentó convencerla, suplicó perdón, se excusaba de mil formas, hasta que casi consiguió que Mariana se sintiera culpable. —Tal vez si yo fuera una esposa perfecta, esto no habría pasado… Empezó casi a creerse la responsable de tantas traiciones. Pero de repente, su mente lógica se impuso: comprendió con una claridad absoluta: —Íñigo lleva toda la vida mintiéndome, y yo se lo he permitido. Cada vez que decía “te quiero”, me derretía. Me gusta escucharlo, siempre lo esperaba. Y él me humillaba con engaños, manipulaciones, haciéndome sentir culpable. ¿De verdad no merezco más? ¿No valgo yo más que una casa, hijos y trabajo? Ya está: mis hijos han crecido, no voy a dejar que me mienta y me humille ni un día más. Es momento de pensar con la cabeza y tomar la decisión correcta. Aparentó perdonarle, pero puso una condición: poner todo el patrimonio por escrito y en régimen separado. —Acéptalo, es la única condición que tengo para reconciliarnos y salvar el matrimonio. Íñigo aceptó, asegurando que sólo quería mantener a la familia y no perder a su querida Mariana. Le dejó controlar todos los ahorros. Pensaba, ingenuamente, que así la recuperaría. El hijo mayor se fue a la universidad en otra ciudad; Mariana encontró un piso y lo puso a nombre de su madre. —Íñigo, es por proteger nuestros ahorros de la inflación; la vivienda es buena inversión. Siguieron bajo el mismo techo. Dejarle de inmediato resultó muy difícil: era el padre perfecto, incluso el marido ideal salvo por sus infidelidades. Hasta empezó a dudar: —¿Lo estaré haciendo bien? ¿Y si de verdad ha cambiado? ¿Y si la culpa es mía? La duda la torturaba… hasta que el destino la quitó cuando apareció otra seductora, Alicia, una joven de pelo corto y negro, ojos aún más oscuros. Llegó a su despacho y le habló de Íñigo: —Buenos días, Mariana, soy Alicia. Vengo por Íñigo. —¿Mi marido? —preguntó Mariana. —Sí, de momento tu marido, pero pronto el mío. ¿Todavía no te habló de mí? He querido anticiparme: los hombres tardan en contar estas cosas. Nos queremos y vamos a casarnos, al menos eso me dijo él. A Mariana primero le chocó, pero luego soltó una enorme carcajada. No era por Alicia, ni por Íñigo, sino por ella misma. ¡Qué fácil le había vuelto a dormir la vigilancia! Recordó el dicho: “El que nace lechón, muere cochino”. Reía por sus propias ilusiones; Íñigo jamás cambiaría. Lo llevaba en la sangre; la crisis de los cuarenta no tenía nada que ver. Alicia la miraba asustada sin entender la risa de la mujer a la que su futuro marido estaba a punto de abandonar. Al final Mariana se serenó y dijo: —Llévate a mi marido: él nunca tendrá el valor de pedirme el divorcio, porque sabe que se quedará sin nada. Léeme el consejo: búscate un hombre decente y soltero. De mi marido no sacarás nada. Ese mismo día Mariana empezó a hacer las maletas y, al día siguiente, se mudó con su hijo pequeño. Sabe que al principio será duro, pero mejor pasar por un mal momento que aguantar las eternas infidelidades de su marido. —La vida después de los cuarenta sólo empieza, y comienza de cero. Todo lo bueno me espera aún por delante —pensaba Mariana, tranquila y ligera. Os deseo a todos un buen ánimo y que la vida se os llene de colores. Agradeceré vuestra suscripción y un “me gusta”.

Diario de Cristina, Madrid

No sé ni cómo empezar a desentramar todo esto que llevo dentro. A veces pienso en ese refrán que tanto repitieron las abuelas: A perro flaco todo son pulgas. Siempre creí que a mí no me tocaría; tenía fe en que la vida y la suerte me respetarían. Qué ingenuidad la mía. Todo empezó una vez, pero ojalá se hubiese quedado solo en una.

La primera vez que Fernando me fue infiel sentí la puñalada, pero, tras el enfado, terminé perdonándole. Venga, Cristina, una vez no es ninguna, me dije, convenciéndome de que cualquiera puede tener un desliz, que la crisis de los cuarenta pasa factura hasta en los mejores hombres. Decidí mirar hacia otro lado porque nunca antes le había notado nada raro. O quizá simplemente no quise verlo. Tenía mil cosas en la cabeza, dos hijos ya en el instituto y un negocio familiar que montamos juntos. Al principio, la empresa era mía, pequeña, modesta; él sugirió ampliarla, pedir un préstamo, empujar los dos para nuestra familia. Compartimos todo: la hipoteca del piso de tres habitaciones el suyo, en el centro de Madrid, de herencia de su abuela y la propiedad de la empresa, aunque legalmente estuviera a mi nombre. El dinero siempre se quedaba en casa.

Recuerdo que todo empezó, o mejor dicho, salió a la luz con Laura, la nueva secretaria: piernas largas, mirada dulce y descarada juventud. No me gustó desde el primer día.

Fernando, necesitamos en la recepción a alguien profesional, con experiencia y presencia seria, no a una modelo de pasarela recién salida de la universidad le dije.

Ay, Cristina, la juventud no es pecado, mujer bufó él. Además, viene de una empresa de renombre; experiencia tiene. Además, tú misma decías que para la entrada, la imagen es importante.

Le miré con desconfianza, pero cedí. Laura era educada, puntual y vestía formal. Vale, le di mi voto de confianza.

Pero a las pocas semanas Una tarde fui al supermercado cerca del trabajo; sábado venían amigos a cenar. Al volver pasé por la oficina y vi la luz encendida. ¿No había dicho que salía ya?, me pregunté. Aparqué, subí y, al abrir la puerta, me encontré con la escena: los dos en plena faena. Me quedé helada. Fernando se giró pálido y Laura intentó cubrirse torpemente.

Muy bonito, ¿eh? fue todo lo que atiné a decir. Que mañana no esté esta señorita ni media hora en la oficina. Contigo hablaremos en casa.

Me fui, aguantando el llanto hasta llegar al coche, donde estallé. Sentía que toda mi vida se deshacía, que todo lo que habíamos levantado juntos se desmoronaba. Él llegó poco después a casa, yo encerrada en la habitación.

Cris, perdóname. Sólo ha sido una vez, te lo juro, nunca más prometía a la puerta.

No dormí. Dudaba, discutía conmigo misma, ¿tirar todo por la borda? ¿Llevarme a los niños y buscarles la vida? Al fin y al cabo, Fernando era un padre ejemplar, les dedicaba más tiempo incluso que yo. Y, además lo admito, seguía enamorada.

Decidí pasar página, convencida de que Laura tuvo algo que ver, que fue ella la que le tentó, que él simplemente cayó ante el diablo. Llorando, acepté que le perdonaría.

Por la mañana, en la cocina, él me abrazaba suplicando disculpas. Repetía que era debilidad momentánea, que no se repetiría. No había ni pasado una semana cuando tuvimos que disfrazar felicidad para los amigos. Y yo, como tonta, pensando: Le daré otra oportunidad

Los meses pasaron. Un día pasé por su despacho a por unos papeles. Fernando había salido con un cliente y, por casualidad, escuché el pitido de un mensaje en su móvil, que se quedó iluminado en la mesa. Dudé, pero el impulso fue más fuerte. Lo que leí me dejó helada: una tal Miriam le escribía las mayores cursilerías y lo llamaba osito. Temblorosa llamé al número. Una voz de mujer contestó:

¡Hola, mi osito!

Colgué sin poder articular palabra. Ahora resulta que mi marido es el osito de otra, pensaba ardiendo por dentro. Cuando Fernando entró le lancé el móvil.

Llámala, osito y salí del despacho.

Ni recuerdo cuántos cigarrillos fumé después, a pesar de que hacía años lo había dejado. Decidí que esta vez sí, estaba fuera de mi vida. Pero volvía la duda: ¿Cómo separarse con hijos, con la casa, con la empresa, con una hipoteca? Volví a casa, y allí estaba él con un ramo de flores y los niños en el sofá, la imagen de la familia modelo. Cuando los niños se fueron a dormir, Fernando suplicó una vez más.

Esta mujer no deja de perseguirme, pero tú eres mi única, de verdad. Te lo juro.

¿Y desde cuándo llevas esto?

Nada, Cristina, mes y medio. Te lo suplico, es sólo una crisis, lo nuestro es la familia.

Volví a sentir que si me iba se iba todo por la borda, así que ideé mi castigo: la guerra fría matrimonial. Durante cuatro meses, revisaba su móvil, sus mensajes. Era una pesadilla de celos y sospechas. Aguanté hasta las vacaciones.

Nos fuimos unos días al mar, toda la familia, a un pequeño hostal en la costa andaluza. Paseos, playa, sol. Pensé que quizá, en ambiente relajado… Pero incluso allí lo hizo. Fui a comprar con el pequeño; él subió a la habitación de al lado, donde se alojaba una mujer sola que ya había mirado durante las comidas. Al volver, le vi salir de allí, sonriente, remetiéndose la camisa, mientras le decía:

Gracias, me ha encantado.

Al verme, se puso blanco.

Cristina, no es lo que crees

Repetimos el bucle: discusión, maletas y vuelta a casa en silencio. Los niños lo entendieron todo. En Madrid, me rogó una vez más, tan melodramático que por un momento fui yo quien se sintió culpable. Quizá no soy suficiente; si yo fuera mejor, no me engañaría

Estuve un tiempo casi creyendo que toda la culpa era mía hasta que, un día, la lucidez me invadió: Fernando siempre me ha mentido, y yo le he permitido hacerlo. Cada vez que me decía te quiero, me ablandaba, porque eso era lo que buscaba oír. Se aprovechaba de mi generosidad, de mi perdón. ¿Realmente no merezco más que casa, niños y trabajo? Mis hijos ya son mayores. Basta.

Simulé otra reconciliación, pero le pedí legalizar la separación de bienes.

Si quieres que sigamos, es mi única condición dije fríamente.

Accedió de inmediato. Dispuesto a darme el control absoluto de nuestras cuentas, jurando que no tenía mayores deseos que conservarme.

El mayor se marchó a estudiar a Salamanca. Busqué piso para los niños y para mí, poniéndolo a nombre de mi madre para proteger la inversión. Vivíamos bajo el mismo techo pero cada vez estaba más claro que lo nuestro era un puro trámite. Fernando era un buen padre y, salvo por las infidelidades, no tenía ninguna queja. Dudaba, a veces incluso pensaba que todo esto era una locura. ¿Tenía razón? ¿Sería yo la que estaba equivocada?

Hasta que llegó Alicia.

Una mañana, una joven elegante de melena corta y negra, piel nívea y unos ojos tan negros como profundos, irrumpió en mi despacho.

Buenos días, Cristina. Me llamo Alicia y vengo por Fernando.

¿Por mi esposo? pregunté.

Sí, por ahora sigue siendo tu esposo, pero espero que pronto sea mío. Él aún no te ha hablado de mí, ¿verdad? Vengo a adelantarte las cosas Ya sabes como son los hombres. Nos amamos y pronto nos casaremos, al menos es lo que él me ha prometido.

Al principio, me quedé sin palabras. Después no pude aguantar la risa: me reí fuerte, no de ella, sino de mí misma y de mi ingenuidad. Recordé el viejo refrán: Genio y figura, hasta la sepultura. ¿Cómo pude creer que cambiaría? Lo suyo no era una crisis de edad. Tenía la infidelidad en las venas.

Alicia me miraba perpleja, sin entender mi reacción. Finalmente le contesté:

Llévatelo, es todo tuyo. Nunca te hablará de divorcio ni te dará nada. Sabe que no se irá de aquí con nada. Es su forma de funcionar. Mejor busca a un hombre decente y libre.

Ese mismo día empecé a hacer cajas. Al día siguiente, me mudé con mi hijo menor a nuestro nuevo piso. Sé que los primeros tiempos serán duros, pero peor sería soportar para siempre las mentiras y las humillaciones. La vida empieza a los cuarenta, dicen, y yo, hoy, lo creo de verdad. Desde ahora, empiezo desde cero, con esperanza y con fuerza.

A quien lea esto: que la vida os regale días plenos y colores intensos. Si alguna vez necesitas ánimo, piensa que todo empieza de nuevo siempre que quieras.

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Él mentía, y ella le permitía hacerlo Cuántas veces nos han advertido en este mundo que el diablo que le gusta tentar a un hombre nunca descansa; siempre está al acecho. Sin embargo, las esposas a veces bajan la guardia, esperando que esa “copa amarga” pase de largo. Eso mismo le ocurrió a Mariana: y no fue una sola vez, sino… La primera vez que Íñigo engañó a Mariana, ella se sintió herida, pero terminó perdonándole: —Bueno, vale, te lo paso esta vez, cosas peores se han visto. Todos nos podemos equivocar, debió de ser un momento de debilidad. Les pasa a los hombres, sobre todo cuando rozan los cuarenta… Antes de esa traición, Mariana nunca había notado nada raro en Íñigo, o tal vez prefería no verlo; confiaba ciegamente en él. O quizá era cuestión de tiempo: dos hijos en edad escolar, que crecen a pasos agigantados. Mariana e Íñigo habían montado una empresa juntos: en realidad era pequeña y suya desde el principio, pero él propuso ampliarla, pedir un crédito y apostar por el bienestar familiar. Vivían en un piso de tres habitaciones que Íñigo había heredado de su abuela antes de casarse. El negocio estaba a nombre de Mariana, aunque ambos lo gestionaban en común, igual que el dinero. La primera “metedura de pata” de Íñigo fue con la secretaria, Inés: piernas infinitas, mirada seductora, y joven; enseguida se fijó en Íñigo, aunque su mujer no estaba lejos. Cuando Mariana la vio, no le hizo ninguna gracia: —Íñigo, necesitamos en recepción a alguien serio y profesional, no una modelo jovencita. —Bueno, la juventud no es ningún defecto —replicó Íñigo, resoplando—. Viene de una empresa importante, así que experiencia no le falta. Y, como siempre dices, la persona de recepción es nuestra tarjeta de presentación: tiene que ser guapa. Inés atraerá clientes. Mariana miró a su marido con desconfianza: —Vale, veremos cómo y con qué los atrae. Inés resultó ser educada, puntual y ordenada. Mariana pensó finalmente: —Que siga, se comporta con discreción; viste formal, como debe ser en la oficina, y ni abusa del maquillaje. No pasó ni un mes antes de que Mariana, por decirlo suave, se llevase un chasco. Aquel viernes, fue a comprar al supermercado cerca de la oficina; paseó por el centro comercial, pues al día siguiente esperaban visitas. Al regresar, vio luz en el despacho de Íñigo. —Decía que venía para casa, y su coche está ahí… Se ha quedado trabajando. Subo a buscarle y le asusto un poco, que debe estar cansado y hambriento. Aparcó y subió. Al abrir la puerta del despacho, se quedó petrificada. Aquello era lo que se llama “pillados en plena faena”. Íñigo miró asustado, Inés se tapó con su camisa. —¡Vaya, vaya! Yo pensando que estaba cansado y hambriento… Pues ya veo. Quiero a esa… fuera de nuestra empresa mañana mismo. No quiero volver a verla. Y contigo hablamos luego en casa. Se fue destrozada, llorando en el coche, la cabeza apoyada en el volante. Sentía que el mundo se derrumbaba, que todo lo que había construido se desmoronaba. Íñigo apareció después, ella se encerró en el dormitorio, él llamó a la puerta: —Marianita, perdóname. Ha sido la primera y la última vez, te lo juro, no volverá a pasar. Ella no abrió. No durmió en toda la noche, perdida y sin saber qué hacer. —¿Dejarle y llevarme a los chicos? Son casi adolescentes, ¿cómo lo entenderían? Íñigo es buen padre, los chicos le adoran. ¿Arruinarles la vida feliz? Y luego está la empresa, ¡y aún le quiero… eso lo sé! Al amanecer decidió que todo era culpa del “demonio en la costilla” y de la seductora Inés. Lloró, pero comprendió que acabaría perdonando a su marido. No de inmediato, pero lo haría. Por la mañana, él la abrazó en la cocina y le suplicó perdón: —Perdón, perdón. Fue un momento de debilidad, ella me provocó y no supe negarme. Te juro que no se repetirá. Por la tarde vinieron los amigos: tocó fingir que todo iba bien. Por la noche, Mariana decidió: —Le daré otra oportunidad. Íñigo, desde entonces, lo dio todo por olvidarlo, proclamando que sólo la amaba a ella… Pasaron un par de meses, hasta que Mariana vio, por casualidad, un mensaje en el móvil de Íñigo. Buscaba un contrato en su despacho y el teléfono, que él había dejado ahí, sonó. Mariana dudó, pero la curiosidad ganó: lo que leyó la dejó helada. Una tal Ulia le escribía cosas comprometidas y le pedía que la llamase. Con manos temblorosas, marcó el número y oyó una voz femenina: —¡Hola, mi osito! Mariana colgó, incapaz de hablar: —Así que osito, ¿eh? —pensó furiosa. Íñigo volvió justo después al despacho y Mariana le lanzó el móvil: —Llama a Ulia, osito —y salió furiosa. Buscó tabaco, aunque llevaba años sin fumar, y se fumó uno tras otro. Pero esta vez entendió: no le iba a perdonar nunca más a ese traidor; ella no era una mujer a la que se pudiera engañar sin consecuencias. —¿Y ahora? Dos hijos casi adultos, piso compartido, pero suyo. Empresa y créditos… ¿Cómo se reparte todo esto? Al volver a casa, encontró a su marido esperándole con un gran ramo de flores y abrazando a los hijos en el sofá. Parecían la familia perfecta, ejemplo de armonía. Más tarde, cuando los chicos se fueron a dormir, él intentó justificarlo. —Marianita, ha sido ella, tú sabes que yo sólo te quiero a ti, no necesito a nadie más. —¿Y cuánto tiempo lleváis…? —Muy poco, lo juro. Perdóname. Tenemos familia, hijos, esto puede ser una crisis de los cuarenta, ya sabes… De nuevo Mariana pensó que dejarle sería tirar por la borda todo lo trabajado. Pero decidió que le daría una lección. Empezó la guerra fría doméstica, que duró cuatro largos meses, antes de volver a perdonarle. Esta vez, Íñigo quedó bajo estricta vigilancia: Mariana le revisaba el móvil, los mensajes, los correos. El miedo a la traición la perseguía hasta las vacaciones. Fueron juntos al mar, se alojaron en una pensión, disfrutaron del sol y el agua. Pero hasta allí llegó la infidelidad: mientras ella iba con el hijo menor de compras, Íñigo entró en la habitación de una vecina solitaria y atractiva con la que llevaba días cruzándose miradas. Mariana, de vuelta al suyo, le vio salir sonriente del otro cuarto, arreglándose la ropa y diciendo: —Gracias, me ha encantado —hasta cruzarse con la mirada furiosa de Mariana. La puerta se cerró de golpe, e Íñigo balbuceó: —Marianita, no es lo que parece… Se repitió la historia: tras mandar a los chicos a pasear, hicieron las maletas y, al día siguiente, regresaron en coche en silencioso y tenso viaje. Ni los hijos hablaban: sabían ya que su padre había vuelto a fallar y esta vez su madre no le perdonaría. En casa, la conversación siguió: Íñigo intentó convencerla, suplicó perdón, se excusaba de mil formas, hasta que casi consiguió que Mariana se sintiera culpable. —Tal vez si yo fuera una esposa perfecta, esto no habría pasado… Empezó casi a creerse la responsable de tantas traiciones. Pero de repente, su mente lógica se impuso: comprendió con una claridad absoluta: —Íñigo lleva toda la vida mintiéndome, y yo se lo he permitido. Cada vez que decía “te quiero”, me derretía. Me gusta escucharlo, siempre lo esperaba. Y él me humillaba con engaños, manipulaciones, haciéndome sentir culpable. ¿De verdad no merezco más? ¿No valgo yo más que una casa, hijos y trabajo? Ya está: mis hijos han crecido, no voy a dejar que me mienta y me humille ni un día más. Es momento de pensar con la cabeza y tomar la decisión correcta. Aparentó perdonarle, pero puso una condición: poner todo el patrimonio por escrito y en régimen separado. —Acéptalo, es la única condición que tengo para reconciliarnos y salvar el matrimonio. Íñigo aceptó, asegurando que sólo quería mantener a la familia y no perder a su querida Mariana. Le dejó controlar todos los ahorros. Pensaba, ingenuamente, que así la recuperaría. El hijo mayor se fue a la universidad en otra ciudad; Mariana encontró un piso y lo puso a nombre de su madre. —Íñigo, es por proteger nuestros ahorros de la inflación; la vivienda es buena inversión. Siguieron bajo el mismo techo. Dejarle de inmediato resultó muy difícil: era el padre perfecto, incluso el marido ideal salvo por sus infidelidades. Hasta empezó a dudar: —¿Lo estaré haciendo bien? ¿Y si de verdad ha cambiado? ¿Y si la culpa es mía? La duda la torturaba… hasta que el destino la quitó cuando apareció otra seductora, Alicia, una joven de pelo corto y negro, ojos aún más oscuros. Llegó a su despacho y le habló de Íñigo: —Buenos días, Mariana, soy Alicia. Vengo por Íñigo. —¿Mi marido? —preguntó Mariana. —Sí, de momento tu marido, pero pronto el mío. ¿Todavía no te habló de mí? He querido anticiparme: los hombres tardan en contar estas cosas. Nos queremos y vamos a casarnos, al menos eso me dijo él. A Mariana primero le chocó, pero luego soltó una enorme carcajada. No era por Alicia, ni por Íñigo, sino por ella misma. ¡Qué fácil le había vuelto a dormir la vigilancia! Recordó el dicho: “El que nace lechón, muere cochino”. Reía por sus propias ilusiones; Íñigo jamás cambiaría. Lo llevaba en la sangre; la crisis de los cuarenta no tenía nada que ver. Alicia la miraba asustada sin entender la risa de la mujer a la que su futuro marido estaba a punto de abandonar. Al final Mariana se serenó y dijo: —Llévate a mi marido: él nunca tendrá el valor de pedirme el divorcio, porque sabe que se quedará sin nada. Léeme el consejo: búscate un hombre decente y soltero. De mi marido no sacarás nada. Ese mismo día Mariana empezó a hacer las maletas y, al día siguiente, se mudó con su hijo pequeño. Sabe que al principio será duro, pero mejor pasar por un mal momento que aguantar las eternas infidelidades de su marido. —La vida después de los cuarenta sólo empieza, y comienza de cero. Todo lo bueno me espera aún por delante —pensaba Mariana, tranquila y ligera. Os deseo a todos un buen ánimo y que la vida se os llene de colores. Agradeceré vuestra suscripción y un “me gusta”.
Una boda marcada por la presión de antiguas tradiciones del pueblo