Saludos de una esposa
Cariño, ¿puedes venir a recogerme al trabajo? preguntó Jimena a su marido, con la esperanza de no tener que aguantar cuarenta minutos de traqueteo en el autobús después de una jornada agotadora.
Estoy ocupado respondió escuetamente Álvaro. De fondo, sin embargo, se oía claramente la televisión, señal de que el hombre estaba en casa.
A Jimena le dolió ese desprecio hasta las lágrimas. Su matrimonio hacía aguas por todos lados y, sin embargo, hacía apenas medio año, Álvaro parecía dispuesto a llevarla en volandas. ¿Qué había cambiado en tan poco tiempo? Ella no encontraba respuesta.
Siempre cuidó su figura, dedicando buena parte de sus tardes al gimnasio. Cocinaba de maravilla no en vano trabajaba como chef en uno de los restaurantes más afamados de Madrid. Jamás pidió dinero, nunca armó una escena y siempre procuró complacer cualquier antojo de su esposo…
Así te acabarás cansando para él negaba su madre con la cabeza, mientras escuchaba las quejas de Jimena . No se puede consentirle todo a un hombre.
Yo solo le quiero replicaba ella con una sonrisa lánguida . Y él me quiere a mí…
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Al final, le he terminado aburriendo murmuraba Jimena, mordiéndose el labio al revisar el historial del navegador. Resultó que Álvaro pasaba todo su tiempo libre en páginas de citas, conversando con varias mujeres al mismo tiempo. ¿Por qué no fue capaz de hablar conmigo con sinceridad? Habría comprendido y le habría dejado marchar. ¿Para qué torturarse a sí mismo y aún peor, a mí conviviendo así, sin amor ni respeto?
Bueno, tocará divorciarse. Qué se le va a hacer ella era fuerte; sobreviviría. Pero no pensaba ponérselo tan fácil. Una pequeña venganza se había ganado…
Aquella misma tarde, Jimena se registró en el mismo portal de citas. Buscó el perfil de su marido, creó uno falso con una foto retocada que encontró en internet, y supo al instante que Álvaro caería. Y efectivamente, picó.
Comenzaron a intercambiar mensajes frenéticos. En ellos, Álvaro aseguraba ser soltero, estar listo para una relación seria y con ganas de formar familia. Presumía de su carácter maravilloso, lo que a Jimena no podía más que arrancarle carcajadas y alguna que otra lágrima. Si alguien sabía lo difícil que era convivir con él, era ella.
¿Nos vemos? escribió finalmente Jimena, aguantando la respiración a la espera de respuesta.
Encantado contestó él en apenas unos segundos . Pero ahora mismo tengo a mi hermana quedándose en casa, está estudiando para las oposiciones. Así que, ¿qué tal si quedamos en un sitio neutro y, si nos gustamos, continuamos la noche en un hotel?
¿En serio? exclamó Jimena al leerlo . ¿De verdad das por hecho que cualquier mujer aceptaría tan alegremente irse contigo a un hotel? ¡A cualquiera le molestaría esa proposición! Aunque, pensándolo bien, me viene de perlas…
Entonces, mejor ven a mi casa. Vivo sola en un chalet a las afueras, nadie nos molestará… propuso, dudando de si él aceptaría.
¡Perfecto! Álvaro pareció encantado, seguramente porque así no gastaría dinero. Dime la dirección y la hora. Volaré hacia ti en alas de amor.
Calle Cervantes, 25. A las diez de la noche, ¿te va bien?
¡Por supuesto! Allí estaré, espérame.
A eso de las nueve, Álvaro fingió con desgana una llamada del trabajo. Después, buscó las llaves del coche, y al no encontrarlas, preguntó sin muchas ganas a su mujer si las había visto.
Creo que estaban en la cómoda dijo Jimena, mirándole con aparente sinceridad, mientras apretaba las llaves en el bolsillo. A lo mejor el gato las ha llevado por ahí, ya sabes cómo es…
Nada, pediré un taxi. No me esperes despierta, vete a dormir.
Y Jimena, claro está, ni pensaba esperarlo. ¿Para qué? Aprovechó la noche recogiendo con calma sus cosas. Por suerte, disponía de un piso propio en Chamberí, herencia de su abuela. Lo único que dejó tras de sí fue una demanda de divorcio bien a la vista encima de la mesa del salón.
Álvaro volvió a casa a la mañana siguiente, echando chispas. No solo el trayecto fue larguísimo más de una hora de ida, sino que su Ángela de internet ni estaba ni se la esperaba.
La dirección era real, el chalet existía, sí. Pero la persona que abrió la puerta era todo lo contrario a la joven de las fotos de perfil: una mujer al menos tres veces el tamaño de Álvaro, vistiendo solo una bata semitransparente. El hombre habría pagado toda su paga en euros por borrar de su memoria aquella imagen.
Es más, ¡casi no consigue salir! Tuvo que llamar de nuevo a un taxi solo para huir de esa casa, y mientras lo esperaba murió de frío bajo la gabardina. Para colmo, el taxista era un tipo rarísimo, que antes de llevarle de vuelta le dio vueltas por barrios extraños de Madrid… En fin, una noche para recordar.
Solo al entrar en el piso y encontrarse la demanda de divorcio sobre la mesa, comprendió quién estaba detrás de toda la farsa. Porque, además, sobre el papel de la demanda y pintado con pintalabios podía leerse:
Esta dulce venganza…







