Diario de Tomás
La boda de Clara y Daniel fue el acontecimiento del año en Segovia. Todo el mundo rebosaba de alegría cuando el maestro de ceremonias avisó que era la hora de recevoir los regalos. Los primeros en acercarse fueron los padres de la novia, radiantes de felicidad al abrazar a los recién casados. Luego llegó la madre del novio, Consuelo Ramírez, vestida de azul marino y llevando una enorme caja decorada con un lazo celeste.
Madre mía, ¿qué habrá dentro? le susurró Clara, llena de curiosidad, al oído de Daniel.
Ni idea, mi madre lo ha llevado en secreto hasta el final respondió él, encogiéndose de hombros con una sonrisa nerviosa.
Decidieron dejar la apertura de los obsequios para el día siguiente, cuando la resaca de la fiesta ya se hubiera calmado. Clara propuso comenzar por la caja de su suegra. Abrieron el lazo, levantaron la tapa y sus caras cambiaron al instante: quedaron mudos de asombro.
Siempre me había llamado la atención la peculiaridad de Daniel: nunca tomaba nada ajeno sin pedir permiso, ni siquiera el último trozo de turrón.
¿Puedo comer el último bombón? preguntaba con timidez, señalando esa última joya de chocolate en la bandeja.
¡Claro! le contestaba Clara, sorprendida. No hace falta que pidas permiso.
Es manía mía sonreía él, quitando con cuidado el envoltorio.
Con los meses, Clara acabó por comprender el origen de esa costumbre.
Un día Daniel la invitó a conocer a sus padres: Consuelo y Mateo. La suegra parecía simpática al principio, pero la impresión no duró mucho. Al sentarse a la mesa, Consuelo sirvió en cada plato dos cucharadas de puré y una chuletilla de cordero. Daniel terminó enseguida, y en voz baja tuvo el atrevimiento de pedir un poco más.
¡Hijo, parece que tienes un pozo sin fondo! Así no hay manera de tener comida suficiente para todos espetó Consuelo, dejando a Clara helada de asombro.
En cuanto Mateo pidió repetir, su esposa le llenó el plato con gusto. Clara acabó de comer sin poder creer la diferencia de trato.
Conforme se acercaba la boda, Consuelo criticaba todo sin parar: el menú, la música, el lugar de celebración.
¿Para qué gastar tanto dinero? repetía en tono agrio. Se podía haber hecho más sencillo y barato
Al final, a Clara se le agotó la paciencia.
Déjanos en paz, este día es nuestro y nosotros lo pagamos. Lo decidimos nosotros.
Consuelo, dolida, dejó de llamar y hasta amenazó con no ir a la boda.
A dos días del gran día, Mateo apareció en casa.
Ven, Daniel, ayúdame a sacar el regalo del coche.
Mateo les regaló una lavadora nueva, comprada a espaldas de Consuelo, que la consideraba un derroche absurdo. Desde entonces, ella se mantuvo apartada del bullicio durante la celebración.
La mañana siguiente abrieron la esperada caja de la suegra. La emoción pronto se transformó en sorpresa, por no decir decepción.
¿Toallas? murmuró Clara, incrédula.
Y calcetines de felpa añadió Daniel, sacando los pares enrollados. Se nota que mi madre cogió lo primero que pilló en casa.
Días después, Consuelo llamó para sonsacar detalles sobre los regalos de los demás invitados.
Oye, ¿qué te dieron los padres de Clara? ¿Y tus amigos? insistía con insistencia.
Eso no es asunto tuyo, mamá respondió Daniel antes de colgar con alivio.
Al final, me queda grabada la lección: la auténtica generosidad no se mide por el dinero, sino por el cariño y el respeto hacía los demás. Eso, por desgracia, Consuelo hace ya mucho que lo olvidó.






