¿Por qué cambié a mi esposa por otra mujer? Otra vez me ha tocado fregar los platos. Llevaban tres días acumulados en el fregadero. No quedaba ni una taza limpia. Esperaba y esperaba… ¿Qué hacer? He vuelto del trabajo, hambriento, enfadado, cansado. Pero antes de poder comer, toca lavar todos los cacharros porque si no, no hay un plato limpio. Y tampoco hay nada preparado para cenar. Acabo de poner a hervir agua en la cazuela para, al menos, preparar unas salchichas. De verdad, tengo un hambre tremenda. Nunca pensé que me vería así… ¡Y qué buen guiso preparaba María! Qué pena no tener ahora una comida así… ¡Y sus tortillas! Y profiteroles, de mil rellenos distintos. Y las costillas al horno, sus platos de siempre. Y la casa, siempre impecable. Cuando volvía después de trabajar, todo relucía y olía a limpio. Y ahora… ¿Por qué no lo valoré en su momento? Pensaba que a mi María no le hacía falta nada más que lavar y cocinar… Hasta que un día conocí a Elena. Guapísima, con minifalda y tacones. Salía del centro de estética. Arreglada, única, diferente. Me pareció entonces que… Mi María no iba a centros de belleza ni gastaba dinero en el pelo, tampoco le gustaba teñírselo. Y en las tiendas nunca se entretenía mucho. Aunque era delgada y guapa, no le iban esas cosas de mujer. Siempre en vaqueros y deportivas. Salía corriendo a la compra o limpiaba la casa. – ¡Me he enamorado de otra! – le solté a María al volver. – No quiero seguir mintiéndote. María seguía montando nata para un bizcocho. Ni siquiera se giró. No vi que las lágrimas le caían por las mejillas… Me agobiaba que a mi lado hubiese una ama de casa y no una mujer de verdad. Por eso quise tanto estar con Elena. Y ahora, aquí me ves, lavando platos, limpiando el suelo y recogiendo. Todavía no se me da bien cocinar y hasta sueño por la noche con las tortillas de María… Elena, ahora, lleva la manicura recién hecha y no puede fregar los platos. Está en el sofá leyendo revistas, luego va al peluquero. Hay vestidos tirados por el suelo y ya varias veces me he tropezado con sus tacones. No sabe qué ponerse para ir al salón. ¿Por qué cambié a mi esposa por una mujer tan perezosa? ¿Hago un poco más de pasta? Tengo un hambre…

¿Por qué cambié a mi esposa por otra mujer?

Otra vez me tocó fregar los platos. Llevaban ya tres días apilados en el fregadero. Ni una taza limpia quedaba. Esperé, esperé… ¿Qué podía hacer? Llegué del trabajo hambriento, de mal humor y agotado. Pero antes de poder cenar, tuve que limpiar todos los cacharros, porque no había ni un plato en el que comer.

Y tampoco había nada hecho para cenar. Puse la tetera y llené una olla con agua en la vitrocerámica. Por lo menos podía cocer unas salchichas. Tenía muchísima hambre. Jamás pensé que me vería así ¡Y pensar en el guiso tan rico que preparaba Inés! Ojalá pudiera cenar uno de esos platos ahora

¡Y las tortitas! Y los profiteroles rellenos. Y las costillas, los platos tan especiales Además, ¡qué orden y limpieza había en casa! Al volver del trabajo todo resplandecía. Había un aroma fresco por todas partes. Y ahora

¿Por qué no me di cuenta antes? Pensé que a mi Inés no le interesaba nada más que fregar y cocinar

Un día conocí a Lucía. Guapísima, con minifalda y tacones altísimos. Salía de un centro de estética. Arreglada, única y espectacular. En aquel momento pensé que

Mi Inés no iba a peluquerías, nunca gastaba en su pelo, ni siquiera le gustaba teñírselo. Y tampoco le interesaba demasiado la ropa de moda. Aunque siempre fue delgada y preciosa. Sencillamente, todas esas cosas de mujeres no le llamaban la atención. Siempre en vaqueros y zapatillas. Salía corriendo a la tienda o iba de un lado a otro en casa.

¡Estoy enamorado de otra! le solté a Inés cuando llegué a casa. No quiero seguir engañándote.

Inés seguía montando nata para un pastel. Ni se giró. Y yo no vi que sus ojos rebosaban lágrimas

Me pesaba que a mi lado hubiera solo un ama de casa, no una mujer de verdad. Por eso pensé que sería mejor estar con Lucía. Y ahora aquí estoy, fregando platos, barriendo el suelo y limpiando. No he aprendido realmente a cocinar, y por las noches sueño con las tortitas de Inés

Lucía no friega porque se ha hecho la manicura y no quiere estropearla. Está tumbada en el sofá, hojeando una revista; luego se marcha a la peluquería a peinarse. Hay vestidos tirados por el suelo, y los tacones ya los he tropezado más de una vez. No sabe qué ponerse para ir a la estética.

¿Por qué cambié a mi esposa por esta chica tan perezosa? Quizá debería cocer un poco de pasta Tengo tanta hambreMe miré en el reflejo de la ventana, los platos chorreando agua en mis manos, y me vi solo. Solo de verdad, por primera vez en años. Lucía me lanzó una mirada distraída desde el sofá y bostezó. De repente, lo supe: no era Inés quien había sido invisible para mí, sino yo quien había sido ciego ante ella.

Pensé en su risa clara cuando cocinábamos juntos, en sus brazos cálidos cuando el mundo era frío. Eché de menos su complicidad en las noches de películas y su forma tranquila de convertir el caos en hogar. Seguí fregando, pero el nudo en mi estómago no era de hambre, sino de arrepentimiento.

Aquella noche, mientras Lucía dormía con una mascarilla puesta, escribí un mensaje. No tenía perdón, lo sabía, pero aun así lo envié: Inés, si algún día quieres cenar tortitas con alguien que ha aprendido lo que vales, aquí estaré. Si no, gracias por enseñarme, por quererme, por ser tú.

Apagué la luz, hundí la cara entre las manos y, por primera vez en mucho tiempo, lloré de verdad. Porque solo cuando perdí a Inés, entendí que ser especial nunca fue cuestión de apariencias, sino de amor. Y quizás, alguna vez, podría reconstruir algo bueno de las ruinas que yo mismo provoqué.

Al menos, esa noche, lavé los platos con esmero y dejé la cocina reluciente, sabiendo que, aunque Inés no volviera, ahora sí era capaz de valorar, y cuidar, todo lo que antes no supe ver.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

four + three =

¿Por qué cambié a mi esposa por otra mujer? Otra vez me ha tocado fregar los platos. Llevaban tres días acumulados en el fregadero. No quedaba ni una taza limpia. Esperaba y esperaba… ¿Qué hacer? He vuelto del trabajo, hambriento, enfadado, cansado. Pero antes de poder comer, toca lavar todos los cacharros porque si no, no hay un plato limpio. Y tampoco hay nada preparado para cenar. Acabo de poner a hervir agua en la cazuela para, al menos, preparar unas salchichas. De verdad, tengo un hambre tremenda. Nunca pensé que me vería así… ¡Y qué buen guiso preparaba María! Qué pena no tener ahora una comida así… ¡Y sus tortillas! Y profiteroles, de mil rellenos distintos. Y las costillas al horno, sus platos de siempre. Y la casa, siempre impecable. Cuando volvía después de trabajar, todo relucía y olía a limpio. Y ahora… ¿Por qué no lo valoré en su momento? Pensaba que a mi María no le hacía falta nada más que lavar y cocinar… Hasta que un día conocí a Elena. Guapísima, con minifalda y tacones. Salía del centro de estética. Arreglada, única, diferente. Me pareció entonces que… Mi María no iba a centros de belleza ni gastaba dinero en el pelo, tampoco le gustaba teñírselo. Y en las tiendas nunca se entretenía mucho. Aunque era delgada y guapa, no le iban esas cosas de mujer. Siempre en vaqueros y deportivas. Salía corriendo a la compra o limpiaba la casa. – ¡Me he enamorado de otra! – le solté a María al volver. – No quiero seguir mintiéndote. María seguía montando nata para un bizcocho. Ni siquiera se giró. No vi que las lágrimas le caían por las mejillas… Me agobiaba que a mi lado hubiese una ama de casa y no una mujer de verdad. Por eso quise tanto estar con Elena. Y ahora, aquí me ves, lavando platos, limpiando el suelo y recogiendo. Todavía no se me da bien cocinar y hasta sueño por la noche con las tortillas de María… Elena, ahora, lleva la manicura recién hecha y no puede fregar los platos. Está en el sofá leyendo revistas, luego va al peluquero. Hay vestidos tirados por el suelo y ya varias veces me he tropezado con sus tacones. No sabe qué ponerse para ir al salón. ¿Por qué cambié a mi esposa por una mujer tan perezosa? ¿Hago un poco más de pasta? Tengo un hambre…
El día que fui a divorciarme vestida de novia: Cuando mi marido me pidió el divorcio, saqué mi vestido de boda y le obligué a venir al juzgado en su traje de novio. Llegamos a los tribunales como si fuéramos a casarnos, dejándonos a todos boquiabiertos, mientras el juez nos daba media hora para decidir si de verdad queríamos separarnos vestidos así… ¿Es esto amor verdadero o simplemente somos dos dramáticos incurables?