La niña no deseada —¿Cómo quieres llamar a tu pequeña? —El doctor, un hombre mayor con una sonrisa profesional, miraba a su joven paciente con ternura. —Todavía no hemos pensado un nombre —intervino Natalia, sentada en la silla junto a la cama—. Es una decisión importante, Dasha tiene que pensarlo bien. —No quiero ponerle nombre —dijo inesperadamente la joven madre—. En realidad, ni siquiera pienso llevármela. Presentaré los papeles de renuncia. —¿Pero qué estás diciendo? —saltó la mujer, lanzando una mirada de reproche a la chica, y se dirigió al doctor—. No sabe lo que dice. Por supuesto que la pequeña será parte de la familia. —Volveré después, descansen —dijo el médico, poco interesado en presenciar una discusión familiar. Nada más cerrarse la puerta tras el doctor, Natalia se lanzó a reprocharle a la joven. —¿Cómo te atreves a decir algo así? ¿Qué pensará la gente de nosotros? Ya bastante tuvimos que mudarnos a Madrid para que todo quedara en secreto. Esta niña tiene que formar parte de nuestra familia. —¿Y de quién es la culpa? —Dasha la miró fijamente—. Si me hubieras escuchado en su momento, nada de esto habría pasado. Habría acabado el bachillerato tranquila y quizá estudiado en la universidad. Así que, si realmente quieres a la niña, quédatela tú. Dasha se giró hacia la pared, zanjando la discusión. Natalia insistió unos minutos más, hasta que la enfermera pidió que la dejara sola; la paciente necesitaba descansar. Dasha, sola en la habitación, lloraba en silencio en la almohada, deseando que todo terminara lo antes posible. Un tímido golpe en la puerta la obligó a secarse las lágrimas. Inspiró hondo y dijo: —Adelante. Esperaba ver a alguien del personal, o quizá a su padre, pero entró una mujer completamente desconocida. —¿Puedo ayudarle en algo? —le costaba mantener la máscara de serenidad. —He escuchado… por casualidad. Los médicos estaban hablando cerca de mi habitación —la mujer titubeaba—. —Sí, quiero renunciar a la niña. Es verdad. ¿Es eso lo que quería saber? —He visto cómo tu madre… —¡No es mi madre! —protestó de golpe Dasha, perdiendo la compostura—. Sólo es mi madrastra, que se cree más de lo que es. Mi madre está trabajando en el extranjero. —Perdona, no quería ofenderte —se disculpó la mujer, confusa—. Pero tengo tres hijos y no puedo entender tu decisión. Además, pasé toda mi infancia en un orfanato y me da miedo por tu pequeña… Ella no tiene culpa de nada. —Dicen que a las niñas tan pequeñas las adoptan enseguida —respondió Dasha con indiferencia—. Yo no puedo ni cogerla en brazos, mucho menos hacer algo más. Si Natalia no se hubiera metido, ni siquiera estaría aquí. —Pero ya eres mayor y puedes decidir. ¿Tienes más de quince, verdad? —¡Eso es una deshonra! —imitó a su madrastra—. ¿Cómo vamos a mirar a la gente a la cara? —No lo entiendo… —Te lo contaré —sonrió Dasha con amargura—. Al menos igual así dejas de juzgarme. ********************************************** El último año de instituto de Dasha fue un auténtico desastre. No sólo se llevaron a Pablito, su gran amor, a la mili, sino que además llegó un compañero nuevo. Un “hijo de papá” suspendido a modo de castigo y mandado a su pequeño pueblo de Castilla. El chico, acostumbrado a la vida de la capital, sólo quería sumar conquistas. Precisamente por eso su padre lo envió lejos: su fama no le ayudaba. Macario llevaba a las chicas a discotecas, restaurantes, les daba regalos caros. Caían una tras otra, convencidas de que serían la novia del “príncipe”. La única que resistió fue Dasha. Su corazón sólo tenía sitio para Pablito, nadie más. Al parecer Macario comprendió que era imposible y centró su atención en otras… o al menos eso creía ella. ¡Cuánto se equivocaba! En diciembre, una amiga celebraba su cumpleaños. Acudió toda la clase, Macario incluido. Pero sus intenciones no eran felicitar a la cumpleañera. A mitad de fiesta Dasha salió al pasillo a responder una llamada. Cuando volvió, Macario estaba sentado junto a su sitio. No hizo caso al principio, pero enseguida empezó a sentirse mal… A la mañana siguiente, Dasha se despertó con dificultad. A su lado, Macario sonreía satisfecho. —¿Ves? Tanto hacerte la difícil… Considera esto una compensación. La verdad, yo mismo me he sorprendido. Tu Pablito vaya pringado… Volver a casa le costó más de lo que hubiera imaginado; le temblaban las piernas, sentía la cabeza a punto de estallar. La gente la miraba con desprecio por la calle. Ni siquiera buscó las llaves; llamó al timbre con la certeza de que su madrastra estaba. —¿Dónde has estado? —Natalia se enfadó nada más verla—. Ni has dormido en casa, no contestas al móvil. ¡Y no voy a decir nada de cómo vienes! Si tu padre te viera así… —Llama al médico y a la Policía —la cortó Dasha—. Quiero poner una denuncia. Que lo metan entre rejas. Natalia se tensó al verla así, comprendió rápidamente lo que había sucedido. —¿Quién? —Macario, quién si no —le costaba hablar—. No habría tenido valor nadie más. Venga, llama, o llamaré yo misma. —Espera con eso —Natalia pensó. Siempre buscaba un beneficio—. Al final lo taparán. Mejor negocio con su padre una compensación. —¿Pero tú estás loca? ¿Qué compensación? ¡Voy yo a la Policía ahora mismo! —¡Tú no vas a ningún sitio! —la agarró fuerte y la obligó a entrar en la habitación; Dasha no tenía fuerzas para resistirse—. Al final la culpable serás tú, todo el pueblo irá señalándote. Déjame a mí. No tenía móvil, lo había perdido o dejado en casa de la amiga. Y tampoco podía salir: Natalia cerró la puerta con llave. Ella sólo quería dormir… A los pocos días, Dasha fue con su abuela, a cien kilómetros, en la provincia de Segovia. No quería preocuparla, y debía fingir que todo estaba bien. Un mes después, descubrió la terrible noticia: aquella noche había dejado consecuencias. Estaba embarazada. Natalia se volcó en la felicidad. Ese bebé les aseguraba el futuro. El abuelo paterno pagaría lo que fuera por proteger a su hijo. Lo importante era no decir nada hasta los cinco meses. Jamás le preguntaron a Dasha lo que quería. Al insinuar que no lo quería tener, su madrastra organizó un escándalo y no se separó de ella ni una hora. El abuelo no estaba contento, pero pagó. Y prometió seguir haciéndolo. ************************************************ —¿Ahora lo entiendes? Por culpa de esa niña lo he pasado fatal. Pablito me dejó, no me creyó. Mis amigas me dieron la espalda, tuvimos que mudarnos. ¡Ni siquiera acabé el instituto! —Perdona, te juzgué sin saber —la mujer se sentía culpable—. Pero la pequeña no tiene ninguna culpa. —¡Dasha, tenemos que hablar! —entró Natalia, arrastrando de la mano a su marido—. Le ruego a la visita que salga, es un asunto de familia. La mujer le lanzó una mirada de comprensión y salió, cerrando la puerta tras de sí. —No vas a arruinar mis planes. Si dejas a la niña aquí, olvídate de volver a casa. ¿A dónde irás? Tu querida abuelita murió, y su piso lo tiene tu tío. ¿Te vas a la calle? —No, ella vendrá conmigo —entró una mujer vestida con elegancia. Los ojos de Dasha brillaron de alegría. —¡Mamá! Has venido… —Por supuesto que he venido. No podía dejarte sola —Alba abrazó a su hija—. Si me hubieses contado antes, te habría traído conmigo mucho antes. Pensé que te sería más fácil acabar el bachiller aquí. —Pensé que no te importaba —Dasha sollozó, aún era sólo una niña. —Alguien me hizo pensar que tú no querías hablarme. Me devolvían los regalos sin abrir, no podía llamarte. Pensé que no me lo perdonabas. Pero no pasa nada, —dijo animada mientras le limpiaba las lágrimas—. Nos iremos y lo olvidarás todo… ******************************************************** Dasha se marchó. La niña se quedó con Natalia, soñando con una vida asegurada. Pero… Cuando el abuelo influyente lo descubrió, fue él quien se llevó a la pequeña consigo. Macario tuvo que reconocer a la niña, aunque no quisiera. Por su parte, Dasha es feliz. Ahora está al lado de la persona que más le importa en el mundo, alguien que siempre la ayudará y jamás la traicionará…

Diario de Tomás, Madrid, 2023

¿Y cómo pensáis llamar a vuestra pequeña? preguntó el doctor Gutiérrez, un hombre mayor con una sonrisa profesional, mirando a mi hija, sentada en la camilla del hospital Gregorio Marañón.

Todavía no lo hemos decidido intervino Inés, mi esposa, que estaba sentada a los pies de la cama. Es una decisión importante, y Clara necesita pensarlo bien.

No quiero ponerle ningún nombre dijo de pronto Clara, la joven madre. Es más, ni siquiera pienso llevarme a la niña. Voy a firmar un abandono.

¿Pero qué dices? Inés se levantó alarmada y me miró buscando mi apoyo, antes de dirigirse al médico. No le haga caso, doctor, no sabe lo que dice. Por supuesto que la niña se queda en la familia.

Bueno, luego vuelvo, descansad contestó el médico, claramente deseoso de no meterse en disputas familiares.

En cuanto se cerró la puerta tras el doctor, Inés se volvió contra Clara, llena de reproches.

¿Pero cómo tienes la cara de decir eso? ¿Qué va a pensar la gente? Bastante nos costó mudarnos aquí, a Alcalá de Henares, para que no se enterase nadie. Esta niña pertenecerá a nuestra familia, sí o sí.

¿Y de quién es la culpa? Clara la miró desafiante. Si me hubieras escuchado entonces, nada de esto habría pasado. Yo habría terminado el bachillerato tranquilamente. Si tanto quieres ese bebé, llévatelo tú.

Dicho esto, Clara se dio media vuelta hacia la pared, dando por zanjada la conversación. Inés aún intentó razonar con ella unos minutos, pero justo entonces la enfermera entró en la habitación y le pidió que saliera, diciendo que la paciente necesitaba descanso.

Clara se quedó sola. Lloraba en silencio, hundida en la almohada, deseando que todo terminase cuanto antes.

Unos suaves golpes en la puerta la obligaron a secarse las lágrimas. Clara se recompuso lo mejor que pudo y dijo:

Adelante.

Esperaba ver a alguna enfermera o como mucho a mí. Pero la mujer que entró era completamente desconocida para ella.

¿Necesita algo? fingió calma, aunque apenas lo lograba.

Perdone lo he escuchado, sin querer, hablando con los médicos fuera la mujer titubeaba, incómoda por meterse donde no le llamaban.

Sí, voy a renunciar a la niña. Es verdad. ¿Viene por eso?

Vi a tu madre antes empezó a decir la señora.

¡No es mi madre! la cortó Clara, perdiendo cualquier rastro de indiferencia. Mi padre se casó con ella, pero no es mi madre. Mamá está trabajando fuera de España.

Lo siento, no buscaba molestarte la mujer bajó aún más la voz. Es que tengo tres hijos, y crecí en un centro de acogida. Me da mucha pena tu bebé; ella no tiene culpa de nada.

Dicen que a los recién nacidos los adoptan rápido respondió Clara con un gesto indiferente. Y ni siquiera puedo obligarme a cogerla en brazos. Si Inés no hubiera intervenido, ni siquiera estaría aquí.

Pero ya eres suficientemente mayor para decidir. ¿Tienes más de quince años, verdad?

¡Ya ves qué vergüenza! le imitó el tono a Inés. ¿Cómo vamos a mirar a la gente a la cara?

No lo entiendo

Se lo contaré dijo Clara, con una media sonrisa amarga. A ver si así deja de juzgarme.

*****************************************************

El último año en el instituto fue un desastre para Clara. No solo su novio Sergio tuvo que irse al servicio militar, sino que además llegó un chico nuevo. Mateo, hijo de un empresario madrileño, castigado por su padre con trasladarlo a nuestro pueblo de Guadalajara para ver si así sentaba la cabeza. Y Mateo no buscaba pareja; solo un nombre más en su interminable lista. Por eso su padre lo había mandado lejos, por sus escándalos.

Mateo invitaba a las chicas a restaurantes del centro, les hacía regalos caros, las llevaba a discotecas de Madrid. Una tras otra, todas caían, pensando que serían la elegida.

Clara fue la única que se mantuvo firme. Amaba a Sergio, y no necesitaba a nadie más. Finalmente, parecía que el chico había entendido el no y, aburrido, prefirió fijarse en otras chicas. Así lo creímos todos.

¡Qué equivocación!

A finales de diciembre, Ana, la mejor amiga de Clara, celebró su cumpleaños. Fue toda la clase; incluso Mateo, que no solía molestarse en ir a esas cosas. Pero su intención no era felicitar a Ana.

En pleno jolgorio, a Clara le sonó el teléfono. Salió al pasillo para poder hablar tranquila y, al regresar, encontró a Mateo sentado junto a su sitio. No pensó nada. Minutos después, se empezó a sentir mal.

Despertó con dificultad al día siguiente. Mateo estaba a su lado, sonriente.

Mira que te hiciste la difícil le dijo. Pero mira, así compensamos. Ni tu Sergio ni nada, ¿eh? Para que veas quién manda.

Clara apenas pudo llegar a casa. Se tambaleaba, mareada, cruzándose con vecinos que la miraban con desprecio.

No llevaba ni llaves; sólo llamó al timbre. Inés, su madrastra, abrió malhumorada.

¿Se puede saber dónde te metiste? Ni contestas al móvil ni vuelves a dormir aquí. ¿Has visto la pinta que traes? ¡Si tu padre te ve así…!

Llama a un médico. Y a la policía. Quiero denunciar a Mateo. ¡Que pague por lo que ha hecho!

Inés se quedó de piedra. Al ver el estado de Clara, entendió la gravedad, pero en vez de apoyar a la joven empezó a calcular sus opciones.

¿Quién? preguntó, aunque no hacía falta.

Mateo, ¿quién va a ser? No tendría valor nadie más. Llama, o llamo yo.

Eso no te va a llevar a nada. Seguro que lo libran. Yo tengo otro plan. Hablaré con su padre; que pague una compensación.

¡¿Tú estás mal de la cabeza?! ¡No quiero dinero! ¡Voy a la policía!

¡Ni hablar! Inés agarró a Clara por el brazo y la metió en su cuarto. Al final, tú serás la culpable. Todo el pueblo te señalará. Déjame a mí solucionarlo.

Clara no tenía móvil; lo perdió aquella noche, o tal vez se lo quedó alguien en la fiesta. Además, la puerta estaba cerrada. No tenía fuerzas para escapar; sólo quería dormir.

Al par de días, me la llevé a casa de mi madre, en la sierra de Segovia, a casi cien kilómetros. Clara fingía que todo iba bien para no preocupar a su abuela.

Al mes supimos la noticia: Clara estaba embarazada. El mundo se vino abajo para ella.

Inés, en cambio, celebraba su suerte. Ese bebé aseguraba la estabilidad para todos. El abuelo del pequeño el empresario pagaría bien, como ya lo había hecho otras veces por salvar a su hijo. Había que guardar el secreto, al menos hasta el quinto mes.

A Clara nadie le preguntó qué quería. Cuando expresó su deseo de no tener al niño, Inés montó en cólera y la vigilaba día y noche.

Finalmente, el abuelo confirmó que pagaría suficiente para el mantenimiento si todo salía bien.

***************************************************

¿Me comprende ahora? Por este bebé he perdido todo Sergio no me creyó, mis amigas me dieron la espalda, tuvimos que mudarnos… Ni siquiera terminé el instituto.

Lo siento, no debía juzgarte dijo la otra mujer, avergonzada. Pero la niña no tiene culpa.

¡Clara, tenemos que hablar ya! Entró Inés, arrastrando a mi hijo Andrés. ¡Fuera de aquí! Esto es asunto de familia.

La otra mujer me miró con pena antes de marcharse y cerrar la puerta tras de sí.

No permitiré que arruines todo con tus tonterías. Si dejas a la niña aquí, ni se te ocurra volver a casa. ¿A dónde irás? Tu abuela ha muerto, y el piso ya es de tu tío. ¡No tienes nada!

No, se viene conmigo entró en ese momento una mujer elegantemente vestida. Los ojos de Clara se iluminaron.

¡Mamá! Has venido

Por supuesto. Jamás te dejaría sola, cariño le respondió Beatriz, mi exesposa, abrazándola. Si me lo hubieras contado antes, te habría traído conmigo a Salamanca desde el principio. Yo pensé que aquí lo tendrías más fácil.

Creí que no te importaba sollozó Clara; al fin y al cabo, sigue siendo una niña.

Alguien hacía todo para separarnos. Tus regalos volvieron sin abrir, no podía llamarte Pensé que no podías perdonarme. Pero eso ya acabó le dijo, limpiándole las lágrimas. Vamos a marcharnos, y lo olvidarás todo, hija.

****************************************************

Clara y Beatriz se marcharon juntas a Salamanca. La niña quedó con Inés, que soñaba con un futuro cómodo a base de la pensión del abuelo. Pero el empresario, enterado de la verdad, viajó hasta Madrid y se llevó a la pequeña con él. Mateo no tuvo más remedio que reconocer legalmente a la niña, aunque puso mil excusas.

Clara, ahora, es feliz. Vive con su madre, su mayor apoyo, quien nunca la dejará caer ni la traicionará. Hoy, mirando atrás, entiendo que la familia de verdad lo es cuando hay amor y comprensión, no simplemente lazos de sangre o intereses. La lección está clara: no se pueden imponer decisiones sobre la vida de otro, y el amor verdadero siempre encuentra el modo de abrazarnos de nuevo.

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La niña no deseada —¿Cómo quieres llamar a tu pequeña? —El doctor, un hombre mayor con una sonrisa profesional, miraba a su joven paciente con ternura. —Todavía no hemos pensado un nombre —intervino Natalia, sentada en la silla junto a la cama—. Es una decisión importante, Dasha tiene que pensarlo bien. —No quiero ponerle nombre —dijo inesperadamente la joven madre—. En realidad, ni siquiera pienso llevármela. Presentaré los papeles de renuncia. —¿Pero qué estás diciendo? —saltó la mujer, lanzando una mirada de reproche a la chica, y se dirigió al doctor—. No sabe lo que dice. Por supuesto que la pequeña será parte de la familia. —Volveré después, descansen —dijo el médico, poco interesado en presenciar una discusión familiar. Nada más cerrarse la puerta tras el doctor, Natalia se lanzó a reprocharle a la joven. —¿Cómo te atreves a decir algo así? ¿Qué pensará la gente de nosotros? Ya bastante tuvimos que mudarnos a Madrid para que todo quedara en secreto. Esta niña tiene que formar parte de nuestra familia. —¿Y de quién es la culpa? —Dasha la miró fijamente—. Si me hubieras escuchado en su momento, nada de esto habría pasado. Habría acabado el bachillerato tranquila y quizá estudiado en la universidad. Así que, si realmente quieres a la niña, quédatela tú. Dasha se giró hacia la pared, zanjando la discusión. Natalia insistió unos minutos más, hasta que la enfermera pidió que la dejara sola; la paciente necesitaba descansar. Dasha, sola en la habitación, lloraba en silencio en la almohada, deseando que todo terminara lo antes posible. Un tímido golpe en la puerta la obligó a secarse las lágrimas. Inspiró hondo y dijo: —Adelante. Esperaba ver a alguien del personal, o quizá a su padre, pero entró una mujer completamente desconocida. —¿Puedo ayudarle en algo? —le costaba mantener la máscara de serenidad. —He escuchado… por casualidad. Los médicos estaban hablando cerca de mi habitación —la mujer titubeaba—. —Sí, quiero renunciar a la niña. Es verdad. ¿Es eso lo que quería saber? —He visto cómo tu madre… —¡No es mi madre! —protestó de golpe Dasha, perdiendo la compostura—. Sólo es mi madrastra, que se cree más de lo que es. Mi madre está trabajando en el extranjero. —Perdona, no quería ofenderte —se disculpó la mujer, confusa—. Pero tengo tres hijos y no puedo entender tu decisión. Además, pasé toda mi infancia en un orfanato y me da miedo por tu pequeña… Ella no tiene culpa de nada. —Dicen que a las niñas tan pequeñas las adoptan enseguida —respondió Dasha con indiferencia—. Yo no puedo ni cogerla en brazos, mucho menos hacer algo más. Si Natalia no se hubiera metido, ni siquiera estaría aquí. —Pero ya eres mayor y puedes decidir. ¿Tienes más de quince, verdad? —¡Eso es una deshonra! —imitó a su madrastra—. ¿Cómo vamos a mirar a la gente a la cara? —No lo entiendo… —Te lo contaré —sonrió Dasha con amargura—. Al menos igual así dejas de juzgarme. ********************************************** El último año de instituto de Dasha fue un auténtico desastre. No sólo se llevaron a Pablito, su gran amor, a la mili, sino que además llegó un compañero nuevo. Un “hijo de papá” suspendido a modo de castigo y mandado a su pequeño pueblo de Castilla. El chico, acostumbrado a la vida de la capital, sólo quería sumar conquistas. Precisamente por eso su padre lo envió lejos: su fama no le ayudaba. Macario llevaba a las chicas a discotecas, restaurantes, les daba regalos caros. Caían una tras otra, convencidas de que serían la novia del “príncipe”. La única que resistió fue Dasha. Su corazón sólo tenía sitio para Pablito, nadie más. Al parecer Macario comprendió que era imposible y centró su atención en otras… o al menos eso creía ella. ¡Cuánto se equivocaba! En diciembre, una amiga celebraba su cumpleaños. Acudió toda la clase, Macario incluido. Pero sus intenciones no eran felicitar a la cumpleañera. A mitad de fiesta Dasha salió al pasillo a responder una llamada. Cuando volvió, Macario estaba sentado junto a su sitio. No hizo caso al principio, pero enseguida empezó a sentirse mal… A la mañana siguiente, Dasha se despertó con dificultad. A su lado, Macario sonreía satisfecho. —¿Ves? Tanto hacerte la difícil… Considera esto una compensación. La verdad, yo mismo me he sorprendido. Tu Pablito vaya pringado… Volver a casa le costó más de lo que hubiera imaginado; le temblaban las piernas, sentía la cabeza a punto de estallar. La gente la miraba con desprecio por la calle. Ni siquiera buscó las llaves; llamó al timbre con la certeza de que su madrastra estaba. —¿Dónde has estado? —Natalia se enfadó nada más verla—. Ni has dormido en casa, no contestas al móvil. ¡Y no voy a decir nada de cómo vienes! Si tu padre te viera así… —Llama al médico y a la Policía —la cortó Dasha—. Quiero poner una denuncia. Que lo metan entre rejas. Natalia se tensó al verla así, comprendió rápidamente lo que había sucedido. —¿Quién? —Macario, quién si no —le costaba hablar—. No habría tenido valor nadie más. Venga, llama, o llamaré yo misma. —Espera con eso —Natalia pensó. Siempre buscaba un beneficio—. Al final lo taparán. Mejor negocio con su padre una compensación. —¿Pero tú estás loca? ¿Qué compensación? ¡Voy yo a la Policía ahora mismo! —¡Tú no vas a ningún sitio! —la agarró fuerte y la obligó a entrar en la habitación; Dasha no tenía fuerzas para resistirse—. Al final la culpable serás tú, todo el pueblo irá señalándote. Déjame a mí. No tenía móvil, lo había perdido o dejado en casa de la amiga. Y tampoco podía salir: Natalia cerró la puerta con llave. Ella sólo quería dormir… A los pocos días, Dasha fue con su abuela, a cien kilómetros, en la provincia de Segovia. No quería preocuparla, y debía fingir que todo estaba bien. Un mes después, descubrió la terrible noticia: aquella noche había dejado consecuencias. Estaba embarazada. Natalia se volcó en la felicidad. Ese bebé les aseguraba el futuro. El abuelo paterno pagaría lo que fuera por proteger a su hijo. Lo importante era no decir nada hasta los cinco meses. Jamás le preguntaron a Dasha lo que quería. Al insinuar que no lo quería tener, su madrastra organizó un escándalo y no se separó de ella ni una hora. El abuelo no estaba contento, pero pagó. Y prometió seguir haciéndolo. ************************************************ —¿Ahora lo entiendes? Por culpa de esa niña lo he pasado fatal. Pablito me dejó, no me creyó. Mis amigas me dieron la espalda, tuvimos que mudarnos. ¡Ni siquiera acabé el instituto! —Perdona, te juzgué sin saber —la mujer se sentía culpable—. Pero la pequeña no tiene ninguna culpa. —¡Dasha, tenemos que hablar! —entró Natalia, arrastrando de la mano a su marido—. Le ruego a la visita que salga, es un asunto de familia. La mujer le lanzó una mirada de comprensión y salió, cerrando la puerta tras de sí. —No vas a arruinar mis planes. Si dejas a la niña aquí, olvídate de volver a casa. ¿A dónde irás? Tu querida abuelita murió, y su piso lo tiene tu tío. ¿Te vas a la calle? —No, ella vendrá conmigo —entró una mujer vestida con elegancia. Los ojos de Dasha brillaron de alegría. —¡Mamá! Has venido… —Por supuesto que he venido. No podía dejarte sola —Alba abrazó a su hija—. Si me hubieses contado antes, te habría traído conmigo mucho antes. Pensé que te sería más fácil acabar el bachiller aquí. —Pensé que no te importaba —Dasha sollozó, aún era sólo una niña. —Alguien me hizo pensar que tú no querías hablarme. Me devolvían los regalos sin abrir, no podía llamarte. Pensé que no me lo perdonabas. Pero no pasa nada, —dijo animada mientras le limpiaba las lágrimas—. Nos iremos y lo olvidarás todo… ******************************************************** Dasha se marchó. La niña se quedó con Natalia, soñando con una vida asegurada. Pero… Cuando el abuelo influyente lo descubrió, fue él quien se llevó a la pequeña consigo. Macario tuvo que reconocer a la niña, aunque no quisiera. Por su parte, Dasha es feliz. Ahora está al lado de la persona que más le importa en el mundo, alguien que siempre la ayudará y jamás la traicionará…
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