El vecino de edad equivocada Las mañanas de don Pedro Serrano comenzaban siempre igual. La tetera silbaba, la radio de la cocina desgranaba noticias de atascos y del tiempo, en el portal se oían dos o tres portazos: la gente salía a trabajar. Él, hacía ya tiempo que no tenía prisa, pero la costumbre de madrugar seguía ahí, como la de dar una vuelta por la casa comprobando si el balcón estaba cerrado, el gas apagado y las llaves en su sitio. Llevaba más de treinta años en la novena planta de su bloque en las afueras de Madrid. Sabía qué timbre correspondía a cada piso, quién daba los portazos más fuertes, quién dejaba siempre el carrito en el rellano. En su planta reinaba la tranquilidad, y eso le gustaba. Por las noches disfrutaba acomodándose en su butaca, poniendo una serie antigua, escuchando a la vecina del fondo toser detrás de la pared; le reconfortaba saber que la casa estaba viva, pero no era ruidosa. En el portal también todo seguía un cierto orden. Si veía un aviso torcido en el tablero, lo enderezaba. Una vez hasta compró celo, reimprimió el anuncio de limpieza de la comunidad y lo pegó bien, sin faltas. Entre los tramos de escaleras había un ficus suyo, en una botella de plástico cortada a modo de maceta. En verano lo sacaba al descansillo para alegrar el ambiente. Aquel día, cuando todo empezó a cambiar un poco, estaba regando el ficus. Por la escalera subía aroma a carne; algún vecino freía filetes abajo y el olor ascendía. El ascensor crujió y se paró. Salió de él un chico, con maleta de ruedas y mochila. Llevaba auriculares conectados al móvil, y de ellos se escapaba un ritmo pegajoso. El muchacho se detuvo, miró los números de las puertas y luego a don Pedro Serrano. —Buenas, —dijo sacándose un auricular—. ¿La doscientos treinta y siete es esta? —Esa es la de más allá, una puerta después —le respondió don Pedro—. Aquí la numeración es rara, no va seguida. El chico asintió, tiró de la maleta, que repiqueteó fuerte sobre las baldosas. El pasillo se sintió apretado por todas sus cosas; la mochila rozó a don Pedro en el brazo. —Uy, perdón, —dijo el chico tras un rápido vistazo—. Es que… me estoy mudando. La palabra “mudando” le sonó cortante a don Pedro. En la 237 vivía doña Lucía, viuda y tranquila, con su gata. Había oído que últimamente pensaba alquilar una habitación. Debía de ser este su nuevo inquilino. Don Pedro volvió a su doscientos treinta y cinco, cerró la puerta y se quedó un momento clavado en el recibidor. Al otro lado alguien movía muebles, sonaban puertas de armarios. Luego varios toques al timbre —entraba más gente, seguramente. Voces jóvenes, rápidas, risas cortas. Fue a la cocina, se sirvió más té. Demasiado fuerte, pero se lo tomó igual. No podía dejar de pensar en lo que decía doña Lucía: «Bueno, la pensión es pequeña, que viva alguien, los estudiantes son tranquilos». Tranquilos. Por la noche quedó claro qué significaba “tranquilos”. Ya oscuro, al fondo del pasillo sonaron bolsas, se cerró una puerta. Después, música tras la pared. No muy alta, pero con un bajo que se sentía en el pecho. Don Pedro apagó la tele para escuchar bien. El bajo golpeaba, constante, como si alguien aporrease con el puño. Aguantó diez minutos, luego fue a la pared a dar unos golpecitos. Nada. Volvió a golpear, más fuerte. Al minuto, el bajo bajó, pero no desapareció. —Vaya con los tranquilos —murmuró, volviendo a su butaca. La noche fue movida. Poco antes de las doce un portazo hizo temblar hasta el armario. Risas, susurros, las llaves peleando con la cerradura. Don Pedro, a oscuras, contaba los latidos de su corazón. Recordó esas frases del chat de vecinos: «Por favor, respetemos el descanso y la tranquilidad después de las once». Mensaje que él mismo reenvió una vez. Por la mañana abrió la puerta: dos pares de deportivas sobre el felpudo, una cazadora colgada en la percha donde sólo estaban antes su abrigo y el de doña Lucía. También había una caja de pizza apoyada en la pared. Miró aquello, se quedó quieto, volvió a la casa. Abrió el chat de la comunidad y escribió un mensaje: «Por favor, no dejar basura en el rellano». Borró. Probó con: «¿Quién vive ahora en la 237? Anoche mucho ruido». Borró también. Al final envió: «Por favor, no dejar basura en las zonas comunes». Al poco, alguien respondió con un emoticono. Otro comentó: «¿De quién es la basura?» — «Aquí está todo limpio». Doña Lucía ni apareció por el chat, nunca le iban esas charlas. Al mediodía se la cruzó en el ascensor, llevaba una bolsa con pan y un manojo de perejil asomando. —¿Ya tienes nuevo inquilino? —preguntó don Pedro, sin rodeos. —Ah, Iván, sí. Estudiante. De informática. Muy educado. Ya le he dicho que nada de ruidos. —Ajá —dijo él—. Muy educado. Por la tarde, otra vez música por la pared. Ahora con voz, y en inglés. Don Pedro apagó la tele, se calzó las zapatillas y salió al pasillo. Llamó a la puerta de doña Lucía. La música llegaba amortiguada pero firme. Al poco Iván abrió con pantalón de deporte y camiseta. —Buenas —dijo don Pedro—. ¿Puedes bajar el volumen? Ya es tarde. Iván parpadeó, se sacó el auricular que colgaba del cuello. —Uy, claro, perdone. Como tenía los cascos puestos ni me di cuenta de que estaban las columnas encendidas. Lo apago. —Mejor apaga —dijo él seco—. Aquí vive gente, esto no es una residencia. —Entendido, no más ruido. La música se cortó al instante. Don Pedro se volvió a su sofá, pero el enfado le seguía: «No se da cuenta de que tiene los altavoces a tope, será posible». Al día siguiente, el chico llamó al timbre cuando don Pedro veía las noticias. —Hola —saludó Iván, algo cortado—. Quería pedir disculpas por lo de ayer. Y, bueno, preguntarle si el wifi va bien aquí, porque no logro conectarme. Doña Lucía me dijo que usted lleva mucho en el edificio, que seguro sabe cómo va todo. Don Pedro estuvo a punto de contestar que su internet es asunto suyo, pero las palabras no salieron. Iván sujetaba el portátil con ambas manos, como si de un cuaderno de deberes se tratara. —Internet, sí… lo tengo por cable. Yo no soy muy entendido. ¿Qué es lo que te falla? —El router… —Iván frunció el ceño—. Meto la contraseña y no conecta. —¿La mía, dices? —No, no, —se apresuró Iván—. Puse la mía, pero doña Lucía me dijo que usted una vez llamó al técnico cuando se le estropeó el wifi. Pensé que igual tenía el número. Eso sí tenía sentido. El teléfono lo tenía anotado, pegado con un imán en la nevera. —Espera un momento —dijo, y fue a la cocina—. Por cierto, ¿cómo dices que te llamas? —Iván. —Yo soy don Pedro Serrano —le entregó el papelito—. Prueba a llamar, él me lo arregló. —Gracias, de verdad. Sin red no puedo con la uni… Iba a irse, pero vaciló. —Y si un día… bueno, si le pasa algo con el móvil o el ordenador, puedo echarle un cable. Entiendo de eso. —Todo va bien, gracias —cortó don Pedro—. Hasta luego. Iván asintió, se fue. El portazo fue suave. Por la tarde, cuando don Pedro luchaba para entender por qué habían desaparecido algunos iconos del móvil tras una actualización, recordó la oferta de Iván. Pero el orgullo pudo más: prefirió apretar y maldecir, y enredó todo más; hasta se le fue el reloj de la pantalla principal. Al día siguiente revivió la polémica del chat. Que si cajas de comida tiradas por el pasillo, que si foto de zapatillas en la entrada. Don Pedro reconoció las de Iván. Mensaje: «Son los de la 237, seguro». Otro: «Respetemos los espacios». Se quedó mirando la pantalla, después escribió: «Mejor hablarlo en persona que romperse aquí la cabeza». Se sorprendió al enviar eso. Un par de días después volvía del mercado con una bolsa de patatas cuando vio a Iván sentado en los escalones del portal, fumando y revisando el móvil. A su lado, una bolsa del supermercado. —En el portal no se fuma —le soltó Don Pedro al pasar. Iván se sobresaltó, escondió la colilla tras la espalda y la apagó en la papelera. —Perdón… Me voy afuera. —Ya da igual, —gruñó él—. Total, ya huele… Subió los peldaños, y al girarse vio a Iván coger la bolsa, echársela al hombro y sujetarle la puerta en silencio. —Gracias —le reconoció, a regañadientes. Compartieron ascensor. Entre el tercer y cuarto piso el ascensor se sacudió, como siempre, e Iván se pegó la bolsa al pecho para no molestar al vecino. —¿Lleva mucho tiempo aquí? —preguntó con la vista en el botón del «8». —Demasiado —replicó Don Pedro. —Es que yo… —Iván se rascó la cabeza— No me acostumbro. En mi casa tenemos una casa, no piso, allí es todo distinto. Nadie escribe por las zapatillas. —¿Y cómo se hace entonces? —preguntó Don Pedro, picado por la curiosidad. —Si algo molesta, lo dicen. Mi padre lanzaba una zapatilla si hacía falta, —sonrió Iván—. Pero no ponía la foto en un grupo. El ascensor llegó, las puertas se abrieron. —aquí también se puede hablar, —dijo Don Pedro—. Pero primero recoge las zapatillas y después reclama. —Las recogeré —prometió Iván. A los días, Don Pedro tuvo un problema con el contador de agua. De la administración le llamaron diciendo que no les habían llegado los datos y le aplicarían un coste estimado. Llamó al servicio técnico, pero no entendió la mitad. Se agachó como pudo a mirar los números, pero la espalda protestó tanto que tuvo que sentarse. Recordó las palabras de Iván: “si necesita, ayudo”. Primero lo rechazó, luego se levantó, salió al pasillo y llamó a la 237. Abrieron enseguida. Iván llevaba los auriculares, pero esa vez no había música. —¿Don Pedro? —se sorprendió el chico. —Dijiste que sabías… Bueno, necesito mirar los datos del contador y meterlos en internet, pero no alcanzo a leer los números. Por la espalda. —Claro, —se animó Iván—. Solo cojo el móvil. Entró en la casa, se descalzó con cuidado y colocó las zapatillas juntas. Ese detalle le llamó la atención a Don Pedro. —¿Dónde está el contador? —Bajo el fregadero, — suspiró Don Pedro. Iván se arrodilló sin quejarse, alumbró con el móvil, dictó los números, y él mismo entró en la web para enviar los datos. —Listo, —dijo—. Ya le llegarán en SMS. —Gracias… —Don Pedro sintió un poco de vergüenza—. Allí por teléfono lo explican como si fuéramos informáticos. —Así son en todas partes, —sonrió Iván—. Si quiere, puede poner la aplicación en el móvil, es más fácil. —No me líes con tus aplicaciones, —alegó Don Pedro—. No entiendo nada de eso. —No es difícil —insistió Iván—. Si quiere, le muestro. Se la mostró. Don Pedro observaba sus dedos con asombro, como si fueran trucos de magia con el móvil. Al final apareció un icono nuevo, con el logo de la empresa de aguas. —Así la próxima vez es darle aquí y listo. —Sí, sí… —Don Pedro no iba a admitir que no se acordaría luego. Desde aquel día, cambió la percepción que tenía sobre Iván. Le seguían fastidiando sus visitas nocturnas y el ruido al juntarse con amigos, pero ya no era igual, sentía algo nuevo, como ser parte de otro mundo algo más rápido, aunque fuese a la fuerza. Una noche especialmente ruidosa pensó en intervenir cuando leyó en el chat del edificio: «Otra vez ruidos en la 237. ¿Llamamos a la policía?» Se levantó, llamó al timbre. Iván salió despeinado, dentro se asomaba una chica joven. —Don Pedro… —balbuceó Iván. —¿Sabes qué hora es? Aquí hay gente que trabaja, que tiene tensión. ¿Te gustaría a ti que te lo hicieran? —dijo Don Pedro, serio pero sin levantar la voz. —Perdón —bajó la mirada Iván—. Ya cortamos. No quería molestar. —No piensas nunca. Crees que toda la casa va a adaptarse a ti. —Una chica tras Iván se disculpó. —De verdad, nos vamos. —Vale, pero que no se repita, ya están diciendo en el chat de llamar a la policía. —No hace falta, de verdad… Ya acabo el ruido. Cerraron y la calma llegó. Pero Don Pedro no se sintió mejor, tenía el pecho apretado, como si en vez de un aviso al vecino hubiera roto algo más importante. Al día siguiente se lo encontró en el cubo de basura. —Hola —saludó Iván—. De verdad, siento lo de anoche. No creímos que se colaba tanto. —Las paredes son de papel —refunfuñó don Pedro—. Aquí se oye todo. Quedaron en silencio. Las bolsas crujieron en las manos de Iván. —¿Vive usted solo? —preguntó de repente el chico, sin segundas. El comentario le hirió. —¿Y a ti qué te importa? —respondió, brusco. —Por nada —se echó atrás Iván—. Es que doña Lucía decía que lleva mucho y pensé… —Piensa en tus cosas, —le cortó don Pedro, y fue al ascensor. Ante el espejo lo pensó: «¿Para qué saltas así?» Semanas después hubo una fuga en la comunidad. Por la mañana, don Pedro oyó un goteo y salió a recibir: agua chorreando del techo, charco en la entrada. Puso manos a la obra, avisó a la administración y, mientras esperaba, tocaron el timbre. Iván, con un barreño en la mano. —¿También se le inunda? —preguntó. —Ya ve… —le mostró el techo. —En la habitación cae sobre el alargador —dijo Iván—. He quitado los enchufes, pero da miedo. Doña Lucía fue a reclamar. ¿Le ayudo a mover algo de muebles? Entre los dos apartaron el armario, pusieron más cubos. Iván movía sin quejarse, don Pedro aguantó como pudo. —Mejor no se agache tanto —propuso Iván—. Puedo hacerlo yo. —Todavía puedo valerme, —replicó don Pedro—. No te creas. Finalmente, la avería fue solventada. En la cocina, cada uno con su taza, Iván con la camiseta manchada de óxido y el pelo mojado, miraba por la ventana. —En mi casa, cuando se colaba el agua por el tejado, mi padre se tiró tres días de mal humor, y luego subió él mismo a arreglarlo. Yo ya estaba fuera. Solo me lo contó después. —¿Y por qué te fuiste? —se oyó preguntar don Pedro. —A estudiar. Allí sólo hay instituto. Aquí en la uni me dieron plaza. Mis padres dijeron: “Ve, aprovecha”. Pero… aquí todo es tan grande, tan extraño, la ciudad va deprisa y nadie se conoce. Al principio vivía en residencia, un caos. Ahora aquí, buscando un poco de paz. —Aquí también hay jaleo —dijo don Pedro. Iván sonrió de lado. —Lo intento, de verdad. Pero a veces… da cosa que todo sea tan silencioso, como un museo. —¿Qué tiene de malo la calma? —Nada… pero cuando hay demasiado silencio, piensas demasiado. Iván quedó serio viendo su taza. Don Pedro observó la suya. Hasta se escuchaba un taladro al fondo, en otro portal. —Así que eres informático —rompió el hielo Don Pedro. —Eso estudio. Programación. Pero me da respeto. En el primer cuatrimestre casi no apruebo. A veces pienso: “Igual debería volverme y ponerme a currar donde sea”. Pero mi padre no me lo perdonaría. —Los padres somos así —suspiró Don Pedro—. El mío igual. No contó cómo él también se fue de un pueblo, vivió en residencia, trabajaba llevando ladrillos. Eso ya le parecía de otra vida. Pero notó en Iván el miedo de no estar a la altura. Después de aquello, coincidían más. En el ascensor, en Correos. Iván evitaba poner música alta y si se le iba, bajaba enseguida, como si aprendiera a controlar el impulso. Un atardecer, en pleno diciembre, el frío entraba por las ventanas, a Don Pedro le falló la pierna. Apenas pudo alcanzar la cocina. Las pastillas estaban en el dormitorio. Dudó en quién pedir ayuda, pero al final marcó el número de Iván. —¿Sí? —contestó el chico. —Soy don Pedro, ¿estás en casa? —Sí… ¿le pasa algo? —Nada, solo… ¿puedes bajar un momento? Iván llegó en un instante, trajo las pastillas, el agua, le ayudó a sentarse y le acomodó la pierna. —¿Quiere que llame al médico? —Ya se me pasará. Son heridas viejas. —¿De qué? —Bah, cosas de joven. Me caí de una escalera. Ahora me lo recuerda. Iván se sentó en el borde de la silla. —Llámeme si necesita algo, —dijo—. Yo estoy casi siempre despierto por la noche, estudiando. —Tú estudia, muchacho, no como nosotros en tus años, sólo pensábamos en currar. —Pues ustedes saben tratar con la gente. Nosotros solo aprendemos a discutir en chats. Sonrió, y don Pedro le devolvió la sonrisa. El invierno se coló sin ruido. El portal enfrió, la corriente calaba hasta los huesos. Doña Lucía se fue unos días con la hija y avisó en el grupo: «Iván se queda solo, cualquier cosa, acudid a él». Don Pedro sonrió: «Ahora este ya es el mayor aquí». Un día de nieve, mientras sonaba la radio, llamó Iván con una bolsa. —He hecho cocido… me ha salido un poco de más. No lo voy a tirar, ¿le apetece? —Cómelo tú. —Ya he comido… Doña Lucía no está y a usted le gustan los platos de cuchara. Don Pedro no recordaba si se lo había dicho, pero aceptó la fiambrera. —Gracias, luego le devuelvo el táper. —Cuando quiera. El cocido estaba bueno, ligeramente salado, pero sabroso. Don Pedro pensó en lo curioso de la situación: aquel chico que parecía todo desorden, ahora le traía la cena. Unos días después Iván vino con su portátil. —Hoy hay partido, juega el Atleti. Pero mi plataforma no va; me han bloqueado la cuenta. ¿Me dejaría verlo aquí? Prometo silencio. Don Pedro iba a decir que el fútbol ya no le interesaba tanto, pero dentro sentía ganas de ver el partido y comentar como antiguamente. —Pasa, pero deja los zapatos a la entrada. Se acomodaron en el salón, cada uno en un lado del sofá. Iván trajo el té en el descanso, observó la bufanda rojiblanca en la estantería. —Pensé que era del Madrid —comentó Iván. —¿Y tú cómo sabes de quién soy? —La bufanda… aunque es antigua. —Como el dueño. —Pero fiel. Vieron el partido, saltaron de rabia al unísono. Al acabar, Iván lo agradeció. —De pequeño, con mi padre igual, solo que él protestaba más. —Yo también puedo si hace falta —sonrió don Pedro—. Pero me corto con público. —Ya no soy un extraño —dijo Iván, en voz baja. La frase resonó en la sala. La primavera se coló casi sin avisar. Pintaron los pasillos, el ficus buscaba el rayo de sol en el alféizar. Un día doña Lucía apareció. —Pedro, nuestro Iván seguro que pronto se va. Exámenes, prácticas… ¿Crees que merece la pena volver a alquilar la habitación? Estoy cansada de tanto cambio, pero hace falta el dinero. —¿Se va? —Dice que sí, ha encontrado un cuarto cerca de la universidad. ¿Tú qué opinas? ¿Busco otro? Don Pedro se encogió de hombros, aunque por dentro algo le dolía. —Haz lo que te convenga —respondió—. Tú eres la que tendrá que compartir. —Eso pienso —suspiró ella—. Al menos con este chico ya estaba acostumbrada. Por la tarde le cruzó al salir del ascensor. —Dicen que te vas. —Probablemente sí —asintió Iván—. Encontré algo más cerca de la uni. Aquí tardo más de una hora en llegar. —Bien hecho, la juventud tiene que moverse. Compartieron el trayecto en ascensor. Cuando llegó su planta, Iván sacó su maleta. —Le dejó también la clave del wifi, por si la necesita cuando vuelva doña Lucía o entra otro inquilino. O le puedo dejar el router, si le hace falta. —Voy tirando con lo que aprendí de tus aplicaciones. —Como prefiera. En las dos semanas siguientes tomaron té juntos varias veces, debatiendo cine, fútbol, tecnología. Iván le acompañaba del súper, don Pedro remendó una silla para él. El día de la mudanza, el pasillo recuperó la maleta y el paquetón de Iván. Doña Lucía revoloteaba, nerviosa, hablando de menaje y ropa. Don Pedro salió y se paró: —Ya te marchas. —Eso toca. Gracias por todo, por los contadores, por el fútbol. —Por el ruido no, —medio bromeó Don Pedro. —Por eso le pido disculpas, de corazón. Lo intenté. Se hizo el silencio. —No abandones la uni. O acabarás como yo, subiendo escaleras con lavabos. —Haré lo posible. —Iván dudó—. Si cualquier cosa de teléfono o internet, escríbame. Intentaré ayudar. —Eso haré. El ascensor llegó, Iván se fue. El pasillo quedó silencioso, demasiado. Sólo la cazadora de Don Pedro en la percha, todo limpio. Olor a pintura y a algún bizcocho desde abajo. Por la noche, con el té, Don Pedro hojeó el móvil. Buscó el nombre de Iván, abrió el chat vacío. Escribió: «¿Has llegado?» Dudó un rato. Al fin, pulsó enviar. Pocos minutos después: «He llegado bien. Gracias por preguntar». Otro mensaje: «¿Todo en calma por ahí?» y un emoji. Don Pedro sonrió. «Tranquilo, quizá demasiado. No olvides que esto no es residencia, aquí vive gente», y añadió un emoji. «Lo tendré en cuenta», contestó él. Dejó el móvil y fue a la cocina. Sacó dos tazas por costumbre, guardó una. Se asomó. En la plaza, chavales jugaban, pasaban con el perro, en otro portal sonó una puerta. Se sirvió el té, miró el ficus buscando la luz, vio la silla vacía enfrente y pensó: quizá algún día alguien vuelva a sentarse ahí. No tiene por qué ser Iván, ni joven. Simplemente alguien con quien poder discutir por el ruido, pedir ayuda con el móvil o ver el partido juntos. Y la idea, por primera vez, no le pareció tan mala. Bebió un sorbo. La casa seguía en silencio. Pero ahora, era como una pausa entre frases. Un silencio en el que uno espera al compañero, sabiendo que volverá a entrar, y cuando cierre la puerta, no será demasiado fuerte.

El vecino de otra generación

Las mañanas de Pedro Serrano siempre empiezan igual. Silba la tetera, la radio chasca y balbucea desde la cocina sobre atascos en la M-30 y la previsión del tiempo en la Comunitat, suena el portazo de dos o tres puertas en el rellano: los vecinos saliendo rumbo al trabajo. Él ya no tiene prisa, pero la costumbre de levantarse temprano permanece, igual que la de recorrer el piso y asegurarse de que el balcón está cerrado, el gas apagado y las llaves en su sitio.

Más de treinta años lleva en su piso del octavo, en una de esas torres de nueve plantas de ladrillo visto en el extrarradio de Madrid, cerca del barrio de Usera. Sabe de memoria qué timbre corresponde a cada vecino, quién pega más fuerte el portazo, quién deja el carrito de la compra en la escalera. En su planta reina la calma. Y esa calma le resulta reconfortante. Por las noches, puede acomodarse en su butaca, poner de fondo una serie antigua y oír, tras la pared, la tos leve de la vecina del fondo, y ese rumor le ayuda a sentir el edificio vivo, pero no bullicioso.

En la finca todo sigue código propio. Si algún anuncio del tablón está torcido, Pedro lo recoloca. Una vez incluso compró celo para volver a imprimir y poner bien el cartel sobre la limpieza de la portería, todo sin erratas. En el descansillo, entre plantas, su ficus sobrevive dentro de una botella cortada a modo de maceta. Cuando llega el verano, lo saca al rellano para matar la penumbra lúgubre.

El día en que todo dio un pequeño vuelco, Pedro estaba regando el ficus. Desde abajo subía un aroma a lomo a la plancha, típico de casa dominguera madrileña. El ascensor, siempre renqueante, se detiene con su quejido, y se abren las puertas. Sale un chico, veintitantos años, con una maleta de ruedas y mochila. Lleva auriculares grandes conectados al móvil y se oye de fondo una música electrónica.

El chaval mira los números en las puertas, y finalmente se fija en Pedro.

Buenos días dice, quitándose uno de los cascos. ¿Aquí está el doscientos treinta y siete?

El doscientos treinta y siete es la siguiente, aquí la numeración va a su aire contesta Pedro Serrano.

El chaval asiente, tira de la maleta; las ruedas resuenan en el gres. El corredor se estrecha con tantas cosas y la mochila roza el brazo de Pedro.

Uy, perdone dice el chico, apresuradamente. Que voy a instalarme.

La palabra instalarme le retumba en el pecho a Pedro. En el 237 vivía Carmen Valcázar, viuda, discreta y con su gata. Hace poco, él ha oído que pensaba alquilar una habitación. Parece que aquí está el inquilino.

Pedro vuelve a su 235, cierra la puerta y se queda un rato en la entrada, atento. Se oyen muebles arrastrándose, puertas de armario golpear, y al poco, el timbre suena varias veces seguido, tal vez han llegado más. Voces jóvenes, risas rápidas.

Va a la cocina, se sirve un poco más de té (fuerte como siempre), pero lo bebe igual. Retumba en su mente la frase de Carmen: Mira, la pensión no da, que vivan, los estudiantes son tranquilos. Tranquilos.

Por la noche, entiende cuánto. Ya anochecido, bolsas de compra rozan el suelo y una puerta bate. Después, música tras la pared. Ni fuerte, pero con ese bombo que atraviesa tabiques. Pedro apaga la tele y escucha. Los graves laten regular, como un puño golpeando el pecho.

A los diez minutos, se acerca a la pared y da un golpecito. Nada. Al rato, golpea más fuerte. El bajo baja algo, pero no desaparece.

Tranquilos, sí murmura, volviendo a la butaca.

La noche resulta larga. Cerca de las doce, una puerta azota el rellano con tal ímpetu que tiembla hasta su armario. Risas y murmullos, las llaves que no atinan en la cerradura. Pedro, tumbado en la oscuridad, cuenta los latidos de su propio corazón. Recuerda los mensajes del grupo de vecinos: Por favor, respetemos el silencio desde las once. Eso, él mismo lo reenvió una vez.

A la mañana siguiente, abre la puerta y ve dos pares de deportivas, una chaqueta en la percha (donde antes sólo estaban la suya y la de Carmen) y, contra la pared, una caja de pizza.

Lo observa un momento, luego vuelve dentro. En el móvil, empieza a escribir al chat del portal: Por favor, no ocupéis el pasillo común ni olvidéis el horario de silencio. Borra. ¿Quién se ha mudado al 237? Ruido anoche. Borra otra vez. Al final, manda un escueto: Por favor, no dejéis basura en el rellano.

Enseguida recibe un emoji, después, alguien pregunta: ¿Quién ha dejado basura? Aquí todo está limpio. Carmen Valcázar ni aparece por el chat, no le gustan estas cosas.

A mediodía, coincide con ella en el ascensor, con una bolsa del mercado en la mano donde asoma una barra de pan y un manojo de perejil.

Bueno pregunta Pedro, casi en susurros, ¿ya tienes huésped?

Ah, Hugo se alegra ella. Sí, estudiante de informática. Educado, majo. No te preocupes, ya le avisé de que no arme jaleo.

Ajá asiente Pedro. Muy educado.

Esa misma tarde, intenta ver las noticias. Pero al otro lado de la pared suena de nuevo la música, esta vez con una voz prolongando cada palabra en inglés. Pedro apaga la tele, se calza las zapatillas y sale al pasillo.

Llama a la puerta. La música, amortiguada, sigue fluyendo.

En unos instantes, se gira el cerrojo. El que abre es Hugo, con camiseta y pantalón de chándal.

Buenas tardes dice, Pedro. ¿Podrías bajar el volumen? Ya es bastante tarde.

Hugo parpadea, saca el auricular colgando de su cuello.

¡Ay, claro! responde rápido. Perdone, tenía los cascos y no me di cuenta de que dejé las cajas activadas. Bajo enseguida.

Mejor apágalas suelta Pedro, seco. Aquí vivimos personas, esto no es un colegio mayor.

Entendido, no volverá a pasar.

La música se apaga. Pedro regresa, pero el enfado persiste. No darse cuenta de que tienes las cajas sonando…, rumia.

A la jornada siguiente, justo en el informativo, llaman al timbre. Es el mismo muchacho, ahora con vaqueros y un portátil bajo el brazo.

Buenas dice, algo cohibido. Venía a pedirle disculpas por ayer. Y, bueno, a preguntar. ¿A usted le funciona bien el wifi? No consigo conectarme. Carmen me dijo que lleva mucho en el piso y se maneja con todo.

Pedro piensa contestar que el wifi es cosa suya y de nadie más, pero las palabras se atragantan. Hugo espera inquieto, con el portátil apretado como si fuera un cuaderno de clase.

¿El wifi…? musita Pedro. Yo lo tengo por cable, la verdad, no entiendo mucho, ¿qué te pasa?

El router se encoge Hugo. Pongo el código y no conecta.

¿El código de mi wifi? se incomoda Pedro.

No, no, el mío. Pero Carmen contaba que a usted una vez le arreglaron el internet, pensé que igual tenía el número del técnico.

Eso sí le suena. Buscó un papelito que pegó con imán en la nevera.

Espera dice y va a la cocina. ¿Cómo te llamas?

Hugo responde el chico.

Yo soy Pedro Serrano le devuelve, mostrando el papel. Prueba a llamar aquí, él fue quien me lo arregló todo.

¡Muchísimas gracias! sonríe aliviado Hugo. Es que con las clases necesito internet para todo.

Está por marcharse, pero duda.

Si alguna vez le falla el móvil o el ordenador levanta el portátil, yo podría ayudar. De informática, entiendo.

A mí ya me funciona todo. Hasta luego corta Pedro.

Hugo se va y la puerta apenas hace ruido al cerrarse.

Esa noche, Pedro intenta aclararse con el móvil, tras una actualización han desaparecido varias aplicaciones y, tozudo, se niega a admitir la ayuda de Hugo. Pulsa y repulsa, renegando de la letra minúscula, y al final empeora todo: hasta el reloj desaparece de la pantalla principal.

Al día siguiente, el grupo del edificio hierve: que cajas del supermercado tiradas, que foto de unas deportivas en el pasillo. Pedro reconoce las de Hugo. Debajo, un mensaje: Los del 237, supongo. Otro: Vecinos, respetemos el espacio.

Pedro mira el móvil, luego escribe: Habría que hablarlo cara a cara, no sólo por mensajes. Se sorprende él mismo.

Algún tiempo después, vuelve del mercado cargado de patatas. Encuentra a Hugo sentado en la escalinata del portal, fumando, pendiente del móvil. El chico tiene a su lado una bolsa del Mercadona.

No se puede fumar en la entrada le lanza Pedro, casi automático, al pasar.

Hugo se sobresalta, esconde el cigarro, luego lo apaga presuroso.

Perdón murmura y hace ademán de apartarse.

Ya da igual gruñe Pedro. Ya lo has llenado de humo.

Suben juntos. En el ascensor viajan callados. Hugo recoge la bolsa para no tropezar con Pedro.

¿Usted lleva mucho aquí? pregunta mirando la luz del ocho.

Mucho corta Pedro.

Es que yo… se rasca Hugo la cabeza. No me acostumbro. En mi pueblo vivimos en casas, si algo molesta, lo dices y ya. Mi padre tiraba la zapatilla, pero nada de chats y fotos.

Aquí también se puede hablar responde Pedro. Pero primero recoge tus deportivas y luego reclama.

Lo haré dice Hugo, en serio.

Unos días más tarde, Pedro recibe un recibo raro: el contador del agua no ha sido registrado y le facturan el mínimo. Llama a la oficina, donde le explican que debe pasar la lectura online o le cobrarán de más. Se arrodilla en el bajo fregadero, alumbra con el móvil. Los números son minúsculos y la espalda le duele cada vez más.

Se levanta con dificultad y, recordando la oferta de Hugo, un poco a regañadientes cruza el pasillo y llama al 237.

Hugo abre rápido, con cascos pero sin música.

¿Pedro Serrano? pregunta, sorprendido.

Dijiste que sabías… bueno, necesito pasar la lectura al ayuntamiento por internet y no veo nada, la espalda

Claro se anima Hugo. Deje que coja el móvil.

Entra en casa de Pedro, se descalza y coloca las deportivas bien alineadas. Esas pequeñas cosas no pasan desapercibidas.

¿Dónde tiene el contador?

Debajo del fregadero.

Hugo se arrodilla sin más, ilumina, dicta las cifras y las sube él mismo a la web del canal.

Listo anuncia. Recibirá en breve un SMS de confirmación.

Gracias Pedro agradece, incómodo. Es que llaman y explican como si uno fuera informático.

Lo hacen con todos sonríe Hugo. Si quiere, podría instalarle una app y así lo hace fácil.

Déjalo estar se burla Pedro. Ya bastante tengo con el móvil.

No es nada complicado le anima Hugo. Si quiere, le enseño.

Y lo hace, ágil pero paciente al teclear en la pantalla. Al final, el logo de la empresa brilla en el móvil.

Cuando llegue el mes que viene, pincha aquí y listo.

Ajá asiente Pedro, sin admitir que sólo ha entendido la mitad.

Desde entonces, Pedro cambia su visión de Hugo. Aún le fastidian las noches ruidosas, los olores de comida y las risas altas, pero ya las percibe mezcladas con otra cosa: la sensación de estar conectado, aunque no lo haya buscado.

Una noche, casi a medianoche, las risas y charlas fuertes vuelven. Pedro aguanta un rato, después se pone la bata y sale al pasillo. Por el chat comunitario circulan mensajes que incitan a llamar a la policía.

Pedro, furioso, pulsa el timbre de Hugo.

La puerta tarda, las voces bajan. Aparece Hugo, detrás se asoman dos figuras jóvenes.

Pedro Serrano… empieza Hugo.

¿Tú has visto la hora? dice Pedro, firme y bajo. Aquí duerme gente, algunos con tensión, otros madrugan. ¿A ti te gustaría tener ruido al lado?

Hugo baja la vista.

Perdón, de verdad. Ahora mismo se van. No caímos, lo siento.

Eso, nunca piensas. Como si todo el bloque se adaptara a tu marcha.

La chica detrás de Hugo habla: Ya nos vamos, de verdad, perdone.

Vale, pero sin follones. Ya han hablado de la poli en el chat.

No pasará otra vez asegura Hugo.

Se hace el silencio. Pero Pedro no queda aliviado; más bien, la pesadumbre se le pega al pecho.

Al día siguiente, vuelve Pedro de Correos y se encuentra a Hugo en el cuarto de basura, mirando el cartel del reciclaje.

Buenos días se adelanta Hugo. Sólo quería disculparme otra vez por el ruido. No sabíamos que se escuchaba tanto.

Las paredes son papel contesta Pedro. Se oye todo.

Guardan silencio, Hugo arruga las bolsas en sus manos.

¿Vive usted solo? de pronto pregunta.

Puede que lo diga sin malicia, pero a Pedro le escuece.

¿Y a ti qué? reacciona brusco.

Nada se retrae Hugo. Carmen decía que lleva aquí mucho… Yo, nada, cosas mías.

Piensa en tus cosas corta Pedro y se larga al ascensor.

Se ve en el espejo: pelo blanco, arrugas, labios prietos. ¿A qué viene saltarle así?, se reprocha en silencio.

A las semanas, un sábado de primavera, amanece Pedro con ruido de gotas. Sale al pasillo y ve agua goteando desde el techo, formando un charco. Apoya un barreño, avisa a la comunidad. Por el grupo circulan fotos de techos mojados, quejas de cables empapados.

Mientras acude con trapos, llaman. Es Hugo, con una palangana.

¿También le cae? pregunta.

Ahora sí suspira Pedro, señalando el charco.

En mi cuarto gotea sobre la regleta, la he desenchufado por si acaso. Carmen ha ido a protestar al ayuntamiento. Pensé por si necesitaba ayuda para mover muebles.

Entre los dos, apartan el armario del agua y ponen otro barreño. Hugo lo hace sin esfuerzo, Pedro lo nota pero no se rinde.

No, deje, que no soy tan viejo todavía.

Cuando por fin llegan los del canal y cortan la bajante, se va el agua, pero la mancha y el olor persisten. Se sientan en la cocina, cada uno con su taza. El pelo de Hugo mojado, la camiseta y el agua oxidada.

En mi casa, cuando el tejado se empezó a filtrar, mi padre lo arregló él solo, maldiciendo todo el tiempo. Yo ya vivía fuera. Me lo contó luego dice Hugo mirando por la ventana.

¿Por qué te fuiste? pregunta Pedro, sorprendiéndose de su interés.

A estudiar. Allí sólo hay un colegio, aquí entré en la pública a informática. Mis padres: Ve, no lo desaproveches. Pero esto es otro mundo. La ciudad va a toda prisa, nadie se saluda. En la residencia era todo un lío. Aquí, al menos, esperaba estar tranquilo.

Tranquilo… Pedro suelta una risa seca. Vaya.

Sonríen.

Lo intento, de verdad. Sólo… a veces parece que uno vive en un museo. O en una biblioteca, por el silencio.

¿Y qué tiene eso de malo? pregunta Pedro.

Nada. Es que, si está demasiado en silencio, uno piensa demasiado.

Se quedan callados, Pedro fijándose en su taza mientras, de fondo, un vecino taladra.

Así que informático, ¿eh?

Bueno, lo intento. Pero aprieto más los dientes que las teclas. La primera evaluación casi no la paso. Algunas veces dudo: si estaría mejor en casa, trabajando. Pero entonces mi padre diría que soy un blando.

Eso a los padres se les da bien dice Pedro, recordando el suyo.

Piensa en su juventud, en cuando él mismo dejó el pueblo para Madrid, la vida en un piso compartido, las tardes llevando ladrillos en una obra. Todo parece de otra vida, pero en las dudas de Hugo se reconoce.

Después se ven más, cruzándose en el ascensor o en el buzón. Hugo ya baja mucho su música, y si se pasa, se da cuenta y rectifica rápido.

Un día, a principios de invierno, Pedro siente que la rodilla no le funciona. Apenas llega a la cocina y teme no levantarse. Las pastillas están en el dormitorio. Piensa en el grupo, se descarta lo de la ambulancia. Por fin, marca el número de Hugo.

¿Sí? Hugo responde al instante.

Soy Pedro Serrano. ¿Estás en casa?

Sí. ¿Pasa algo?

No, nada. Si puedes, pasa un minuto.

Y en nada Hugo está ahí. Sin preguntar, busca las pastillas, le acerca agua y hasta le ayuda hasta la butaca, colocando un cojín.

¿Quiere que llame al médico?

No hace falta. Son heridas viejas.

¿Qué heridas?

Nada, de jovencillo me caí por una escalera. Ahora me pasa factura.

Llámame siempre que lo necesite. Yo ando despierto casi toda la noche, estudiando.

Dale al estudio, que para faenas de albañil ya estábamos nosotros.

Bueno, pero usted sabe tratar con la gente en persona, nosotros sólo en chats.

Hugo sonríe, y Pedro, sorprendido, también.

El invierno pasa y el rellano se enfría. Menos encuentros, más mantas y radiadores.

En enero, Carmen se va a A Coruña a ver a su hija durante una semana. Lo avisa en el grupo: si hace falta algo, Hugo está en casa. Pedro se ríe para sí, ahora él es el veterano.

Pocos días después, cae una buena nevada y, mientras la cebolla chisporrotea en la sartén, suena el timbre. Hugo aparece en la puerta con una fiambrera.

He hecho cocido madrileño. Me ha salido de más. ¿Quiere un poco?

¡Cómetelo tú! protesta Pedro.

Ya he cenado. Además, Carmen no está. Usted decía que le gustaban las sopas.

Pedro no recuerda haberlo dicho, pero acepta la fiambrera. Al probarlo, le sorprende; está riquísimo, aunque un pelín salado.

Poco después, Hugo le pide un favor: ver juntos el partido en la tele, que a él no le funciona el streaming.

Pedro finge desinterés, pero la vieja costumbre de ver el fútbol en la salita, criticar al árbitro y rebatir a los comentaristas, vuelve.

Pasa, pero quítate los zapatos.

Se sientan en el sofá, Hugo se coloca en un extremo con discreción. Al descanso prepara un té para ambos. Al ver el estandarte del Atleti en el armario, Hugo bromea sobre el equipo.

El dueño y el pañuelo, viejos, pero fieles dice Pedro.

Ven el partido, gritan juntos par de veces. Pedro se da cuenta de que no había reído tan libremente en años.

Al irse, Hugo agradece el rato.

Sentí que estaba en casa. Mi padre también chillaba así a la tele. Aunque él gritaba aún más.

Yo tengo repertorio para rato, pero delante de extraños me corto.

Ya no soy un extraño del todo responde Hugo.

La primavera llega. El sol calienta el ficus en el alféizar. Pintan de nuevo el portal y entre los olores frescos, Carmen toca la puerta.

Pedro, ¿te podría consultar algo? Hugo se irá pronto, prácticas y exámenes No sé si alquilar de nuevo, me hago a todo esto mayor.

¿Se va ya? pregunta Pedro, disimulando.

Parece que ha encontrado habitación más cerca de la facultad. ¿Tú qué harías, buscar otro inquilino?

Pedro se encoge de hombros.

Haz lo que te convenga. Quien lo vive eres tú.

Cuando Carmen se marcha, Pedro se queda largo rato mirando el ficus, que se estira hacia la luz.

Por la tarde, se topa con Hugo en el ascensor.

Me han dicho que te mudas.

Parece que sí. Casi una hora de trayecto es demasiado. Allí sólo tardo veinte minutos y en exámenes estar cerca ayuda.

Eso es, ¡los jóvenes tenéis que moveros!

El ascensor sube en silencio y en la planta quinta se paran, pero nadie sube.

Le dejo el wifi, por si acaso Carmen vuelve a alquilar. O mi viejo router, si le hace falta.

Estoy servido, ya me costó aprender tus aplicaciones.

Como prefiera.

En los últimos quince días, aún comparten algunos tés en la cocina de Pedro. Charlan de cine, él ayuda de vez en cuando a cargar bolsas, Pedro le repara una silla.

El día de la mudanza, la maleta rueda otra vez por el pasillo. Carmen ordena y habla deprisa. Pedro sale.

Bueno… dice, intentando mantener el tono casual.

Bueno, sí, me voy. Gracias por todo: el cocido, el fútbol, los contadores.

Por el ruido, no espeta Pedro, sin acritud.

Por el ruido, perdón de verdad. Iba con cuidado.

Se quedan callados.

No abandones los estudios, ¿eh? Que si no, acabarás como uno, corriendo con barreños en los rellanos.

No lo haré, prometido. Le dejo mi número, si alguna vez necesita ayuda con internet. Intentaré explicarme.

Está bien. Ya te avisaré.

El ascensor llega, Hugo mete la maleta, se da la vuelta.

Hasta luego, don Pedro.

Que tengas suerte, Hugo.

Cuando las puertas se cierran, el pasillo recupera su silencio. Demasiado silencio. Ya sólo su chaqueta cuelga. El olor a pintura y a bollería de la panadería de abajo.

Por la noche pone la radio. El silencio se hace tan intenso que oye la corriente en los radiadores. Rebusca en los contactos del móvil: el nombre de Hugo está, lo abre, mira el chat vacío. Escribe: ¿Has llegado bien? y duda. Por fin, envía el mensaje.

Enseguida recibe: Todo bien. Gracias por preguntar. Luego: ¿Por allí sigue el silencio? y un emoji sonriente.

Pedro sonríe.

En silencio, demasiado, responde. Recuerda que aquí vive gente, no es un colegio mayor, añade con un emoji.

Lo recordaré, contesta Hugo.

Deja el móvil, va a la cocina, pone la tetera y, por costumbre, saca dos tazas. Vuelve a guardar una. Asoma al patio: en el parque unos niños juegan al balón, alguien pasea un perro. Se cierra una puerta de otro portal.

Se sirve té, se sienta a la mesa. El ficus busca la luz. Mira la silla de enfrente y, por primera vez, se le ocurre que algún día podría sentarse alguien allí. No tiene que ser Hugo ni joven; solo alguien con quien discutir por el ruido, pedir ayuda para el móvil o ver un partido juntos.

La idea ya no le parece tan mala.

Da un sorbo. La casa sigue en silencio, pero el silencio ya no es soledad. Ahora es apenas una pausa entre frases, cuando sabes que la conversación va a continuar, en cuanto el otro vuelva y cierre la puerta, sólo un poco más despacio.

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El vecino de edad equivocada Las mañanas de don Pedro Serrano comenzaban siempre igual. La tetera silbaba, la radio de la cocina desgranaba noticias de atascos y del tiempo, en el portal se oían dos o tres portazos: la gente salía a trabajar. Él, hacía ya tiempo que no tenía prisa, pero la costumbre de madrugar seguía ahí, como la de dar una vuelta por la casa comprobando si el balcón estaba cerrado, el gas apagado y las llaves en su sitio. Llevaba más de treinta años en la novena planta de su bloque en las afueras de Madrid. Sabía qué timbre correspondía a cada piso, quién daba los portazos más fuertes, quién dejaba siempre el carrito en el rellano. En su planta reinaba la tranquilidad, y eso le gustaba. Por las noches disfrutaba acomodándose en su butaca, poniendo una serie antigua, escuchando a la vecina del fondo toser detrás de la pared; le reconfortaba saber que la casa estaba viva, pero no era ruidosa. En el portal también todo seguía un cierto orden. Si veía un aviso torcido en el tablero, lo enderezaba. Una vez hasta compró celo, reimprimió el anuncio de limpieza de la comunidad y lo pegó bien, sin faltas. Entre los tramos de escaleras había un ficus suyo, en una botella de plástico cortada a modo de maceta. En verano lo sacaba al descansillo para alegrar el ambiente. Aquel día, cuando todo empezó a cambiar un poco, estaba regando el ficus. Por la escalera subía aroma a carne; algún vecino freía filetes abajo y el olor ascendía. El ascensor crujió y se paró. Salió de él un chico, con maleta de ruedas y mochila. Llevaba auriculares conectados al móvil, y de ellos se escapaba un ritmo pegajoso. El muchacho se detuvo, miró los números de las puertas y luego a don Pedro Serrano. —Buenas, —dijo sacándose un auricular—. ¿La doscientos treinta y siete es esta? —Esa es la de más allá, una puerta después —le respondió don Pedro—. Aquí la numeración es rara, no va seguida. El chico asintió, tiró de la maleta, que repiqueteó fuerte sobre las baldosas. El pasillo se sintió apretado por todas sus cosas; la mochila rozó a don Pedro en el brazo. —Uy, perdón, —dijo el chico tras un rápido vistazo—. Es que… me estoy mudando. La palabra “mudando” le sonó cortante a don Pedro. En la 237 vivía doña Lucía, viuda y tranquila, con su gata. Había oído que últimamente pensaba alquilar una habitación. Debía de ser este su nuevo inquilino. Don Pedro volvió a su doscientos treinta y cinco, cerró la puerta y se quedó un momento clavado en el recibidor. Al otro lado alguien movía muebles, sonaban puertas de armarios. Luego varios toques al timbre —entraba más gente, seguramente. Voces jóvenes, rápidas, risas cortas. Fue a la cocina, se sirvió más té. Demasiado fuerte, pero se lo tomó igual. No podía dejar de pensar en lo que decía doña Lucía: «Bueno, la pensión es pequeña, que viva alguien, los estudiantes son tranquilos». Tranquilos. Por la noche quedó claro qué significaba “tranquilos”. Ya oscuro, al fondo del pasillo sonaron bolsas, se cerró una puerta. Después, música tras la pared. No muy alta, pero con un bajo que se sentía en el pecho. Don Pedro apagó la tele para escuchar bien. El bajo golpeaba, constante, como si alguien aporrease con el puño. Aguantó diez minutos, luego fue a la pared a dar unos golpecitos. Nada. Volvió a golpear, más fuerte. Al minuto, el bajo bajó, pero no desapareció. —Vaya con los tranquilos —murmuró, volviendo a su butaca. La noche fue movida. Poco antes de las doce un portazo hizo temblar hasta el armario. Risas, susurros, las llaves peleando con la cerradura. Don Pedro, a oscuras, contaba los latidos de su corazón. Recordó esas frases del chat de vecinos: «Por favor, respetemos el descanso y la tranquilidad después de las once». Mensaje que él mismo reenvió una vez. Por la mañana abrió la puerta: dos pares de deportivas sobre el felpudo, una cazadora colgada en la percha donde sólo estaban antes su abrigo y el de doña Lucía. También había una caja de pizza apoyada en la pared. Miró aquello, se quedó quieto, volvió a la casa. Abrió el chat de la comunidad y escribió un mensaje: «Por favor, no dejar basura en el rellano». Borró. Probó con: «¿Quién vive ahora en la 237? Anoche mucho ruido». Borró también. Al final envió: «Por favor, no dejar basura en las zonas comunes». Al poco, alguien respondió con un emoticono. Otro comentó: «¿De quién es la basura?» — «Aquí está todo limpio». Doña Lucía ni apareció por el chat, nunca le iban esas charlas. Al mediodía se la cruzó en el ascensor, llevaba una bolsa con pan y un manojo de perejil asomando. —¿Ya tienes nuevo inquilino? —preguntó don Pedro, sin rodeos. —Ah, Iván, sí. Estudiante. De informática. Muy educado. Ya le he dicho que nada de ruidos. —Ajá —dijo él—. Muy educado. Por la tarde, otra vez música por la pared. Ahora con voz, y en inglés. Don Pedro apagó la tele, se calzó las zapatillas y salió al pasillo. Llamó a la puerta de doña Lucía. La música llegaba amortiguada pero firme. Al poco Iván abrió con pantalón de deporte y camiseta. —Buenas —dijo don Pedro—. ¿Puedes bajar el volumen? Ya es tarde. Iván parpadeó, se sacó el auricular que colgaba del cuello. —Uy, claro, perdone. Como tenía los cascos puestos ni me di cuenta de que estaban las columnas encendidas. Lo apago. —Mejor apaga —dijo él seco—. Aquí vive gente, esto no es una residencia. —Entendido, no más ruido. La música se cortó al instante. Don Pedro se volvió a su sofá, pero el enfado le seguía: «No se da cuenta de que tiene los altavoces a tope, será posible». Al día siguiente, el chico llamó al timbre cuando don Pedro veía las noticias. —Hola —saludó Iván, algo cortado—. Quería pedir disculpas por lo de ayer. Y, bueno, preguntarle si el wifi va bien aquí, porque no logro conectarme. Doña Lucía me dijo que usted lleva mucho en el edificio, que seguro sabe cómo va todo. Don Pedro estuvo a punto de contestar que su internet es asunto suyo, pero las palabras no salieron. Iván sujetaba el portátil con ambas manos, como si de un cuaderno de deberes se tratara. —Internet, sí… lo tengo por cable. Yo no soy muy entendido. ¿Qué es lo que te falla? —El router… —Iván frunció el ceño—. Meto la contraseña y no conecta. —¿La mía, dices? —No, no, —se apresuró Iván—. Puse la mía, pero doña Lucía me dijo que usted una vez llamó al técnico cuando se le estropeó el wifi. Pensé que igual tenía el número. Eso sí tenía sentido. El teléfono lo tenía anotado, pegado con un imán en la nevera. —Espera un momento —dijo, y fue a la cocina—. Por cierto, ¿cómo dices que te llamas? —Iván. —Yo soy don Pedro Serrano —le entregó el papelito—. Prueba a llamar, él me lo arregló. —Gracias, de verdad. Sin red no puedo con la uni… Iba a irse, pero vaciló. —Y si un día… bueno, si le pasa algo con el móvil o el ordenador, puedo echarle un cable. Entiendo de eso. —Todo va bien, gracias —cortó don Pedro—. Hasta luego. Iván asintió, se fue. El portazo fue suave. Por la tarde, cuando don Pedro luchaba para entender por qué habían desaparecido algunos iconos del móvil tras una actualización, recordó la oferta de Iván. Pero el orgullo pudo más: prefirió apretar y maldecir, y enredó todo más; hasta se le fue el reloj de la pantalla principal. Al día siguiente revivió la polémica del chat. Que si cajas de comida tiradas por el pasillo, que si foto de zapatillas en la entrada. Don Pedro reconoció las de Iván. Mensaje: «Son los de la 237, seguro». Otro: «Respetemos los espacios». Se quedó mirando la pantalla, después escribió: «Mejor hablarlo en persona que romperse aquí la cabeza». Se sorprendió al enviar eso. Un par de días después volvía del mercado con una bolsa de patatas cuando vio a Iván sentado en los escalones del portal, fumando y revisando el móvil. A su lado, una bolsa del supermercado. —En el portal no se fuma —le soltó Don Pedro al pasar. Iván se sobresaltó, escondió la colilla tras la espalda y la apagó en la papelera. —Perdón… Me voy afuera. —Ya da igual, —gruñó él—. Total, ya huele… Subió los peldaños, y al girarse vio a Iván coger la bolsa, echársela al hombro y sujetarle la puerta en silencio. —Gracias —le reconoció, a regañadientes. Compartieron ascensor. Entre el tercer y cuarto piso el ascensor se sacudió, como siempre, e Iván se pegó la bolsa al pecho para no molestar al vecino. —¿Lleva mucho tiempo aquí? —preguntó con la vista en el botón del «8». —Demasiado —replicó Don Pedro. —Es que yo… —Iván se rascó la cabeza— No me acostumbro. En mi casa tenemos una casa, no piso, allí es todo distinto. Nadie escribe por las zapatillas. —¿Y cómo se hace entonces? —preguntó Don Pedro, picado por la curiosidad. —Si algo molesta, lo dicen. Mi padre lanzaba una zapatilla si hacía falta, —sonrió Iván—. Pero no ponía la foto en un grupo. El ascensor llegó, las puertas se abrieron. —aquí también se puede hablar, —dijo Don Pedro—. Pero primero recoge las zapatillas y después reclama. —Las recogeré —prometió Iván. A los días, Don Pedro tuvo un problema con el contador de agua. De la administración le llamaron diciendo que no les habían llegado los datos y le aplicarían un coste estimado. Llamó al servicio técnico, pero no entendió la mitad. Se agachó como pudo a mirar los números, pero la espalda protestó tanto que tuvo que sentarse. Recordó las palabras de Iván: “si necesita, ayudo”. Primero lo rechazó, luego se levantó, salió al pasillo y llamó a la 237. Abrieron enseguida. Iván llevaba los auriculares, pero esa vez no había música. —¿Don Pedro? —se sorprendió el chico. —Dijiste que sabías… Bueno, necesito mirar los datos del contador y meterlos en internet, pero no alcanzo a leer los números. Por la espalda. —Claro, —se animó Iván—. Solo cojo el móvil. Entró en la casa, se descalzó con cuidado y colocó las zapatillas juntas. Ese detalle le llamó la atención a Don Pedro. —¿Dónde está el contador? —Bajo el fregadero, — suspiró Don Pedro. Iván se arrodilló sin quejarse, alumbró con el móvil, dictó los números, y él mismo entró en la web para enviar los datos. —Listo, —dijo—. Ya le llegarán en SMS. —Gracias… —Don Pedro sintió un poco de vergüenza—. Allí por teléfono lo explican como si fuéramos informáticos. —Así son en todas partes, —sonrió Iván—. Si quiere, puede poner la aplicación en el móvil, es más fácil. —No me líes con tus aplicaciones, —alegó Don Pedro—. No entiendo nada de eso. —No es difícil —insistió Iván—. Si quiere, le muestro. Se la mostró. Don Pedro observaba sus dedos con asombro, como si fueran trucos de magia con el móvil. Al final apareció un icono nuevo, con el logo de la empresa de aguas. —Así la próxima vez es darle aquí y listo. —Sí, sí… —Don Pedro no iba a admitir que no se acordaría luego. Desde aquel día, cambió la percepción que tenía sobre Iván. Le seguían fastidiando sus visitas nocturnas y el ruido al juntarse con amigos, pero ya no era igual, sentía algo nuevo, como ser parte de otro mundo algo más rápido, aunque fuese a la fuerza. Una noche especialmente ruidosa pensó en intervenir cuando leyó en el chat del edificio: «Otra vez ruidos en la 237. ¿Llamamos a la policía?» Se levantó, llamó al timbre. Iván salió despeinado, dentro se asomaba una chica joven. —Don Pedro… —balbuceó Iván. —¿Sabes qué hora es? Aquí hay gente que trabaja, que tiene tensión. ¿Te gustaría a ti que te lo hicieran? —dijo Don Pedro, serio pero sin levantar la voz. —Perdón —bajó la mirada Iván—. Ya cortamos. No quería molestar. —No piensas nunca. Crees que toda la casa va a adaptarse a ti. —Una chica tras Iván se disculpó. —De verdad, nos vamos. —Vale, pero que no se repita, ya están diciendo en el chat de llamar a la policía. —No hace falta, de verdad… Ya acabo el ruido. Cerraron y la calma llegó. Pero Don Pedro no se sintió mejor, tenía el pecho apretado, como si en vez de un aviso al vecino hubiera roto algo más importante. Al día siguiente se lo encontró en el cubo de basura. —Hola —saludó Iván—. De verdad, siento lo de anoche. No creímos que se colaba tanto. —Las paredes son de papel —refunfuñó don Pedro—. Aquí se oye todo. Quedaron en silencio. Las bolsas crujieron en las manos de Iván. —¿Vive usted solo? —preguntó de repente el chico, sin segundas. El comentario le hirió. —¿Y a ti qué te importa? —respondió, brusco. —Por nada —se echó atrás Iván—. Es que doña Lucía decía que lleva mucho y pensé… —Piensa en tus cosas, —le cortó don Pedro, y fue al ascensor. Ante el espejo lo pensó: «¿Para qué saltas así?» Semanas después hubo una fuga en la comunidad. Por la mañana, don Pedro oyó un goteo y salió a recibir: agua chorreando del techo, charco en la entrada. Puso manos a la obra, avisó a la administración y, mientras esperaba, tocaron el timbre. Iván, con un barreño en la mano. —¿También se le inunda? —preguntó. —Ya ve… —le mostró el techo. —En la habitación cae sobre el alargador —dijo Iván—. He quitado los enchufes, pero da miedo. Doña Lucía fue a reclamar. ¿Le ayudo a mover algo de muebles? Entre los dos apartaron el armario, pusieron más cubos. Iván movía sin quejarse, don Pedro aguantó como pudo. —Mejor no se agache tanto —propuso Iván—. Puedo hacerlo yo. —Todavía puedo valerme, —replicó don Pedro—. No te creas. Finalmente, la avería fue solventada. En la cocina, cada uno con su taza, Iván con la camiseta manchada de óxido y el pelo mojado, miraba por la ventana. —En mi casa, cuando se colaba el agua por el tejado, mi padre se tiró tres días de mal humor, y luego subió él mismo a arreglarlo. Yo ya estaba fuera. Solo me lo contó después. —¿Y por qué te fuiste? —se oyó preguntar don Pedro. —A estudiar. Allí sólo hay instituto. Aquí en la uni me dieron plaza. Mis padres dijeron: “Ve, aprovecha”. Pero… aquí todo es tan grande, tan extraño, la ciudad va deprisa y nadie se conoce. Al principio vivía en residencia, un caos. Ahora aquí, buscando un poco de paz. —Aquí también hay jaleo —dijo don Pedro. Iván sonrió de lado. —Lo intento, de verdad. Pero a veces… da cosa que todo sea tan silencioso, como un museo. —¿Qué tiene de malo la calma? —Nada… pero cuando hay demasiado silencio, piensas demasiado. Iván quedó serio viendo su taza. Don Pedro observó la suya. Hasta se escuchaba un taladro al fondo, en otro portal. —Así que eres informático —rompió el hielo Don Pedro. —Eso estudio. Programación. Pero me da respeto. En el primer cuatrimestre casi no apruebo. A veces pienso: “Igual debería volverme y ponerme a currar donde sea”. Pero mi padre no me lo perdonaría. —Los padres somos así —suspiró Don Pedro—. El mío igual. No contó cómo él también se fue de un pueblo, vivió en residencia, trabajaba llevando ladrillos. Eso ya le parecía de otra vida. Pero notó en Iván el miedo de no estar a la altura. Después de aquello, coincidían más. En el ascensor, en Correos. Iván evitaba poner música alta y si se le iba, bajaba enseguida, como si aprendiera a controlar el impulso. Un atardecer, en pleno diciembre, el frío entraba por las ventanas, a Don Pedro le falló la pierna. Apenas pudo alcanzar la cocina. Las pastillas estaban en el dormitorio. Dudó en quién pedir ayuda, pero al final marcó el número de Iván. —¿Sí? —contestó el chico. —Soy don Pedro, ¿estás en casa? —Sí… ¿le pasa algo? —Nada, solo… ¿puedes bajar un momento? Iván llegó en un instante, trajo las pastillas, el agua, le ayudó a sentarse y le acomodó la pierna. —¿Quiere que llame al médico? —Ya se me pasará. Son heridas viejas. —¿De qué? —Bah, cosas de joven. Me caí de una escalera. Ahora me lo recuerda. Iván se sentó en el borde de la silla. —Llámeme si necesita algo, —dijo—. Yo estoy casi siempre despierto por la noche, estudiando. —Tú estudia, muchacho, no como nosotros en tus años, sólo pensábamos en currar. —Pues ustedes saben tratar con la gente. Nosotros solo aprendemos a discutir en chats. Sonrió, y don Pedro le devolvió la sonrisa. El invierno se coló sin ruido. El portal enfrió, la corriente calaba hasta los huesos. Doña Lucía se fue unos días con la hija y avisó en el grupo: «Iván se queda solo, cualquier cosa, acudid a él». Don Pedro sonrió: «Ahora este ya es el mayor aquí». Un día de nieve, mientras sonaba la radio, llamó Iván con una bolsa. —He hecho cocido… me ha salido un poco de más. No lo voy a tirar, ¿le apetece? —Cómelo tú. —Ya he comido… Doña Lucía no está y a usted le gustan los platos de cuchara. Don Pedro no recordaba si se lo había dicho, pero aceptó la fiambrera. —Gracias, luego le devuelvo el táper. —Cuando quiera. El cocido estaba bueno, ligeramente salado, pero sabroso. Don Pedro pensó en lo curioso de la situación: aquel chico que parecía todo desorden, ahora le traía la cena. Unos días después Iván vino con su portátil. —Hoy hay partido, juega el Atleti. Pero mi plataforma no va; me han bloqueado la cuenta. ¿Me dejaría verlo aquí? Prometo silencio. Don Pedro iba a decir que el fútbol ya no le interesaba tanto, pero dentro sentía ganas de ver el partido y comentar como antiguamente. —Pasa, pero deja los zapatos a la entrada. Se acomodaron en el salón, cada uno en un lado del sofá. Iván trajo el té en el descanso, observó la bufanda rojiblanca en la estantería. —Pensé que era del Madrid —comentó Iván. —¿Y tú cómo sabes de quién soy? —La bufanda… aunque es antigua. —Como el dueño. —Pero fiel. Vieron el partido, saltaron de rabia al unísono. Al acabar, Iván lo agradeció. —De pequeño, con mi padre igual, solo que él protestaba más. —Yo también puedo si hace falta —sonrió don Pedro—. Pero me corto con público. —Ya no soy un extraño —dijo Iván, en voz baja. La frase resonó en la sala. La primavera se coló casi sin avisar. Pintaron los pasillos, el ficus buscaba el rayo de sol en el alféizar. Un día doña Lucía apareció. —Pedro, nuestro Iván seguro que pronto se va. Exámenes, prácticas… ¿Crees que merece la pena volver a alquilar la habitación? Estoy cansada de tanto cambio, pero hace falta el dinero. —¿Se va? —Dice que sí, ha encontrado un cuarto cerca de la universidad. ¿Tú qué opinas? ¿Busco otro? Don Pedro se encogió de hombros, aunque por dentro algo le dolía. —Haz lo que te convenga —respondió—. Tú eres la que tendrá que compartir. —Eso pienso —suspiró ella—. Al menos con este chico ya estaba acostumbrada. Por la tarde le cruzó al salir del ascensor. —Dicen que te vas. —Probablemente sí —asintió Iván—. Encontré algo más cerca de la uni. Aquí tardo más de una hora en llegar. —Bien hecho, la juventud tiene que moverse. Compartieron el trayecto en ascensor. Cuando llegó su planta, Iván sacó su maleta. —Le dejó también la clave del wifi, por si la necesita cuando vuelva doña Lucía o entra otro inquilino. O le puedo dejar el router, si le hace falta. —Voy tirando con lo que aprendí de tus aplicaciones. —Como prefiera. En las dos semanas siguientes tomaron té juntos varias veces, debatiendo cine, fútbol, tecnología. Iván le acompañaba del súper, don Pedro remendó una silla para él. El día de la mudanza, el pasillo recuperó la maleta y el paquetón de Iván. Doña Lucía revoloteaba, nerviosa, hablando de menaje y ropa. Don Pedro salió y se paró: —Ya te marchas. —Eso toca. Gracias por todo, por los contadores, por el fútbol. —Por el ruido no, —medio bromeó Don Pedro. —Por eso le pido disculpas, de corazón. Lo intenté. Se hizo el silencio. —No abandones la uni. O acabarás como yo, subiendo escaleras con lavabos. —Haré lo posible. —Iván dudó—. Si cualquier cosa de teléfono o internet, escríbame. Intentaré ayudar. —Eso haré. El ascensor llegó, Iván se fue. El pasillo quedó silencioso, demasiado. Sólo la cazadora de Don Pedro en la percha, todo limpio. Olor a pintura y a algún bizcocho desde abajo. Por la noche, con el té, Don Pedro hojeó el móvil. Buscó el nombre de Iván, abrió el chat vacío. Escribió: «¿Has llegado?» Dudó un rato. Al fin, pulsó enviar. Pocos minutos después: «He llegado bien. Gracias por preguntar». Otro mensaje: «¿Todo en calma por ahí?» y un emoji. Don Pedro sonrió. «Tranquilo, quizá demasiado. No olvides que esto no es residencia, aquí vive gente», y añadió un emoji. «Lo tendré en cuenta», contestó él. Dejó el móvil y fue a la cocina. Sacó dos tazas por costumbre, guardó una. Se asomó. En la plaza, chavales jugaban, pasaban con el perro, en otro portal sonó una puerta. Se sirvió el té, miró el ficus buscando la luz, vio la silla vacía enfrente y pensó: quizá algún día alguien vuelva a sentarse ahí. No tiene por qué ser Iván, ni joven. Simplemente alguien con quien poder discutir por el ruido, pedir ayuda con el móvil o ver el partido juntos. Y la idea, por primera vez, no le pareció tan mala. Bebió un sorbo. La casa seguía en silencio. Pero ahora, era como una pausa entre frases. Un silencio en el que uno espera al compañero, sabiendo que volverá a entrar, y cuando cierre la puerta, no será demasiado fuerte.
Esta mañana, una joven de 18 años dio a luz a una niña. Tras el parto, presentó una solicitud, pidió un taxi y salió del hospital sin mirar atrás. Pero ni siquiera podía imaginar la “sorpresa” que le esperaba a la pequeña allí…