Un paraíso en un piso de barrio Cuando Dimi entregó a Eva las llaves de su piso, supo que la Bastilla había caído. Ni Leonardo DiCaprio aguardó el Oscar con tanta ansia como Eva esperaba a su Adán (aunque fuera Dimi), y además con su propio nidito. A sus treinta y cinco años y desilusionada, Eva empezaba a mirar con lástima a los gatos callejeros y a las tiendas de “Todo para labores”. Y ahí estaba él: un solitario, que había gastado su juventud en la carrera, la dieta sana, el gimnasio y demás tonterías, además de, para colmo, sin hijos. Eva llevaba deseando con todas sus fuerzas ese regalo desde los veinte, y el lento de Papá Noel por fin parecía haber captado el mensaje: ella no estaba de broma. — Me queda el último viaje de trabajo del año y después soy todo tuyo —dijo Dimi al darle la preciada cerradura de su pequeño oasis—. No te asustes de mi cueva: sólo piso mi casa para irme a dormir —añadió, se subió a un “Boeing” y desapareció a otro huso horario todo el fin de semana. Eva cogió su cepillo de dientes, su crema y sus algodones, y se fue a ver qué clase de ‘cueva’ era aquella. Los problemas comenzaron en la puerta. Dimi ya la había advertido de que la cerradura a veces se atascaba, pero Eva jamás pensó que tanto. Lanzó asalto tras asalto durante cuarenta minutos: empujaba, tiraba, giraba la llave hasta el fondo, probaba de puntillas, pero esa condenada puerta recelosa no quería abrirse a la nueva inquilina. Eva empezó a jugarle una guerra psicológica, como le enseñaron tras los garajes de su colegio. El alboroto alertó a la vecina: — ¿Por qué intenta entrar en una casa ajena? —preguntó una voz femenina preocupada. — No intento nada, tengo las llaves —replicó Eva, sudando y cabreada. — ¿Quién es usted? Nunca la he visto antes. — ¡Soy su novia! —contestó Eva desafiante, con las manos en la cadera, pero sólo vio la rendija por la que la espiaban. — ¿Usted? —dudó la mujer, sorprendida. — Sí, yo misma. ¿Algún problema? — No, ninguno… Es sólo que nunca ha traído a nadie aquí (Eva quería aún más a Dimi por aquello). Pero ahora de golpe… — ¿De golpe qué? —se extrañó Eva. — Bueno… no es asunto mío, perdón —cerró la vecina. Sabiendo que esto era un “o tú o yo”, Eva metió la llave hasta el fondo y empujó con todas sus ganas de entrar en el ansiado piso, casi girando el marco entero. La puerta cedió. El mundo interior de Dimi se reveló ante ella, y su alma se cubrió de escarcha. Sí, se espera cierto ascetismo de un joven soltero, pero aquello parecía una celda monástica. — Pobrete, tu corazón ya olvidó, si es que alguna vez supo, lo que es el calor de hogar —se le escapó a Eva mientras inspeccionaba la austera vivienda donde empezaría a habitual con frecuencia. Por otro lado, estaba encantada. La vecina no mentía: una mano femenina jamás había rozado aquellas paredes, suelos, cocina ni ventanas grises. Eva era la primera. Incapaz de esperar, se puso los zapatos y fue corriendo al chino de la esquina a por una cortinita bonita y una alfombrilla para el baño, aprovechando para coger agarradores y paños de cocina. Por supuesto, allí le dio el arrebato: a la cortinilla y alfombrilla se sumaron ambientadores, jabones artesanos y cajas para el maquillaje. “Añadir estos detalles a un piso ajeno no es exceso de confianza”, se repetía Eva, colgando un segundo carrito del primero. La cerradura ya no se resistía a Eva. De hecho, dejó de cumplir su función, y parecía el portero de hockey que olvida la máscara antes del partido. Eva, consciente del destrozo, pasó la noche entera cambiando el cerrojo con cuchillos de cocina para ir sobre seguro al día siguiente a por uno nuevo. Los cuchillos, claro, también debían sustituirse. Y luego los tenedores, cucharas, mantel, tablas de cortar y salvamanteles. Después, era un paso hasta las cortinas. El domingo a mediodía llamó Dimi: tendría que alargar el viaje unos días más. — Encantado si consigues darle un poco de calor y hogar al piso —le sonreía, satisfecho, al oír que Eva había tomado ciertas libertades con la decoración. Para entonces, el confort llegaba ya en camiones; Eva lo organizaba usando planos y esquemas casi oficiales. Años de acumulación hogareña reprimida en una mujer sola, y una vez liberadas las manos, la olla hervía sin parar. Cuando Dimi volvió, lo único que quedaba de su antiguo piso era una araña junto a la rejilla de ventilación. Eva estuvo a punto de echarla también, pero al ver sus ocho ojos atônitos por tanto cambio de golpe, comprendió que era mejor dejarla como símbolo de respeto al espacio ajeno. Desde ese momento, el piso de Dimi parecía el de un hombre casado y feliz desde hacía ocho años, después decepcionado y, finalmente, feliz a pesar de todo. Además de redecorar, Eva se aseguró de que todo el bloque supiera que ella era la nueva señora y que cualquier cosa se le dirigía a ella. Que aún no hubiese anillo era una nimiedad. Los vecinos comenzaron recelosos, pero pronto encogían los hombros: “Como usted diga, a nosotros nos da igual, es cosa suya”. *** El día de la llegada de Dimi, Eva preparó una cena casera, se metió sus aún tersas posaderas en un modelito atrevido y vulgar, puso inciensos y bajó las luces nuevas y, a la espera, se dispuso a recibir a su Adán. ¡Menuda bienvenida! Tenían ya su propio edén sin serpentear de por medio. Dimi tardaba. Cuando Eva ya notaba el modelito clavándose justo allí para lo que medio año estuvo haciendo sentadillas, un hombre metió la llave en la cerradura. — ¡La cerradura es nueva, sólo empuja, no está echada! —avisó Eva medio avergonzada, pero muy seductora. El qué dirán le era indiferente: tras la reforma, le perdonarían lo que fuese. Entonces, en el instante en que se abría la puerta, Eva recibió un mensaje de Dimi: “¿Dónde andas? Estoy en casa. Y veo que el piso está igual, mis amigos me dijeron que lo llenarías de potingues”. Claro que Eva leyó aquello mucho después. Porque, en ese preciso momento, entraron cinco desconocidos: dos jóvenes, dos niños y un abuelo ya mayorcete, quien al ver a Eva se irguió y se peinó lo poco de pelo que le quedaba. — Vaya, papá, pedazo recibimiento. ¿Y para qué el balneario si tienes “todo incluido” en casa? —se burló el joven, recibiendo de inmediato un pescozón de su mujer por mirar demasiado. Eva permanecía clavada en el umbral, dos copas en la mano, sintiéndose petrificada. Querría gritar, pero el estupor se lo impedía. En un rincón, la araña reía. — Perdone… ¿Y usted quién es? —balbuceó Eva. — El propietario de este modesto nidito. ¿Y usted es de la Seguridad Social, que viene a ponerme curas? Juraría haber dicho que podía apañármelas solo —contestó el abuelo, mirando a Eva enfundada en sexy disfraz de enfermera. — Pues sí que se respira paz y hogar, don Adán, ¡nada que ver con ese panteón de antes! —afirmó la nuera detrás de Eva—. ¿Y usted, señorita, cómo se llama? ¿No es nuestro Adán un poco talludito para usted? Aunque, mira, tiene casa propia… — E-Eva… —¡Vaya casualidad! Adán y Eva, nada menos… Por la chispa en los ojos, al abuelo la situación también le parecía un golpe de suerte. — ¿Y dónde está Dimitri? —susurró Eva de pronto, vaciando de golpe las dos copas, abrumada. — ¡Yo soy Dimitri! —levantó la mano el niño de unos ocho años. — Quita, hijo, aún te falta mucho para ser Dimitri —le bajó la mano la madre, llevándose a los niños al coche. — Pe-perdón, creo que me he confundido de piso —recuperó Eva la lucidez, recordando la lucha con la cerradura—. ¿Esto es la calle Lila, dieciocho, piso veintiséis? — No, esto es la calle Sauco, dieciocho —aclaró el abuelo, ya dispuesto a abrir su sorpresa inesperada. — Pues sí… siempre las confundo —suspiró Eva con tono trágico—. Pasen y pónganse cómodos, que tengo que hacer una llamada. Cogió el móvil y se atrincheró en el baño. Arropada en una toalla, descubrió el mensaje de Dimi. «Dimi, llego en nada, me he entretenido en el supermercado», escribió Eva. «Vale, te espero. Si puedes, trae un vinito», respondió Dimi por audio. Vino pensaba llevar, pero ahora lo llevaba dentro. Cogió la alfombrilla y la cortina, esperó que los intrusos pasaran a la cocina y escapó. — ¡Mira, Matías, que se fuga! ¡El amor se escapa! —gritaban los vecinos entre puertas entornadas. *** — Te contaré luego —le explicó Eva a Dimi al abrirle la puerta, su aspecto aún de todo menos “hogareño”. Como en sueños, entró a toda velocidad, fue directa al baño, volvió a poner la cortina, colocó la alfombrilla y cayó rendida en el sofá hasta la mañana siguiente, cuando el vino y el estrés se le disiparon. Al despertar, una cara desconocida le esperaba expectante. — Disculpa… ¿Qué dirección es esta…? — Jasmine, dieciocho.

Paraíso en un piso modesto

Cuando Alejandro le entrega a Inés las llaves de su piso en Madrid, ella entiende por fin que ha conquistado su particular Bastilla. Ningún Javier Bardem ha esperado un Goya como Inés aguardaba a su Adán (aunque fuese un Alejandro), y más aún, con piso propio. Desesperanzada, a sus treinta y cinco años, cada vez miraba con más ternura a los gatos callejeros y a los escaparates de Mercería y labores. Y entonces, aparece él: soltero, sus mejores años invertidos en su carrera de abogado, ensaladas verdes, gimnasio y chorradas de ese estilo como encontrarse a uno mismo en el mundo, pero sin hijos. Inés llevaba soñando con este regalo desde que tenía veinte años, y por fin ese Papá Noel rezagado parece haber entendido que no era una broma.

Tengo el último viaje de trabajo del año, y después soy todo tuyo le dice Alejandro mientras le da la preciada llave de su oasis. Eso sí, no te asustes de mi cueva. Yo solo piso la casa para dormir, añade, y tras montarse en un AVE, se marcha a Barcelona hasta el lunes.

Inés agarra el cepillo de dientes, crema, discos desmaquillantes y se va a descubrir la madriguera. Los problemas empiezan ya en la puerta: Alejandro advirtió que la cerradura a veces se atasca, pero Inés no pensaba que sería tanto. Se pelea con la puerta cuarenta minutos: empuja, tira, mete la llave al fondo, intenta en ángulo, pero esa celosa puerta se niega a mostrar su interior a la nueva inquilina. Inés prueba con la psicología como hacían sus compañeros de clase en los recreos, y con el ruido sale la vecina.

Perdone, ¿por qué intenta entrar en un piso ajeno? pregunta una señora preocupada.

No, que va, tengo llaves, responde Inés, frustrada y empapada en sudor.

¿Y quién es usted? Hace años que no la veo por aquí.

¡Soy su novia! afirma Inés, retadora, con las manos en la cintura, pero solo ve el rabillo de una puerta apenas abierta.

¿De veras? la mujer no oculta su sorpresa.

Sí, ¿algún problema?

No, no, ninguno… Es solo que nunca vi a nadie entrar con él (eso hizo que Inés quisiera a Alejandro aún más), y de golpe… en fin…

¿De golpe qué?

Perdón, no es asunto mío, y la vecina cierra.

Consciente de que aquel piso sería suyo o no sería de nadie, Inés hunde la llave y empuja con toda la fuerza de su deseo de un hogar; a punto está de girar el marco entero, pero finalmente la puerta cede.

El universo interior de Alejandro se presenta tal cual es ante Inés, y a su ánimo le entra una oleada de frío. Un joven soltero puede ser algo austero, claro, pero aquello era una celda.

Ay, pobrecito, tu corazón no ha conocido jamás lo que es el calor de un hogar, susurra Inés mientras observa aquel piso escaso, gris, donde pronto pasará muchos días.

Sin embargo, se alegra: la vecina tenía razón, ni una mano femenina había pasado por allí. Inés será la primera.

Sin poder evitarlo, sale disparada al bazar del barrio a por una cortinita bonita y una alfombra de baño, y de paso, manoplas y paños de cocina. Por supuesto, en la tienda le vienen más ideas Al kit se suman ambientadores, jabón artesano, y mil recovecos para maquillaje.

Meter estos detalles en otro piso no es de caraduras, se anima Inés sujetando un nuevo carrito entre las manos.

La cerradura ya no se resiste a Inés; de hecho, ha dejado de funcionar, como portero de fútbol que olvida el casco antes del partido. Inés, consciente del destrozo, pasa la noche desmontando el viejo bombín con cuchillos de cocina y a la mañana corre a por uno nuevo. Ya de paso, cambia cubiertos, cucharas, mantel, tablas de cortar y salvamanteles. Pronto también se propone renovar cortinas.

El domingo, a mediodía, Alejandro llama y le explica que debe quedarse unos días más en Barcelona.

Me alegraré si aportas algo de calor a mi piso, sonríe desde el teléfono cuando Inés le admite que ha hecho alguna reforma decorativa.

En verdad, Inés ya ha metido en la casa tanta calidez como un camión de mudanzas. Años de anhelos de una mujer sola le desatan las manos, y el puchero ahora hierve sin freno.

Para cuando Alejandro vuelva, del antiguo piso solo quedará la araña junto al respiradero. Inés había pensado echarla, pero viendo sus ocho ojos petrificados por tanta novedad, decide que mejor dejarla como guardián de la privacidad ajena.

El hogar de Alejandro ahora parece el de un hombre que lleva ocho años feliz casado, luego decepcionado y después, feliz de nuevo pese a todo. Inés no solo reforma el piso, sino todo el edificio: pronto los vecinos saben que es la nueva señora y todas las dudas deben ir a ella. Aún no hay alianza en el dedo, pero eso ya es cuestión de trámite. Los vecinos primero la miran de reojo, pero luego se encogen de hombros: Bueno, chica, tú verás, no nos importa.

***

El día que vuelve Alejandro, Inés prepara una cena casera espectacular, embute sus todavía firmes glúteos en un vestido llamativo, enciende unas varitas de incienso, baja las luces nuevas y se pone a esperar. ¡Vaya recibimiento para su Adán! Su propio edén sin manzanas.

Alejandro se retrasa. Cuando Inés nota que el vestido la marca en el punto exacto para el que semanas sudó en el gimnasio, oye una llave girar.

La cerradura es nueva, solo empuja, no está cerrada contesta ella, nerviosa pero seductora. No teme el juicio. Después de lo que ha hecho con el piso, todo le será perdonado.

Justo en ese instante le entra un mensaje: ¿Dónde estás? Ya estoy en casa. Todo igual, menos mal que no has llenado de maquillaje mi piso, como me decían mis amigos. Aunque Inés lo leerá mucho más tarde, porque justo entonces entran cinco desconocidos: dos chicos jóvenes, dos niños pequeños y un señor mayor que, al ver a Inés, se estira y alisa su blanca melena.

¡Vaya, papá! Menuda bienvenida. ¿Para qué te has ido al balneario, con lo que tienes aquí todo incluido? bromea el joven, recibiendo enseguida un codazo de su mujer.

Inés, paralizada y con dos copas llenas, quisiera gritar pero no puede salir del shock.

En la esquina, la araña parece soltar risitas.

Disculpe, ¿y usted quién es? balbucea Inés.

Propietario de esta cueva, señorita. ¿Usted viene de algún centro médico? ¿Trae las curas? Creo que dije que podía arreglarme solo, responde el señor, mirando el disfraz de enfermera sexy de Inés.

Vaya, don Adán, aquí tiene usted la casa hecha un primor, se asoma la nuera. Así da gusto, que esto parecía una cripta. Y usted, ¿cómo se llama, guapa? ¿No es un poco mayorcita para nuestro Adán? Aunque claro, hombre con piso propio

I Inés

¡Mira tú! Adán también acierta escogiendo personal, suelta la nuera con retranca.

Al abuelo, por la chispa en los ojos, le parece una bendición.

¿Y Alejandro? susurra Inés, vaciando de golpe ambas copas.

¡Yo soy Alejandro! levanta la mano el pequeño de ocho años.

Espera, cariño, lo detiene su madre y se lleva a los niños y al marido al coche.

Pperdón, creo que me he equivocado de piso Esto es, ¿Calle Azucena, dieciocho, piso veintiséis?

No, esto es Calle Almendro, dieciocho, el abuelo frota las manos, listo para abrir paquetes.

Claro… siempre las confundo suspira Inés trágicamente. Pasen, pónganse cómodos que yo hago una llamada.

Agarra el móvil y se encierra en el baño, donde, envuelta en la toalla y la vergüenza, por fin lee el mensaje de Alejandro.

Ale, llego enseguida, es que me he entretenido en el súper, escribe para justificarse.

Vale, te espero. Si puedes, trae una botella de vino, responde Alejandro por nota de voz.

El vino tenía que llevarlo, pero ya lo lleva por dentro. Coge la alfombra y la cortina y, cuando los intrusos se adentran en la cocina, escapa de puntillas del baño. Sin dudar, recoge sus cosas en una bolsa y huye del piso.

¡El amor se va, don Adán! gritan los vecinos al verla salir.

***

Te lo contaré luego, dice Inés al joven que le abre la puerta.

En trance, atraviesa el pasillo sin mirarle y va directa al baño: coloca la cortina y la alfombra rescatadas, después se deja caer en el sofá y duerme hasta el día siguiente, cuando el cansancio y el vino dejan de hacer efecto. Al abrir los ojos, un joven desconocido la observa esperando explicaciones.

¿Perdona, qué dirección es esta?

Calle Jazmín, dieciocho.

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Un paraíso en un piso de barrio Cuando Dimi entregó a Eva las llaves de su piso, supo que la Bastilla había caído. Ni Leonardo DiCaprio aguardó el Oscar con tanta ansia como Eva esperaba a su Adán (aunque fuera Dimi), y además con su propio nidito. A sus treinta y cinco años y desilusionada, Eva empezaba a mirar con lástima a los gatos callejeros y a las tiendas de “Todo para labores”. Y ahí estaba él: un solitario, que había gastado su juventud en la carrera, la dieta sana, el gimnasio y demás tonterías, además de, para colmo, sin hijos. Eva llevaba deseando con todas sus fuerzas ese regalo desde los veinte, y el lento de Papá Noel por fin parecía haber captado el mensaje: ella no estaba de broma. — Me queda el último viaje de trabajo del año y después soy todo tuyo —dijo Dimi al darle la preciada cerradura de su pequeño oasis—. No te asustes de mi cueva: sólo piso mi casa para irme a dormir —añadió, se subió a un “Boeing” y desapareció a otro huso horario todo el fin de semana. Eva cogió su cepillo de dientes, su crema y sus algodones, y se fue a ver qué clase de ‘cueva’ era aquella. Los problemas comenzaron en la puerta. Dimi ya la había advertido de que la cerradura a veces se atascaba, pero Eva jamás pensó que tanto. Lanzó asalto tras asalto durante cuarenta minutos: empujaba, tiraba, giraba la llave hasta el fondo, probaba de puntillas, pero esa condenada puerta recelosa no quería abrirse a la nueva inquilina. Eva empezó a jugarle una guerra psicológica, como le enseñaron tras los garajes de su colegio. El alboroto alertó a la vecina: — ¿Por qué intenta entrar en una casa ajena? —preguntó una voz femenina preocupada. — No intento nada, tengo las llaves —replicó Eva, sudando y cabreada. — ¿Quién es usted? Nunca la he visto antes. — ¡Soy su novia! —contestó Eva desafiante, con las manos en la cadera, pero sólo vio la rendija por la que la espiaban. — ¿Usted? —dudó la mujer, sorprendida. — Sí, yo misma. ¿Algún problema? — No, ninguno… Es sólo que nunca ha traído a nadie aquí (Eva quería aún más a Dimi por aquello). Pero ahora de golpe… — ¿De golpe qué? —se extrañó Eva. — Bueno… no es asunto mío, perdón —cerró la vecina. Sabiendo que esto era un “o tú o yo”, Eva metió la llave hasta el fondo y empujó con todas sus ganas de entrar en el ansiado piso, casi girando el marco entero. La puerta cedió. El mundo interior de Dimi se reveló ante ella, y su alma se cubrió de escarcha. Sí, se espera cierto ascetismo de un joven soltero, pero aquello parecía una celda monástica. — Pobrete, tu corazón ya olvidó, si es que alguna vez supo, lo que es el calor de hogar —se le escapó a Eva mientras inspeccionaba la austera vivienda donde empezaría a habitual con frecuencia. Por otro lado, estaba encantada. La vecina no mentía: una mano femenina jamás había rozado aquellas paredes, suelos, cocina ni ventanas grises. Eva era la primera. Incapaz de esperar, se puso los zapatos y fue corriendo al chino de la esquina a por una cortinita bonita y una alfombrilla para el baño, aprovechando para coger agarradores y paños de cocina. Por supuesto, allí le dio el arrebato: a la cortinilla y alfombrilla se sumaron ambientadores, jabones artesanos y cajas para el maquillaje. “Añadir estos detalles a un piso ajeno no es exceso de confianza”, se repetía Eva, colgando un segundo carrito del primero. La cerradura ya no se resistía a Eva. De hecho, dejó de cumplir su función, y parecía el portero de hockey que olvida la máscara antes del partido. Eva, consciente del destrozo, pasó la noche entera cambiando el cerrojo con cuchillos de cocina para ir sobre seguro al día siguiente a por uno nuevo. Los cuchillos, claro, también debían sustituirse. Y luego los tenedores, cucharas, mantel, tablas de cortar y salvamanteles. Después, era un paso hasta las cortinas. El domingo a mediodía llamó Dimi: tendría que alargar el viaje unos días más. — Encantado si consigues darle un poco de calor y hogar al piso —le sonreía, satisfecho, al oír que Eva había tomado ciertas libertades con la decoración. Para entonces, el confort llegaba ya en camiones; Eva lo organizaba usando planos y esquemas casi oficiales. Años de acumulación hogareña reprimida en una mujer sola, y una vez liberadas las manos, la olla hervía sin parar. Cuando Dimi volvió, lo único que quedaba de su antiguo piso era una araña junto a la rejilla de ventilación. Eva estuvo a punto de echarla también, pero al ver sus ocho ojos atônitos por tanto cambio de golpe, comprendió que era mejor dejarla como símbolo de respeto al espacio ajeno. Desde ese momento, el piso de Dimi parecía el de un hombre casado y feliz desde hacía ocho años, después decepcionado y, finalmente, feliz a pesar de todo. Además de redecorar, Eva se aseguró de que todo el bloque supiera que ella era la nueva señora y que cualquier cosa se le dirigía a ella. Que aún no hubiese anillo era una nimiedad. Los vecinos comenzaron recelosos, pero pronto encogían los hombros: “Como usted diga, a nosotros nos da igual, es cosa suya”. *** El día de la llegada de Dimi, Eva preparó una cena casera, se metió sus aún tersas posaderas en un modelito atrevido y vulgar, puso inciensos y bajó las luces nuevas y, a la espera, se dispuso a recibir a su Adán. ¡Menuda bienvenida! Tenían ya su propio edén sin serpentear de por medio. Dimi tardaba. Cuando Eva ya notaba el modelito clavándose justo allí para lo que medio año estuvo haciendo sentadillas, un hombre metió la llave en la cerradura. — ¡La cerradura es nueva, sólo empuja, no está echada! —avisó Eva medio avergonzada, pero muy seductora. El qué dirán le era indiferente: tras la reforma, le perdonarían lo que fuese. Entonces, en el instante en que se abría la puerta, Eva recibió un mensaje de Dimi: “¿Dónde andas? Estoy en casa. Y veo que el piso está igual, mis amigos me dijeron que lo llenarías de potingues”. Claro que Eva leyó aquello mucho después. Porque, en ese preciso momento, entraron cinco desconocidos: dos jóvenes, dos niños y un abuelo ya mayorcete, quien al ver a Eva se irguió y se peinó lo poco de pelo que le quedaba. — Vaya, papá, pedazo recibimiento. ¿Y para qué el balneario si tienes “todo incluido” en casa? —se burló el joven, recibiendo de inmediato un pescozón de su mujer por mirar demasiado. Eva permanecía clavada en el umbral, dos copas en la mano, sintiéndose petrificada. Querría gritar, pero el estupor se lo impedía. En un rincón, la araña reía. — Perdone… ¿Y usted quién es? —balbuceó Eva. — El propietario de este modesto nidito. ¿Y usted es de la Seguridad Social, que viene a ponerme curas? Juraría haber dicho que podía apañármelas solo —contestó el abuelo, mirando a Eva enfundada en sexy disfraz de enfermera. — Pues sí que se respira paz y hogar, don Adán, ¡nada que ver con ese panteón de antes! —afirmó la nuera detrás de Eva—. ¿Y usted, señorita, cómo se llama? ¿No es nuestro Adán un poco talludito para usted? Aunque, mira, tiene casa propia… — E-Eva… —¡Vaya casualidad! Adán y Eva, nada menos… Por la chispa en los ojos, al abuelo la situación también le parecía un golpe de suerte. — ¿Y dónde está Dimitri? —susurró Eva de pronto, vaciando de golpe las dos copas, abrumada. — ¡Yo soy Dimitri! —levantó la mano el niño de unos ocho años. — Quita, hijo, aún te falta mucho para ser Dimitri —le bajó la mano la madre, llevándose a los niños al coche. — Pe-perdón, creo que me he confundido de piso —recuperó Eva la lucidez, recordando la lucha con la cerradura—. ¿Esto es la calle Lila, dieciocho, piso veintiséis? — No, esto es la calle Sauco, dieciocho —aclaró el abuelo, ya dispuesto a abrir su sorpresa inesperada. — Pues sí… siempre las confundo —suspiró Eva con tono trágico—. Pasen y pónganse cómodos, que tengo que hacer una llamada. Cogió el móvil y se atrincheró en el baño. Arropada en una toalla, descubrió el mensaje de Dimi. «Dimi, llego en nada, me he entretenido en el supermercado», escribió Eva. «Vale, te espero. Si puedes, trae un vinito», respondió Dimi por audio. Vino pensaba llevar, pero ahora lo llevaba dentro. Cogió la alfombrilla y la cortina, esperó que los intrusos pasaran a la cocina y escapó. — ¡Mira, Matías, que se fuga! ¡El amor se escapa! —gritaban los vecinos entre puertas entornadas. *** — Te contaré luego —le explicó Eva a Dimi al abrirle la puerta, su aspecto aún de todo menos “hogareño”. Como en sueños, entró a toda velocidad, fue directa al baño, volvió a poner la cortina, colocó la alfombrilla y cayó rendida en el sofá hasta la mañana siguiente, cuando el vino y el estrés se le disiparon. Al despertar, una cara desconocida le esperaba expectante. — Disculpa… ¿Qué dirección es esta…? — Jasmine, dieciocho.
En el funeral de una niña de 8 años, el ataúd se incendió de repente: cuando la familia descubrió el motivo, quedó estupefacta.