Diario, día 2 del viaje en tren. Me asombra lo rápido que uno pasa de ser un desconocido a sentirse parte de una curiosa familia improvisada, compartiendo termos de café y resolviendo crucigramas mientras el traqueteo acompaña nuestras conversaciones filosóficas sobre la vida. Este síndrome del viajero parece brotar especialmente en los vagones, donde escuchas historias que sólo se confiesan aquí, entre desconocidos destinados a separarse en poco tiempo.
Voy sentada en el asiento lateral, justo frente al pasillo. En el compartimento contiguo, tres señoras mayores conversan animadas, intercambiando trucos de cocina e instrucciones sobre cómo tejer calcetines con dos agujas. El tren atraviesa un puente. La vista me quita el aliento: cielo despejado, rayos de sol bañando el paisaje, y abajo el Tajo serpenteando con sus aguas mansas. En la otra orilla, sobre una colina cubierta por una alfombra de pastos silvestres, se eleva la silueta blanca de una iglesia, sus cúpulas doradas brillando como coronas.
Las mujeres se quedan calladas. Una de ellas se persigna suavemente.
No sabéis la historia que tengo dice, su voz se hace confidencial. Creédmela, o no, pero os la cuento igual.
Me concentro en escucharla. Habla de una primavera de hace unos años. Vivía sola en una aldea pequeña, perdida en la provincia de Salamanca, sin hijos ni marido; él falleció hace mucho. El pueblo, aunque diminuto, se extendía a ambos lados del río. Para ir al colmado o a la oficina de correos, debía cruzar un viejo puente de madera.
Relata que una mañana temprano la llamó su hermano desde Valladolid. Viajaba por trabajo y planeaba desviarse sólo para visitarla: ¡llevaban cinco años sin verse! La emoción la abrazó. Pensó en recibirlo como se merece, con dulces caseros y tertulia. Salió disparada de casa con su abrigo y las botas de lana, tan ansiosa que ni siquiera se abrochó el abrigo, sólo lo cruzó por encima.
Al llegar a la ribera, razonó: Si tomo el puente perderé tiempo, ¿y si cruzo por el hielo?. Habían sido días soleados, pero las noches aún traían escarcha. Vio a unos pescadores acurrucados junto al puente, tan tranquilos sobre la superficie helada. Si esos hombres, grandes y con todo su equipo, no se hunden, seguro que yo, tan menudita, tampoco, pensó.
Bajó con precaución. El hielo apenas crujió bajo sus pasos. Pero, de repente, ni se dio cuenta de que caía al agua: el frío quemó, el aire se le escapó en un grito breve. Luchó por emerger, el abrigo pesado la arrastraba. ¡Menos mal que no se lo había abrochado! Lo soltó, y fue más fácil llegar a la superficie. Al intentar apoyarse en el borde glaciar, el hielo se partía bajo sus manos y una y otra vez se hundía, sin voz para pedir auxilio.
Divisó a su vecina en la orilla mirándola fijamente. Levantó el brazo, agitándolo desesperada para que llamase a los pescadores. Pero la vecina, en vez de acudir, retrocedió y desapareció del campo de visión. Pues así será mi final pensó mi compañera de tren. Lástima, mi hermano vendrá y no me encontrará.
En un último esfuerzo, con el hielo de nuevo resquebrajándose, de repente no sabe bien de dónde apareció un hombre. No lo había visto antes. Él se tumbó sobre el hielo, extendió una rama y gritó:
¡Ven, puedes hacerlo! ¡Agárrate!
Aún no entiende de dónde sacó fuerzas. El hielo bajo el peso del hombre también crujió, así que él volvió a la orilla, arrancó de un tirón un joven abedul y le empujó el tronco por encima del hielo.
¡Agarra el tronco! ¡Por el tronco!
Se aferró como pudo, y él la arrastró fuera, igual que en los cuentos se saca una zanahoria grande de la tierra. Llena de frío y lágrimas, sintió su aliento sobre el rostro.
¿Sigues viva, madre? preguntó el hombre.
Sólo pudo asentir.
Gracias a Dios dijo él. Vuelve a casa tranquila, no te pondrás enferma.
Ella se limpió las lágrimas, se levantó. Al volver la vista, el hombre ya no estaba. ¿A dónde fue? Desde cualquier punto se veía la ribera, y la distancia hasta el giro del río era larga; los pescadores se acercaban corriendo, ninguno le había visto.
Uno de ellos la acompañó a casa. Ya a salvo y tras cambiarse la ropa, preparó un té bien caliente. Pero, claro, aún tenía que comprar comestibles, así que salió de nuevo, cruzó el puente y, al llegar a la tienda, encontró a la vecina delante de la puerta, persignándose al verla.
¿No te has ahogado entonces?
¿Y por qué no pediste ayuda? le contestó ella con otra pregunta.
Pensé que si me acercaba me hundía también, y para cuando llegara a los pescadores ya sería tarde. Si era tu destino, pues era tu destino. Pero veo que no, que no era tu final. Menos mal que todo salió bien.
El hermano sólo estuvo un día; ella no quiso contarle lo ocurrido. Cuando se marchó, la mujer recorrió el pueblo preguntando si alguien conocía al hombre que la salvó. Nadie esperaba invitados, y además, por la ropa extraña que llevaba (como una capa con capucha), no era del lugar. Tampoco en casa de los pocos parientes que reciben visitas reconocían al forastero. Tenía la sensación de haberlo visto antes, aunque no recordaba dónde.
Al día siguiente, decidió ir a la iglesia de la villa vecina, para encender una vela y dar gracias por su milagro. Nada más cruzar el umbral del templo, se quedó petrificada. En la imagen de San Nicolás, el Santo que todo el mundo llama el protector de las aguas, reconoció a su salvador: era su rostro, era él.
Se arrodilló allí mismo, abrumada por la emoción. Luego pasó largo rato hablando con el párroco sobre el misterio.
Así terminó su relato la señora con esa manera tan española de aceptar lo extraordinario compartiéndolo con serenidad. ¿Me creéis o no? Desde aquel día, ni un resfriado he tenido, ni una sola vez he estornudado. Así son los milagros. Vosotras decidís si os lo creéis.







