NI CONTIGO, NI SIN TI… —Nunca prometas nada. Jamás jures por nada. Puedes jurar amor eterno, pero la vida te sorprende con un nuevo amor del que no podrás escapar. La vida es, en general, una caja de sorpresas impredecibles. Por eso, simplemente ama, simplemente alégrate, simplemente vive —decía Doña Verónica, creyendo compartir verdades sensatas. —¿Un nuevo amor? Mamá, ¿cómo es eso? Para mí es una traición a la persona que amas —Ana miró asombrada a su madre. —Anita, puede que tengas razón, que sea una traición, una infidelidad. Pero… ¿cómo explicártelo? El amor se va. Y no se puede frenar. No se puede retener. Llegas a ser completamente indiferente hacia alguien a quien adorabas. Intentar recuperar lo perdido es como regar arena en el desierto. Es inútil. Así es la vida, Ana… Llega un sentimiento nuevo. Puedes llamarlo electricidad. El amor antiguo se borra y fluye el nuevo. Y no entiendes por qué pasa. Por qué de repente surge la chispa de la pasión. Es tan doloroso y dulce a la vez. ¿Cómo se domina esa pasión que lleva al abismo? Encuentras lo tuyo y lo otro ya no tiene sabor. En fin, pura química de sentimientos. ¿Cómo describir, por ejemplo, el color rojo? No se puede. No hay palabras. Así pasa con los sentimientos —suspiró Doña Verónica, abrumada. Ana miró fijamente a su madre. Creyó percibir que su madre hablaba de sí misma, de un amor secreto. —Dices cosas extrañas, mamá. Pero intentaré entenderte —Ana se dispuso a salir de la habitación. —Eso espero… —Doña Verónica abrazó a su hija cariñosamente. …¿Cómo explicar a una hija, incluso a uno mismo, que da igual cuántos años hayas estado con tu marido o mujer: uno, veinte…? Cuántos golpes habéis soportado junt@s… Cuántos hijos tenéis en común… No importa… De repente aparece esa persona. Te sumerges en su vida voluntariamente. Y te preguntas cómo has podido respirar, vivir sin él tanto tiempo. ¿Cómo? Doña Verónica miraba por la ventana con resignación. ¿Y ahora qué? Olvidar a ese hombre le era imposible. Ya estaba en su vida y eso no tenía remedio. Era una espina clavada en su corazón. No se borra. Ni un psicólogo ayudaría. Esto es amor… «No tengo la culpa de nada. No he buscado a nadie. Ha sido Eduardo quien me encontró. No me va a soltar. He intentado alejarme muchas veces. Nunca lo logré. Me estremece con solo rozarme. Será el destino. Que así sea.» Doña Verónica decidió no decirle nada a su marido sobre la separación. En secreto, haría la maleta y se marcharía con Eduardo a otra ciudad, donde empezarían juntos un nuevo hogar. Eduardo llevaba tiempo insistiéndole. El amor ya estaba maduro… Quizá su marido sospechara el motivo de la huida. Los últimos seis meses, Doña Verónica dejaba el móvil debajo de la almohada por las noches, lo llevaba a la ducha, no lo soltaba… Su marido lo entendería, era hombre inteligente… «Mi hija es de las que hacen lo correcto. Eligió a su marido y punto. Aunque se casara con prisas… Nada de aventuras, ni a un lado ni al otro. De una pieza. Ana fiel a su marido, como el hilo a la aguja. Familia perfecta. Tuvo un hijo y le entregó su alma. Aunque él no se le parece. Un trasto. Pero bueno, la vida pone todo en su sitio, ajusta las cosas y da juicio.» Por fin, Doña Verónica se preparó para el viaje. Hacia su amado. Para siempre. Sin embargo, la vida tenía otros planes. Duros, irrevocables. Como un latigazo de ortiga. Su marido cayó enfermo, se volvió indefenso como un niño. Ictus. Ay… Antes, junto a él, cualquier desgracia era la mitad de una desgracia… Doña Verónica oscilaba entre su enamorado y su marido. A Eduardo solo podía llamarle por teléfono. Hubo momentos de amarga desesperación y parálisis. No quería ni amor, ni pasión, ni nada… La vida patas arriba… Sentía una compasión enorme por su marido, no lograba olvidar a Eduardo (los sentimientos solo crecían). Su hija, al ver el sufrimiento de su madre, le dijo: —Mamá, yo cuidaré de papá. Haz tu vida… Doña Verónica rompió a llorar, abrazó a Ana y suspiró: —Gracias, Anita. Eres una chica sabia. Esa misma tarde, Doña Verónica esperaba el tren en la estación. …Encuentro con Eduardo. Lágrimas de felicidad, besos desesperados, conversaciones vacías. —Hola, mi vida —Doña Verónica se aferró a Eduardo, sin soltarle durante un largo rato. —Verónica, cuánto te he esperado —Eduardo besó con pasión la mano de su amada. …La noche fue de ensueño. Infinita… Pasión hecha jirones, ansiado reencuentro, placer a flor de piel, insaciabilidad… Las sábanas recordaban gemidos… ¿Dónde estaba el cielo? ¿Dónde, la tierra? Como si fuera la última vez… ¡Cuánta falta hacía aquella cita incierta! …Y tres días después, Doña Verónica velaba junto a la cama de su marido postrado… Recogía con un pañuelo las lágrimas, propias y ajenas…

NI CONTIGO, NI SIN TI

Nunca jures nada, nunca. No te comprometas en vano. Puedes jurar amor eterno y la vida te regala un nuevo amor, uno tan fuerte que no eres capaz de apartarte de él afirma con aplomo Verónica Casares, convencida de que comparte una verdad sensata.

¿Nuevo amor? Mamá, ¿cómo es eso? Me parece que eso es traición a quien amas responde sorprendida Lucía, mirando a su madre como si de pronto le hablara en otro idioma.

Lucía, quizá sí, sea una traición. Una infidelidad, quizás. Pero ¿cómo explicártelo? El amor se va. No se puede detener, ni retener. Llega un día en que te vuelves absolutamente indiferente hacia la persona por la que antes hubieras dado la vida. Intentar recuperar lo que fue es como regar arena en el desierto. No sirve de nada. Así pasa, hija

Aparece un nuevo sentimiento. Es como una corriente eléctrica. El amor de antes se borra, y fluye una pasión distinta. No entiendes por qué sucede, de repente chisporrotea la llama de la ilusión. Es doloroso y dulce al tiempo. ¿Quién puede luchar contra esta pasión arrolladora?

Encuentras a tu mitad y lo demás te sabe a poco. Es pura química de las emociones.

¿Cómo describir, por ejemplo, el color rojo? No hay palabras exactas. Con los sentimientos es igual Verónica suspira con resignación.

Lucía la observa con atención.
Le parece que su madre habla de sí misma, de una ilusión secreta.

Mamá, dices cosas muy extrañas, pero intentaré comprenderte añade Lucía, dispuesta ya a salir del salón.

Confío en ello Verónica abraza cálidamente a su hija.

¿Cómo explicarle a tu hija, o incluso a ti misma, que da igual cuánto tiempo lleves casada con tu pareja? Ya sean diez, veinte años Da igual cuántos golpes del destino habéis superado juntos, cuántos hijos os unen No importa

De pronto aparece esa persona. Te lanzas a su vida casi sin poder evitarlo.

Y piensas: ¿cómo podía yo respirar y vivir sin él media vida? ¿Cómo?

Verónica se queda pensativa mirando por la ventana, preguntándose qué será lo próximo.

No puede olvidar a ese hombre. Forma parte de ella, le quema como una astilla en el corazón. No se puede borrar. Ni los psicólogos ayudan. Esto es amor

«No tengo culpa de nada. No busqué a nadie. Eduardo me encontró a mí. No me deja ir. Muchas veces intenté huir. Fue imposible. Se me eriza la piel con solo sentirlo cerca. Es el destino. No lo puedo evitar.»

Verónica ha decidido no decirle nada a su marido sobre la despedida. En secreto, irá recogiendo sus cosas para marcharse con Eduardo a Valencia, donde empezarán una nueva vida juntos.

Eduardo la llama desde hace tiempo y su amor ya se ha posado, madurado

Quizá su marido intuya el motivo de su huida. Estos últimos seis meses Verónica no se separa del móvil: lo pone bajo la almohada al dormir, lo lleva al baño, nunca lo suelta

Su marido es listo, lo va a comprender.

«Mi hija es de las que tienen las ideas claras. Eligió a un buen hombre y ahí se quedó. Aunque salió corriendo al casarse, pero bueno No se le conocen tentaciones ni historias. Firme como una piedra. Lucía está siempre con su marido, una sombra detrás de él. Una familia perfecta. Dio a luz a un hijo, en él puso el alma. A pesar de que salió travieso, la vida le pondrá en su sitio y le enseñará.»

Por fin, Verónica se prepara para el viaje. Hacia el amor. Para siempre.

Sin embargo, la vida cambia el rumbo, y lo hace sin avisar, sin piedad. Como si la golpeara con ortigas.

Su marido cae enfermo de repente, incapacitado como un niño pequeño. Un ictus.

Qué duro

Antes, cualquier problema lo afrontaban juntos, el doble era medio pesar

Ahora Verónica va de un lado a otro, entre su amor y el marido enfermo. Solo le queda telefonear a Eduardo. Hay días en los que la desesperación es insoportable, y nada le apetece: ni amor, ni pasión, nada

Todo patas arriba

Siente una pena infinita por su marido y no logra olvidar a Eduardo (el sentimiento por él solo crece y crece).

Su hija, al ver cuánto sufre su madre, le dice:

Mamá, déjame a mí el cuidado de papá. Vive tu vida

Verónica rompe a llorar, abraza a Lucía y le susurra al oído:

Gracias, Lucía. Eres una chica sabia.

Ese mismo atardecer, Verónica espera el tren en la estación de Atocha.

El encuentro con Eduardo. Lágrimas de alegría, besos ansiosos, palabras sin sentido.

Hola, mi cielo Verónica se cuelga de los hombros de Eduardo y no lo suelta.

Verónica, cuánto te he echado de menos Eduardo le besa la mano con pasión.

La noche es mágica, interminable Pasión desbordada, años de espera, placer hasta estremecer, hambre insaciable

Las sábanas guardan gemidos

¿Dónde está el cielo?
¿Dónde la tierra?
Como si fuera la última vez

Cuánto necesitaba esa frágil cita.

Tres días después, Verónica cuida del marido postrado en cama
Seca las lágrimas con una servilleta, las suyas, las de élAl amanecer, la realidad vuelve con su peso: mensajes en el teléfono de Lucía, recordándole el cambio de medicación de su padre; el sonido frío y rutinario del mundo despertando allá afuera. Eduardo duerme abrazado a ella, confiado, y Verónica lo observa, preguntándose si ese amor correspondido será suficiente para curar los vacíos que la vida ha ido dejando tras de sí.

Vestirse con la ropa del día, vestirse también con las promesas de un futuro en el que la pasión no se mezcle con la culpa ni el deseo con la tristeza. Pero sabe, en lo más hondo, que ni contigo ni sin ti tiene remedio su mal. Quizá ese sea su destino: ser mitad y mitad, dividirse entre las sendas ya andadas y los caminos por descubrir.

Antes de marcharse a la nueva ciudad, Verónica llama a Lucía, escucha de fondo la voz ronca de su esposo preguntando con ternura por ella. Siente entonces, inesperadamente, una paz dulce y amarga.

Tal vez nunca entenderá del todo los caprichos del corazón, ni podrá jurar nada con certeza. Pero, al colgar, sonríe por primera vez en mucho tiempo, sintiendo que la vida incluso en su desorden es hermosa, porque al fin ha sido capaz de elegir.

Así, entre los andenes tibios de la estación y el futuro incierto que late en sus venas, Verónica comprende: no hay amor perfecto, ni existe el tiempo preciso, sólo momentos intensos, sinceros, que justifican todos los demás.

Y mientras el tren parte, ella, ligera, se permite cerrar los ojos y amar, sin culpa ni miedo, sabiendo por fin que la felicidad es siempre un instante robado al caos.

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NI CONTIGO, NI SIN TI… —Nunca prometas nada. Jamás jures por nada. Puedes jurar amor eterno, pero la vida te sorprende con un nuevo amor del que no podrás escapar. La vida es, en general, una caja de sorpresas impredecibles. Por eso, simplemente ama, simplemente alégrate, simplemente vive —decía Doña Verónica, creyendo compartir verdades sensatas. —¿Un nuevo amor? Mamá, ¿cómo es eso? Para mí es una traición a la persona que amas —Ana miró asombrada a su madre. —Anita, puede que tengas razón, que sea una traición, una infidelidad. Pero… ¿cómo explicártelo? El amor se va. Y no se puede frenar. No se puede retener. Llegas a ser completamente indiferente hacia alguien a quien adorabas. Intentar recuperar lo perdido es como regar arena en el desierto. Es inútil. Así es la vida, Ana… Llega un sentimiento nuevo. Puedes llamarlo electricidad. El amor antiguo se borra y fluye el nuevo. Y no entiendes por qué pasa. Por qué de repente surge la chispa de la pasión. Es tan doloroso y dulce a la vez. ¿Cómo se domina esa pasión que lleva al abismo? Encuentras lo tuyo y lo otro ya no tiene sabor. En fin, pura química de sentimientos. ¿Cómo describir, por ejemplo, el color rojo? No se puede. No hay palabras. Así pasa con los sentimientos —suspiró Doña Verónica, abrumada. Ana miró fijamente a su madre. Creyó percibir que su madre hablaba de sí misma, de un amor secreto. —Dices cosas extrañas, mamá. Pero intentaré entenderte —Ana se dispuso a salir de la habitación. —Eso espero… —Doña Verónica abrazó a su hija cariñosamente. …¿Cómo explicar a una hija, incluso a uno mismo, que da igual cuántos años hayas estado con tu marido o mujer: uno, veinte…? Cuántos golpes habéis soportado junt@s… Cuántos hijos tenéis en común… No importa… De repente aparece esa persona. Te sumerges en su vida voluntariamente. Y te preguntas cómo has podido respirar, vivir sin él tanto tiempo. ¿Cómo? Doña Verónica miraba por la ventana con resignación. ¿Y ahora qué? Olvidar a ese hombre le era imposible. Ya estaba en su vida y eso no tenía remedio. Era una espina clavada en su corazón. No se borra. Ni un psicólogo ayudaría. Esto es amor… «No tengo la culpa de nada. No he buscado a nadie. Ha sido Eduardo quien me encontró. No me va a soltar. He intentado alejarme muchas veces. Nunca lo logré. Me estremece con solo rozarme. Será el destino. Que así sea.» Doña Verónica decidió no decirle nada a su marido sobre la separación. En secreto, haría la maleta y se marcharía con Eduardo a otra ciudad, donde empezarían juntos un nuevo hogar. Eduardo llevaba tiempo insistiéndole. El amor ya estaba maduro… Quizá su marido sospechara el motivo de la huida. Los últimos seis meses, Doña Verónica dejaba el móvil debajo de la almohada por las noches, lo llevaba a la ducha, no lo soltaba… Su marido lo entendería, era hombre inteligente… «Mi hija es de las que hacen lo correcto. Eligió a su marido y punto. Aunque se casara con prisas… Nada de aventuras, ni a un lado ni al otro. De una pieza. Ana fiel a su marido, como el hilo a la aguja. Familia perfecta. Tuvo un hijo y le entregó su alma. Aunque él no se le parece. Un trasto. Pero bueno, la vida pone todo en su sitio, ajusta las cosas y da juicio.» Por fin, Doña Verónica se preparó para el viaje. Hacia su amado. Para siempre. Sin embargo, la vida tenía otros planes. Duros, irrevocables. Como un latigazo de ortiga. Su marido cayó enfermo, se volvió indefenso como un niño. Ictus. Ay… Antes, junto a él, cualquier desgracia era la mitad de una desgracia… Doña Verónica oscilaba entre su enamorado y su marido. A Eduardo solo podía llamarle por teléfono. Hubo momentos de amarga desesperación y parálisis. No quería ni amor, ni pasión, ni nada… La vida patas arriba… Sentía una compasión enorme por su marido, no lograba olvidar a Eduardo (los sentimientos solo crecían). Su hija, al ver el sufrimiento de su madre, le dijo: —Mamá, yo cuidaré de papá. Haz tu vida… Doña Verónica rompió a llorar, abrazó a Ana y suspiró: —Gracias, Anita. Eres una chica sabia. Esa misma tarde, Doña Verónica esperaba el tren en la estación. …Encuentro con Eduardo. Lágrimas de felicidad, besos desesperados, conversaciones vacías. —Hola, mi vida —Doña Verónica se aferró a Eduardo, sin soltarle durante un largo rato. —Verónica, cuánto te he esperado —Eduardo besó con pasión la mano de su amada. …La noche fue de ensueño. Infinita… Pasión hecha jirones, ansiado reencuentro, placer a flor de piel, insaciabilidad… Las sábanas recordaban gemidos… ¿Dónde estaba el cielo? ¿Dónde, la tierra? Como si fuera la última vez… ¡Cuánta falta hacía aquella cita incierta! …Y tres días después, Doña Verónica velaba junto a la cama de su marido postrado… Recogía con un pañuelo las lágrimas, propias y ajenas…
La historia continúaY entonces, el viejo reloj marcó la hora exacta en que los secretos del pasado volverían a despertar.