VEN, CUANDO QUIERAS… En el camino a la ermita me sentí desfallecer. A Yarina se le doblaban las piernas, todo se le volvía negro. Había que subir por un sendero estrecho hasta lo alto, pero le faltaban las fuerzas. Yarina se apartó del camino, se sentó agotada y luego se tumbó directamente en la hierba. Su amiga Olalla le puso la mochila como almohada. La gente pasaba, miraban con curiosidad a Yarina tendida y subían con paciencia hacia la antigua ermita. Alguien le ofreció una pastilla. Yarina abrió la boca, dócil, colocó la pastilla bajo la lengua sin preguntar qué era. Todo le daba igual. …Parece que algo mejoró. Pero ya no tenía ganas de subir a la cima. Yarina y Olalla bajaron hacia el río de montaña. Siguieron la corriente de vuelta hasta su hotel. Yarina, sin cambiarse de ropa, se tumbó en la cama. Estaba triste y confusa. «¿Por qué el Señor no me ha dejado entrar en Su templo? Me paró en seco. Como diciendo, “Aparta, Yarina, deja que los justos suban a mí. Y tú, pecadora, quédate aquí, piensa en tu vida…”» —Yarina, ¿te apetece un té? –Olalla la miró, preocupada, desde la puerta. —Gracias, Olalla. Mejor luego. —Yarina cerró los ojos y suspiró. «Mira, si no, a Olalla. Vaya historial… Maridos, amantes, ninguno duradero. Sin hijos y ni se apena por ello. La verdad, no le cabe más pecado en la vida. Y aún así, ahí va, a la ermita. Será que teme al infierno… Quién no quiere ir al Cielo. Y así, pasarse la vida entera a todo ritmo y al final, justo antes de morir, arrepentirse a tiempo. Mejor el último día… Pero puede que no llegues a tiempo… Pobre Olalla. Es buena, generosa, siempre me apoya. Nadie puede domar su carácter explosivo. Es egoísta, con mucho orgullo. Como algo no le cuadre, salta de inmediato… Nadie es imprescindible. …Pero a veces su almohada está empapada de lágrimas. Cuarenta y cuatro años y aún a la deriva, sin hallar puerto. Siempre flotando, luchando entre las mareas… Y lo que desea es amor. Verdadero, apasionado, que te queme los huesos. Siempre me reprocha mi vida. Que si un solo marido, dos hijos, los suegros incansables, la cocina a todas horas… Una vida de aburrimiento mortal. «Mira a tu alrededor, Yarina, tienes hombres detrás de ti. Prueba el amor, averigua cómo sabe. Siempre volverás a tu Igor. Él te perdona todo. Pero al menos conocerás la pasión, el fuego. ¡Deja ya tu rutina familiar! ¡Date un homenaje, amiga! No te arrepentirás.» …Ay, yo ya no quiero esas pasiones. Por decir la verdad, YA no las quiero. Yo ya tuve a Eugenio. Le quise hasta la locura. No sé por qué el destino me unió a ese hombre. Dos años de romance. Mi marido sospechaba, pero callaba. A veces pensé en dejar a Igor. Mi amante me enamoró, no podía ni quería negarme. Esas citas… temblores dulces, escalofríos, el corazón a punto de estallar. Me encendía, vaya si lo hacía… Es imposible describirlo… Y, aún así, fui capaz de dejarle. Amándole… Volví a mi familia. Y a veces pienso, ¿para qué? Con Eugenio todo era sencillo, pero tan feliz, sin fin. Igor… Ya no siento nada por él. Aunque una vez sí sentí; ¡y mucho! Hasta me cortaba la respiración… Solo queda la compasión. Él mismo se encargó de destrozar mi amor, mi marido, no me lo tengas en cuenta… Me lie la vida entera por entonces. Pero nunca conté nada a Olalla sobre mi amante. Ella sigue creyendo que soy una santa. Sí, claro… Y el Señor, al templo, no me dejó entrar… Me tiene calada… …Qué duro fue olvidar a Eugenio. Éramos almas gemelas, nos entendíamos al instante, tan solo con mirarnos… No creo que pueda borrarle jamás de mi memoria. Todo fue brutal, impulsivo, increíblemente intenso… De esos amores que ocurren solo una vez en la vida. ¿Quieres repetir, Yarina? ¡QUIERO! Ay de mí…», meditaba aquella mujer de 45 años… —Olalla, pon el té —Yarina sonrió y abrazó a su amiga. …Y en su mente sonó nítida una voz: «Encuéntrate, hija mía. Lava tu alma. Yo te quiero. Quiérete tú también. Y ven…»

VIENES TÚ…

Hoy, mientras subíamos hacia la ermita, empecé a encontrarme fatal. Sentía las piernas flojas, la vista se me nublaba. La senda era tan empinada que apenas podía respirar. Me salí del camino, busqué un rincón a la sombra y me tumbé directo sobre la hierba. Mi amiga Sonsoles, siempre tan atenta, me puso su mochila debajo de la cabeza.

La gente que pasaba nos miraba con curiosidad. Todos seguían subiendo, con su paso tranquilo, hacia la vieja ermita de la sierra. Alguien me ofreció una pastilla; ni pregunté qué era, la acepté sin interés y la puse bajo la lengua. Me sentía tan indiferente Al rato, parecía que me encontraba algo mejor.

Pero de subir hasta la cima, ya ni hablar. Así que Sonsoles y yo descendimos despacio hasta el arroyo. Luego, siguiendo el curso del agua, fuimos regresando al hotel rural donde nos alojamos.

Sin ni cambiarme, me tumbé encima de la cama. Me invadía una tristeza extraña. ¿Por qué, Señor, me cierras el paso al templo? ¿Por qué me pones un muro? Es como si dijeras, Aparte, Yasmín, que pasen los justos, tú, pecadora, descansa en mitad del camino y piensa en tu vida

Yasmín, ¿te preparo un té? Sonsoles me miraba angustiada, con esa ternura suya.
Gracias, Sonso, prefiero esperar un rato respondí con un suspiro, cerrando los ojos.

A veces pienso en Sonsoles. Vaya historial Maridos, amantes, y ni un hijo, que ni echa en falta. No tiene remedio, pero aun así se empeña en venir al templo. ¿Será miedo al infierno? En el fondo, todos queremos ganarnos el cielo; vivir a tope, quemar la vida y después, al final, tener tiempo de arrepentirse Mejor el último día.
Pero lo malo es que a veces no hay tiempo para eso.

Me da pena mi amiga. Es buena, noble, siempre está ahí. Nadie controla su carácter volcánico, tiene mucho ego, demasiado a veces Y si no consigue lo que quiere, todos a temblar. Nadie es imprescindible, pero a veces la oigo llorar por las noches, sola en la habitación de al lado. Cuarenta y cuatro años, y aún a la deriva.
¡Pero qué ansia de amor tiene! Busca esa pasión que arrasa, que consume hasta el aire

A mí siempre me critica: Que si uno solo marido, que si los dos críos, la familia pendiente, la cocina encendida día y noche. ¡Menuda vida aburrida, Yasmín!
¿Y por qué no pruebas a salirte del tiesto? Hay hombres que te miran, ¿lo notas? Dale una oportunidad a la pasión. Siempre te va a esperar tu Rodrigo. Te va a aceptar, hagas lo que hagas. Pero al menos sabrás lo que es arder. Sal del pantano de tu familia, mujer. ¡Anímate! No te arrepentirás.

Pero ya no me tientan esas pasiones. Quizás porque ya lo viví; ya sentí ese incendio.

Tuve una historia con Luis, no lo he contado nunca. Le quise tanto que me dolía respirar. Estuvimos liados dos años, y Rodrigo, mi marido, lo presentía. Yo, en mi pecado, llegué a pensar en dejarlo todo. Luis me embriagó, no podía ni quería resistirme. Quedábamos y mi cuerpo temblaba, me faltaba el aliento. Me llenó de luz y fuego.
No se puede describir
Pero mira, supe dejarlo. Amando todavía.

Volví con mi familia. A veces pienso, ¿para qué? Con Luis viví una felicidad pequeña, pero inacabable.

Rodrigo hace tanto que no siento nada, pero hubo amor, y mucho. Me faltaba el aire de tanto quererle. Ahora sólo me queda compasión. Él mismo mató el amor con su dejadez… Qué le voy a hacer.

Todo era un lío en aquellos años, y ni a Sonsoles le conté lo de Luis. Ella aún cree que soy santa. Ya ves tú

Ni al templo me ha dejado entrar Dios hoy
Será que lo merezco.

Qué difícil olvidar a Luis. Nos entendíamos sin palabras, nos bastaba una mirada. Hay cosas que sólo pasan una vez en la vida, y marcan para siempre.
¿Querría repetirlo, Yasmín? ¡Claro que sí! Ay

Venga, Sonso, sirve el té le dije, con una sonrisa renovada, abrazándola.
Y en el fondo de mi alma, sentí una voz apacible: Descúbrete, niña. Limpia tu alma. Te quiero. Ámate, y venAbrí los ojos: la tarde temblaba tras la ventana, como una promesa débil y dorada. El aroma del té se mezcló con la brisa, y la sentí al fin, en el centro de mi pechoaquella paz diminuta y suficiente que apenas una vez en la vida se posa. Miré a Sonsoles, que volvía con las tazas humeantes y su sonrisa rota y valiente. Qué extraño regalo esto de la amistad, pensé. Tan inesperada, tan imperfecta, y así todo, tan parecida al amor.

Apoyé mis labios en la taza y, entre trago y trago, comprendí que a veces no hay cima que escalemos con las piernas; a veces, el verdadero ascenso ocurre tumbada en la hierba, o al calor de una infusión y una mirada cómplice. Y aunque no crucé el umbral del templo, sentí que una puerta invisible se abría muy adentro.

¿Sabes, Sonso? Quizá no necesitamos subir más alto murmuré. Quizá solo hay que aprender a quedarse.

Ella me miró sin entender del todo, pero asentía, y su mano buscó la mía. Así nos quedamos, compartiendo la tibieza del silencio. Fuera, los campanarios llamaban a misa, y por un segundo, juraría que Dios descendía al llano, trayendo consuelo a dos mujeres anónimas, que esa tarde supieron perdonarse y amarse, un poco más cerca de la luz.

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VEN, CUANDO QUIERAS… En el camino a la ermita me sentí desfallecer. A Yarina se le doblaban las piernas, todo se le volvía negro. Había que subir por un sendero estrecho hasta lo alto, pero le faltaban las fuerzas. Yarina se apartó del camino, se sentó agotada y luego se tumbó directamente en la hierba. Su amiga Olalla le puso la mochila como almohada. La gente pasaba, miraban con curiosidad a Yarina tendida y subían con paciencia hacia la antigua ermita. Alguien le ofreció una pastilla. Yarina abrió la boca, dócil, colocó la pastilla bajo la lengua sin preguntar qué era. Todo le daba igual. …Parece que algo mejoró. Pero ya no tenía ganas de subir a la cima. Yarina y Olalla bajaron hacia el río de montaña. Siguieron la corriente de vuelta hasta su hotel. Yarina, sin cambiarse de ropa, se tumbó en la cama. Estaba triste y confusa. «¿Por qué el Señor no me ha dejado entrar en Su templo? Me paró en seco. Como diciendo, “Aparta, Yarina, deja que los justos suban a mí. Y tú, pecadora, quédate aquí, piensa en tu vida…”» —Yarina, ¿te apetece un té? –Olalla la miró, preocupada, desde la puerta. —Gracias, Olalla. Mejor luego. —Yarina cerró los ojos y suspiró. «Mira, si no, a Olalla. Vaya historial… Maridos, amantes, ninguno duradero. Sin hijos y ni se apena por ello. La verdad, no le cabe más pecado en la vida. Y aún así, ahí va, a la ermita. Será que teme al infierno… Quién no quiere ir al Cielo. Y así, pasarse la vida entera a todo ritmo y al final, justo antes de morir, arrepentirse a tiempo. Mejor el último día… Pero puede que no llegues a tiempo… Pobre Olalla. Es buena, generosa, siempre me apoya. Nadie puede domar su carácter explosivo. Es egoísta, con mucho orgullo. Como algo no le cuadre, salta de inmediato… Nadie es imprescindible. …Pero a veces su almohada está empapada de lágrimas. Cuarenta y cuatro años y aún a la deriva, sin hallar puerto. Siempre flotando, luchando entre las mareas… Y lo que desea es amor. Verdadero, apasionado, que te queme los huesos. Siempre me reprocha mi vida. Que si un solo marido, dos hijos, los suegros incansables, la cocina a todas horas… Una vida de aburrimiento mortal. «Mira a tu alrededor, Yarina, tienes hombres detrás de ti. Prueba el amor, averigua cómo sabe. Siempre volverás a tu Igor. Él te perdona todo. Pero al menos conocerás la pasión, el fuego. ¡Deja ya tu rutina familiar! ¡Date un homenaje, amiga! No te arrepentirás.» …Ay, yo ya no quiero esas pasiones. Por decir la verdad, YA no las quiero. Yo ya tuve a Eugenio. Le quise hasta la locura. No sé por qué el destino me unió a ese hombre. Dos años de romance. Mi marido sospechaba, pero callaba. A veces pensé en dejar a Igor. Mi amante me enamoró, no podía ni quería negarme. Esas citas… temblores dulces, escalofríos, el corazón a punto de estallar. Me encendía, vaya si lo hacía… Es imposible describirlo… Y, aún así, fui capaz de dejarle. Amándole… Volví a mi familia. Y a veces pienso, ¿para qué? Con Eugenio todo era sencillo, pero tan feliz, sin fin. Igor… Ya no siento nada por él. Aunque una vez sí sentí; ¡y mucho! Hasta me cortaba la respiración… Solo queda la compasión. Él mismo se encargó de destrozar mi amor, mi marido, no me lo tengas en cuenta… Me lie la vida entera por entonces. Pero nunca conté nada a Olalla sobre mi amante. Ella sigue creyendo que soy una santa. Sí, claro… Y el Señor, al templo, no me dejó entrar… Me tiene calada… …Qué duro fue olvidar a Eugenio. Éramos almas gemelas, nos entendíamos al instante, tan solo con mirarnos… No creo que pueda borrarle jamás de mi memoria. Todo fue brutal, impulsivo, increíblemente intenso… De esos amores que ocurren solo una vez en la vida. ¿Quieres repetir, Yarina? ¡QUIERO! Ay de mí…», meditaba aquella mujer de 45 años… —Olalla, pon el té —Yarina sonrió y abrazó a su amiga. …Y en su mente sonó nítida una voz: «Encuéntrate, hija mía. Lava tu alma. Yo te quiero. Quiérete tú también. Y ven…»
Tenía un contrato con una empresa por dos años y medio, así que literalmente estaba atrapado en Finl…