El abuelo desde el balneario envió un telegrama: «No vuelvo contigo, me quedo a vivir con Galia» La abuela de Marisa —doña Nina Nicolasa—, quedó grabada en su memoria como una abuela bondadosa, cariñosa y comprensiva. Del abuelo apenas guardaba recuerdos: retazos infantiles de un olor fuerte y desagradable de tabaco casero, sudor y ese tono de voz áspero y autoritario. La abuela siempre hablaba muy mal de él: la maltrataba, le levantaba la mano y la humillaba casi a diario sin motivo alguno. El abuelo trabajaba en Renfe, patrullando kilómetros de vías junto a un compañero, detectando averías y reparándolas en el momento, o avisando a la cuadrilla de mantenimiento si no era posible arreglarlas allí mismo. El trabajo era duro, sobre todo por tener que salir aún de noche en cualquier clima, lo que mermaba la salud. En esa época, el Estado facilitaba plazas gratuitas en balnearios y casas de reposo. Se las ofrecieron varias veces al abuelo, pero siempre se negaba. Un invierno, la vieja lesión de rodilla le dolía tanto que el médico le prescribió reposo y le recomendó insistentemente ir al balneario. El abuelo, que respetaba mucho a los médicos, finalmente aceptó, llevándose la voluminosa maleta marrón con asa negra de plástico que le preparó la abuela. La abuela estaba en la gloria: ¡tres semanas libres de su marido! Se puso a asar una fuente entera de pipas y compartía su alegría con todas las vecinas en la calle. Tres semanas sin ese humo apestoso, sin reproches, empujones ni sopas arrojadas al cubo de la basura porque tenían “demasiado” o “muy poco” eneldo. Al cabo de dos semanas, la cartera le trajo a doña Nina Nicolasa un telegrama que decía: «No vuelvo contigo, me quedo a vivir con Galia». La abuela leyó varias veces la frase, incrédula, y luego, de rodillas, exclamó bien alto: «¡Señor, ¿qué he hecho yo para merecer tanta felicidad!?» Su alegría no tuvo límites. Lo primero fue recoger todas las camisas y pantalones del abuelo, que planchaba a diario, y poner encima sus papeles, fardos y maletas; todo al trastero, para que ni el espíritu del abuelo rondase por la casa. Terminadas las vacaciones del abuelo, apareció en casa, arregló los trámites para el traslado laboral, se empadronó en otro sitio, se llevó sus cosas y la cartilla de ahorros, y se fue para siempre, sin darle explicaciones a la abuela. Tampoco las pedía ella, temerosa de que se lo repensara y se quedara. El primer fin de semana, junto a su hija, fueron a comprar papel pintado. El abuelo nunca dejaba empapelar las paredes, así que sólo tenían cal y yeso. Compraron también telas para nuevas cortinas; la abuela sacó la máquina de coser y, canturreando, por fin pudo confeccionar esas largas cortinas con las que soñaba, aunque al abuelo sólo le gustaban las cortinillas cortas, que apenas cubrían las ventanas, a las que ella llamaba “trapos”. En el huerto, con la azada arrancó todo el tabaco que él sembraba, y en su lugar plantó fresas. También erradicó casi todas las zarzas de moras, la única fruta que el abuelo toleraba: la comía fresca o en mermelada, no permitiendo plantar cerezas, ciruelas ni fresas. Dentro de casa, la abuela tiró todos los platos viejos y desportillados, y por fin sacó el juego de vajilla que le habían regalado en el trabajo para usarlo a diario. También desapareció aquel hule blanco y grueso ya sin dibujo del paso de los años. La llama azul del hornillo de gas, que nunca se apagaba porque se ahorraban cerillas, fue por fin apagada: ya no había razón para economizar. Al lado del fregadero apareció jabón con aroma a fresa silvestre, porque el abuelo prohibía lavarse con jabón a diario, sólo “en el baño una vez a la semana”. La abuela rejuveneció: hasta se le oscurecieron las raíces del cabello, como si hubiera rejuvenecido diez años. Recibía invitados, las vecinas iban a consultarle asuntos de huerto y ella, encantada, las agasajaba con empanadas de setas del bosque. Varios hombres solos intentaron cortejarla, pero fue inflexible: rechazó cualquier propuesta de vivir en pareja y vivió feliz, rodeada de hijos y nietos, hasta el fin de sus días.

El abuelo desde el balneario mandó un telegrama: No vuelvo contigo, me quedo a vivir con Pilar

La abuela de Marisa doña Carmen Fernández era el prototipo de abuela cariñosa, dulce y comprensiva que todos querríamos tener. Al abuelo apenas lo recordaba: algún retazo lejano, la vaga impresión de un olor fuerte y desagradable a tabaco de liar y sudor, ese tono de voz de sargento mayor que hacía temblar hasta al perro del vecino. Carmen siempre hablaba pestes de su marido: la maltrataba a menudo y, cuando no tenía algo mejor que hacer, se desquitaba con ella gratis y por puro aburrimiento.

El abuelo, Alejandro, era guarda de la Renfe. Cada día, junto a su compañero, recorría varios kilómetros de vía mirando si todo estaba en su sitio, arreglando lo que podía y, si la cosa era seria, avisando a la cuadrilla de reparaciones. Lo peor era el madrugón bajo la lluvia o escarchados en pleno invierno. Y claro, eso machaca a cualquiera. Por aquel entonces, el Estado ofrecía plazas gratuitas para curas de balneario a los obreros más machacados; a Alejandro se lo ofrecieron varias veces, pero siempre decía que no, con ese orgullo suyo de macho castellano.

Un invierno le dolía tanto la rodilla que pensaron que se la había traído el mismísimo demonio; el médico le recetó aguas termales y descanso, y le rogó casi de rodillas que aceptara la plaza en el balneario. A los médicos Alejandro les temía más que a Hacienda y les respetaba más que al cura del pueblo, así que, sin rechistar, obedeció. Carmen le preparó la maleta marrón de plástico con la asa negra que tenía más años que la catedral de Burgos, y allá fue el abuelo.

Carmen pegó botes de alegría ¡tres semanas de libertad, eso es vida! Asó una fuente enorme de pipas de girasol, salió al patio, y entre risas repartió a manos llenas entre las vecinas, compartiendo la noticia entre carcajadas. ¡Tres semanas de respiro sin disgusto, sin humo ni broncas, ni platos de sopa arrojados a la basura porque le falta o le sobra perejil!

Dos semanas después, la cartera trajo a doña Carmen un telegrama que decía: No vuelvo contigo, me quedo a vivir con Pilar. Carmen lo leyó una, dos, tres veces, como quien escucha llover oro en su ventana, y después, de rodillas, exclamó bien alto: ¡Virgencita del Carmen, por fin has oído mis plegarias! No cabía en sí de gozo. Lo primero fue recoger todas las camisas y pantalones del abuelo que planchaba a diario y ponerlos en un hatillo. Encima, sus papeles y algún que otro cartapacio, y directo todo al trastero: ni rastro suyo quería en casa.

Cuando terminaron las vacaciones del abuelo, apareció por casa a solucionar papeles del trabajo, se empadronó por su cuenta y se largó para siempre, llevándose sus cosas y su libreta de ahorros. No soltó ni un adiós, y afortunadamente Carmen tampoco se lo pidióno fuera a ser que se le ocurriera arrepentirse.

Con su hija se fue de sábado de compras al mercadillo para elegir papel pintado. Alejandro jamás lo permitió; paredes encaladas y se acabó la discusión. Compraron también tela para cortinas Carmen sacó su vieja Singer y, canturreando, cosió las cortinas largas con las que llevaba años soñando. El abuelo había impuesto los visillos cortos y horripilantes, trapos los llamaba ella con desprecio.

Con la azada, Carmen arrancó hasta la última planta de tabaco que Alejandro plantaba en el huerto, y en su lugar puso fresas. Sin piedad, quitó casi toda la zarzamora el abuelo solo reconocía esa fruta, y la devoraba tanto fresca como en mermelada, mientras impedía que en casa crecieran cerezas, ciruelas o fresas. Fuera con los cacharros viejos y mellados, y para el uso diario sacó la vajilla nueva que sus compañeras le regalaron al jubilarse.

La feísima hule blanca de la mesa, con su dibujo difuminado por los siglos, acabó en la basura. Por fin apagó el hornillo de gas que había estado encendido tirando de la economía más terca para no gastar cerillas. Ahora en la pila de la cocina lucía un jabón de fresas oloroso; el abuelo prohibía lavarse las manos con jabón eso es para el baño, una vez por semana, que con agua basta.

Carmen rejuveneció, las patas de gallo se le borarron. Vecinas iban y venían, preguntándole por lo que había plantado, y a ella le encantaba devolver las visitas, llevando tortas doraditas con setas de monte. Hasta el pelo le crecía más oscuro, como si le hubieran quitado de golpe diez años.

Por supuesto, hubo viudos y solitarios que quisieron cortejarla, pero Carmen ni agua. Ni uno volvió a pisar el umbral como pareja: así vivió feliz y contenta, rodeada de hijos y nietos hasta el último día, exclamando siempre entre risas: ¡Quién le iba a decir a Alejandro que lo mejor de su vida era marcharse con otra!Cuando la nieta Marisa preguntaba si echaba de menos a su marido, doña Carmen le guiñaba el ojo y decía: Hija, a veces la libertad es mejor compañía que cualquier hombre. Y cuando las fresas maduraban, invitaba a todo el barrio a probarlas, mientras en el aire flotaba la risa contagiosa de una mujer que, al final, había encontrado su lugar en el mundo.

En el pueblo, aún corría el rumor de que Carmen tenía pacto con la suerte, pues nunca se la veía cansada ni sola, y sus tardes se llenaban de historias, juegos y meriendas dulces. Bajo esas cortinas largas por fin estrenadas, entre el aroma de fresas recién lavadas y luz que bailaba sobre papel pintado de flores, Carmen se sabía dueña de cada día.

Y así, mientras el tren del pasado se alejaba definitivamente, doña Carmen, con una taza de chocolate y el sol llenando la cocina, sonreía con toda el alma. Porque justo donde Alejandro creyó que acababa todo, comenzaba, para ella, la mejor de las vidas.

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El abuelo desde el balneario envió un telegrama: «No vuelvo contigo, me quedo a vivir con Galia» La abuela de Marisa —doña Nina Nicolasa—, quedó grabada en su memoria como una abuela bondadosa, cariñosa y comprensiva. Del abuelo apenas guardaba recuerdos: retazos infantiles de un olor fuerte y desagradable de tabaco casero, sudor y ese tono de voz áspero y autoritario. La abuela siempre hablaba muy mal de él: la maltrataba, le levantaba la mano y la humillaba casi a diario sin motivo alguno. El abuelo trabajaba en Renfe, patrullando kilómetros de vías junto a un compañero, detectando averías y reparándolas en el momento, o avisando a la cuadrilla de mantenimiento si no era posible arreglarlas allí mismo. El trabajo era duro, sobre todo por tener que salir aún de noche en cualquier clima, lo que mermaba la salud. En esa época, el Estado facilitaba plazas gratuitas en balnearios y casas de reposo. Se las ofrecieron varias veces al abuelo, pero siempre se negaba. Un invierno, la vieja lesión de rodilla le dolía tanto que el médico le prescribió reposo y le recomendó insistentemente ir al balneario. El abuelo, que respetaba mucho a los médicos, finalmente aceptó, llevándose la voluminosa maleta marrón con asa negra de plástico que le preparó la abuela. La abuela estaba en la gloria: ¡tres semanas libres de su marido! Se puso a asar una fuente entera de pipas y compartía su alegría con todas las vecinas en la calle. Tres semanas sin ese humo apestoso, sin reproches, empujones ni sopas arrojadas al cubo de la basura porque tenían “demasiado” o “muy poco” eneldo. Al cabo de dos semanas, la cartera le trajo a doña Nina Nicolasa un telegrama que decía: «No vuelvo contigo, me quedo a vivir con Galia». La abuela leyó varias veces la frase, incrédula, y luego, de rodillas, exclamó bien alto: «¡Señor, ¿qué he hecho yo para merecer tanta felicidad!?» Su alegría no tuvo límites. Lo primero fue recoger todas las camisas y pantalones del abuelo, que planchaba a diario, y poner encima sus papeles, fardos y maletas; todo al trastero, para que ni el espíritu del abuelo rondase por la casa. Terminadas las vacaciones del abuelo, apareció en casa, arregló los trámites para el traslado laboral, se empadronó en otro sitio, se llevó sus cosas y la cartilla de ahorros, y se fue para siempre, sin darle explicaciones a la abuela. Tampoco las pedía ella, temerosa de que se lo repensara y se quedara. El primer fin de semana, junto a su hija, fueron a comprar papel pintado. El abuelo nunca dejaba empapelar las paredes, así que sólo tenían cal y yeso. Compraron también telas para nuevas cortinas; la abuela sacó la máquina de coser y, canturreando, por fin pudo confeccionar esas largas cortinas con las que soñaba, aunque al abuelo sólo le gustaban las cortinillas cortas, que apenas cubrían las ventanas, a las que ella llamaba “trapos”. En el huerto, con la azada arrancó todo el tabaco que él sembraba, y en su lugar plantó fresas. También erradicó casi todas las zarzas de moras, la única fruta que el abuelo toleraba: la comía fresca o en mermelada, no permitiendo plantar cerezas, ciruelas ni fresas. Dentro de casa, la abuela tiró todos los platos viejos y desportillados, y por fin sacó el juego de vajilla que le habían regalado en el trabajo para usarlo a diario. También desapareció aquel hule blanco y grueso ya sin dibujo del paso de los años. La llama azul del hornillo de gas, que nunca se apagaba porque se ahorraban cerillas, fue por fin apagada: ya no había razón para economizar. Al lado del fregadero apareció jabón con aroma a fresa silvestre, porque el abuelo prohibía lavarse con jabón a diario, sólo “en el baño una vez a la semana”. La abuela rejuveneció: hasta se le oscurecieron las raíces del cabello, como si hubiera rejuvenecido diez años. Recibía invitados, las vecinas iban a consultarle asuntos de huerto y ella, encantada, las agasajaba con empanadas de setas del bosque. Varios hombres solos intentaron cortejarla, pero fue inflexible: rechazó cualquier propuesta de vivir en pareja y vivió feliz, rodeada de hijos y nietos, hasta el fin de sus días.
En la España profunda de 1943, en un pequeño pueblo, ella llevaba luto por su marido caído en el frente con tal elegancia que todas las vecinas rechinaban los dientes de envidia. Su nuevo pretendiente parecía demasiado perfecto para ser real, y todos esperaban el momento en que su máscara cayera. Al final, la máscara cayó, pero no de él, sino de su hija ya adulta, cuando intentó recuperar aquello que creía suyo.