LAS CASUALIDADES NO EXISTEN
Esta noche volvía despacio en mi coche hacia las afueras de Madrid, directo a mi piso. Llevo más de doce horas conduciendo el taxi y ya no me aguantaba ni la espalda ni el volante entre las manos. Pero lo que de verdad acaba desgastando es el trato con los pasajeros. Cada jornada es una procesión de personajes de todo tipo y, claro, escuchas de todo: historias de amor y tragedia, relatos que te arrancan una sonrisa y otros que te dejan el ánimo por los suelos.
Estaba a un paso de llegar a casa cuando, al borde de una carretera casi vacía, vi a una joven levantando la mano. Llevaba una maleta grande, y aunque no tenía ganas de recoger a nadie más, no era capaz de dejarla tirada allí, sola, en aquella noche madrileña. Se acercó al coche y, al abrir la puerta, me miró con unos ojos tristes y me preguntó con voz quedita:
¿Podría llevarme hasta Majadahonda?
Era casi una hora desde mi casa, muy a desmano y, si soy sincero, ni pizca de ganas, pero viendo esos ojos suplicantes no tuve corazón para negarle el favor. Asentí con la cabeza.
Ay, de verdad, ¡muchísimas gracias! Había perdido la esperanza de que alguien parara. Me daba incluso miedo intentarlo
¿Y cómo te ha pasado esto? ¿Por qué estás sola en la calle a estas horas? le pregunté.
Suspiró y me contó lo que pasaba:
Vivo, bueno, vivía con una amiga en un piso compartido. Hace una semana me despidieron, rechacé una proposición del dueño del restaurante y me echó a la calle sin pagarme casi nada de lo trabajado. Desde entonces, nada de dinero y he buscado trabajo pero sin suerte. Esta tarde tocaba pagar el alquiler y mi amiga, que ya tenía apalabrada a otra chica para la habitación, me echó diciendo que no quería hacerse cargo de mí. Yo pensaba que éramos amigas de verdad durante casi tres años, pero ya ves No tenía ni idea de que podía ser tan interesada.
Desde luego, menuda faena le respondí. ¿Y en Majadahonda tienes familia?
Sí, vive mi hermano con su familia. Iré allí por ahora, aunque la esposa de mi hermano no me puede ni ver. Nunca le ha gustado recibir a nadie, ni siquiera a mis padres: cuando fueron a conocer a su primer nieto, a los tres días ya les estaba diciendo que se fueran, así que no han vuelto. Además es muy tacaña; hace tres años estuve una semana y pasé hambre.
¿Eso cómo?
Cada vez que me sentaba a la mesa, ella se sentaba frente a mí y me miraba tan fijamente que se me quitaba el hambre. Al final dejé de comer con ellos, me apañaba con pan y agua. Pero salí adelante.
¿Y entonces, por qué volver con ellos?
No tengo otra opción. Mis padres viven en Asturias. Me vine a Madrid para estudiar, no aprobé la selectividad y, al año siguiente, logré trabajar, reunir algo de dinero, y ahora estudio a distancia mientras trabajo. Pero necesito un trabajo urgentemente y, de repente, se echó a llorar. No tengo suerte, en ningún sitio encajo
Todo ese rato la observé, y supe que no mentía. No sólo era una chica guapa; tenía una inocencia y bondad transparentes. En esto de conocer a las personas, he aprendido mucho tras años al volante. Una así sería una gran esposa y madre.
De repente, frené en seco. Ella se encogió asustada y enseguida susurró:
Por favor, no me haga nada, sólo me quedan veinte euros, se los puedo dar, pero no quiero problemas
No te preocupes, le dije manteniendo la calma, no te pienso hacer daño. Pero quiero plantearte una propuesta, ¿me escuchas? Si no te convence, te llevo a Majadahonda como hemos quedado. ¿De acuerdo?
Ella asintió.
Mira, vivo solo en un piso. Trabajo de taxista y tengo una habitación libre era la de mi madre, que falleció el año pasado. Si te alojas conmigo, en vez de pagarme puedes hacer la limpieza de la casa y cocinar. Así estudias y trabajas tranquila. No tienes por qué preocuparte, no soy de esos hombres que van a aprovecharse de nadie. ¿Qué te parece?
Vi que las lágrimas volvían, pensaba que me había rechazado.
No, perdón, es que Es la mejor noticia que me han dado nunca. No me lo creo, es una suerte haberte encontrado esta noche.
Pues venga, vamos para casa, ¿eh? Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo soy Mateo.
Yo me llamo Leire.
Qué bonito nombre, le da calor al alma.
Ya en casa, le mostré su habitación. Estaba tal como la dejó mi madre; acogedora y decorada con mucho gusto.
No he tocado nada desde que se fue mi madre. Eres libre de cambiar lo que quieras.
Me gusta muchísimo así, da sensación de hogar. Tu madre tenía muy buen gusto.
Era profesora de arquitectura en la Complutense. Bueno, ponte cómoda, que voy a poner agua para unos raviolis.
Si quieres preparo algo rápido yo, sé cocinar, mi madre me enseñó de niña.
Mejor imposible, pero sólo tengo raviolis en la nevera. Mañana iremos juntos a hacer la compra, y empiezas a alimentarme bien, ¿eh, chef Leire?
Trato hecho, señor comandante. Pero hoy los raviolis los hago yo.
Como tú digas.
Cenamos en la cocina, entre historias sobre mis años navegando y alguna que otra broma. Ella se reía con una alegría contagiosa. Y yo, mirándola, sentí aquello de que no me había equivocado acogiendo a esta chica. Ahora toca conocernos unos meses más, pero creo que no tardaré en pedirle que comparta su vida conmigo. Al fin y al cabo, como decía aquel sabio refrán, las casualidades no existen.
Hoy he aprendido de verdad que a veces la vida te pone delante lo que más te falta, sólo hay que atreverse a dar una oportunidad.







