Rita fue a casa de su amiga Polina para regar las plantas y dar de comer a su tortuga, mientras Polina y su marido disfrutaban de unas vacaciones en la Sierra Nevada. Al entrar con la llave que Polina le dejó, Rita se quedó petrificada en el recibidor: todas las luces encendidas, el árbol de Navidad brillando con guirnaldas, la tele a todo volumen y misteriosos sonidos provenientes del baño. Rita abrió la puerta del baño y, sorprendida, se llevó las manos a la cabeza.

Rita fue a casa de su amiga Carmen para regar las plantas y darle de comer a su tortuga. Carmen y su marido se habían ido de vacaciones. Abrió la puerta con la llave que le dejó su amiga, entró en el pasillo y se quedó petrificada. ¡Todas las luces encendidas, el árbol de Navidad parpadeando con las luces de colores, y la televisión a todo volumen! De algún sitio llegaban unos ruidos extraños. Rita abrió la puerta del baño y casi se cae de la sorpresa.

Rita se quedó en Madrid durante las fiestas navideñas en una soledad digna, que en realidad no era tan digna sino más bien triste.

Su mejor amiga, Carmen, se había marchado con su marido cinco días antes de Nochevieja a Sierra Nevada para esquiar.

Carmen le confió a Rita el cuidado de sus plantas y de su pequeña tortuga, convencida de que era la más responsable de todas sus amigas.

Vivían en el mismo edificio, pero en portales diferentes.

Rita aceptó. Aunque entonces no imaginaba la que se le venía encima.

Una semana antes de fin de año, su novio Jaime Jaimecito para ella con quien Rita llevaba dos años conviviendo, le soltó en plena cena una noticia bomba: ¡se había enamorado de otra!

Y la otra ya estaba embarazada de cuatro meses. Por supuesto, como buen caballero, él tenía que casarse.

Eso era lo que pedían ella, su madre, y su abuela. Jaimecito, sin mucha resistencia, accedió.

¿Y yo qué? preguntó Rita noqueada.

Jaimecito, acabándose las croquetas y limpiándose los labios con una servilleta, le espetó:

¿Tú? No te preocupes, mujer, admitamos que no soy para tanto. Lo sabes perfectamente, lo nuestro llevaba tiempo muerto, sólo quedaban las migajas.

Estas cosas pasan. Deberías darme las gracias, te estoy librando de mí.

¿Me ayudas con las maletas? ¿No? Bueno, pues yo solo.

Y se puso tranquilamente a hacer la maleta…

…Rita se pegó cuatro días llorando encerrada en casa. Hasta que apareció otra amiga, Luz, y charlando, se dio cuenta de que Rita no había comido nada en todo ese tiempo, sólo café.

Luz, Rita y Jaime habían planeado pasar Nochevieja con un grupo de amigos juntos.

El restaurante ya estaba reservado. Ahora Jaime iba a llevar a su flamante esposa.

Rita ni pensaba celebrar el año nuevo con sus padres. Su madre ya tenía ganas de compadecerla, y a ella Jaime nunca le había caído bien…

El 31 de diciembre, Rita como siempre esperaba un milagro. ¿Por qué? Por costumbre, supongo.

Somos razonables, sabemos que los milagros no abundan, pero cada Nochevieja nos aferramos a una ilusión ingenua y a los deseos de la infancia…

El día se deslizó hasta la noche. No pasó nada. Rita recordó que al irse no le había dado a Jaime el regalo que le tenía preparado, y ahora tenía un precioso jersey, peludo y azul añil.

Lo compró justo antes de la ruptura. Por cierto, el jersey le costó un ojo de la cara.

Rita lo sacó, se lo probó. Demasiado grande. Los hombros le quedaban enormes…

Seguro que a Jaime le habría ido igual pensó Rita, dejándolo de vuelta en la bolsa.

Luego se pintó los ojos, se juró no llorar más y salió a la calle.

Creía firmemente en eso de como recibas el año, así lo pasarás. Mejor una vuelta por Madrid en Nochevieja que quedarse lamentándose en casa.

Faltaba hora y media para la medianoche. Rita esperaba que pasara rápido y volver a casa cuanto antes.

Estaba melancólica y sola. Además, llovía.

Entró en el supermercado. Metió la mano en el bolso, y sacó la nota que Carmen le había dado antes de irse.

El segundo punto tras las plantas era darle de comer a la tortuga dos veces por semana.

Rita, con el drama propio de las fiestas, casi se echa a llorar.

¡Vaya, con mis penas me olvidé de todo! ¡Como le pase algo a la tortuga, Carmen me mata!

¿Quién piensa en Nochevieja con esto?

Y Rita salió corriendo a casa de su amiga para alimentar a la tortuga.

Abrió la puerta con la llave de Carmen, entró y se quedó paralizada.

Todas las luces encendidas, el árbol de Navidad con sus luces, la televisión gritando.

Del baño, ruidos sospechosos. Rita abrió la puerta y se llevó las manos a la cabeza.

Había un hombre desconocido afeitándose y tarareando una copla.

Pensó lo típico: ¡un ladrón! Pero ¿qué clase de ladrón se afeita?

¿Quién es usted? le preguntó, muy seria.

El hombre se enjuagó la cara, se giró y le sonrió.

Tranquila, no te asustes. Soy el primo de Carmen, vivo y trabajo en Barcelona. He venido por una reunión. Iba a irme, pero la cosa se alargó. Menos mal que tenía la llave de mi prima y nos pusimos de acuerdo para que pudiera quedarme estos días.

¿Ha visto la tortuga? preguntó de pronto Rita.

Sí. Ya la alimenté. Creo que se fue para ese rincón respondió el hombre, señalando detrás del sillón.

Se puso una camisa elegante.

Bueno, ¿nos presentamos? Soy Iñigo.

Rita le dijo su nombre. Él le dio la mano y propuso:

¿Y si celebramos juntos? ¡Quedan diez minutos para el año nuevo!

Rita, sin pensarlo, salió disparada, bajó las escaleras como si tuviera a la Guardia Civil detrás. Iñigo salió tras ella, extrañado.

¡Oye! ¿Te he asustado? ¡¿Dónde vas?!

Rita llegó a su piso, agarró el paquete del jersey y salió corriendo de vuelta.

Cuando irrumpió en casa de Carmen (la puerta seguía abierta a lo español), el reloj marcaba las doce.

Iñigo le ofreció una copa de cava, y ella le dio el paquete.

Esto, ¡feliz año nuevo! sonrió Rita.

Iñigo abrió el paquete. Un jersey precioso, azul añil y calentito. Se lo puso, y ¡le quedaba perfecto! Hasta en los hombros.

He tenido muchas sorpresas el día de Nochevieja, pero esta es la mejor dijo Iñigo, estrenando el año.

Bueno, yo he tenido dos sorpresas: divorcio de Jaime y encuentro con Iñigo pensó Rita, pero no dijo nada, sólo sonrió.

La siguiente Nochevieja, Rita, Iñigo y su pequeña hija la celebraron en casaEse brindis inesperado fue el primero de muchos entre risas tímidas y anécdotas surrealistas. Casi sin darse cuenta, Rita se sintió cómoda, como si la tristeza quedara afuera bajo la lluvia. Cuando la televisión empezó a transmitir el cotillón de Nochevieja, Iñigo sacó confeti de una bolsa que encontró en la cocina y lo lanzó en el aire entre carcajadas. Rita, sorprendida, se contagió de esa alegría improvisada.

Al rato, mientras miraban por la ventana las luces de la ciudad, Iñigo le dijo en voz baja:

Madrid nunca decepciona, ¿verdad?

Ella se encogió de hombros y sonrió, y por primera vez en días pensó: Tal vez este año sí será distinto. Porque, aunque la vida insiste en cambiar nuestros planes, todavía nos regala encuentros insólitos, jerseys a estrenar y copas compartidas con desconocidos que, con suerte, se vuelven amigos.

En la mesa, la tortuga salió por fin del rincón y se acercó despacio, como si también quisiera celebrar que, a veces, lo inesperado es lo que verdaderamente nos salva.

Y así, mientras en la calle los fuegos artificiales estallaban y la ciudad recibía el nuevo año, Rita brindó con Iñigo y la tortuga por las segundas oportunidades y los milagros modestos: esos que no cambian el mundo, pero nos cambian a nosotros.

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Rita fue a casa de su amiga Polina para regar las plantas y dar de comer a su tortuga, mientras Polina y su marido disfrutaban de unas vacaciones en la Sierra Nevada. Al entrar con la llave que Polina le dejó, Rita se quedó petrificada en el recibidor: todas las luces encendidas, el árbol de Navidad brillando con guirnaldas, la tele a todo volumen y misteriosos sonidos provenientes del baño. Rita abrió la puerta del baño y, sorprendida, se llevó las manos a la cabeza.
‑Papá, has dejado de comunicarte con nosotros por completoEl silencio de su voz resonó como una sombra en la casa, y nos preguntamos si el trabajo lo había consumido o si algo más lo había alejado de nosotros.