El milagro de Nochevieja
Mira, te cuento cómo fue la pasada Nochevieja para Carmen González y Julián Martínez. Decidieron celebrarla en casa, solo los dos, porque ya no les daba el cuerpo para salir ni aunque fuera a la vuelta de la esquina. Además, casi no quedaban ya familiares cerca con quien reunirse. Sí insistieron un poco a la hermana de Julián, pero nada, que la mujer prefirió quedarse sola; ni ruegos ni nada, que no apareció. En fin, cada uno a lo suyo, ¡libertad absoluta!
Cuando de repente suena el timbre, sin esperarlo para nada. Julián abre extrañado, preguntándose quién será a esas horas.
Pues eran los vecinos de al lado, la pareja joven: Alberto y Lucía, con la pequeñina, Marisa, en brazos.
Perdón, de verdad, nos acaban de llamar urgentemente del hospital, ¿podríais cuidar de Marisa esta noche? Ya es tarde, en una horita se acuesta. Mañana a primera hora volvemos. Si la llevamos se pierde toda la magia del año nuevo, y pobrecilla, lleva esperando esto semanas, y allí, en la planta de cirugía, no hay ni árbol ni nada. Y entre enfermos, ¡pues imagínate! Así que solo confiamos en vosotros.
Entre el agobio en la cara de los padres y la carita de Marisa, a punto de echarse a llorar, ni Carmen ni Julián dudaron. Esas lágrimas justo antes de Nochevieja sobran siempre, y bueno, en cualquier día. Julián recordaba haber leído por ahí que en algún rincón de África hay una tribu donde no dejan llorar a los niños; toda la familia se las apaña para animarlos, y dicen que salen los más calmados y felices del mundo, incapaces de meterse en líos. Y aquí, pues ya sabes, tenemos hasta un dicho para esto de los berrinches: Si llora, que llore, que las lágrimas no son de oro.
Venga ya, tráenos a la princesa. ¿Quieres venirte con nosotros, Marisina? La niña asintió seria. ¿Cuántos añitos tienes ya?.
Tres, estoy en el cuarto, dijo clarita.
¡Anda, ya eres casi mayor! Pues pasa, mujer. Carmen, ¡que tenemos invitada!
Ya sabéis que aquí los invitados siempre son bienvenidos. Ven, que aunque nuestro arbolito de Navidad es pequeño, lo tenemos muy bonito puesto. ¡Seguro que los Reyes Magos encontrarán el regalo para dejarlo aquí!
¿De verdad? ¿Para mí también habrá regalo? Los ojillos de Marisa brillaban.
¡Claro que sí! Si celebras aquí la Nochevieja, tendrás tu sorpresa.
Marisa aceptó, decidida: Pues aquí me quedo. Esperaré a los Reyes Magos para darles las gracias por el regalo. El año pasado me regalaron una muñeca de tienda con etiqueta y todo. Espero que no roben…
¿Los Reyes robando? ¡Qué va! ¡Ellos son los más legales del mundo!, defendió Julián.
Los padres se despidieron, agradecidos y algo culpables, y Marisa empezó a explorar la casa, curioseando por todos lados.
Oye, y le pregunta Julián, divertido: ¿Y ese disfraz tan bonito que llevas?
¡Que soy un copito de nieve! En la guarde bailamos bajo el árbol, y vinieron los Reyes y nos trajeron chuches, sólo chuches esta vez… ¿Queréis que os baile el baile de los copitos? Vosotros podéis mover las manos conmigo.
Carmen y Julián intercambiaron una mirada de esto no va a salir bien, pero venga, se animaron, empezaron todos a saltar y mover los brazos. ¿Que si parecían copos de nieve? Hombre, dignos del Carnaval de Cádiz no eran, pero para Marisa bastaba y sobraba. Cuando acabaron, se sentaron los tres en el sofá, riéndose a carcajadas.
Si te digo, Carmen, he sido de todo en la vida: militar, llegué a coronel, pero copo de nieve nunca. Me ha encantado, decía Julián.
Yo de copo no, pero de Reina Maga, un montón. ¿Te acuerdas cómo nos conocimos? Yo en pleno sarao, en la fiesta del cuartel, con el vestido azul y los pendientes rojos… y tú ni caso. ¡Hasta que me viste aquel 23 de febrero en el baile! Me invitaste a bailar y te lo solté: Sí, soy yo, la Reina Maga. Desde aquel día, enganchado para siempre. Hace ya 45 años de eso, ¿te das cuenta?
¡Nuestro aniversario! ¡Viva! Anda, ¿te canto una canción a ti y a Marisa? Hace siglos que no toco la guitarra…
¡Sí, sí, canta!, animó Carmen, y Marisa aplaudía contenta.
Julián agarró la guitarra, miró un momento a la niña, y con voz suave empezó:
Tus ojitos encantados
me han hechizado el corazón,
tienen tanta vida,
tanta ternura y calor.
Bajaría hasta el fondo del mar,
subiría hasta más allá,
daría la vuelta al mundo solo
por verte sonreír.
Marisa aplaudía entusiasmada: ¡Y ahora la del árbol, abuelo!
“Por supuesto: En el bosque nació un abeto…” Y así siguieron un rato, cantando villancicos y riéndose.
Carmen se sorprendía: ¡Y yo pensando que íbamos a pasar una noche aburrida! Cenar y a la cama, mirar el cohete por la ventana y poco más. Pero mira qué bien lo estamos pasando: canciones, baile… No me lo esperaba.
Marisa decidió instalar su sillita al lado del árbol, convencida de que iba a esperar a los Reyes Magos en persona. Pero con todo el trajín, enseguida se le cerraron los ojitos y se quedó dormida.
Carmen le preparó la cama en el sofá y Julián, con todo el cariño del mundo, la cogió y la llevó en brazos suave. Y mientras la recostaba, le dio un besito tierno en la frente: Duerme, princesita. Deja que yo me encargue de que los Reyes te dejen algo especial.
Por la mañana, Marisa fue directa al arbolito. Allí había una caja enorme, y dentro… ¡una muñeca preciosa!
¡Han venido! ¡Otra vez me he dormido, ay! ¡Gracias, gracias, Reyes Magos!, gritó, emocionada, desde la ventana.
Te han oído seguro, sonreía Julián.
Y oye, que nadie sabe ni siquiera Carmen cómo hizo Julián para conseguir esa muñeca tan bonita a esas horas de la nochevieja. Es el misterio de los milagros de Navidad.







