La felicidad ajena
Hace ya muchos años, recuerdo cómo Antonia se afanaba en su pequeña finca cerca de Segovia, cuando una primavera temprana sorprendió al pueblo con el deshielo a finales de marzo. Pese a saber que los últimos fríos volverían, el sol templado animó a Antonia a salir para enderezar la cerca vencida por el invierno y arreglar el cobertizo de la leña. Se prometía a sí misma que pronto llegaría el momento de traer algunas gallinas y un cerdito, quizás también un perro y un gato para hacerle compañía.
Ya has tenido bastante soledad, Antonia, se decía con una sonrisa irónica, es suficiente. Le urgía remover la tierra de la huerta, plantar las primeras semillas y, como en su niñez, descalzarse y corretear por el surco fresco, sintiendo la materia húmeda y blanda bajo sus pies.
Todavía queda vida por vivir murmuró Antonia al aire, sintiendo la tibieza del sol en sus mejillas curtidas.
Buenos días
Se sobresaltó. En la entrada, tras la verja de hierro oxidada, estaba una muchacha, poco más que una niña, enfundada en un gabán gris de los que entregaban en el instituto local de la capital. Llevaba zapatos desgastados y medias color carne, poco apropiadas para el frío que aún se filtraba en abril.
Acabará resfriándose, esta chiquilla tan joven y ya medio tiritando, pensó Antonia, mientras observaba cómo la muchacha alternaba de pie a pie con nerviosismo.
Buenos días respondió Antonia, seca.
Perdón, ¿podría pasar a su baño?
Venga, tira recto, ahí detrás de la casa.
Antonia siguió con la mirada a la joven, que corría ansiosa.
Gracias, me ha salvado agradeció la chica al volver. Busco una habitación, ¿no tendrá usted una para alquilar?
No, hija, nunca me lo planteé. ¿Y para qué la necesitas?
Pues eso, quería una. No quiero vivir en la residencia, ahí todo el mundo fuma, discute y se meten chicos en los cuartos…
¿Y cuánto piensas pagar?
Cincuenta duros no tengo más.
Pasa dentro, mujer, anda.
¿Puedo ir de nuevo al baño, por favor? pidió cohibida.
Ve tranquila…
¿Cómo te llamas? le preguntó Antonia cuando la moza volvió.
Marina susurró como un ratón asustado.
Y, dime Marina, ¿qué te trae de aquí, en realidad?
Yo… la habitación…
No me engañes… Marina, dime la verdad. ¿Por qué has venido?
Es que… necesito ir de nuevo al baño…
Pero hija, ¿te pasa algo?
No sé señora, no aguanto más sollozó Marina.
Ve, anda…
Antonia la acompañó. Cuando Marina salió, la interrogó de nuevo.
¿Te duele? ¿Es lo del baño, pequeña?
Sí… arde todo dentro…
Ya veremos qué es, pero ahora dime la verdad: ¿por qué has venido?
La chica dudó, contuvo el llanto.
¿Quién te manda?
Nadie, he venido por mí misma. ¿Usted es Antonia Martín Gómez?
Sí, ¿por qué?
¿No me reconoce, madre? Soy yo, Marina… su hija.
Antonia se quedó rígida como una estatua. Ni un solo músculo de su rostro marcado por el sol y los inviernos tembló.
Marinasusurróhija… mi Marinita…
Sí, mamá… Soy yo… En el hospicio nunca me quisieron dar tu dirección, imagínate, decían que no se podía, mamá… Pero mi profesora, doña Sofía, me ayudó a buscar en los registros y, después de investigar, conseguimos tu nombre completo y el pueblo… y aquí estoy.
Las lágrimas descendían por el rostro de Antonia.
Marina, hija mía…
Mami, cuánto te he buscado, madre gritó la muchacha colgándose del cuello de Antonia. Yo escribía cartas, pero se reían y decían que me habías dado de lado como a una cosa… Pero yo nunca dejé de creer, mamá.
Antonia, torpemente, abrazó a Marina; sus manos rústicas se aferraban a la rebeca gruesa de la muchacha. Se quedaron así, calladas y unidas, sin querer romper el momento con palabras.
Después, cuando el asombro dejó paso a la realidad, Antonia fue recordando los consejos de su abuela y empezó a cuidar a su hija como sólo una madre sabe: le preparó manzanilla, la envolvió en mantas calientes, la arropó entre rezos y amor.
Marinita, hija mía, razón de mi existir.
Ahora tenía por quién vivir otra vez. Dios se apiadó, ¿no todo está perdido entonces? Había que plantar la huerta, criar al cerdito, remendarle el abrigo a la hija. Todavía tenía algunos ahorros. Y pensar que hacía poco estaba convencida de que la vida se le acababa, y ahora
***
Mamá…
¿Qué pasa, hija?
Mamá… me he enamorado.
¿Cómo dices?
Eso, mamá, él se llama Juanito. Quiere conocerte…
Ay, hija, no sé…
En el fondo, Antonia presintió que su dicha estaba llegando a su fin, que la vida, generosa, quizá pronto le reclamara la felicidad prestada.
¿Mamá, qué te pasa?
Nada, nenita… Has crecido tan deprisa, que no me ha dado tiempo a disfrutar de ti. Perdóname, Marinita…
Pero, mamá si yo te quiero, ¿cómo puedes decirme eso? Juanito y yo te daremos nietos, no llores, mamá. Has sido mi familia, mi vida…
La presentación fue estupenda. Juan era un chico de campo, responsable y de buen corazón. Para Antonia, no había mejor yerno. Eran tiempos duros en la España de la escasez: algunos pasaban hambre, mientras otros mimaban más al perro que a sus hijos. Pero en aquella casa, gracias al trabajo incansable de Antonia como costurera, no faltaba lo justo y Marina y Juan vestían bien.
Juan no se quedaba quieto: levantó una valla nueva, cambió los travesaños podridos de la casona con ayuda de sus hermanos, arregló la cuadra para el cerdito y la casa recobró vida como nunca desde que Marina llegó.
El corazón de Antonia se ablandó, quería vivir ahora con más fuerza que nunca y compensar los años pasados y las noches en vela, cuando el remordimiento la ahogaba.
¿Mamá, te duele algo?
No, hija, duérmete, mi amor…
¿Puedo quedarme contigo?
Por supuesto, cielo y Antonia se arrimaba a la pared, dejando que su niña se recostara a su lado.
Pequeña mía, hija adorada, cuánto amor cabe en un corazón. Así es este amor de madre, gracias, Dios mío, por hacerlo posible.
Los jóvenes celebraron la boda y se quedaron a vivir con Antonia, que rejuveneció como una amapola. Hasta en el trabajo lo comentaban: A Antonia nunca la hemos visto así de dulce.
Viene una criatura, lo presiento susurró excitada a sus compañeras. No paro de darle vueltas…
La criada se sentía dichosa y las vecinas la envidiaban por el amor que derrochaba a su hija.
¡Nieto! Cuando nació Antonio, el nietecito a quien llamaron así en honor a la abuela de Antonia, la alegría fue inmensa.
Jamás había tenido un bebé en brazos, pensaba Antonia, no desde Marina, hacía ya tantos años. Ahora al sostener al pequeñín, era como sostener la felicidad.
Después, Juan inició la ampliación de la casa: allí siempre habría un sitio para la abuela Antonia, como debía ser.
Hicieron próspera la empresa de construcción y abrieron una ferretería en Segovia. Vivían tranquilos. Pronto otra esperanza: una nieta en camino, Marianita.
Qué ropitas le cosió su abuela, qué vestidos, cuántos lazos. Y la casa, repleta de risas infantiles.
Pero apenas en medio de tanta dicha, comenzó a arderle el pecho con frecuencia. Un dolor profundo.
Mamá, ¿dónde te duele?
No es nada, cariño, no te preocupes…
***
Ya es tarde, no hay nada que hacer.
Doctor… ¿cómo así? Es mi madre
Lo siento, de verdad.
***
Marina hija me tengo que marchar, perdóname, ya he vivido suficiente, hace años que contaba los días, pero tú me salvaste, apareciste
No digas eso, mamá, no me digas
Espera, tengo que confesarte algo Perdóname, pero no soy tu verdadera madre, Marina.
¡Mamá! Nunca más vuelvas a decir eso, nunca, ¿me oyes? Tú eres mi madre y me da igual lo demás. Ni se te ocurra
Sí, sí hija mía, mi vida Ahí está mi diario… Perdona, Marinita, te quiero tanto.
Y yo a ti, mamá. Te quiero, mamá mamá
***
Marina, come algo
Ahora, Juan… Tú ve.
Marina se quedó en la habitación de su madre, acariciando el cuaderno de tapas ajadas donde Antonia dejó escrita su vida: dura, a veces mísera, pero también vital.
Su madre, Antonina, una mujer estricta; el padre, muerto en el frente. Antoñita de niña, coqueta y alegre, se dejó liar por un rufián.
Vida peligrosa, intensa. Se fue tras él… y todo se torció.
El amor la arrastró, años de sacrificio, soledad y una enfermedad que la dejó estéril. Nada le quedó más que la casa vieja y el recuerdo amargo.
Los médicos le aconsejaron resignación o fe y así, tras una oración desesperada en la iglesia del pueblo, recibió la gracia inesperada: la llegada de Marina.
Quería aprovechar la oportunidad, aunque fuese por poco tiempo, para ser mamá, para sentirlo aunque fuera prestado.
Marina fue su luz. Ni las enfermedades lograron apartar aquella dicha. Pedía a Dios una prórroga para cuidar de la hija, para ver crecer a los nietos.
Al principio, el miedo la devoraba, temía que alguna vez Marina descubriese que fue un error en los papeles, solo una coincidencia de nombre, pero acabó por perder el miedo y empezó a vivir de verdad, porque supo que, aunque esa felicidad fuera robada, ella también merecía su trozo.
Perdóname, hija mía, por haberte robado a tu madre de sangre. Así fue mi dicha prestada…
Mamá lloraba Marina, mamita querida. Espero que me escuches.
Yo lo supe, casi desde el principio. Cuando viví aquí, me advirtieron de que había confusión en los registros, tú eras Martin Gómez, pero la madre biológica era Martín Hernández. Fui a conocerla y me rechazó, tenía otra familia, no le importé me empujó con dinero, se avergonzaba.
Me marché, huí, madre.
¿Recuerdas que enfermé tanto? Gracias a ti lo superé. Es Dios quien nos puso juntas, para que yo supiera lo que era el amor de madre. Nunca fui tan feliz como contigo, madre querida. Quizá no fue un error, quizá allá arriba sabían a quién necesitaba cada una.
¿Cómo viviré ahora sin ti?
Marina, hija…
Déjala llorar, Juan, es normal, ha enterrado a su madre…
***
Abuela, ¿la abuela Antonia era buena?
La mejor, niña mía.
¿Y guapa?
La más guapa, Antonieta.
¿Quién le puso ese nombre?
Sería su madre o su padre, hija.
¿Como tú me pusiste el de tu madre?
Sí, y tu padre quiso, él adoraba a su abuela.
¿Crees que me ve?
Por supuesto, siempre estará contigo.
Te quiero, bisabuela Antonia y la niña colocó una coronita de margaritas en la tumba de la abuela.
Y yo a ti, pequeña susurró el álamo, y el viento llevó sus palabras hasta el cielo.







