Hace ya muchos años, en Madrid, Rodrigo compró el ramo de flores más hermoso que pudo encontrar y se dispuso, ilusionado, a acudir a una cita especial. Con paso ligero, llegó a la Plaza de Oriente, donde el agua del viejo estanque chisporroteaba bajo el atardecer, y se quedó esperando, con el ramo bien apretado entre las manos. Lucía, sin embargo, no aparecía por ninguna parte. Rodrigo miró su reloj, se giró nervioso y marcó su número. Nadie contestó. Puede que llegue tarde, pensó tratando de calmarse. Insistió con otra llamada. Esta vez, Lucía respondió.
¿Dónde estás? Yo ya he llegado, le preguntó Rodrigo, expectante.
¡Entre nosotros todo se ha terminado! respondió Lucía de repente, casi sin dejarle respirar.
¿Cómo? ¿Por qué? Rodrigo se quedó paralizado.
¡Por tu ramo de flores! soltó ella de pronto.
¿Y qué pasa con él? preguntó el chico, perdido, incapaz de comprender.
Rodrigo había pasado más tiempo del que debía dando vueltas por la floristería de la calle Princesa. Rosas borgoña, tulipanes amarillos, lirios blancos, flores en macetas y jarrones, todos presentados con una elegancia y gusto tan castizo… pero él no lograba decidirse.
Recordaba que, en su primera conversación con Lucía, ella había hablado de flores, aunque el detalle se le escapaba. Decía que algunas no las soportaba, mientras que otras las adoraba, tanto que podría mirarlas durante horas.
Pero en aquel entonces, todo era nuevo y chispeante; Rodrigo apenas escuchaba, embelesado con el encanto de Lucía, con el brillo de su pelo liso, la curva perfecta de su cuello y los hoyuelos graciosos que asomaban en sus mejillas cuando sonreía. Quizá aquello era el amor.
Y ahora, ¿de verdad importaba tanto qué flores prefería? ¡La tarde prometía tanto!
Por más que trató, no pudo recordar cuáles eran sus favoritas.
Fíjate en estos gerberas, joven. Tan frescos y delicados, no es temporada; ¡un género muy especial! le susurró la florista, advirtiendo su indecisión.
Rodrigo miraba el reloj, recordaba que debía ir a trabajar y aún no escogía.
En ese momento, el teléfono sonó. Era su madre. Últimamente llamaba demasiado.
¿Ya te has decidido, Rodrigo? Es viernes, ¿por qué no vienes al pueblo este fin de semana?
No puedo, mamá, tengo cosas que hacer…
Tu abuela está impaciente, no deja de preguntar si vendrás, mirando la puerta cada rato…
Lo siento, mamá. De verdad, no tengo tiempo últimamente…
Rodrigo colgó rápido, algo irritable. Su madre vivía en un pueblecito de Segovia, junto a la abuela. No era la primera vez que llamaba y Rodrigo sentía cada vez más el peso de la responsabilidad. Su abuela llevaba tiempo delicada, pero él se repetía que no podía dejarlo todo por sentarse junto a ella sin más. Tenía su propia vida. Y esta nueva relación con Lucía, que tanto le emocionaba, era ahora su prioridad.
Si la cita salía bien, al día siguiente podía invitar a Lucía a pasar el día fuera de la ciudad, quizá en aquel pequeño refugio junto al embalse de San Juan.
Al fin y al cabo, su madre siempre deseaba ver a su hijo asentado. Ya era hora de dedicarse a ello, pensaba Rodrigo.
Pero, ¡qué maldita memoria la suya! ¿Por qué no podía recordar qué flores había que comprar? Al final, se decidió por un ramo de gerberas blanco-rosadas, suponiendo que bastaría con tener un bonito detalle. Pagó en euros y salió corriendo; la pausa del almuerzo llegaba a su fin.
Habían quedado en el nuevo estanque de la ciudad. Rodrigo llegó tarde: una reunión inesperada con su jefe, que tal vez auguraba una promoción. Mandó un mensaje a Lucía avisando del retraso y silenció el móvil.
Durante la reunión, su madre intentó llamarle de nuevo, pero él no pudo responder.
Saliendo a toda prisa, llegó a la plaza con las gerberas en la mano.
Sin encontrar a Lucía, caminó por la explanada, llamó a su número una vez más. Silencio.
Se sentó en un banco, calculando si también estaría ella retrasada. Pensó de nuevo en su madre, pero no la llamó: no fuera a ser que en ese momento Lucía se comunicase. Tras unos largos minutos, decidió marcar por sí mismo.
Al fin, Lucía respondió.
¿Dónde andas, Lucía? Llevo un rato esperándote.
Lo sé, te veo desde la cafetería de enfrente, en la planta alta.
¿De veras? No logro verte… ¿Bajas o…?
Has llegado tarde le cortó Lucía.
Lo siento, Lucía, te avisé. Fue imposible salir antes, el jefe me retuvo…
Y las flores.
¿Qué les pasa a las flores? preguntó Rodrigo, sin entender.
¿No recuerdas cuáles son mis favoritas?
¡Lucía, simplemente no había!
¿Rosas? ¿No te acuerdas de que adoro las rosas? ¡Hemos hablado de ello mil veces! Y tú…
Voy a arreglarlo, de verdad… Aguarda, subo ahora mismo.
Rodrigo subió a la cafetería y la vio al fondo, sentada junto a la ventana. Se acercó, temeroso aún de ofrecer el ramo, y lo dejó sobre la mesa. Lucía ni lo miró.
Rodrigo, siempre tan hablador, buscó un resquicio para suavizar el momento, usando toda la ternura que pudo.
Poco a poco, el hielo pareció quebrarse; Lucía sonrió ligeramente. Tomaron un café juntos y salieron del local, aunque el ramo quedó olvidado en la mesa.
Os dejáis el ramo les sorprendió una camarera joven y sonriente, alcanzándoles el manojo de gerberas.
Para ti, guapa respondió Rodrigo con simpatía.
¡Gracias! exclamó la muchacha, muy sorprendida, pero visiblemente contenta.
Lucía, sin embargo, se entristeció aún más.
Lucía, ahora mismo te compro el ramo de rosas más grande de Madrid.
No, Rodrigo, ya no hace falta. Por hoy, ya he tenido suficientes flores…
Bajaron juntos las escaleras, Rodrigo siguiendo los pasos de Lucía, aún dolida. De repente, el móvil volvió a sonar: su madre de nuevo.
Perdona, quizás te llamo en mal momento…
Lucía no llegó a escuchar la conversación.
No, mamá, es el momento justo. Mañana iré, de verdad.
Esa noche, se despidió de Lucía sin apenas esperanza. Lo supo entonces: no volverían a verse.
Al día siguiente, Rodrigo conducía su viejo coche entre los campos de Castilla, donde los colores se funden hasta el horizonte. Allí parecía que el viento hacía cantar a las flores, tan vivas y ligeras, de mil matices distintos, llenando el aire de promesas y memorias.
Rodrigo detuvo el coche y, como si estuviera en una floristería, escogió con cuidado las flores silvestres que más le llamaron la atención.
Sabía que aquellas a quienes iba a visitar se alegrarían, porque ahí no habría error posible.
Al llegar a la casa, dividió el ramo en dos partes.
Su madre lo recibió entre abrazos y besos en ambas mejillas, rebosante de alegría; a su abuela la ayudaron a ponerse en pie.
Temblorosa, tomó el ramo ofrecido, acariciando cada flor con ternura apenas perceptible: la vista ya no era lo que era.
¡Cuánto hacía que nadie le regalaba flores!
Hundió suavemente el rostro en los pétalos y aspiró, con la profundidad del alma joven que aún habitaba en su interior, aquellos aromas inconfundibles de la vida del campo, de una juventud lejana, guardada en las esquinas de la memoria y evocada ahora por el perfume de la naturaleza.
No eran sólo recuerdos lo que despertaban, sino las sensaciones de esas vivencias, la ilusión de un porvenir brillante y cercano.
Qué dicha sentir que la vida sigue; la vida sigue en mi nieto, parecía decirse.
Rodrigo se sentó a su lado y apoyó la cabeza sobre sus rodillas. Su abuela le acariciaba con mimo, sin querer estropear el ramo que sujetaba.
En ese instante, Rodrigo pensó que algún día encontraría a su propia chica, alguien muy parecido a esas dos mujeres que más quería. Y se amarían como se amaron sus abuelos y sus padres; sólo importaba saber reconocer ese amor a tiempo.
Su abuela no quería soltar sus flores tan fácilmente.
Espera… Tráeme un poco de agua del pozo. Ponlas en un jarrón grande y con cuidado… déjalo aquí, que quiero mirarlas un rato…
El nieto regaló flores.
Flores que abundan en el campo, pero aquellas… Aquellas eran especiales. Porque se las trajo su nieto.







