Vacaciones sin horarios
La campana extractora zumbaba en la cocina mientras yo leía por tercera vez el mensaje en el grupo familiar de WhatsApp.
¿Y vosotros qué, ya estáis preparándoos? Nosotros tenemos las ensaladas hasta arriba, como siempre escribía la prima de mi mujer, acompañado de un emoticono sudoroso.
Dejé el móvil sobre la mesa, junto a la tabla de cortar. Sobre ella quedaba una solitaria zanahoria. No pensaba pelar más.
¿Otra vez informes de picado? preguntó Nadina, asomándose a la cocina con una pinza entre los dientes. Estaba colgando las toallas recién lavadas en el radiador, para que estuviesen secas en Nochevieja.
Asentí y señalé la pantalla:
Ya van por tres fuentes de ensalada y una lubina rellena. Fotos incluidas como prueba.
Nadina se sacó la pinza de la boca, echó un vistazo rápido y soltó una sonrisa irónica:
Cada uno celebra como quiere.
Lo decía con calma, pero le noté tensión en la voz, nada raro considerando que era veintiocho de diciembre a las siete de la tarde y nuestra mesa no exhibía, como otros años, la habitual montaña de listas de menú, agendas de compras ni esquemas de quién llegaba cuándo y adónde había que llevarle.
Otros años para estas fechas ya corríamos con el carrito por el supermercado, discutiendo si hacía falta otro tronco de Navidad y enfadándonos porque yo había olvidado pedir taxi para mi tía. Y el año previo fue una secuencia interminable de colas, brindis y fregar platos hasta las dos. Nadina siempre decía que el siguiente año lo haríamos diferente, pero nunca salía.
Este diciembre la conversación clave sucedió en el coche, aparcados debajo de casa. Recuerdo perfectamente que nos quedamos sentados en el frío, con el perro, exhausto de tantos viajes al pueblo, roncando flojito detrás.
Ya no quiero esto confesó Nadina, apoyando la frente en el volante. Estoy cansada de recibir el año nueva metida en la cocina.
Yo no contesté enseguida, miraba las débiles lucecillas de la guirnalda en la ventana del portal. También estaba harto. De las llamadas forzosas, de los invitados que venían un rato y se quedaban hasta el alba, de que siempre acabásemos siendo los organizadores de la juerga ajena.
¿Y si este año no lo hacemos? solté. Sin maratón.
Al principio lo hablamos con cautela. Quizás recortar invitados. Quizás encargar parte de la comida. De pronto Nadina exhaló:
¿Y si no viene nadie? Bueno, salvo Laura, claro. Y mis padres, pero solo un día y poco rato.
Me sorprendió más el tono que la propuesta: como si sintiera culpa de sugerir algo tan fuera de norma.
¿Y si no viene absolutamente nadie? le seguí el juego. A los padres les llevamos los regalos el treinta y uno por la mañana. Nos quedamos un par de horas. Y la Nochevieja la pasamos los tres.
Nadina se quedó pensativa mucho tiempo, luego asintió. Aquello parecía casi una broma.
Ahora, a tres días de la fiesta, la broma era un hecho.
¡Mamí, papi! la voz de Laura, nuestra hija de veinte, retumbó desde el pasillo. No encuentro las botas.
Mira debajo del mueble del recibidor le respondí. Ayer las lanzaste ahí.
Entró en la cocina con un solo calcetín de lana y el móvil en la mano.
Ah, sí, aquí están se rio. Oye, ¿seguro que no viene nadie en Nochevieja? Se lo he dicho a una amiga, que no podía ir a su casa porque tenemos plan familiar.
Habrá plan familiar le asegura Nadina, pero no una invasión.
¿Entonces estaré sola con vosotros? curioseó Laura, entornando los ojos. No me obligaréis a ver Noche de Fiesta, ¿no?
Ni lo veremos nosotros dije. El plan es… no hacer nada. Un programa intensivo.
Laura se encogió de hombros, se puso el abrigo y al atarse el pañuelo preguntó:
¿La abuela sabe que no hay convite?
Lo sabe suspiró Nadina. Y el abuelo también. Dicen que les parece raro, pero lo aceptan.
¿Y la tía María? insistió Laura.
La tía María sigue mandando fotos de lubinas le informé con humor sombrío.
Laura se rió, hizo un gesto despedida y salió dando un portazo. El perro, que dormía sobre la alfombra, alzó la cabeza, suspiró y volvió a tumbarse.
Bueno… suspiré, mirando la zanahoria. Lo estamos haciendo de verdad.
Nadina no respondió inmediatamente. Se plantó ante la ventana, descorrió la cortina. En el patio ya lucían lucecitas en los árboles, los críos se tiraban por un montón de nieve improvisada mientras los padres se movían de pie con los abrigos.
De verdad repitió en voz baja. Me da hasta miedo.
El treinta y uno de diciembre no empezó con alarma. Me desperté solo, con la luz del día entrando por las persianas, sorprendido por el silencio. Otros años a esa hora ya tronaba la vajilla en la cocina y el caldo empezaba a hervir, entraba alguna llamada preguntando a qué hora llegar.
Aquel día sólo sonaban las manecillas del reloj. La puerta de Laura estaba cerrada, todo oscuro en su cuarto. Nadina seguía dormida, acurrucada contra el edredón.
Me estiré, miré el móvil. Dos emails de trabajo, ninguno urgente. Los compañeros ayer se deseaban descanso de verdad, aunque casi seguro que seguían puliendo informes hasta el último día.
Fui a la cocina, me puse el batín. Café, tostadas, queso. Nadina había escrito la lista el día anterior: Menú: ensaladilla, boquerones, algo de segundo sencillo. Punto. El papel lo tenía el imán de la nevera, con una imagen de la costa.
Cocí huevos, los pelé, piqué el jamón y los pepinillos. Me llevó menos que lo que solía tardar sólo en preparar la lista de la compra.
Cuando puse la ensaladilla en la fuente, me picó la conciencia. La fuente se veía casi vacía. Otros años usábamos la grande, para que sobre y se pueda llevar. Ahora todos éramos tres.
Me pillé cogiendo por inercia la segunda bandeja de jamón, y detuve la mano.
No, me dije en voz alta. Con esto sobra.
¿Sobra para quién? preguntó Nadina, entrando entre sueños, con el pelo revuelto y el batín.
Para nosotros. He decidido no preparar reserva para el ejército.
Ella se acercó, miró la fuente y arrugó la nariz.
Es… poco.
Somos tres le recordé.
Ya, pero… removió con la cuchara, como si midiera la profundidad. ¿Y si se presenta alguien?
Si hemos quedado en que nadie viene.
Encogió los hombros, se sirvió café.
Sabes… dijo, apoyada en el borde de la mesa. Toda la noche temí que mi madre llamase diciendo que al final querían pasarse. Y no sabría decirles que no.
Lo hará le admití. Y le dirás que mañana vamos nosotros. Como quedamos.
Nadina suspiró y dio un sorbo.
Vale. Probemos.
A mediodía nos subimos al coche; en el asiento de atrás, las bolsas con regalos y un tupper de empanada que Nadina horneó por si acaso. Tardamos unos cuarenta minutos en llegar a casa de los padres; yo me divertía haciendo chistes sobre el tráfico, Laura pasaba memes de locura de fin de año desde el móvil.
Nada más llegar, Nadina se fue a ayudar en la cocina, aunque había jurado no hacerlo. Yo brindé con mi suegro, charlamos de política y del precio de la gasolina. Mi suegra refunfuñaba que ya nada es como antes y miraba el reloj cada vez que recordábamos que nos iríamos pronto.
¿Cómo que vais a recibir el año en casa los tres? preguntó cuando nos echábamos el abrigo. ¿Y María y los niños?
María se queda en su casa esta vez explicó Nadina, ajustándose el pañuelo. Queríamos probar algo distinto.
Distinto, distinto… murmuró la madre. Antes todos juntos era más alegre.
A Nadina le inundó esa culpabilidad familiar, a punto de decir bueno, pues venid esta noche, cuando sentí que le puse la mano en el hombro.
Mañana venimos otra vez le prometí. Nos quedamos más rato. Hoy queremos estar tranquilos.
Me miró, miró a su hija, suspiró.
Bueno, vosotros mismos. No os quejéis si luego es como si no estuviéramos.
En el coche, de vuelta, Nadina iba callada. Laura se reía con audios en el chat de sus amigas.
Mamá le dijo guardando el móvil, allí discuten si es mejor en casa o en la discoteca. Una dice que la familia es lo más, otra que hay que salir mientras se es joven. ¿Tú qué opinas?
Opino que lo más santo es no quedarse dormida encima de la ensaladilla del cansancio bufó Nadina.
Y yo añadí opino que el año que viene puedes ir donde quieras. Sobreviviremos.
Laura bufó:
Ya veremos. Este año me quedo con vosotros.
A las ocho nuestra casa resultaba silenciosa y espaciosa. Tres platos en la mesa, la fuente modesta de ensaladilla, boquerones, pollo al horno, una botella de cava. La guirnalda relucía en la ventana, pero nada que ver con el salón de los padres, donde solía juntarse toda la familia.
Está… vacío murmuró Nadina, arreglando las servilletas.
Está bien contesté. Solo no estamos acostumbrados al silencio.
Laura salió en vaqueros y jersey; nada del vestido de fiesta que Nadina solía comprarle por adelantado.
¿Qué dress code hay? preguntó, girando sobre sí. Pensé que me ibais a obligar a arreglarme.
El dress code es como te dé la gana dije.
Vaya se sorprendió. Sois raramente relajados.
Nos sentamos. La televisión seguía de fondo pero sin la estridencia habitual. Busqué una película antigua que Nadina y yo veíamos en la universidad.
Mejor sin actuaciones interminables propuse. Apetece algo tranquilo.
¿Las campanadas no? preguntó Laura.
Las campanadas sí concedió Nadina. No estamos para rupturas radicales.
Comimos, charlamos. Laura contó que un profesor les había mandado pensar en el futuro como tarea y que el grupo discutía qué quería decir eso. Nadina se sorprendía de que no saltase cada cinco minutos a calentar o servir más comida. Yo disfrutaba de no tener que moverme para dejar sitio a ningún invitado.
A las nueve llamó María.
¿Qué, cómo vais? quiso saber. Nosotros la casa llena, los niños imparables, las ensaladas ni caben en la nevera. Pena que no estéis aquí, nos lo estamos pasando fenomenal.
Nadina, móvil a la oreja, miró nuestra mesa pequeña, a Laura mostrando memes al padre, y sintió ese resorte incómodo en el estómago.
Aquí también estamos bien contestó. Este año toca distinto.
Sí, ya me han dicho en el tono de María se notaba rispidez. Bueno. No entretengo más. ¡Feliz año!
Al colgar, Nadina volvió a la mesa pero ya no habló tan desenvuelta. Le rondaba la frase pena que no estéis.
¿Va todo bien? pregunté, aprovechando que Laura se había ido por zumo.
Sí respondió demasiado deprisa. Es… raro.
A las diez y media el grupo familiar cobró vida: fotos de mesas, críos con espumillón, qué pena que no vinisteis, sin vosotros no es igual. Hasta algún recuerdo antiguo, Nadina y yo detrás de los tíos, con cara cansada y sonrisa educada.
Nadina se quedó mirando y sintió un nudo en el pecho, se le humedecieron los ojos.
Lo he estropeado todo susurró. Ellos todos juntos, y nosotros…
Nosotros juntos también dije suave.
Pero no es igual se levantó brusca. Mira lo bien que lo pasan. Nosotros aquí tres gatos, como… como si no nos invitaran.
Nos invitaron le recordé. Decidimos no ir.
Quizá fue una mala decisión Nadina agitó la mano sobre la mesa. Quizá habría que haber hecho lo de siempre. Si mando mensaje todavía podemos aparecer.
Mamá Laura entró con el cartón de zumo. ¿Qué pasa?
Nada mintió Nadina, la voz temblante. Saldrían tonterías.
Cogió el móvil y empezó a teclear: Al final nos pasamos por ahí, si no es tarde… Le temblaban los dedos.
Yo la miraba, sabiendo que estábamos al borde del retroceso. Mañana nos despertaríamos reventados, sintiendo que otro año más, el festejo había sido para los demás.
Nadina me levanté, le cogí la muñeca con delicadeza. Para un segundo.
Suéltame pidió, sin mirarme. Solo pregunto si aún esperan.
Siempre esperan dije yo. La cuestión es qué esperamos nosotros.
Laura, con el zumo en brazos, dudó un momento y luego fue rotunda.
Mamá dijo dando un paso, la verdad: me alegro de estar en casa. No quería decírselo a la abuela para no hacerle daño, pero me resultan duras esas sobremesas. Cada año sólo pienso cuándo se podrá salir de la mesa.
Nadina la miró sorprendida.
¿En serio?
En serio Laura encogió hombros. Os quiero a todos, de corazón, pero si es por deber, dan ganas de escaparse. Hoy, no. Hoy es tranquilo.
Nadina dejó el móvil en la mesa. En la pantalla parpadeaba un mensaje sin terminar.
Solo temo que acabemos apartados confesó. Que dejen de contar con nosotros, que nos quedemos solos.
No vamos a ser extraños respondí. Solo no hace falta estar en todas partes. A veces el lugar es casa.
Lo dije sereno, aunque también sentía ese miedo. El miedo al margen, a no encajar en el guión familiar, aunque yo lo había asumido antes y ya me reconciliaba con ello.
Propongo algo sugerí. Hoy nos quedamos. Mañana vemos si apetece ir a alguna casa. No porque toque, sino si de verdad queremos.
Laura asintió.
Y el año que viene decidimos a quién ver añadió. Nada de hacer lo de siempre por hábito.
Nadina se frotó la cara y respiró hondo.
Vale concluyó. Nos quedamos.
Borró el mensaje, bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo.
Aun así, tengo culpa admitió. Como si hubiésemos dejado a alguien tirado.
Eso lleva años le respondí. Vivimos así mucho tiempo.
¿Puedo decir algo polémico? interrumpió Laura. Igual no solo arrastrasteis a todos, también os arrastraron. Y podíais haber dicho basta hace diez años.
Nadina soltó una risa llorosa:
Gracias, capitana obviedad.
De nada respondió Laura, formal.
Volvimos a la mesa. Faltaba una hora para medianoche. En televisión desfilaban conciertos, pero nadie prestaba atención.
¿Jugamos a algo? propuse. Así dejamos de mirar el reloj.
¿Cartas? se animó Laura.
Cartas, pues.
Sacamos la baraja, discutimos reglas, reímos con las trampas de Laura. Nadina notó que reía genuinamente, no por compromiso ni cuidando que nadie se aburriera.
Las campanadas sí las pusimos. Brindamos, deseándonos salud y… descanso. Nunca lo había sido tan necesario.
Yo deseo que este año aprendáis a descansar dijo Laura alzando el zumo. Y yo también.
De acuerdo contesté.
Lo intentaremos prometió Nadina.
Los primeros días de vacaciones pasaron despacio. De verdad dormimos hasta las diez o incluso las once. Yo leía aquel libro olvidado hace meses, tirado en el sofá con chándal. Nadina repasaba fotos antiguas en el portátil, sin correr para subir el post navideño, solo por gusto.
Laura salía con amigas o se quedaba viendo series, dibujando en la tablet. Algún día salíamos los tres al parque a tomar café de máquina y ver niños en los toboganes de hielo.
Una tarde me descubrí algo aburrido. No era la sensación de falta de trabajo, sino otro tipo de vacío.
Miré al patio: chavales encendían petardos de día, y sentí inquietud. Como si perdiera el tiempo.
Nadina la llamé, ¿salimos a algún sitio? Al centro comercial, al cine. Me siento como… atascado.
Nadina levantó la cabeza del portátil.
No quiero centro comercial respondió. Está todo lleno. Cine sí, pero hoy no. Ahora empiezo a notar que estoy bien simplemente así.
Simplemente… pensé en voz alta. ¿Y si no hacemos nada útil estos días?
¿Qué entiendes por útil? me preguntó.
No sé me rasqué la cabeza. Ordenar la terraza, visitar a mis padres, ir a ver a tu tía, hacer una chapuza en el baño…
Obras en vacaciones, eso sí es extremo sonrió. A tus padres sí que podemos ir. No tengo nada contra la gente. Lo que no quiero es correr.
Me entró irritación.
No sé estar tirado admití. Siento que estoy perdiendo el tiempo.
Trabajas sin parar todo el año me dijo suave. Permítete una semana sin ser productivo.
Eso lo dices tú bufé, y me fui a la cocina.
Allí empecé a ordenar bolsas de plástico por tamaños. Tras cinco minutos, la absurdez se convirtió en carcajada. Pero el desasosiego no se iba.
Esa noche cotilleé Instagram. Fotos de estaciones de esquí, escapadas a Lisboa, sesiones de spa. Todos poniendo vacaciones activas, nada de sofá.
Me cabreé: con ellos, conmigo, con mi necesidad de compararme.
¿Por qué esa cara larga? Laura apareció mirando la pantalla.
Mira le mostré algunos posts. La gente lo vive y nosotros…
¿Y nosotros qué? me interrumpió. También vivimos, a nuestra manera.
Se quedó pensativa y me ofreció:
¿Te enseño a no mirar nunca donde solo hay excusas para comparar?
Me reí:
Me das lecciones como a un abuelo.
Bueno, vosotros también me enseñáis cosas se encogió de hombros. Yo, por ejemplo, sé que no puedo tomar café después de las seis, si no luego no duermo.
Me quitó el teléfono; lo revisó arriba y abajo.
Mira explicó. Uno está en la montaña, guay, pero seguro que está molido de tanto viaje. Otro, en un spa; ahí hace calor. Y tú ahora estás en casa calentito, cómodo, y no tienes nada que hacer. También tiene mérito.
Lo dices como si fuera todo un logro me burlé.
Para vosotros, sí afirmó muy seria. No sabéis descansar.
No encontré argumento.
Al día siguiente tuvimos un rifirrafe. Nada grave, pero feo. Yo puse una serie y me quedé horas. Nadina, de un lado para otro, reorganizando trastos. Al final explotó.
Te vas a quedar con los ojos cuadrados pasó junto a la tele.
Y tú, todo el día moviendo cosas. ¿Es más productivo?
Al menos hago algo.
Yo también: descanso.
Eso no es descanso se enfureció. Es una fuga.
Pausé la serie y la miré.
¿Y tu orden no lo es? le solté. No sabes sentarte quieta. Siempre buscando qué mejorar.
Nos quedamos fijándonos el uno en el otro. El silencio se llenó de miedos compartidos.
Mira cedió Nadina. Medio día de series para ti, medio de no hacer nada yo. Y en ese rato, nadie puede acusar al otro.
Me parece bien acepté. Y añadimos que cada día hacemos algo juntos. Lo que sea.
Pasear sugirió ella. O ver una peli.
O juegos de mesa apuntó Laura desde el pasillo, había oído todo. Yo voto juegos.
Así salió la primera norma de las vacaciones. Sin anular hábitos, dio un marco: yo veía series sin culpa, ella a veces se tumbaba conmigo sin la lista mental de tareas.
A los pocos días fuimos a ver a mis padres. Esta vez menos bulla. Los abuelos más mayores, menos visitas. Charlamos, comimos empanada y hablamos de salud y clima.
¿Qué, este año tan libres? preguntó mi padre mientras servía el té. Antes lo teníais todo planificado.
Queríamos aire libre dije.
¡Bien hecho! apoyó mi madre. Todo a la espalda, y nunca descansabais. ¡Ya era hora!
Me sorprendió. Esperaba reproche y recibí alabanza. De vuelta, se lo conté a Nadina.
¿Ves? le comenté. No todos ven mal romper tradiciones.
A lo mejor solo yo lo veo así admitió ella. He vivido tantos años siguiendo ese guión que cuesta salir.
Nadie te obliga a salir de golpe. Paso a paso.
Asintió.
El resto de días lo hicimos de verdad: paso a paso. Uno fue casero, leyendo y cocinando sencillo. Otro exploramos Madrid: paseamos por calles iluminadas, entramos en una cafetería pequeña donde nadie esperaba ni había que despedir a nadie.
Sabes dijo Nadina, mirando por la ventana con el chocolate, me gusta esto de no tener el día programado. Por la mañana pienso en lo que quiero, no en lo que toca.
¿Y hoy qué quieres? pregunté.
¿Hoy? Nada especial. Simplemente ir juntos.
Me sonreí.
Yo, dejar de castigarme porque no pase nada especial.
Eso sí lleva trabajo advirtió.
Pero se aprende.
Miramos a la calle y vimos gente con bolsas, familias haciéndose fotos, críos de la mano cansados… Cada quien con su propia fiesta.
El último día de vacaciones trajo un sol helado. Laura se fue a casa de una amiga y prometió volver luego. La casa aún más silenciosa.
¿Vamos al Retiro? propuse. Sin perro, solos tú y yo.
Me apetece aceptó Nadina.
Abrimos la puerta, pisamos la acera crujiente de escarcha, con el aire frio mordiendo las mejillas. En el parque apenas había gente. Algunos patinaban, otros empujaban carritos de bebés.
Caminamos largo rato, hablando poco. El silencio no incomodaba. A Nadina le rondaban las tareas del trabajo que volverían, las llamadas, las micro-organizaciones. Pero también una extraña paz.
Pensé que si no montábamos un fiestón este año, me rompería por dentro. Que dejaría de ser… buena hija, buena anfitriona.
¿Y qué tal va? pregunté.
Nada roto sonrió. Se puede ser normal sin eso.
Yo pensaba que, si no era útil siempre, sería prescindible me sinceré. Pero resulta que basta con estar en el sofá, y ya sirvo. Aunque sea solo para ti y Laura.
Sobre todo para Laura dijo Nadina. Nos tiene vigilados.
Caminamos más y nos sentamos en un banco. Me quité un guante y le tomé la mano.
Acuerdos para el año que viene propuse. No se invita a todo el mundo por defecto. Primero decidimos los dos lo que queremos, luego encajamos lo demás.
De acuerdo aceptó. Y si empiezo a agobiarme y mandar mensajes a todos, me frenas.
Y si me apunto a todo de golpe, tú me frenas.
Vale.
Nos quedamos allí hasta que el frío nos animó a volver. El portal olía a pino y mandarinas, alguien ponía música baja.
En casa puse el hervidor, saqué galletas. Nadina encendió una vela en la ventana, no de adorno, sino por costumbre del invierno.
¿Siempre será así? preguntó ella, sirviendo el té. Sin esos maratones.
No lo sé admití. Quizá algún año queramos fiesta multitudinaria. Pero será decisión, no obligación.
Asintió. Aún inquieta, pero ya menos esclava del miedo.
Por la tarde, Laura volvió con las mejillas rojas y contenta.
La madre de mi amiga se fue con el padre a un balneario contó, quitándose las botas. Le dejaron una nota: Nos vamos a descansar. Tienes la edad para apañarte sola. Al principio se enfadó, luego me dijo que hasta le gustó.
¿Ves? comenté. Todos se adaptan.
Yo también añadió Laura. Me he dado cuenta de que me gusta estar aquí si vosotros no entráis en modo nos vamos, corremos. Aunque discutáis por series y bolsas.
Nadina se rio.
Prometemos estar más solo en casa le aseguró.
Nos sentamos los tres en el sofá, pusimos la peli elegida por Laura. El té se enfriaba, las migas de galleta caían. Fuera, los petardos del barrio chisporroteaban, pero no ahogaban nuestras risas tranquilas.
El festejo que temíamos perder no estaba donde más ruido había. Estaba aquí: tres personas permitiéndose descansar juntos, sin demostrarle a nadie cómo hay que celebrar los nuevos comienzos.
Y fue más que suficiente.







