LA FELICIDAD ESPERADA
El día de hoy era, sin duda, el más feliz en la vida de Teresa. ¡Relucía como una bombilla nueva! Y no era para menos, llevaban doce años en los que la maternidad se le resistía más que la lotería nacional. Pero hoy… ¡menuda noticia! Iba a tener un bebé. ¿Puede existir algo más maravilloso para una mujer? Cualquier madre confirmaría, con una sonrisa y algún ¡ay qué bonito!, que sí, que es lo mejor.
Teresa estaba flotando igual que si le hubieran dado el Premio Cervantes y cada dos por tres se tocaba el vientre con delicadeza, sonriendo como si compartiera un secreto con ese futuro niño, de apenas dos meses y medio creciendo en ella.
Conoció a Andrés cuando ambos tenían aún acné y sueños grandes; compartieron pupitre en la universidad en Madrid y, apenas tres meses después de recibir el título, se casaron en una ceremonia donde hasta la tía Juana acabó bailando sevillanas. Fueron felices, muy felices, de esos que hacen que los demás digan: ¡Qué pareja más bonita!. Aunque, medio año después de la boda, Teresa empezó a preocuparse. Andrés le consolaba con paciencia, asegurando, con su lógica de buen español: No pasa nada, mujer. Seguro que los niños llegarán.
Pasaron dos años y el ánimo de Teresa se fue desinflando como una rueda pinchada en la M-30. Buscó ayuda médica, pero solo le dijeron que todo marchaba normalísimo. Andrés redobló esfuerzos: la llevaba de paseo por El Retiro, le preparaba chocolate con churros y la arropaba con cariño, pero nada quitaba la pena que crecía día tras día. Así, a su pesar, pasaron doce años de silencio en la casa. La felicidad completa se les escapaba.
Un cálido día de julio, mientras Andrés estaba en la oficina, Teresa decidió salir a caminar por las tranquilas calles de Salamanca, Madrid. Caminaba despacito, pensando, tan absorta que confundía a los paseantes con arbustos. Con la cabeza gacha, no veía ni la panadería de la esquina.
De pronto… escuchó, casi pegado a su oído:
¿Eres tú mi mamá?
Teresa se sobresaltó. Fue como si le cayera un chorro de agua helada. Levantó la vista y vio a un niño de unos tres años, serio, agarrado a las barras de un portón del orfanato San Sebastián. Ella se quedó petrificada, intentando entender de dónde venía aquel pequeño.
Tras recomponerse, se acercó despacio. Desde donde estaba, vio más niños jugando al fondo, pero este pequeñín la miraba fijamente, como quien reconoce algo importante. Teresa pasó minutos observándolo hasta que, al fin, pudo preguntar:
¿No recuerdas cómo era tu mamá?
No, nunca la he visto. Siempre espero aquí, porque si pasa, seguro que me reconoce.
Claro, por supuesto, Teresa respondió, sintiendo que el destino le acababa de dar una palmada amistosa en la espalda. ¿Cómo te llamas?
Me llamo Martín.
En ese momento, Teresa ya no dudó más. Hizo voto de que lo intentaría todo por adoptar a aquel niño. ¿No sería cosa de la Virgen que el azar la llevase justo a ese portón ese día?
Yo tenía un hijo hace años, pero lo perdí, susurró con ternura. También se llamaba Martinillo, y sigo buscándolo. ¿Puede que seas tú?
Al niño se le iluminó la cara y, con un grito alegre, proclamó:
¡Sí! ¡Eres tú mi mamá! ¡Te he reconocido! ¡Eres tú, eres tú!
Metió los bracitos por las rejas y Teresa, respondiendo, lo abrazó con fuerza.
Pues vámonos ya mismo a hablar con la directora. ¡Vamos a decir que nos hemos encontrado y te llevaré a casa!
¡Ole! respondió Martín, celebrando con voz de fútbol.
Teresa entró al orfanato de la mano de Martín. La cuidadora, con lágrimas en los ojos, se alegraba de corazón:
¡Por fin Martín va a tener mamá! comentaba, con emoción del tipo que solo se ve en las series de sobremesa.
Siguió el ritual: papeles, revisiones, entrevistas, más papeles y alguna cola de espera que no hay español que soporte sin quejarse. Para Teresa todo fue niebla, solo importaba llegar al final. Martín, por su parte, todo lo entendía y confiaba que pronto su madre lo llevaría a casa. Mientras tanto, Teresa y Andrés pusieron la casa patas arriba: habitación nueva, muebles, juguetes y peluches de todas las formas y colores. Andrés, viendo la sonrisa de su esposa, no pudo más que ceder y apuntarse al plan.
Y llegó el gran día; Martín ya era su hijo. Volvieron juntos a casa, radiantes. La casa se revolucionó: el silencio, ¡por fin! fue reemplazado por el ruido alegre de los pasos pequeños y el grito desde el pasillo: ¡Papá, mira! Teresa recuperó la vida y volcó todo el cariño guardado en el pequeño. Andrés se ganó el título de Mejor Padre según Martín.
Pasó el tiempo y el niño creció alegre y sano. Hasta que, una mañana, Teresa se sintió rara. Andrés, como buen marido y español preocupón, la llevó rápido al médico y allí recibieron la noticia más increíble: ¡Teresa iba a ser madre natural! No había palabras que explicaran tanta alegría.
Toda la familia esperaba con ansias el nuevo miembro. Y así fue: nació una niña sana, a la que llamaron Inés. Ahora sí, la familia estaba completa.
Teresa, reflexiva, sabía que el milagro de Inés llegó porque un día decidió parar y mirar a un pequeño detrás de una verja. Los actos nobles siempre tienen recompensa. La felicidad no visita con previa cita, aparece cuando uno le abre el corazón y en ese momento, es imposible no sonreír.







