¡He desaparecido!
¡Celia! ¿Pero qué te ha pasado en las manos? se horroriza Laura.
No es nada responde Celia, tensa. Mañana por la mañana voy al salón, me arreglan las uñas y la piel vuelve a la normalidad.
¿Cómo has podido dejarte las manos así? ¿Trabajas ahora en una cantera o qué? interviene con sorna Cristina.
Ha sido solo limpieza a fondo en el piso de un soltero contesta Celia, visiblemente molesta. Y no hagáis un drama de esto, no hace falta.
¿En serio? preguntan con sorpresa sus amigas. ¿Desde cuándo llamas tu piso de soltero? Siempre habías dicho que era tu refugio…
Y ¿por qué has decidido hacerlo tú misma? Que hay profesionales para eso…
En mi casa insiste Celia siempre ha estado todo bien. ¡Siempre!
¿Has empezado a limpiar pisos ajenos? se sobresalta Cristina. Celi, somos tus amigas. Si tienes problemas de dinero, dilo. Yo te echaría una mano siempre.
Tengo dinero gruñe Celia. Y el negocio va viento en popa.
Celia, de verdad que no entiendo nada se preocupa Laura. ¿Por qué limpiar en casa ajena? ¿Y tú sola?
¿Has perdido una apuesta? propone Cristina.
Ojalá hubiera sido una apuesta Celia desvía la mirada hacia la pared. He caído, chicas. He caído de tal forma, que hubiese preferido perder el negocio y tener que trabajar limpiando pisos ajenos para ganarme la vida.
La declaración deja a sus amigas mudas.
A la mirada inquisitiva de Laura y Cristina, Celia responde con fastidio:
Me ha salido un hombre. Y tal hombre, que hubiese preferido tener ratas, pulgas o chinches en casa.
En los ojos de sus amigas no hay horror, sino puro pánico.
Celia, vete de ahí. Si dices eso… ¡huye! susurra Laura.
No puedo se retuerce Celia. ¡Ni quiero! Lo que quiero es ir con él, y lejos de él… ni pensarlo.
¿Perdona? tiembla Cristina. ¿Te estoy escuchando bien? ¡Tú, que siempre has sido fuerte, inquebrantable! ¿¡Y ahora… por un hombre!?
¡Lo sé! exclama Celia. ¡Me reconozco! Me he enfadado, he gritado… ¡Que no me he dado de cabezazos contra la pared de milagro! Aunque… igual debería probar.
Laura y Cristina están totalmente desorientadas. Ni siquiera el chiste del cabezazo les arranca una sonrisa; solo les pesa ver a Celia enfadada consigo misma.
¿Y qué pasa con Juanito? pregunta Laura de repente. Hacía buen pareja contigo. Y era tan atento, servicial…
Si lo quieres, llévatelo lo despacha Celia. Para mí no sirve. ¡Y lo comprobé! añade sin pudor. Ni se le acerca siquiera al estilo de Pedro.
¿Pedro? Cristina frunce la nariz. ¿Así de fácil? ¿Has cambiado a Juan por un tal Pedro? Yo pensé que al menos sería Ángel…
Pues llévate tú a tu Ángel. ¡Y a Rafael también lo puedes llevar! espetó Celia, casi riéndose. Yo tengo a Pedro.
¿Es rico? pregunta Cristina.
No Celia niega con la cabeza.
¿Guapo? insiste Laura.
Normalito responde Celia.
¿Joven y fogoso? pregunta Cristina con escepticismo.
Cuarenta y un años responde Celia, separando las palabras.
¿Y qué le ves? pregunta Cristina, divertida.
Sabe amar dice Celia, soñadora, mientras su rostro se ilumina con una sonrisa de absoluta felicidad. Sabe querer como nadie. ¡Le daría todo lo que tengo!
¡Ahora mismo le daría todo! Piso, casa, coches… ¡Incluso el negocio! Si con eso se queda a mi lado, si con eso es mío, solo mío.
Estás loca niega Cristina.
¿Dónde lo has encontrado? pregunta Laura.
Por internet sonríe Celia. Buscaba una aventura para el sábado…
Las mujeres que se dedican al negocio pocas veces tienen pareja estable. No es cuestión de familia, sino de que los hombres llevan mal el éxito de la mujer.
A no ser que descaradamente vivan a costa de ella y su dinero.
Celia se eligió a sí misma desde el instituto. Empezó haciendo pulseras de abalorios, y en un año ya vendía bisutería a sus compañeras. Y cobraba en euros, nada de caramelos.
Aunque estudió economía, siguió haciendo joyas artesanales, y no solo de abalorios; eso acabó siendo su fuente de ingresos.
El conocimiento y la formación le llevaron a ver que podía ser un buen negocio.
No, no son abalorios Celia se ríe. ¡Joyas hechas a mano! Exclusivas. Y adaptadas al gusto de cada cliente.
Hay mil artesanas en eso le decían. Serás una más, viviendo como puedes.
¿Quién ha dicho que quiero ser artesana simplemente?
Eso era limitarse, no tenía futuro para crecer. Vivir, sí, pero no como ella soñaba. Celia empezó a unir artesanos bajo su marca.
El trabajo era inmenso: publicidad, catálogos, clientes, negociaciones, contratos. Luego los puntos de venta. Más publicidad para posicionar su tienda como exclusiva, para quienes realmente saben.
No era un trabajo, era una labor titánica, pero Celia, a sus treinta y cinco años, es una mujer de negocios exitosa, con todo y más.
Piso, chalet en la sierra, garaje para seis coches y coches de alta gama. Además de una cuenta bancaria bien saneada.
Cualquier capricho se lo podía permitir con un chasquido de dedos.
Solo no había sitio para la familia. Y Celia no lo echaba de menos. Para la salud, el ánimo y la productividad tenía chicos.
Por una suma, estaban dispuestos a querer, adorar y desaparecer cuando dejaba de interesarle.
En los últimos meses, el habitual era Juanito. Un chico simpático. Sus amigas creían que lo acabaría dejando para siempre a su lado.
Igual hasta se casa con él soñaba Laura.
Y lo perderemos como amigo lamentaba Cristina.
También Cristina tenía sus citas con Juanito alguna vez.
Nadie supo qué le dio a Celia por entrar en la app de citas rápidas una noche de aburrimiento. Quería variar el plan.
Cuando tienes siempre dulzura a tu lado, a veces apetece algo salado.
Pero al aparecer su perfil en activo, empezaron a llegar propuestas de chicos idénticos a Juanito. Aburrido.
Así que el Buenas noches de un tal Pedro le llamó la atención.
¿Charlamos? añadió sin esperar respuesta.
Celia decidió pasar el rato hablando con ese Pedro. Mientras tanto, leía su perfil y veía sus fotos.
De inmediato le vino al pensamiento:
¿Dónde vas tú? ¿No ves que yo salgo en yates, coches, oro y diamantes? ¿Y tú? En casa como la de mi abuela… ¡Y la cara, ni pisó un centro de estética en su vida!
Nada de su nivel.
Pero siguieron hablando, de todo. Al poco, Celia admite que Pedro es muy leído y culto.
¿Y por qué no eres rico? le preguntó, directa.
¿Para qué? respondió Pedro.
Esa respuesta la descolocó.
¿Cómo que para qué? replicó Celia. ¡Para vivir bien!
A mí no me falta nada responde él. No necesito más. Un reloj de diez mil euros da la misma hora que uno de cincuenta.
La conversación continúa. No paran hasta el amanecer.
Me tengo que ir a trabajar escribe Celia.
Buen viaje le contesta Pedro. Yo tengo horario libre, es más fácil.
Durante el día, Celia no piensa mucho en ese extraño interlocutor, pero de vez en cuando, le viene a la cabeza.
Por la tarde, rechaza asistir a la inauguración de un restaurante, invitación del dueño. Se excusa con trabajo urgente, pero se tira en el sofá con la tablet y escribe a Pedro:
¿Hola! ¿Te has olvidado de mí?
¡Hola! ¡No sufro de amnesia! Y si olvido algo, es que me da placer hacerlo.
Vuelven a escribir casi toda la noche. Celia duerme apenas dos horas antes del trabajo, pero solo quiere llegar a casa y charlar con Pedro.
Tras dos semanas de escribir por internet, Celia siente que necesita verlo en persona.
Como es directa, lo propone. La respuesta le deja helada:
Ven.
Le pasa el domicilio.
Celia se queda petrificada, la tablet en una mano y la otra en suspenso. Como si hablara y se quedara sin palabras.
¿Cómo que ven? dice en voz alta, aturdida.
Escribe lo mismo.
Simplemente, ven contesta Pedro. Pero dime si prefieres té o café, ¿y los eclairs con crema? ¿O hago un chuletón a la plancha?
Si fuera alguien conocido, sería normal. Pero ir directamente a casa de un hombre en la primera cita, ¿así?
Querría pensar que aquel tío se ha pasado de atrevido, pero el deseo de verlo puede más.
Yo pensaba en un café o un restaurante le escribe.
Buf, qué pereza le responde.
Entonces Celia recuerda la diferencia de posición social y económica.
Vale, yo te pago el taxi ida y vuelta, y la cena, y lo que haga falta.
Acostumbrada a chicos por cuenta propia, lo escribe sin pensar.
Pago yo todo si quiero le dice Pedro, pero de verdad, qué pereza salir, vestirse, ir, volver… Y además hace un día malo.
Resumiendo: qué pereza ir a ningún lado. Si quieres verme, ven tú. Te mandé la dirección.
¡Mira! ¡Que yo no aguanto esas groserías! escribe Celia y tira la tablet.
Dos días sin tocarla, se aguanta. Sabe que espera que Pedro se disculpe, le ruegue, le proponga cualquier restaurante elegante.
Celia espera todo eso, pero cuando abre el chat, su último mensaje sigue ahí y Pedro ni se molestó en responder.
Su indignación sube como un hervor. Durante dos horas echa pestes de Pedro.
Cuando por fin se calma, se da cuenta de que le falta hablar con él. Y las ganas de verlo crecen.
¡Me ha calado, el tío! refunfuña, vuelve a coger la tablet.
Él podría haberse molestado por su último mensaje.
¡Hola! escribe Celia y espera.
Hola responde Pedro. ¿Qué tal?
Pregunta neutral, como si la última vez hubieran acabado tan normal.
Bien contesta Celia. ¿Y hoy podríamos vernos? ¿O te da pereza de nuevo?
Se lo suelta, por si acaso.
Ya me conoces responde Pedro y manda un emoticono riendo. Da tanta pereza que ni por pan salgo, hago tortas en la sartén.
¿Y cuándo nos veremos si siempre te da pereza? pregunta Celia.
¿Tienes coche? él pregunta.
Claro, tengo coche.
¿Funciona?
Sí Celia duda.
Tiene seis coches. Si alguno falla, lo arregla o lo vende.
Te paso mi dirección de nuevo si la borraste escribe Pedro. Ven cuando quieras.
***
¡Espera! ¡Espera! interrumpe Cristina, agarrando la mano de Celia. ¿De verdad fuiste a casa de un desconocido?
Sí dice Celia y asiente con fuerza.
¿No te dio miedo? pregunta Laura, inquieta. ¿Y si es peligroso, un criminal…?
Me llevé el espray de defensa responde Celia. Pero no hizo falta.
¿Fuiste tal cual a casa de un hombre de internet? ¿Así, directamente? Cristina no lo acepta. ¡Es el colmo de la locura!
Fui asiente Celia. Y no me arrepiento ni un segundo.
Chicas, he desaparecido.
Cuando ya lo entendí todo, me reproché los dos días en los que estuve castigando a Pedro.
Si hubiera ido antes, habría disfrutado la felicidad durante dos días más.
¿Qué felicidad? pregunta Cristina.
La que lo daría todo por ella contesta Celia con total sinceridad.
¿De verdad? ¿Lo del negocio y la casa? Cristina frunce el ceño.
Por él me endeudo si hace falta. Y si toca, ¡me pongo a picar piedra! asegura Celia, mano en el pecho.
Laura se queda boquiabierta de sorpresa.
¡Cuéntanos más! ordena Cristina. Así que fuiste a verle…
Fui…







