El Regalo —Bueno, hijo, cuéntame: ¿cómo te ha ido hoy, cómo ha sido tu día? Víctor, recién llegado del trabajo, levantó y sentó a su lado en el sofá a su hijo de cinco años, Andrés, despeinándole con cariño el pelo rubio y suave. Mientras Polina, la mamá, preparaba la cena, el padre conversaba con su querido y, por ahora, único hijo. En el piso reinaba el calor y la tranquilidad; en un sitio bien visible del salón, entre el televisor murmurando y el armario, brillaba misteriosamente una pequeña pero muy vistosa arbolito de Navidad, con sus lucecitas de colores. Faltaban justo veinticuatro horas para Nochevieja. —¡A mí me ha ido muy bien! —anunció el heredero—. Pero a mi amigo Nico le ha ido mal. —¿Y qué le pasa a ese amigo tuyo? —se interesó Víctor— ¿Es Nico, el del portal de al lado? —Sí, ese mismo —asintió Andrés. —En la fiesta de Navidad del cole hoy no le han dado regalo —contó Polina, asomando desde la cocina envuelta en olores de pollo asado—. Pobrecito… Venga, chicos, a lavarse las manos y a la mesa, que la cena está lista. —¿Cómo que no le han dado? —exclamó Víctor con sorpresa, levantándose del sofá— ¿Si a todos les dieron, por qué a Nico no? Algo raro hay aquí. —Sí, a todos les dieron, menos a Nico —confirmó Andrés, bajándose del sofá tras su padre—. La Señora de la Nieve y Papá Noel repartieron los regalos, pero a él nada. Y él esperando… —Qué Papá Noel y Señora de la Nieve son esos que dejan al niño sin regalo… —dijo Víctor, enfadándose. Se sentó a la mesa, arrastrando la silla. —No fue culpa de ellos —se encogió de hombros Polina—. Lo más probable es que la madre de Nico se olvidó de pagar el regalo o no tenía dinero para ello. A veces ocurre. Andrés, ¿te has lavado las manos? —Sí, lo hice contigo en el baño —respondió Víctor, cortando el pollo dorado y sirviendo las raciones—. Bueno, pongamos que no pagaron por el regalo. Pero ¿cómo pudo la directora, Ana Petrovna era, ¿no? ¿Cómo permitió Ana Petrovna semejante humillación, dejando al niño sin regalo delante de todos? —Ana Petrovna era la Señora de la Nieve —informó Andrés—. Papá Noel es el conserje. —¡Pues peor me lo pones! —el padre no se calmaba—. ¿No podían haber buscado otro regalo para ese niño? Ya después se ajustarían cuentas con los padres. Es de ser muy insensibles… —Parece que no podían —suspiró Polina—. Aunque yo en su lugar lo hubiera arreglado. —¿Y los padres de Nico? ¿Por qué permitieron que su hijo se quedara sin regalo? —Víctor seguía indignado— No lo entiendo… Por cierto, hijo… Víctor miró a Andrés, que devoraba el muslo de pollo con ganas. —Espero que hayas compartido tu regalo con tu amigo. El niño miró a su padre con reproche. —Sí, papá, lo intenté. También Sergio, Natalia, Álex, y más. Pero Nico no quiso nada de nadie. —¡Qué orgulloso! —se sorprendió Víctor—. No me digas que ni lloró… —No lo sé, yo no lo vi —dijo sinceramente Andrés. —¡Vaya chico! —se admiró Víctor—. No merece ese trato. —Sí, de verdad da pena Nico —comentó Polina compasiva—. Imagino la rabia que sintió… —¡Yo propongo restablecer la justicia! —declaró Víctor de repente y las mejillas se le encendieron, los ojos le brillaron de forma especial—. —¿Y cómo? —preguntó Polina, limpiándose los labios—. Andrés también miró curioso a su padre. —¡Así! —respondió misterioso Víctor— ¿Sabéis en qué piso vive Nico? Andrés, ¿lo sabes? —No —negó moviendo la cabeza—. Nunca he estado en su casa; sólo jugamos en el parque y en la guardería. —Bueno, creo que puedo averiguarlo —dijo Polina tras pensar—. Tengo una amiga que conoce a todos los vecinos. La llamo y le pregunto. ¿Pero para qué? —Llámala. Hazlo ya —insistió Víctor. —Vale —concedió Polina—. Pero luego recogéis vosotros la mesa y laváis los platos. —Viven en el treinta y cinco, se apellidan Sitikov. La madre se llama Valentina. El padre no está, o se fue, o ella lo echó. Viven solo madre e hijo —informó Polina tras unos minutos. —¿De dónde tantos detalles? —rió Víctor. —Por algo mi amiga se llama Alicia, ¡lo sabe todo de todos! —sonrió Polina—. Además, está en la junta de la comunidad, allí llega todo. —Ahora sí lo entiendo —concluyó Víctor—. Andrés, ¿te has acabado el regalo? —Todavía no —resopló el niño—. Mamá dice que muchos dulces no son buenos. —Lo dice bien —aprobó Víctor—. ¿Tienes la bolsa del regalo intacta? —Sí —dijo Andrés—. La abrí con cuidado. —Perfecto —le revolvió el pelo de nuevo—. ¿Podrías meter lo que quede en otra bolsa y darme la del regalo? —¿Para qué? —preguntó Andrés con cautela, pero fue a su cuarto y regresó con la bolsa de regalo, ya más ligera. Vació el contenido en la mesa: caramelos y galletas brillando en sus envoltorios. Polina, tras observar la escena, intervino: —Entonces, ¿queréis alegrar a Nico con un regalo? ¿Cuándo? ¿Y quién lo llevará? —¡Mejor esta misma noche! —respondió Víctor—. ¿Qué opinas, Andrés? —¡Sí! ¡Esta noche! —se entusiasmó el pequeño—. ¿Le doy algunos de mis dulces? —Si no te importa, claro —sonrió Víctor. —¿Vamos juntos? —preguntó Andrés, metiendo dulces en la bolsa. —Ya intentaste compartir con él hoy, ¿y qué pasó? —dudó el padre—. Es orgulloso… Mejor hagámoslo de otro modo. Víctor fue a la habitación y al poco salió… ¡de Papá Noel! El más genuino: botas blancas, chaquetón rojo, ribete de pelo blanco, gorro, barba larga, báculo en una mano y saco rojo bordado en la otra —eso sí, vacío. Andrés lo miraba atónito, hasta que preguntó: —¿Papá, eras tú Papá Noel el año pasado? ¿Y antes también? —Fui yo —admitió Víctor—. Perdón por contártelo ahora. Me lo pidieron en el trabajo una vez y gustó tanto que ya llevo tres años haciéndolo. Así aprovecho para felicitarte a ti y a mamá ¿Te gustó el Papá Noel de hace tiempo? —¡Muchísimo! —alabó Andrés—. ¡Y qué bien tener nuestro propio Papá Noel! Abrazó la pierna paterna. Polina añadió más caramelos, hizo un lazo de cinta en la bolsa, que Víctor puso en el saco de regalos. Ajustándose la barba, dijo: —¿Os parece bien que vaya a visitar a Nico, el niño triste? —¡Claro! —respondieron madre e hijo al unísono. El niño pidió: —¿Puedo ir contigo, papá? —¿Como la Señora de la Nieve? —rió Víctor. —¡De conejito! —gritó Andrés y se fue a su cuarto. Volvió en su disfraz blanco de conejo, con orejas largas y cola de pompón, y la careta de cartón de bigotes pintados. —Vale, vamos. Espero que Nico no te reconozca así —aceptó Víctor—. Pero ponte el abrigo, aunque seas conejo blanco, en la calle hace frío. Padre e hijo salieron. Polina apenas contenía la risa: junto al largo Papá Noel, el pequeño conejo con la bolsa casi arrastrándola. Al cabo de diez minutos regresó Víctor solo, con cara de apuro. —¿Dónde está Andrés? —se alarmó Polina. —Tranquila, está bien; se ha quedado jugando con Nico. Iré a por él en media hora —respondió, secándose el sudor de la barba postiza. Se dejó caer en el sofá, aún vestido de Papá Noel, y murmuró: —¡Vaya noche! Contó a Polina que ellos habían sido… ¡los sextos en llevar regalo a Nico! Antes había pasado hasta la directora, Ana Petrovna, disculpándose por el error, muy apurada. —Alguien grabó vídeo de la fiesta y lo subió al portal del ayuntamiento; en unas horas ya tenía miles de visitas y comentarios de todo. —¿En serio? —se sorprendió Polina—. Habrá que verlo. —Lo importante es que la madre de Nico pudo pagar el regalo, aunque tarde… —Parte de culpa es de la madre —repuso Polina—, vive sola y a veces no hay dinero, pero el cole podía haber buscado solución. —Los del cole no se complicaron y simplemente borraron a Nico de la lista, dejando al niño sin regalo —Víctor seguía indignado. —Si yo fuera jefa de esa directora, la despedía… —lamentó Polina. —Quizá la despidan, o aprenda de su error —terció Víctor—. Quien trabaja con niños no debería hacer eso nunca. Tras un silencio, Víctor dijo: —Y otra cosa: ¡hasta el padre de Nico apareció! Con regalos y disculpas a punto de llorar. —¿En serio? —se alegró Polina. Sonó el timbre. Polina fue a abrir: era Andrés. —¿Por qué volviste solo? —exclamó Víctor—. Yo iba a por ti… —¿Qué crees, que soy pequeño? —protestó Andrés—. Me aburrí allí. —¿Por qué? —preguntó papá. —La madre y el padre de Nico discutían y lloraban; cuando Nico les abrazó, todos se pusieron a llorar. Unos raritos… Ni se enteraron de que me fui. Víctor y Polina se miraron y se rieron aliviados. —Bueno, queridos, a tomar el té —propuso Polina—. Luego, los que aguanten despiertos, a recibir el Año Nuevo, que ya falta poco. ¡Y que sea feliz para todos! —¡Que lo sea! —aceptó generoso Andrés.

REGALO

Querido diario,

Hoy ha sido uno de esos días de invierno donde la casa se llena de aromas cálidos, de voces queridas y del titilar multicolor del árbol de Navidad. Apenas llegué del trabajo, me senté en el sofá y, como cada tarde, llamé a mi hijo. Cuéntame, Iñigo, ¿cómo te ha ido hoy? ¿Has tenido buen día? Lo subí a mi lado y le despeiné cariñosamente el pelo rubio. Mientras Isabel, mi mujer, preparaba la cena en la cocina, charlaba yo un rato con nuestro único niño, que con sus cinco años tiene ya mil historias que compartir. El piso está acogedor; el belén, con sus figuras de barro, y la pequeña pero vistosa arbolita, iluminada entre el televisor y la estantería, anuncian que mañana es Nochevieja.

¡Todo bien, papá! soltó Iñigo Pero a mi amigo Mateo la cosa no le fue tan bien.
¿Por qué, hijo? ¿Mateo, el del portal de al lado? le pregunté.
Sí, ese mismo confirmó, cabizbajo.

En ese momento Isabel salió de la cocina envuelta en el aroma del pollo asado y añadió:
Al pobre Mateo no le dieron regalo en el festival navideño del cole esta mañana. Me da muchísima pena ese niño Anda, lavad las manos y a la mesa, que está todo listo.

¿Cómo que no le dieron regalo? me extrañé, levantándome del sofá. ¿A todos sí y justo a él no?
Sí, papá, los Reyes Magos repartieron a todos los niños menos a él. Se quedó esperando susurró Iñigo, mientras nos sentábamos a cenar.

Eso no está bien, ¿qué tipo de Rey Mago deja a un niño sin regalo? me indigné yo aún más, tirando de la silla y sirviéndonos el asado.

Yo creo que no fue culpa de los Reyes Magos ni del cole en sí intervino Isabel, encogiéndose de hombros. Puede que la madre de Mateo se olvidara de pagar la cuota para el regalo, o quizá no tenía dinero para ello. Eso ocurre Iñigo, ¿te lavaste las manos?

Claro mamá, papá estuvo conmigo en el baño respondió el niño, mientras devoraba el pollo.

Si es por eso, bueno supongamos que nadie pagó por él, pero ¿cómo pudo permitirlo la directora del cole, cómo se llama doña Carmen Gutiérrez, ¿no? ¿Podía dejar que algo así pasara, que todos vieran cómo a uno sólo le faltaba el regalo?

Doña Carmen era la que hacía de Rey Mago Melchor intervino Iñigo. Y el conserje fue Baltasar.

Pues más grave aún ¿No podían hacer un esfuerzo por ese niño? Al final los padres ya se arreglarían. ¡Es de tener muy poca empatía! suspiré.

Seguramente no pudieron o no supieron cómo reflexionó Isabel. Yo, en su lugar, lo habría solucionado para que ninguno se quedara sin regalo.

¿Y la madre de Mateo? insistí ¿Por qué permitió eso? Es incomprensible Por cierto, Iñigo, ¿compartiste tu regalo con él?

Iñigo me miró con seriedad:
Sí, papá, quise. Y también otros amigos: Álvaro, Lucía, Jaime pero Mateo no quiso aceptar nada de nadie.
¡Mira qué orgulloso! exclamé sorprendido Y, ¿lloró cuando se quedó sin nada?
No sé, papá, no lo vi.

Vaya niño, de verdad No se merecía eso comentó Isabel. Seguro que se sintió fatal.

Me quedé pensando, removiendo la comida, y entonces dije:
¡Hay que hacer justicia! Propongo llevarle un regalo a Mateo. ¿Quién sabe dónde vive?
Nunca he estado en su piso, sólo jugamos juntos en la plaza y en el cole respondió Iñigo, bajando la cabeza.

Déjame preguntar dijo Isabel. Mi amiga María, la del bloque, conoce a casi todos. Le llamo y te informo. Aunque, ¿para qué tanto interés?

Por favor, llama, y rápidamente le insistí.

Vale, pero vosotros recogéis la mesa y fregáis los platos contestó, marchando con el móvil.

Unos minutos después, Isabel regresó:
Viven en el treinta y cinco, se apellidan Sánchez, la madre es Rosa. El padre no está, al parecer los dejó hace tiempo o ella le echó, nadie sabe con certeza. Viven solos madre e hijo.

¿Cómo lo sabes? reí.
María es como Google, todo lo sabe. Además, está en la comunidad de vecinos y se entera de todo.

Entonces está claro reflexioné. Iñigo, ¿te has acabado todo tu regalo?
No, mamá dice que tanta chuchería no es buena.
Sabio consejo dije. ¿Tienes aún la bolsa de regalo?
Sí, papá, la abrí con cuidado.

Perfecto le insté. ¿Te importaría meter lo que te queda en otra bolsa y prestarme la del regalo?
¿Por qué? se extrañó, pero fue a su cuarto y regresó con la bolsa brillante, algo vacía. Volcó su contenido y las golosinas rodaron por la mesa.

Isabel, sin decir nada, observó. Y finalmente habló:
¿Queréis entonces ir a darle a Mateo un regalo, chicos? ¿Cuándo? ¿Y quién lo llevará?

¡Mejor esta noche! dije decidido. ¿Te parece, Iñigo?
¡Sí, vamos ya! estalló el niño Yo le meto algunas de mis chuches.

Si no te importa, hijo le animé.

¿Vamos juntos, papá? preguntó armando su bolsa.
Ya intentaste invitarle tuyo antes, y él no quiso le recordé. Es orgulloso. Propongo hacer algo diferente

Entré al dormitorio y emergí minutos después convertido en Rey Mago. Melchor, con su capa roja forrada de blanco, botas, corona y barba amplia, bastón y saco vacío bordado en estrellas doradas.

Iñigo me miró, incrédulo.
¿Papá, eras tú el Rey Mago los años anteriores?
Claro, hijo. Ya era momento de confesarte. Hace tiempo en el trabajo me pidieron ir de Melchor y desde entonces repito todos los años. Al menos os felicito a ti y a mamá también. ¿Te gustó el Melchor del año pasado?
¡Sí, mucho! Es genial tener un Rey Mago propio me abrazó fuerte.

Isabel añadió más caramelos, ató la bolsa con un lazo rojo y yo la guardé en el saco.

¿Os parece bien que este Melchor visite a Mateo? pregunté, arreglándome la barba.
¡Siiii! respondieron al unísono.

¿Puedo ir contigo, papá? suplicó Iñigo.
¿De paje? sonreí.
¡De conejo! gritó, corrió a vestirse: mono blanco, orejas grandes, máscara con bigotes pintados como esta mañana en el festival.

Vale, pero ponte el abrigo encima, aunque seas conejo blanco, estamos en diciembre le advertí, y nos fuimos. Isabel apenas contenía la risa: un Rey Mago larguirucho con bastón y un pequeño conejo arrastrando la bolsa de regalos.

Diez minutos después volví, algo apurado.
¿Y Iñigo? preguntó nerviosa Isabel.
Se quedó con Mateo, están jugando. Iré a recogerlo en media hora suspiré, quitándome la barba. Me tiré en el sofá, aún vestido de mago.

¡Menuda historia! le conté lo ocurrido: ya éramos los sextos en llevarle un regalo a Mateo esa tarde, y seguro no los últimos. Antes había salido la propia directora, doña Carmen, ya sin disfraz.

Se deshizo en disculpas le relaté, explicando cómo se sintió fatal por el olvido. Resulta que alguien grabó el momento en el colegio y lo subió al portal del pueblo en internet; en pocas horas tenía miles de reproducciones y un aluvión de comentarios.

¿De verdad? Isabel se sorprendió Tengo que verlo.
Pero lo importante le dije es que la madre de Mateo sí pagó la cuota, sólo que algo tarde, y en el colegio fueron tajantes y lo excluyeron.

La mamá tiene parte de culpa, sí, pero siendo madre sola Seguro que lo pasa mal reflexionó Isabel. Aun así, en el colegio podían haberle buscado una solución.

Los responsables apenas indagaron y dejaron fuera al niño proseguí. Y así el pequeño quedó marginado.

Si yo mandara sobre doña Carmen, la mandaba a la calle soltó Isabel indignada.
Quizás le caiga un correctivo, quizá aprenda la lección Quien trabaja con niños nunca debe actuar así.

Me quedé pensando, acariciándome la barba, y conté:
Ah, otra cosa: apareció el padre de Mateo, con cabeza gacha y un regalo, casi llorando
¿En serio? Isabel se animó.

Llamaron al timbre. Era Iñigo, regresando solo.
¿Por qué volviste por tu cuenta? le regañé Yo quería ir a recogerte
Iba siendo hora, papá, y allí ya no quería estar.
¿Por qué, hijo?
Porque los padres de Mateo discutían, luego lloraban y se abrazaban. Mateo fue a la cocina y de repente todos lloraban juntos. Vamos, cosas de mayores. ¡Ni se enteraron de que me fui!

Isabel y yo nos miramos, riéndonos de alivio.
Bueno, familia, vamos a tomar chocolate. Quien no se duerma, esperaremos juntos el Año Nuevodijo Isabel. Que entre con alegría en todos los hogares.

¡Que así sea! afirmó Iñigo generoso.

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El Regalo —Bueno, hijo, cuéntame: ¿cómo te ha ido hoy, cómo ha sido tu día? Víctor, recién llegado del trabajo, levantó y sentó a su lado en el sofá a su hijo de cinco años, Andrés, despeinándole con cariño el pelo rubio y suave. Mientras Polina, la mamá, preparaba la cena, el padre conversaba con su querido y, por ahora, único hijo. En el piso reinaba el calor y la tranquilidad; en un sitio bien visible del salón, entre el televisor murmurando y el armario, brillaba misteriosamente una pequeña pero muy vistosa arbolito de Navidad, con sus lucecitas de colores. Faltaban justo veinticuatro horas para Nochevieja. —¡A mí me ha ido muy bien! —anunció el heredero—. Pero a mi amigo Nico le ha ido mal. —¿Y qué le pasa a ese amigo tuyo? —se interesó Víctor— ¿Es Nico, el del portal de al lado? —Sí, ese mismo —asintió Andrés. —En la fiesta de Navidad del cole hoy no le han dado regalo —contó Polina, asomando desde la cocina envuelta en olores de pollo asado—. Pobrecito… Venga, chicos, a lavarse las manos y a la mesa, que la cena está lista. —¿Cómo que no le han dado? —exclamó Víctor con sorpresa, levantándose del sofá— ¿Si a todos les dieron, por qué a Nico no? Algo raro hay aquí. —Sí, a todos les dieron, menos a Nico —confirmó Andrés, bajándose del sofá tras su padre—. La Señora de la Nieve y Papá Noel repartieron los regalos, pero a él nada. Y él esperando… —Qué Papá Noel y Señora de la Nieve son esos que dejan al niño sin regalo… —dijo Víctor, enfadándose. Se sentó a la mesa, arrastrando la silla. —No fue culpa de ellos —se encogió de hombros Polina—. Lo más probable es que la madre de Nico se olvidó de pagar el regalo o no tenía dinero para ello. A veces ocurre. Andrés, ¿te has lavado las manos? —Sí, lo hice contigo en el baño —respondió Víctor, cortando el pollo dorado y sirviendo las raciones—. Bueno, pongamos que no pagaron por el regalo. Pero ¿cómo pudo la directora, Ana Petrovna era, ¿no? ¿Cómo permitió Ana Petrovna semejante humillación, dejando al niño sin regalo delante de todos? —Ana Petrovna era la Señora de la Nieve —informó Andrés—. Papá Noel es el conserje. —¡Pues peor me lo pones! —el padre no se calmaba—. ¿No podían haber buscado otro regalo para ese niño? Ya después se ajustarían cuentas con los padres. Es de ser muy insensibles… —Parece que no podían —suspiró Polina—. Aunque yo en su lugar lo hubiera arreglado. —¿Y los padres de Nico? ¿Por qué permitieron que su hijo se quedara sin regalo? —Víctor seguía indignado— No lo entiendo… Por cierto, hijo… Víctor miró a Andrés, que devoraba el muslo de pollo con ganas. —Espero que hayas compartido tu regalo con tu amigo. El niño miró a su padre con reproche. —Sí, papá, lo intenté. También Sergio, Natalia, Álex, y más. Pero Nico no quiso nada de nadie. —¡Qué orgulloso! —se sorprendió Víctor—. No me digas que ni lloró… —No lo sé, yo no lo vi —dijo sinceramente Andrés. —¡Vaya chico! —se admiró Víctor—. No merece ese trato. —Sí, de verdad da pena Nico —comentó Polina compasiva—. Imagino la rabia que sintió… —¡Yo propongo restablecer la justicia! —declaró Víctor de repente y las mejillas se le encendieron, los ojos le brillaron de forma especial—. —¿Y cómo? —preguntó Polina, limpiándose los labios—. Andrés también miró curioso a su padre. —¡Así! —respondió misterioso Víctor— ¿Sabéis en qué piso vive Nico? Andrés, ¿lo sabes? —No —negó moviendo la cabeza—. Nunca he estado en su casa; sólo jugamos en el parque y en la guardería. —Bueno, creo que puedo averiguarlo —dijo Polina tras pensar—. Tengo una amiga que conoce a todos los vecinos. La llamo y le pregunto. ¿Pero para qué? —Llámala. Hazlo ya —insistió Víctor. —Vale —concedió Polina—. Pero luego recogéis vosotros la mesa y laváis los platos. —Viven en el treinta y cinco, se apellidan Sitikov. La madre se llama Valentina. El padre no está, o se fue, o ella lo echó. Viven solo madre e hijo —informó Polina tras unos minutos. —¿De dónde tantos detalles? —rió Víctor. —Por algo mi amiga se llama Alicia, ¡lo sabe todo de todos! —sonrió Polina—. Además, está en la junta de la comunidad, allí llega todo. —Ahora sí lo entiendo —concluyó Víctor—. Andrés, ¿te has acabado el regalo? —Todavía no —resopló el niño—. Mamá dice que muchos dulces no son buenos. —Lo dice bien —aprobó Víctor—. ¿Tienes la bolsa del regalo intacta? —Sí —dijo Andrés—. La abrí con cuidado. —Perfecto —le revolvió el pelo de nuevo—. ¿Podrías meter lo que quede en otra bolsa y darme la del regalo? —¿Para qué? —preguntó Andrés con cautela, pero fue a su cuarto y regresó con la bolsa de regalo, ya más ligera. Vació el contenido en la mesa: caramelos y galletas brillando en sus envoltorios. Polina, tras observar la escena, intervino: —Entonces, ¿queréis alegrar a Nico con un regalo? ¿Cuándo? ¿Y quién lo llevará? —¡Mejor esta misma noche! —respondió Víctor—. ¿Qué opinas, Andrés? —¡Sí! ¡Esta noche! —se entusiasmó el pequeño—. ¿Le doy algunos de mis dulces? —Si no te importa, claro —sonrió Víctor. —¿Vamos juntos? —preguntó Andrés, metiendo dulces en la bolsa. —Ya intentaste compartir con él hoy, ¿y qué pasó? —dudó el padre—. Es orgulloso… Mejor hagámoslo de otro modo. Víctor fue a la habitación y al poco salió… ¡de Papá Noel! El más genuino: botas blancas, chaquetón rojo, ribete de pelo blanco, gorro, barba larga, báculo en una mano y saco rojo bordado en la otra —eso sí, vacío. Andrés lo miraba atónito, hasta que preguntó: —¿Papá, eras tú Papá Noel el año pasado? ¿Y antes también? —Fui yo —admitió Víctor—. Perdón por contártelo ahora. Me lo pidieron en el trabajo una vez y gustó tanto que ya llevo tres años haciéndolo. Así aprovecho para felicitarte a ti y a mamá ¿Te gustó el Papá Noel de hace tiempo? —¡Muchísimo! —alabó Andrés—. ¡Y qué bien tener nuestro propio Papá Noel! Abrazó la pierna paterna. Polina añadió más caramelos, hizo un lazo de cinta en la bolsa, que Víctor puso en el saco de regalos. Ajustándose la barba, dijo: —¿Os parece bien que vaya a visitar a Nico, el niño triste? —¡Claro! —respondieron madre e hijo al unísono. El niño pidió: —¿Puedo ir contigo, papá? —¿Como la Señora de la Nieve? —rió Víctor. —¡De conejito! —gritó Andrés y se fue a su cuarto. Volvió en su disfraz blanco de conejo, con orejas largas y cola de pompón, y la careta de cartón de bigotes pintados. —Vale, vamos. Espero que Nico no te reconozca así —aceptó Víctor—. Pero ponte el abrigo, aunque seas conejo blanco, en la calle hace frío. Padre e hijo salieron. Polina apenas contenía la risa: junto al largo Papá Noel, el pequeño conejo con la bolsa casi arrastrándola. Al cabo de diez minutos regresó Víctor solo, con cara de apuro. —¿Dónde está Andrés? —se alarmó Polina. —Tranquila, está bien; se ha quedado jugando con Nico. Iré a por él en media hora —respondió, secándose el sudor de la barba postiza. Se dejó caer en el sofá, aún vestido de Papá Noel, y murmuró: —¡Vaya noche! Contó a Polina que ellos habían sido… ¡los sextos en llevar regalo a Nico! Antes había pasado hasta la directora, Ana Petrovna, disculpándose por el error, muy apurada. —Alguien grabó vídeo de la fiesta y lo subió al portal del ayuntamiento; en unas horas ya tenía miles de visitas y comentarios de todo. —¿En serio? —se sorprendió Polina—. Habrá que verlo. —Lo importante es que la madre de Nico pudo pagar el regalo, aunque tarde… —Parte de culpa es de la madre —repuso Polina—, vive sola y a veces no hay dinero, pero el cole podía haber buscado solución. —Los del cole no se complicaron y simplemente borraron a Nico de la lista, dejando al niño sin regalo —Víctor seguía indignado. —Si yo fuera jefa de esa directora, la despedía… —lamentó Polina. —Quizá la despidan, o aprenda de su error —terció Víctor—. Quien trabaja con niños no debería hacer eso nunca. Tras un silencio, Víctor dijo: —Y otra cosa: ¡hasta el padre de Nico apareció! Con regalos y disculpas a punto de llorar. —¿En serio? —se alegró Polina. Sonó el timbre. Polina fue a abrir: era Andrés. —¿Por qué volviste solo? —exclamó Víctor—. Yo iba a por ti… —¿Qué crees, que soy pequeño? —protestó Andrés—. Me aburrí allí. —¿Por qué? —preguntó papá. —La madre y el padre de Nico discutían y lloraban; cuando Nico les abrazó, todos se pusieron a llorar. Unos raritos… Ni se enteraron de que me fui. Víctor y Polina se miraron y se rieron aliviados. —Bueno, queridos, a tomar el té —propuso Polina—. Luego, los que aguanten despiertos, a recibir el Año Nuevo, que ya falta poco. ¡Y que sea feliz para todos! —¡Que lo sea! —aceptó generoso Andrés.
**Encontró un móvil perdido y lo devolvió a su dueño. Pero cuando este vio el colgante que llevaba al cuello, se quedó helado…**