He leído muchas historias de mujeres que han sido infieles y, aunque intento no juzgar, hay algo que sinceramente no logro comprender; no porque me crea mejor que nadie, sino porque en mi caso la infidelidad nunca ha sido una tentación. Tengo 34 años, estoy casada y llevo una vida completamente normal: voy al gimnasio cinco veces por semana, cuido mi alimentación y me gusta arreglarme. Tengo el pelo largo y liso, disfruto viéndome bien y soy consciente de que soy una mujer atractiva; la gente me lo dice y lo noto en las miradas. En el gimnasio, por ejemplo, no es raro que algún hombre intente empezar una conversación conmigo: algunos preguntan por ejercicios, otros hacen comentarios disfrazados de cumplidos y también los hay más directos. Lo mismo sucede cuando salgo a tomar algo con mis amigas: se acercan, insisten, preguntan si estoy sola. Jamás he fingido que eso no ocurre, al contrario, soy muy consciente, pero nunca he cruzado la línea. No porque tenga miedo, sino porque simplemente no quiero. Mi marido es médico —cardiólogo— y trabaja mucho: hay días en los que sale de casa antes de que amanezca y regresa cuando ya estamos cenando, o incluso más tarde. La mayor parte del tiempo paso el día sola en casa. Tenemos una hija, me ocupo de ella, de la casa y de mi propia rutina. En realidad, podría decir que tengo “oportunidades” de hacer lo que quiera sin que nadie se entere. Y, aun así, nunca se me ha pasado por la cabeza utilizar ese tiempo para serle infiel. Cuando estoy sola, me ocupo la mente: entreno, leo, ordeno, veo series, cocino, salgo a pasear. No me quedo buscando carencias ni necesito validación externa. No digo que mi matrimonio sea perfecto, porque no lo es: discutimos, tenemos diferencias y nos pesa el cansancio, pero hay algo fundamental: mi honestidad. Tampoco vivo con sospechas constantes hacia él. Confío en mi marido, sé cómo es, conozco su rutina, su forma de pensar y su carácter. No vivo revisando su móvil ni inventando historias. Esa tranquilidad también influye: cuando no buscas escaparte, no necesitas tener siempre puertas abiertas. Por eso, cuando leo historias de infidelidad —sin juzgar, solo desde la incomprensión— pienso que no todo depende de la tentación, la belleza, el tiempo libre o la atención ajena. En mi caso, simplemente nunca ha sido una opción. No porque no pueda, sino porque no quiero ser esa persona, y con eso vivo en paz. ¿Qué opináis de este tema?

He leído muchas historias de mujeres que han sido infieles, y aunque intento no juzgar, hay algo que sinceramente no consigo entender. No es porque me crea mejor que nadie, simplemente es porque para mí la infidelidad nunca ha sido una tentación.

Tengo 34 años, estoy casada y llevo una vida de lo más normal. Voy al gimnasio cinco veces por semana, presto atención a lo que como y me gusta cuidarme. Tengo el pelo largo y liso, disfruto viéndome bien y sé que soy una mujer atractiva. La gente me lo dice y, bueno, también lo noto en las miradas que me echan.

En el gimnasio, por ejemplo, no es raro que algún hombre intente entablar conversación conmigo. Unos preguntan por los ejercicios, otros sueltan comentarios disfrazados de halago y algunos van directos al grano. Lo mismo pasa cuando salgo con mis amigas a tomar algo: se me acercan, insisten, me preguntan si estoy sola… Nunca he fingido que no me doy cuenta. Al contrario, lo veo perfectamente. Pero jamás he cruzado esa línea. No porque me dé miedo, sino porque, a decir verdad, no me apetece.

Mi marido es médicocardiólogo, para más señasy trabaja muchísimo. Hay días que sale de casa antes de que amanezca y vuelve ya entrada la noche, cuando nuestra hija y yo llevamos hasta puesta la bata de estar en casa. Así que la mayor parte del tiempo estoy sola, en casa, prácticamente todo el día. Cuidando de nuestra hija, ocupándome de la casa, siguiendo mi rutina. Vamos, que si me lo propusiera, tengo “espacios” de sobra para hacer lo que me dé la gana y que nadie se entere. Y, aun así, nunca se me ha pasado por la cabeza aprovechar ese tiempo para engañarle.

Cuando estoy sola, me las ingenio para tener la mente entretenida. Entreno, leo, ordeno cosas, veo alguna serie, cocino, salgo a pasear No me pongo a buscar carencias ni a mendigar atención fuera de casa. Y que conste que no quiero decir que mi matrimonio sea perfecto, porque no lo es. Discutimos, tenemos nuestras diferencias y, como todo el mundo, nos puede la rutina a veces. Pero hay algo fundamental: la honestidad.

Tampoco vivo con la paranoia constante de la desconfianza. Confío en mi marido, sé cómo es, conozco su rutina, su forma de pensar, su carácter. No me dedico a espiarle el móvil ni a inventarme telenovelas. Esa tranquilidad también ayuda, oye. Cuando no andas buscando una vía de escape, no necesitas puertas abiertas todo el rato.

Por eso, cuando leo historias sobre infidelidadesno con ánimo de juzgar, sino con absoluta perplejidadllego a la conclusión de que no todo es cuestión de tentación, belleza, tiempo libre o el morbo de la atención ajena. Sencillamente, en mi caso, nunca ha sido una opción. No porque no pueda, sino porque no quiero convertirme en ese tipo de persona. Y la verdad, así vivo muy tranquila.

¿Qué pensáis vosotros sobre este tema?

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

15 − 2 =

He leído muchas historias de mujeres que han sido infieles y, aunque intento no juzgar, hay algo que sinceramente no logro comprender; no porque me crea mejor que nadie, sino porque en mi caso la infidelidad nunca ha sido una tentación. Tengo 34 años, estoy casada y llevo una vida completamente normal: voy al gimnasio cinco veces por semana, cuido mi alimentación y me gusta arreglarme. Tengo el pelo largo y liso, disfruto viéndome bien y soy consciente de que soy una mujer atractiva; la gente me lo dice y lo noto en las miradas. En el gimnasio, por ejemplo, no es raro que algún hombre intente empezar una conversación conmigo: algunos preguntan por ejercicios, otros hacen comentarios disfrazados de cumplidos y también los hay más directos. Lo mismo sucede cuando salgo a tomar algo con mis amigas: se acercan, insisten, preguntan si estoy sola. Jamás he fingido que eso no ocurre, al contrario, soy muy consciente, pero nunca he cruzado la línea. No porque tenga miedo, sino porque simplemente no quiero. Mi marido es médico —cardiólogo— y trabaja mucho: hay días en los que sale de casa antes de que amanezca y regresa cuando ya estamos cenando, o incluso más tarde. La mayor parte del tiempo paso el día sola en casa. Tenemos una hija, me ocupo de ella, de la casa y de mi propia rutina. En realidad, podría decir que tengo “oportunidades” de hacer lo que quiera sin que nadie se entere. Y, aun así, nunca se me ha pasado por la cabeza utilizar ese tiempo para serle infiel. Cuando estoy sola, me ocupo la mente: entreno, leo, ordeno, veo series, cocino, salgo a pasear. No me quedo buscando carencias ni necesito validación externa. No digo que mi matrimonio sea perfecto, porque no lo es: discutimos, tenemos diferencias y nos pesa el cansancio, pero hay algo fundamental: mi honestidad. Tampoco vivo con sospechas constantes hacia él. Confío en mi marido, sé cómo es, conozco su rutina, su forma de pensar y su carácter. No vivo revisando su móvil ni inventando historias. Esa tranquilidad también influye: cuando no buscas escaparte, no necesitas tener siempre puertas abiertas. Por eso, cuando leo historias de infidelidad —sin juzgar, solo desde la incomprensión— pienso que no todo depende de la tentación, la belleza, el tiempo libre o la atención ajena. En mi caso, simplemente nunca ha sido una opción. No porque no pueda, sino porque no quiero ser esa persona, y con eso vivo en paz. ¿Qué opináis de este tema?
«¡Ana es joven, seguirá teniendo hijos!», prometió ella. Al final, nadie quiso hacerse cargo de la niña.