Su propio silencio
A las siete y cinco, la cama de Alejandro Pérez tembló, como por una sacudida leve, y el eco seco de un taladro empezó a morder la pared tras su cabecero. Primero a intervalos cortos, después con un ronquido largo, irritante.
Alejandro se incorporó de golpe. La almohada cayó al suelo. El corazón se le precipitó al vientre y ahí latió, rápido y descompasado. Permaneció sentado, con las manos aferradas al borde del colchón, hasta que el ruido pasó a ser fondo. En la esquina parpadeaba la pantalla del viejo reloj-radiorreceptor: 7:06.
«Pero qué gente, tan temprano», pensó mientras buscaba las zapatillas con los pies. La izquierda seguía bajo el sillón, así que cruzó la casa hasta la cocina calzando sólo una, arrastrando el talón desnudo por el suelo de linóleo. Abrió el grifo, sostuvo el vaso, dio dos tragos largos. El agua estaba tibia, de la noche, y le aflojó algo en el pecho.
El taladro se apagó al otro lado de la pared. Alejandro Pérez relajó los hombros, pero enseguida comenzó un martilleo apagado: como si estuvieran demoliendo baldosas o aporreando con una maza. Risas sofocadas, un grito:
¡¡Pedro, sujeta recto!!
Las voces sonaban jóvenes, masculinas. Seguramente los chicos del piso 105, recién mudados hacía un mes. Alejandro los había visto un par de veces: dos chavales flacos, en chaquetas deportivas, cargados de cajas y rollos bajo el brazo. En el rellano, uno había saludado:
Buenos días, abuelo.
Alejandro murmuró algo sin sentido, incómodo con ese abuelo. Después estuvo un buen rato recordando cuándo fue la última vez que le llamaron por su nombre y apellido, y no así, con esa familiaridad de escenografía de portal.
Llevaba dos años jubilado. Treinta años como ingeniero en una fábrica de maquinaria, familiarizado con planos, con el silencio, con ese murmullo de lámparas y papeles que acompaña a la concentración. Tras el cierre de la fábrica, fue enlazando trabajos. Los últimos años diseñaba piezas en el ordenador, para una empresa pequeña, desde casa, junto a la ventana donde tenía el escritorio. El piso, en la novena planta, le gustaba por su tranquilidad. Las ventanas daban a un patio íntimo, con un par de bancos y dos álamos. Más allá, la autovía amortiguaba el tráfico hasta un rumor lejano, al que se había acostumbrado.
El último mes, la paz se había resquebrajado. Primero, en el 103, cambiaron ventanas: una semana de sierra, reventando perfiles; el martillo percutor rompiendo el hormigón. Luego, el baño del 101: polvo en el portal tanto que parecía necesario lavarse la nariz. Ahora, los del 105. A Alejandro le parecía que los taladros se pasaban el relevo día tras día.
Intentó aguantar, consolarse pensando que todo acaba. Ponía la radio a tope en la cocina, y leía las noticias del móvil, pero el taladro cesaba y volvía a atacar, y su cabeza se llenaba de dolor sordo. Se le disparaba la tensión, las pastillas para la hipertensión eran cada vez más frecuentes. De noche, cuando el edificio callaba, los jóvenes del décimo daban comienzo a su vida: risas, música, bajos que recorrían la pared como tambores.
Una noche, no pudo más. Eran cerca de las once, y abajo el estruendo hacía tintinear los cristales del aparador. Alejandro se levantó, se puso unos pantalones ajados y se calzó las zapatillas sobre los pies desnudos. Salió al rellano.
Tiró de la cadena y salió al pasillo. Las paredes vibraban, las puertas de los buzones rebotaban. Detrás de la puerta del 105 se oía el chillido metálico de una radial.
Alejandro apretó el puño y golpeó tres veces, con fuerza.
El ruido paró al instante. Al poco, la puerta se abrió. Apareció un chico con camiseta gris, despeinado, gafas de protección en la frente y manchas de yeso en el pecho.
¿Qué? preguntó, y enseguida se corrigió: Buenas noches. ¿Ocurre algo?
Sí ocurre soltó Alejandro. Es muy tarde. Ya es de noche.
De repente se dio cuenta de que la voz le temblaba, lo que le enfureció aún más.
Ah, sí el chico miró hacia atrás. Ya estamos acabando. Nos urge, hoy sólo hasta…
¿Hasta el amanecer? explotó Alejandro. ¿Os da igual que las paredes se muevan? Aquí hay gente mayor, enfermos. Y mañana tengo médico, y no duermo.
Sus propias palabras le parecieron ajenas, con ese tono de tertuliano de televisión. El chico bajó la vista, como si le hubiesen pegado.
Bueno, bueno balbuceó él. Ya no, disculpe.
Cerró la puerta con cautela. El silencio sí fue verdadero. En lo alto se oyó cómo se cerraba el ascensor.
Alejandro permaneció un momento allí, sintiendo que se le disipaba ese nudo ardiente en el pecho. De regreso a casa miró de reojo la mirilla del 103; los pisos estaban vacíos, pero creyó notar cómo le observaban. Al entrar, se reconoció en el espejo del pasillo. Exhausto, envejecido.
«Vaya éxito. Gritando a críos… Un héroe», pensó con una sonrisa amarga.
Esa noche el ruido no le impidió dormir, pero el remordimiento sí. Recordó los años de la dictadura, cuando en el piso compartido partían leña para la estufa hasta bien entrada la noche. Entonces pensó que jamás sería de esos que golpean el techo con una escoba.
A la mañana siguiente, no fue el martillo sino el timbre quien le despertó. Miró el reloj de la mesilla las nueve menos diez. Se puso la camisa y arrastró los pies hasta el recibidor. Por la mirilla: el chico de ayer, esta vez con camiseta limpia y una bolsa en la mano.
Buenos días dijo al abrir Alejandro. Ayer nos pasamos, es verdad. Tome, una tableta de chocolate. Y además Si hacemos ruido, avísenos, por favor. Que podemos hablarlo.
En la bolsa, chocolate negro y un paquete de té. Alejandro se sintió incómodo, murmuró agradecido, asintió. Se quedaron un rato en silencio y luego se apartaron.
La jornada transcurrió tranquila, pero aún así, esa sensación de haber ganado la batalla y perdido algo en su interior no se fue. A la mínima idea de un nuevo conflicto, el pecho se le encogía.
Al día siguiente, el taladro reanudó su concierto. Esta vez al menos desde las diez, no desde las siete. Pero se extendía casi hasta las nueve de la noche. En los descansos, los del décimo subían la música; los bajos le despertaban en mitad de la noche. Nunca se había quejado de ellos no se atrevía. Usaba tapones, pero ni así conseguía el silencio absoluto.
Acercándose el fin de semana, Alejandro notó que se despertaba antes que el reloj, atento a la paz como a tierra minada. Cualquier golpe parecía anuncio de nuevo suplicio. Las pastillas contra la tensión se terminaban, fue a la farmacia por más.
De vuelta, se detuvo en la oficina de la comunidad, donde la administradora una mujer de baja estatura y gafas con cadena organizaba papeles.
Don Alejandro, ¿cómo está? le preguntó sin levantar la vista.
Muy ruidoso respondió. Obras, obras sin fin. ¿Se puede molestar así legalmente?
Suspiró ella.
Según la ley de convivencia, pueden hacer obras entre las nueve y la una, y luego de tres a siete. Fines de semana menos tiempo. Sólo podemos recordarles, poner algún aviso en el tablón. ¿Quiere que escriba uno?
Resopló Alejandro. Los carteles en el portal llevaban años: No dejen bicis aquí, Saquen la basura, Prohibido fumar. Nadie les hacía caso.
Gracias, no dijo finalmente. Y, ¿la delegada del bloque sigue activa?
Teresa González, por supuesto. Ella organiza a todos dijo la administradora con respeto. También coordina el grupo de WhatsApp.
WhatsApp. Hasta hace poco, Alejandro solo tenía móvil antiguo. Su nieta hacía medio año le regaló un smartphone y lo configuró. Tenía el chat instalado, pero apenas lo usaba, salvo para enviarle emoticonos.
En casa, buscó el papel con las contraseñas, y localizó el grupo Bloque 14, portal 3. Había cuarenta personas, fotos de gatos, avisos de desperfectos, quejas sobre el jardinero.
Pensó largo rato antes de escribir. Los dedos torpes sobre la pantalla. Al principio iba a poner algo tajante: Vecinos, ruego silencio!, pero lo borró. Prefirió un tono menos duro.
«Buenos días. Soy Alejandro Pérez del 97. Hay muchas obras y música alta. Duermo mal, tensión. ¿Podemos acordar horarios para el ruido?» envió, hasta se equivocó en una letra de los nervios.
La respuesta llegó antes de apartar la vista.
«Don Alejandro, buenas tardes, soy Teresa González, la delegada. Tiene razón. Vamos a hablarlo.»
Llegaron mensajes en cascada: quejas del taladro en el 105, voces que defendían a los obreros porque también tienen que vivir. Una joven del 109 escribió: Mi nene duerme de día, si taladran se despierta y llora. Mejor poner horarios claros.
Alejandro se sentía sorprendentemente aliviado. El ruido molestaba a muchos más. No podía exigir lo imposible. Sugería una propuesta:
«La ley lo dice: ruido de 9 a 13 y de 15 a 19. Nada de noche. ¿Ponemos la norma en el bloque? Y si alguien va a taladrar, que avise antes por el chat.»
El chat estuvo agitado dos horas. Teresa González propuso reunión de vecinos. Finalmente, el joven de 105 Pedro intervino:
«Soy Pedro, del 105. Estamos de obras. Acordamos cumplir horario. Lo hablamos.»
Teresa González llamó a Alejandro esa misma tarde. Voz firme, resolutiva.
Don Alejandro. No sirve discutir en el chat. Hay que hablar en persona. Mañana, siete de la tarde, le espero en la entrada. Vamos juntos a ver a los músicos de arriba y a los obreros del 105. ¿Le parece bien?
Alejandro colgó asombrado por la rapidez. Le daba respeto, pero era el momento de no huir.
Toda la noche ensayó mentalmente el encuentro: cómo decir que también fue joven y ponía discos de Serrat a todo volumen, pero que ahora no podía; cómo pedir que respetaran el descanso. Siempre se le rompía el discurso.
Al día siguiente limpió el corredor, desempolvó la estantería, rehízo los abrigos en el perchero. Cinco minutos antes de las siete aguardaba atento. El ascensor sonó y llegó Teresa González: mujer baja, robusta, con una carpeta bajo el brazo.
Vamos allá, dijo animada.
Subieron al décimo, a los músicos. Pareja joven alquilando el piso: ella, pálida, con el pelo teñido rubio; él, con gafas. Alejandro sólo los conocía por el volumen: música, risas cada noche. En persona, parecidos a cualquiera.
Buenas tardes, empezó Teresa venimos de parte del bloque. Tranquilos, no es para pelear.
El chico se tensó, la chica se ajustó la toalla al hombro.
Verán, sus altavoces se oyen fuerte por la noche añadió ella. Aquí hay jubilados, niños. Hemos hecho una tablita. Miren.
Sacó de la carpeta una hoja: días de la semana, horas permitidas, franjas de silencio. Alejandro participó imprimiendo, haciendo las casillas bien claras.
Pero no solemos poner música tan tarde, defendió el chico. Hay noches que vemos pelis, somos jóvenes, nos apetece…
Miró de reojo a Alejandro, como buscando complicidad. Alejandro tomó la palabra.
Lo entiendo empezó. Yo, de joven, igual, discos hasta el amanecer. Pero ahora me cuesta. El corazón. Me despiertan los bajos como si fuesen taladros. Si bajan un poco el volumen después de las diez, podré respirar mejor. Y los niños duermen. Si planean una fiesta, avisen por el chat. Me tomo la pastilla, cierro la ventana y así se tolera diferente, saber que es por poco tiempo.
Se sorprendió al decirlo en voz alta. Sosegado y seguro.
La joven soltó la toalla, se relajó.
No sabíamos que se oyera tanto confesó. Antes los vecinos gritaban más que la música. Vale. Después de las diez, sólo auriculares, y pelis bajito. Si hay fiesta, aviso antes. Y ustedes igual, si molestamos, escríbanme.
Hecho, asintió Teresa.
Después bajaron al noveno, a la puerta del 105 olía a yeso y masilla fresca. Pedro abrió; otro chico asomó detrás. Todo cubierto con plásticos, cables por el suelo.
¿Venís por el ruido? preguntó Pedro, con media sonrisa.
No venimos a regañar repitió Teresa sino a llegar a un acuerdo.
Pedro y su compañero escucharon la propuesta: horarios, la siesta del niño del 109, la tensión de Alejandro, la normativa municipal.
En dos semanas entrego la obra confesó el compañero. Quisiéramos hacer menos ruido pero no me dan más plazo.
Alejandro observó cómo le temblaba la mano al guardar el destornillador. Le pesaba la responsabilidad del encargo.
¿Alguien les obliga a trabajar de noche? preguntó en tono conciliador. Hagamos así: obras en horario, de diez a una y de tres a siete. El resto, tareas silenciosas: yeso, papel. Comprendemos que nadie agujerea paredes por placer.
Pedro sonrió.
Sería absurdo bromeó. De acuerdo. Casi siempre lo hacemos así, sólo alguna vez nos hemos pasado. Firmamos lo que quieran. Y si algún día surge, aviso por el chat hoy hasta las ocho, disculpen.
Y los fines de semana, sólo hasta las cuatro, ¿sí? Teresa intervino. Que la gente necesita descansar.
Se estrecharon las manos. Al cerrarse la puerta del 105, el portal quedó en silencio. Sólo un niño en el segundo gritaba porque no quería lavarse las manos.
Así se hace, dijo Teresa. Nada de gritos ni amenazas. Solo conversación. Y el que no quiera escucharnos, ya lo trataremos de otro modo.
Alejandro asintió. Sentía la ligereza de quien espera un examen terrible y lo encuentra accesible. Al mismo tiempo, crecía dentro de él un extraño respeto por sí mismo. No era héroe ni vigilante, sólo alguien que se atrevió a hablar.
Al día siguiente, el taladro sonó puntualmente a las diez, y se apagó a la una y media. Después de la merienda, reanudó hasta las siete. Un aviso breve en el chat: «Hoy trabajamos hasta las 20:00, disculpen. Pedro, 105.»
Algunos respondieron con emojis molestos, uno con un me gusta. Alejandro lo leyó, pensó y escribió: «¿Mañana una hora extra de silencio al mediodía? Saludos, 97.» Pedro respondió con un corazón.
Por la noche, la música de arriba era más suave. Los graves apenas vibraban. A las nueve, un mensaje de la chica del décimo: «Vecinos, aviso que hay amigos hoy, estaremos tranquilos hasta las 23:00. Si molestamos, avisad.»
Alejandro se acomodó en el sillón. Sorprendente cómo todo lo hostil y abstracto se convertía en soluciones y frases concisas en la pantalla.
A veces el bullicio atravesaba la pared. El niño del 109 lloraba justo en plena siesta. Alguien dejaba caer algo pesado arriba. Pedro se retrasaba quince minutos y la casa temblaba.
Pero ahora el ruido tenía cara, nombre, número de piso. Se podía escribir, llamar, negociar. Ceder una hora aquí o allí si hacía falta. Y esa sensación de no ser una víctima de la ciudad sino un participante en el acuerdo le importaba más que el silencio.
Una tarde, estaba con los planos abiertos, la ventana entreabierta, en la calle alguien martilleaba. Antes hubiera cerrado con rabia. Ahora, simplemente notó que era horario laboral y siguió con los cálculos. El corazón tranquilo, las manos secas.
En una noche, buscó el viejo transistor, lo puso en la cocina y sintonizó el informativo de siempre. Las ocho, el locutor leía las noticias. Se sorprendió subiendo el volumen. Hasta ahora evitaba hacer ruido por miedo a molestar. Ahora pensó: a las siete, tiene derecho igual que Pedro con su taladro a las tres.
Tras la pared alguien reía tal vez los chicos de arriba compartiendo alguna serie. Abajo el taladro gimió breve y se apagó, como si el operario, mirando el reloj, bajara el interruptor.
Alejandro se sirvió un té fuerte y sacó la tableta de chocolate que le habían regalado. Rompió un trocito y lo puso en el platillo.
En el chat, alguien compartía la foto de una alfombrilla nueva junto al ascensor. Otro preguntaba si el niño había perdido el patinete. El silencio se descomponía en voces propias y mensajes.
La calma que reinaba en su cocina entre los informativos y el tintineo de la cucharilla ya no era algo frágil o casual. Era un espacio negociado, trabajado, donde cada vecino había cedido un poco.
El ruido no desapareció. Pero ahora, cada mañana al acercarse a la ventana, Alejandro sabía que en cualquier momento podía abrir el chat, llamar, ir a golpear la puerta no gritando, sino con el horario en la mano. Y con esa certidumbre, las noches empezaron a ser más largas. Y la vejez, un poco menos solitaria.







