Pues nada, que ayer mi nuera volvió a traerme a la niña para pasar el fin de semana me soltó mi vecina, Carmen, mientras coincidíamos en el rellano. ¡Y no hay manera de que coma como Dios manda! Me suelta: «Mamá dice que las princesas no comen mucho». Se mete dos cucharadas en la boca y se acabó. ¡Que está tan flaca que parece una luciérnaga de lo mucho que brilla!
Carmen no tragó a la pareja de su hijo David, la famosa Beatriz, desde el primer momento. ¿La razón? Que la muchacha era siete años mayor que él. Y el niño, un imberbe recién salido del instituto.
¡Si ni había conocido mujer antes de esa! se desahogaba Carmen. Normal que se quedara embobado, le conquistó con pura experiencia.
Beatriz, la verdad, era guapa, de las que te giras a mirar por la calle. Cuidaba la línea, llevaba siempre ropa elegante, y encima estaba construyendo una carrera de las de envidiar. Así que, sinceramente, no era de extrañar que David se hubiera quedado pilladísimo. Eso no es brujería, es que los hombres son muy de «ver para creer», y esta chica era todo un espectáculo visual.
Ella siempre estaba con sus ensaladas, sus porciones medidísimas, rechazando el bollito para meriendas: puro postureo healthy. Por eso estaba tan encima de la dieta de su hija: nada de tragones en casa, todo saludable.
Al poco de empezar a salir, Beatriz ya anunció embarazo. Vete a saber si fue para fastidiar a la futura suegra, que no paraba de poner pegas, o es que se moría por casarse. O simplemente pasó, mira, el caso es que David proclamó su amor y dijo que se casaba, aunque acababa de cumplir 18. Beatriz ya tenía 25.
David terminó el bachillerato y se metió en un ciclo de formación profesional. Curraba a la vez para llevar dinero a casa, porque vivían por su cuenta desde el principio. Alquilaban un pisito, luego acabaron cogiendo una habitación en un piso compartido de estudiantes, ya sabes, el clásico starter pack español.
Pese a los pesares, los tortolitos eran felices. Pero Carmen, cual suegra de manual, no daba tregua: que si la comida no sabe a nada, que si la camisa sin planchar, que si a la cría le falta bufanda según ella, Beatriz era un cero a la izquierda. Y dándole la brasa a David, claro.
Así que Beatriz acabó cortando el trato al mínimo imprescindible con su suegra. Ella se encargaba de todo: llevar a la niña al cole, luego a rítmica, después a ajedrez Entre eso, el gimnasio, la pelu y alguna manicura, pues la casa la veía poco. Ni el Oso y el Madroño pasan menos tiempo por Madrid.
David llegaba a casa y siempre estaba vacío: la niña de actividad, la esposa igual, esperando o a lo suyo.
Una tarde, la vecina del piso, Lucía, una viuda con dos hijos preadolescentes, llamó a la puerta. Que si el grifo de la cocina había explotado en mil chorretones, a ver si David podía echar una mano antes de que organizaran una piscina comunitaria Se le daba bien el bricolaje, así que lo arregló en un pispás.
Mientras, Lucía preparaba unos macarrones con chorizo y le invitó a cenar, a modo de gracias. David aceptó encantado Beatriz, de macarrones y chorizo, nada; en casa, en los últimos tiempos, las cenas eran tan ligeras como la factura de luz antes de la inflación.
Y desde ese día, Lucía le invitaba de vez en cuando. Mientras Beatriz y la niña estaban de aquí para allá, ellos cenaban juntos: charla, croquetas caseras y flan. Entre costura y pisto manchego saltaban chispas y poco a poco fueron pillándose cosa mala.
En pisito compartido, ya se sabe, la vida es un Gran Hermano perpetuo: los cotilleos vuelan. Así que alguien fue y le contó a Beatriz que su marido y Lucía compartían algo más que recetas de cocina.
¡Catapún! El escándalo fue de órdago. Beatriz, mujer de armas tomar, cogió la maleta de David, se la plantó en el pasillo y le mandó a hacer puñetas a gritos, que toda la corrala lo escuchó.
Dónde ir pues a casa de Lucía, claro. No era cuestión de plantarse a medianoche en casa de mamá.
La niña tenía entonces seis años. David, veinticinco. Beatriz, treinta y dos. Lucía, treinta y nueve.
Carmen, al enterarse de que su hijo había dejado a la mujer mayor por otra MUCHO mayor aún y con dos hijos, se quedó muda. ¿Sería por la victoria pírrica o por haberse tirado años amargando a Beatriz de gratis?
El caso: de esta historia hace ya quince años. David lleva con Lucía desde entonces, viven felices, sin hijos en común, pero tan campantes. Ahora él tiene cuarenta y ella cincuenta y cuatro. Carmen no dice ni mu, recibe a ambos en casa como si fuesen los Príncipes de Asturias en noche electoral: no hay discusión, todo en paz. Y mira, David parece realmente contento.
Y yo me pregunto: ¿vosotros también pensáis que la felicidad no entiende de fechas de nacimiento ni de diferencia de edad?







