«Que se vaya sola. A lo mejor allí la secuestran», murmuró la suegra frunciendo el ceño. Una calurosa tarde previa a las vacaciones, que debía estar repleta de ilusión y preparativos agradables, se volvió tensa en el piso de Antonio y Alicia. En medio del salón, como un monumento a la preocupación, estaba doña Sole Leónida, apretando el mando de la tele. —¡No lo consiento! ¿Es que estáis locos? —tronó la voz autoritaria de la exprofesora, forjada en mil batallas escolares. En la pantalla, una nueva edición de un programa sensacionalista aparecía: un presentador sombrío, frente a un mapa del Sudeste Asiático, dibujaba flechas rojas de amenazas. Alicia, que hacía la maleta con una calma sorprendente, apenas suspiró. Conocía la escena. Antonio, con el rostro de resignación habitual, intentó intervenir. —¡Mamá, basta ya! ¡Eso son tonterías! ¡Vamos a un hotel bueno, con agencia…! —¿Tonterías? —doña Sole agitó las manos, casi lanzando el mando a la pared—. Antonio, ¡ábrele los ojos! ¡Esa chica te va a llevar a la ruina! A Tailandia… ¡Si allí cada dos por tres trafican con seres humanos! Te van a mandar a por una cerveza y no vuelves. Te sacarán el hígado, los riñones, lo que puedan, y se lo llevan en nevera. ¡Y a ella… —señaló trágicamente a Alicia— la venderán de esclava o la meterán en un burdel! ¡Lo he visto en televisión! Alicia dejó de doblar la ropa en la maleta. Miró sorprendida a doña Sole y aguantó el silencio, algo que Antonio nunca podría haber hecho. —Doña Sole, ¿de verdad cree usted todo eso? ¿Que cada tailandés es mafioso, cirujano de trasplantes y proxeneta a la vez? —¡No te burles! ¡No tienes argumentos ante los hechos! ¡Lo dan en la tele! ¡Gente que no tiene nada que perder, va allí por exotismo barato y acaban sus familias recibiendo los órganos en un bote de Coca-Cola! Antonio se tapó la cara. —Mamá, eso es para pensionistas con ganas de susto. Les tienen enganchados al miedo. Allí van millones de turistas… —¡Y miles desaparecen! —saltó doña Sole—. ¿Y tú, Alicia, ya has comprado los billetes? ¿No hay marcha atrás? —Ya los compré. Y no pienso cancelar —contestó Alicia—. Llevamos dos años ahorrando. He leído opiniones, he investigado, he reservado con agencia fiable. No vamos a meternos en callejones de noche. Vamos a ir de excursión, tomar el sol en las playas de Pattaya, comer tom yam… —Y aún os envenenarán, cualquiera sabe lo que meten en esas sopas —gruñó la suegra—. Antonio, hijo, te lo ruego, recapacita. Que se vaya sola, si tanto le apetece. Su riesgo, sus problemas. Tú te quedas vivo y sano. El corazón de madre siente el peligro. El silencio se hizo insoportable. Y entonces Alicia dijo lo que llevaba años guardando. —De acuerdo —dijo, cerrando la maleta de un portazo—. Tiene razón, doña Sole. Arriesgar es de valientes. Me voy sola. —¡Alicia! ¿Qué dices? —Antonio quedó de piedra. —Tú mismo lo has oído. Su corazón presiente una desgracia. No pienso cargar con la responsabilidad de tu hígado ni tus riñones. Ni exponerte a ser vendido como esclavo. Quédate en casa, toma el té con tu madre y ved juntos esos programas de conspiraciones. Yo… —sonrió con frialdad—. Yo me voy a ese infierno. Sola. Doña Sole se quedó triunfal y aturdida al mismo tiempo. Había logrado su objetivo, pero la inesperada resolución de su nuera para desafiar todos sus miedos desconcertaba. —Bien hecho —dijo, algo menos encendida—. Tú verás. Antonio intentó convencerla, en vano. La noche antes del vuelo, durmieron espalda con espalda. —¿No lo reconsideras? —susurró él. —¡No! —respondió Alicia, seca. ***** El avión aterrizó en Bangkok y la oleada de calor húmedo envolvió a Alicia como una manta. ¿Miedo? Ninguno. Sólo cansancio y mucha curiosidad. Los primeros días cumplió su plan: paseó por calles alegres, admiró templos resplandecientes, probó comida callejera deliciosa. Nadie le quitó la cartera, ni mucho menos intentó secuestrarla. Los vendedores eran simpáticos, simplemente sonreían y negociaban unos bahts. En el grupo de WhatsApp con Antonio y doña Sole (ella lo había exigido), subió una foto: Alicia, sonriente con un cóctel de frutas frente al mar turquesa. Pie de foto: «Todo en su sitio. De esclavitud nada. A la espera». Antonio le mandó corazones. La suegra leía y callaba. Luego partió al norte, a Chiangmai. En una pensión familiar conoció a Nok, la amable dueña, una señora tailandesa mayor que le enseñó a cocinar Pad Thai. Lo curioso fue que Nok se parecía muchísimo a doña Sole. También Nok estaba preocupadísima por su hija, emigrada a Seúl. —Allí está sola, hace frío, la gente no sonríe, la comida es extraña —se lamentaba, removiendo los fideos. — He visto en la tele que hay radiación. ¡Y todos, muy antipáticos! Alicia miró su cara preocupada y rompió a reír entre lágrimas. Nok la miró perpleja y Alicia, con gestos, imágenes del móvil y palabras sencillas, le explicó lo de doña Sole, la televisión, los órganos y la esclavitud. Nok escuchó boquiabierta, luego se rio como una campanilla. —¡Ay estas madres! —exclamó—. ¡Iguales en todo el mundo! Tenemos miedo de lo desconocido. La tele… también aquí cuenta tonterías. Aquella noche, bajo las estrellas en la terraza, Alicia llamó a doña Sole por videollamada. La suegra apareció con gesto tenso y cansado. —¿Sigues viva? —Y con todos los órganos, doña Sole. Mire. Alicia enseñó la casa y la terraza; en el encuadre entró Nok, con té y frutas. Saludó al ver la cara de la suegra en pantalla. —¡Hola! —gritó feliz—. ¡Tu nuera es un sol! Cocina muy bien. No te preocupes, yo la cuido. Nada de trata de blancas —y la abrazó por los hombros. Doña Sole calló, mirando alternativamente a Nok y a la feliz Alicia. —¿Y… y los órganos? —balbuceó, ya sin el aplomo habitual. —Todos aquí —sonrió Alicia—. Incluso he recuperado el apetito. Doña Sole, aquí es precioso y la gente es buena. Mire, Nok también sufre por su hija en Corea, ¡que según la tele está lleno de peligros! Fue un largo silencio. —Pásame con… esa tal Nok —ordenó de pronto. Alicia le dio el móvil a Nok. Dos mujeres, separadas por miles de kilómetros y culturas, charlaron diez minutos. No se entendían, pero parecía que sí. Nok asentía y reía, doña Sole aflojó el gesto y hasta intentó sonreír. Al terminar, Antonio escribió: «Mamá acaba de apagar la tele. Dice que ya está harta de tanto susto y pregunta cuándo vuelves». Alicia respondió más tarde. Miró las estrellas sobre Chiangmai. Después subió otra foto: ella y Nok, abrazadas. Pie: «Encontré una aliada. Mañana vuelo en parapente. Si pasa algo, los riñones siguen bien. Besos». La vuelta fue ligera. En el aeropuerto esperaban Antonio y, algo apartada, doña Sole con un ramo absurdo de coloridas asters. No se lanzó a abrazarla, pero tampoco montó una escena. Carraspeó y le ofreció las flores. —¿Sigues viva? —Como ve. Sin amos nuevos… —Bueno —dijo la suegra, quitando hierro—. ¿Y tu amiga Nok qué tal? De camino a casa, Alicia relató templos, comidas, la amabilidad de la gente y anécdotas. Doña Sole escuchó y preguntó. El televisor seguía apagado. En la pantalla negra se reflejaban tres figuras: marido abrazando a la esposa y una suegra que, por fin, decidió mirar el mundo no a través del filtro alarmista de la tele, sino de los ojos de quien regresó del “infierno” no sólo entera, sino feliz. Ya de noche, tomando té, doña Sole musitó, tanteando el terreno: —El año que viene… si os animáis… igual me apunto yo. Pero a sitios poco salvajes, ¿eh? Antonio y Alicia se miraron y sonrieron, sorprendidos. Sin embargo, unos días después apareció nerviosa y nada más entrar soltó: —¡No pienso ir con vosotros! Alicia, tuviste suerte, sin más. ¡He visto que acaban de rescatar a un montón de gente secuestrada! ¡No quiero acabar así! —Como prefiera —respondió Alicia, encogiéndose de hombros. —Antonio, tú tampoco tienes que ir tan lejos. Que en España también se puede viajar de maravilla —remató doña Sole, muy digna. Antonio negó con la cabeza, consciente de que discutir no serviría de nada.

Que viaje sola si quiere, a ver si allí la secuestran frunció el ceño la suegra.

La tarde veraniega, sofocante, previa a las vacaciones, debería estar llena de ilusión y nerviosismo agradable.

Sin embargo, en el piso de Sergio y Lucía el ambiente era denso, casi irrespirable. En el centro del salón, erguida como un monumento al desasosiego, estaba Carmen Herrero, apretando el mando de la televisión entre las manos.

¡No lo voy a consentir! ¡Pero, ¿os habéis vuelto locos?! exclamó con voz autoritaria, esa misma voz con la que durante años dirigió a sus alumnos en el instituto, ya jubilada.

En la pantalla, la imagen congelada de un programa alarmista: un presentador serio dibujaba flechas rojas sobre un mapa de Asia Sudoriental, hablando de supuestas amenazas.

Mientras tanto, Lucía hacía la maleta con una tranquilidad inusitada dadas las circunstancias, soltando sólo un suspiro.

Conocía demasiado bien ese teatro. Sergio, resignado y agotado, intentaba mediar sin éxito.

Mamá, por favor, basta ya. Son tonterías. Vamos a un hotel normal, con viaje organizado

¿Tonterías? Carmen alzó las manos y por poco el mando no se estampa contra la pared. ¡Tendrías que abrirle los ojos, Sergio! ¡Va a acabar contigo! ¡En Tailandia allí cada uno es traficante de órganos! Te mandan a por una cerveza a un callejón y no vuelves, te sacan los riñones, el hígado, te dejan sin nada y se lo llevan en una nevera. ¿Y ella? señaló trágicamente a Lucía la venden como esclava o la meten en un burdel. ¡Vi el reportaje en la tele!

Lucía dejó de doblar ropa. Levantó la mirada con gesto sereno, aguantando un silencio que ni Sergio conseguiría mantener.

Señora Carmen dijo Lucía, muy bajito pero con firmeza, ¿de verdad cree que todos los tailandeses son mafiosos trasplantadores y proxenetas en sus ratos libres?

¡No seas irónica! No tienes argumentos ¡Lo enseñan en la tele! La gente que no tiene nada que perder es la que viaja allí, por cuatro pesetas de exotismo barato, y luego vuelven solo en partes, si vuelven.

Sergio se pasó la mano por la cara, resignado.

Mamá, es programación sensacionalista para pensionistas a los que hay que meterles miedo para que sigan viendo el canal. Van millones de turistas cada año

¡Y miles desaparecen! cortó Carmen. ¿Y tú, Lucía, ya compraste los billetes? ¿No puedes devolverlos?

Ya los compré y no los pienso devolver contestó Lucía, calmada. Llevamos dos años ahorrando para este viaje. He leído opiniones, foros, lo he reservado todo por una agencia fiable. No vamos a deambular por tugurios, sólo veremos templos, haremos excursiones, tomaremos el sol en la playa de Pattaya y comeremos tom yum

¡Y os envenenarán! A saber qué meten en esas sopas gruñó Carmen con amargura. Sergio, hijo, te lo suplico. Piensa con calma. Que vaya ella sola si le hace tanta gracia. Si le pasan cosas, será su problema. Tú, por lo menos, volverás sano. El corazón de madre lo siente

El silencio cayó pesado, irrespirable. Y entonces Lucía dijo, dándole el toque final a la maleta:

De acuerdo, tiene razón, señora Carmen. Arriesgarse está bien visto. Me iré sola.

¡Lucía! ¿Pero qué dices? se quedó de piedra Sergio.

Tu madre lo deja claro: siente una desgracia. No quiero cargar con la responsabilidad de tus órganos. Ni menos exponerte a la trata de personas. Quédate aquí, tomando té con mamá y viendo conspiraciones en la tele. Yo sonrió con frialdad, yo me iré a ese infierno sola.

Carmen, altiva y descolocada, apenas pudo balbucear:

Pues eso, que lo asuma. Peor para ella.

Sergio intentó convencerla, discutir, rogar. Pero Lucía era de piedra. La noche antes de volar durmieron de espaldas, en silencio.

¿Cambiarás de idea? preguntó Sergio.

No respondió Lucía, rotunda.

******

El avión aterrizó en Bangkok y una ola cálida y aromática abrazó a Lucía.

¿Miedo? No, sólo cansancio y una viva curiosidad. Paseaba por calles sonrientes, vibrantes, admiraba templos dorados, probaba comida callejera deliciosa.

Nadie la intentó siquiera robar, ni mucho menos secuestrar. Los vendedores, tímidos, buscaban negociar el precio por diez baht.

Lucía envió una foto al chat de grupo, que Carmen había exigido: ella, feliz, con un zumo de frutas frente a un mar turquesa. Órganos en su sitio. Ningún esclavista por aquí. Espero noticias, escribió de broma.

Sergio respondió con corazones. Carmen, por primera vez, sólo leyó en silencio.

Días después, fue al norte, a Chiang Mai. Allí, en una pequeña casa de huéspedes familiar, la dueña, una anciana tailandesa llamada Pailin, le enseñaba a preparar pad thai. Y ocurrió algo inesperado.

Pailin, con su inglés rudimentario, se reveló sorprendentemente parecida a Carmen: también sufría por su hija, que se había marchado a trabajar a Seúl.

Ella sola allí, hace frío, la gente es dura, la comida rara le contaba mientras removía tallarines. En la tele dicen que en Corea hay radiación, que la gente es mala

Lucía miró su gesto angustiado y de repente le entró la risa, una risa tan contagiosa que se le llenaron los ojos de lágrimas.

Pailin la miraba atónita. Y Lucía, con gestos, fotos y palabras sencillas, le explicó lo de Carmen, la tele, los órganos y la trata.

Pailin abrió mucho los ojos, después se rio, su carcajada era como un cascabel.

¡Madres! exclamó. ¡Todas iguales! Tememos lo que desconocemos. ¡Aquí la tele también inventa!

Esa noche, bajo las estrellas del porche, Lucía llamó a Carmen, videollamada apartada de Sergio.

Carmen se veía cansada y alerta.

¿Sigues viva? preguntó, sin saludo.

Enterita, con todos los órganos. Mire Lucía mostró el porche con la cámara, el té dulce, la fruta. Pailin, sonriente, salió a saludar, y al verla en la pantalla saludó con alegría.

¡Hola! gritó Pailin. ¡Tu nuera es fantástica! Cocina bien, no te preocupes, aquí la cuido. Nada de tráfico de esclavos y abrazó a Lucía.

Carmen se quedó sin palabras. Observaba a la tailandesa y a Lucía con una mezcla entre incredulidad y alivio.

¿Y los órganos? preguntó, sin la seguridad de antes.

Todos en sitio sonrió Lucía. Aquí es precioso, la gente es amable. Pailin dice que su hija está en Corea y teme que allí nadie sonría, porque la tele lo pinta así.

Un largo silencio.

Ponme con ella dijo Carmen de improvisto. Esa Pailin.

Lucía entregó el móvil. Durante diez minutos, dos mujeres separadas por miles de kilómetros y una cultura abismal conversaron. No comprendían las palabras, pero parecía que sí el sentimiento. Pailin asentía y reía, Carmen empezó ceñuda, pero su cara al final se suavizó.

Incluso esbozó una sonrisa, torpe, sí, pero sincera.

Cuando acabó la llamada, Sergio escribió a Lucía: Mamá acaba de apagar la televisión. Ha dicho: Ya cansa tanta alarma, y ha preguntado cuándo vuelves.

Lucía tardó en contestar, mirando las estrellas de Chiang Mai. Después hizo otra foto: dos mujeres abrazadas, sonriendo a la cámara. La envió al chat.

Mensaje: He encontrado aliada. Mañana vuelo en parapente. Órganos intactos. Un beso.

El vuelo de regreso fue fácil. En el aeropuerto la esperaban Sergio y un poco más allá, Carmen, con un ramo absurdo de claveles coloridos.

No corrió a abrazarla, pero tampoco montó escena. Carraspeando, le tendió las flores.

¿Bueno, sigues entera?

Como ve, sin dueño nuevo bromeó Lucía.

Está bien rezongó Carmen. ¿Me contarás cómo era aquello? ¿Tu amiga Pailin, qué tal?

De camino a casa, Lucía relató templos, comida, anécdotas amables. Carmen escuchaba, preguntando a ratos. La tele, por fin, permanecía muda.

En su pantalla apagada se reflejaban tres figuras: un hijo abrazando a su mujer, y una suegra que, por fin, decidió mirar el mundo más allá de las distorsiones de noticias de impacto; mirarlo a través de los ojos de quien fue al infierno y volvió no solo ilesa, sino también feliz.

Por la noche, durante el té, Carmen murmuró, como tanteando el terreno:

El año que viene si os apetece quizás podría venir yo también. Bueno, pero a sitios normales, ¿eh?

Sergio y Lucía se miraron, sorprendidos y sonrientes ante tanta apertura inesperada.

Sin embargo, unos días más tarde Carmen apareció en casa, roja y revolucionada:

¡No viajo con vosotros! proclamó desde la puerta. ¡Lucía, has tenido suerte! Vi que rescataron gente que estuvo secuestrada. ¡Yo ahí no voy!

Como quiera respondió Lucía encogiéndose de hombros.

Sergio, ni tú deberías ir. Que en España también hay sitios bonitos sentenció Carmen.

Sergio negó con la cabeza y calló. Sabía mejor que discutir. Y así la vida siguió, pero ahora, entre ellos, había menos miedo y mucha más confianza: porque el mundo, cuando se mira con ojos propios, resulta ser mucho menos oscuro y peligroso de lo que la tele nos hace creer.

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«Que se vaya sola. A lo mejor allí la secuestran», murmuró la suegra frunciendo el ceño. Una calurosa tarde previa a las vacaciones, que debía estar repleta de ilusión y preparativos agradables, se volvió tensa en el piso de Antonio y Alicia. En medio del salón, como un monumento a la preocupación, estaba doña Sole Leónida, apretando el mando de la tele. —¡No lo consiento! ¿Es que estáis locos? —tronó la voz autoritaria de la exprofesora, forjada en mil batallas escolares. En la pantalla, una nueva edición de un programa sensacionalista aparecía: un presentador sombrío, frente a un mapa del Sudeste Asiático, dibujaba flechas rojas de amenazas. Alicia, que hacía la maleta con una calma sorprendente, apenas suspiró. Conocía la escena. Antonio, con el rostro de resignación habitual, intentó intervenir. —¡Mamá, basta ya! ¡Eso son tonterías! ¡Vamos a un hotel bueno, con agencia…! —¿Tonterías? —doña Sole agitó las manos, casi lanzando el mando a la pared—. Antonio, ¡ábrele los ojos! ¡Esa chica te va a llevar a la ruina! A Tailandia… ¡Si allí cada dos por tres trafican con seres humanos! Te van a mandar a por una cerveza y no vuelves. Te sacarán el hígado, los riñones, lo que puedan, y se lo llevan en nevera. ¡Y a ella… —señaló trágicamente a Alicia— la venderán de esclava o la meterán en un burdel! ¡Lo he visto en televisión! Alicia dejó de doblar la ropa en la maleta. Miró sorprendida a doña Sole y aguantó el silencio, algo que Antonio nunca podría haber hecho. —Doña Sole, ¿de verdad cree usted todo eso? ¿Que cada tailandés es mafioso, cirujano de trasplantes y proxeneta a la vez? —¡No te burles! ¡No tienes argumentos ante los hechos! ¡Lo dan en la tele! ¡Gente que no tiene nada que perder, va allí por exotismo barato y acaban sus familias recibiendo los órganos en un bote de Coca-Cola! Antonio se tapó la cara. —Mamá, eso es para pensionistas con ganas de susto. Les tienen enganchados al miedo. Allí van millones de turistas… —¡Y miles desaparecen! —saltó doña Sole—. ¿Y tú, Alicia, ya has comprado los billetes? ¿No hay marcha atrás? —Ya los compré. Y no pienso cancelar —contestó Alicia—. Llevamos dos años ahorrando. He leído opiniones, he investigado, he reservado con agencia fiable. No vamos a meternos en callejones de noche. Vamos a ir de excursión, tomar el sol en las playas de Pattaya, comer tom yam… —Y aún os envenenarán, cualquiera sabe lo que meten en esas sopas —gruñó la suegra—. Antonio, hijo, te lo ruego, recapacita. Que se vaya sola, si tanto le apetece. Su riesgo, sus problemas. Tú te quedas vivo y sano. El corazón de madre siente el peligro. El silencio se hizo insoportable. Y entonces Alicia dijo lo que llevaba años guardando. —De acuerdo —dijo, cerrando la maleta de un portazo—. Tiene razón, doña Sole. Arriesgar es de valientes. Me voy sola. —¡Alicia! ¿Qué dices? —Antonio quedó de piedra. —Tú mismo lo has oído. Su corazón presiente una desgracia. No pienso cargar con la responsabilidad de tu hígado ni tus riñones. Ni exponerte a ser vendido como esclavo. Quédate en casa, toma el té con tu madre y ved juntos esos programas de conspiraciones. Yo… —sonrió con frialdad—. Yo me voy a ese infierno. Sola. Doña Sole se quedó triunfal y aturdida al mismo tiempo. Había logrado su objetivo, pero la inesperada resolución de su nuera para desafiar todos sus miedos desconcertaba. —Bien hecho —dijo, algo menos encendida—. Tú verás. Antonio intentó convencerla, en vano. La noche antes del vuelo, durmieron espalda con espalda. —¿No lo reconsideras? —susurró él. —¡No! —respondió Alicia, seca. ***** El avión aterrizó en Bangkok y la oleada de calor húmedo envolvió a Alicia como una manta. ¿Miedo? Ninguno. Sólo cansancio y mucha curiosidad. Los primeros días cumplió su plan: paseó por calles alegres, admiró templos resplandecientes, probó comida callejera deliciosa. Nadie le quitó la cartera, ni mucho menos intentó secuestrarla. Los vendedores eran simpáticos, simplemente sonreían y negociaban unos bahts. En el grupo de WhatsApp con Antonio y doña Sole (ella lo había exigido), subió una foto: Alicia, sonriente con un cóctel de frutas frente al mar turquesa. Pie de foto: «Todo en su sitio. De esclavitud nada. A la espera». Antonio le mandó corazones. La suegra leía y callaba. Luego partió al norte, a Chiangmai. En una pensión familiar conoció a Nok, la amable dueña, una señora tailandesa mayor que le enseñó a cocinar Pad Thai. Lo curioso fue que Nok se parecía muchísimo a doña Sole. También Nok estaba preocupadísima por su hija, emigrada a Seúl. —Allí está sola, hace frío, la gente no sonríe, la comida es extraña —se lamentaba, removiendo los fideos. — He visto en la tele que hay radiación. ¡Y todos, muy antipáticos! Alicia miró su cara preocupada y rompió a reír entre lágrimas. Nok la miró perpleja y Alicia, con gestos, imágenes del móvil y palabras sencillas, le explicó lo de doña Sole, la televisión, los órganos y la esclavitud. Nok escuchó boquiabierta, luego se rio como una campanilla. —¡Ay estas madres! —exclamó—. ¡Iguales en todo el mundo! Tenemos miedo de lo desconocido. La tele… también aquí cuenta tonterías. Aquella noche, bajo las estrellas en la terraza, Alicia llamó a doña Sole por videollamada. La suegra apareció con gesto tenso y cansado. —¿Sigues viva? —Y con todos los órganos, doña Sole. Mire. Alicia enseñó la casa y la terraza; en el encuadre entró Nok, con té y frutas. Saludó al ver la cara de la suegra en pantalla. —¡Hola! —gritó feliz—. ¡Tu nuera es un sol! Cocina muy bien. No te preocupes, yo la cuido. Nada de trata de blancas —y la abrazó por los hombros. Doña Sole calló, mirando alternativamente a Nok y a la feliz Alicia. —¿Y… y los órganos? —balbuceó, ya sin el aplomo habitual. —Todos aquí —sonrió Alicia—. Incluso he recuperado el apetito. Doña Sole, aquí es precioso y la gente es buena. Mire, Nok también sufre por su hija en Corea, ¡que según la tele está lleno de peligros! Fue un largo silencio. —Pásame con… esa tal Nok —ordenó de pronto. Alicia le dio el móvil a Nok. Dos mujeres, separadas por miles de kilómetros y culturas, charlaron diez minutos. No se entendían, pero parecía que sí. Nok asentía y reía, doña Sole aflojó el gesto y hasta intentó sonreír. Al terminar, Antonio escribió: «Mamá acaba de apagar la tele. Dice que ya está harta de tanto susto y pregunta cuándo vuelves». Alicia respondió más tarde. Miró las estrellas sobre Chiangmai. Después subió otra foto: ella y Nok, abrazadas. Pie: «Encontré una aliada. Mañana vuelo en parapente. Si pasa algo, los riñones siguen bien. Besos». La vuelta fue ligera. En el aeropuerto esperaban Antonio y, algo apartada, doña Sole con un ramo absurdo de coloridas asters. No se lanzó a abrazarla, pero tampoco montó una escena. Carraspeó y le ofreció las flores. —¿Sigues viva? —Como ve. Sin amos nuevos… —Bueno —dijo la suegra, quitando hierro—. ¿Y tu amiga Nok qué tal? De camino a casa, Alicia relató templos, comidas, la amabilidad de la gente y anécdotas. Doña Sole escuchó y preguntó. El televisor seguía apagado. En la pantalla negra se reflejaban tres figuras: marido abrazando a la esposa y una suegra que, por fin, decidió mirar el mundo no a través del filtro alarmista de la tele, sino de los ojos de quien regresó del “infierno” no sólo entera, sino feliz. Ya de noche, tomando té, doña Sole musitó, tanteando el terreno: —El año que viene… si os animáis… igual me apunto yo. Pero a sitios poco salvajes, ¿eh? Antonio y Alicia se miraron y sonrieron, sorprendidos. Sin embargo, unos días después apareció nerviosa y nada más entrar soltó: —¡No pienso ir con vosotros! Alicia, tuviste suerte, sin más. ¡He visto que acaban de rescatar a un montón de gente secuestrada! ¡No quiero acabar así! —Como prefiera —respondió Alicia, encogiéndose de hombros. —Antonio, tú tampoco tienes que ir tan lejos. Que en España también se puede viajar de maravilla —remató doña Sole, muy digna. Antonio negó con la cabeza, consciente de que discutir no serviría de nada.
Roberto disfrutaba de un día libre, cuando de repente sonó el timbre de la puerta