Poner a tu pareja en una situación en la que otros la ven como objeto de burla es un acto de cobardía. Si permites que se rían a sus espaldas mientras la abrazas en público, no solo fallas como pareja: fallas como ser humano. No hay nada más humillante que una mujer que ama de verdad siendo mirada con lástima por quienes conocen una verdad que tú le ocultas. No existe nada más ruin que traicionar a quien confía, te cuida y te respeta. Ella camina a tu lado con la cabeza alta, sin saber que alguien más esboza una sonrisa pensando: «Si ella supiera…» Eso no es hombría. Eso es miedo: miedo a irte y miedo a ser honesto. La infidelidad y convertir a la mujer que tienes a tu lado en motivo de chismes destruyen lo más importante: el respeto. Sin respeto no hay amor. Y tampoco excusas. El verdadero hombre no es el que impresiona a muchas mujeres, sino el que protege la dignidad de una sola. Y si no tienes la fuerza para cumplir tu palabra, al menos ten la decencia de no hacerla la última en enterarse. Porque esa vergüenza no se olvida nunca. Permanece.

Colocar a la mujer que está a tu lado en una situación en la que los demás la ven como objeto de burla es, sencillamente, de cobardes.

Permitir que alguien se ría a sus espaldas mientras delante de todos la abrazas no es solo un fracaso como pareja, sino un fallo absoluto como persona.

No existe nada más humillante que una mujer que ama de verdad mientras los otros la miran con lástima, porque conocen una verdad que tú le ocultas. No hay nada más ruin que traicionar a alguien que confía en ti, que te cuida y te respeta.

Ella camina con la cabeza alta a tu lado, sin saber que otros esbozan una sonrisa burlona pensando: «Si supiera…».

Eso no es ser hombre. Eso es miedo: miedo a marcharte y miedo a permanecer siendo honesto.

La infidelidad y convertir a la mujer que está contigo en motivo de chismorreo matan lo más esencial: el respeto. Sin respeto no hay amor. Tampoco existen excusas.

El verdadero hombre no es el que conquista a muchas mujeres, sino el que cuida la dignidad de una sola. Y si no tienes la valentía de cumplir tu palabra, al menos ten la decencia de no convertirla en la última en enterarse.

Porque esa vergüenza no se olvida. Permanece.

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Poner a tu pareja en una situación en la que otros la ven como objeto de burla es un acto de cobardía. Si permites que se rían a sus espaldas mientras la abrazas en público, no solo fallas como pareja: fallas como ser humano. No hay nada más humillante que una mujer que ama de verdad siendo mirada con lástima por quienes conocen una verdad que tú le ocultas. No existe nada más ruin que traicionar a quien confía, te cuida y te respeta. Ella camina a tu lado con la cabeza alta, sin saber que alguien más esboza una sonrisa pensando: «Si ella supiera…» Eso no es hombría. Eso es miedo: miedo a irte y miedo a ser honesto. La infidelidad y convertir a la mujer que tienes a tu lado en motivo de chismes destruyen lo más importante: el respeto. Sin respeto no hay amor. Y tampoco excusas. El verdadero hombre no es el que impresiona a muchas mujeres, sino el que protege la dignidad de una sola. Y si no tienes la fuerza para cumplir tu palabra, al menos ten la decencia de no hacerla la última en enterarse. Porque esa vergüenza no se olvida nunca. Permanece.
Una tarde tras el divorcio Cuando Katia salió del juzgado, se sorprendió al notar que no sentía ni nervios ni desesperación como por la mañana; al contrario, pensamientos ajenos le venían a la cabeza: la extravagante melena de la jueza, el calor inusual para octubre, qué estaría haciendo ahora Sashita, ¿le estaría dando mucha guerra a la abuela? Sergio la alcanzó en la parada del autobús: —Bueno, por fin, todo ha terminado… ¿Y el pequeño? —Bien —respondió Katia, escueta. —Entonces me voy. Me esperan. “Te espera ella”, pensó Katia, pero, como antes, sin emoción alguna. Era como ese estado de shock en el que, tras una herida grave, uno no siente dolor. El dolor llegaría después… No esperó el autobús y se fue andando a la estación. Caminar por las calles conocidas la calmaba, le hacía sentir que no había pasado nada, que simplemente volvía a casa como siempre… Pero habría sido mejor tomar el microbús. Al acercarse a la estación, Katia vio cómo el familiar autobús rojo y blanco se alejaba despacio de la plataforma. Corrió, agitó la mano, pero el conductor no la vio o no quiso parar. “Vaya día”, se dijo. “¿Y ahora qué hago?” Llamó a casa, supo que Sashita se portaba bien y avisó que había perdido el autobús. Llegaría mañana por la mañana. “Todo lo demás lo cuento en casa”, respondió a la pregunta de su madre y colgó. *** —¡Katiuska, cuánto tiempo! —exclamó Nadia al abrir la puerta. Había cambiado mucho desde la última vez que se vieron: ahora era rubia y más delgada. La antigua compañera de clase parecía una modelo, sobre todo junto a la modestamente vestida Katia. —Nadia, ¿me dejas quedarme esta noche? —pidió la invitada—. Verás, acabo de divorciarme y encima he perdido el autobús. Soltó la noticia nada más entrar, para evitar las inevitables preguntas sobre Sergio y Sashita. Que preguntara por el pequeño, eso sí. Katia estaba orgullosa de su hijo: era el mejor, el más listo (como toda madre piensa de su criatura). —Pasa, no te quedes en la puerta —charloteaba Nadia, tomándola de la mano y llevándola con cuidado, como si estuviera enferma, al salón—. Ahora cenamos. —¿Y dónde está Máximo? —preguntó Katia. —De viaje. Mejor, así no nos molesta. Charlaremos hasta hartarnos, como en los viejos tiempos. ¿Cuánto hace que no nos vemos? —Más de un año, creo. Desde que me fui de baja maternal… —¿Y qué tal el pequeño? —Nadia ponía la mesa rápidamente. Sacó una botella de vino blanco: había que celebrar el reencuentro. Al principio la conversación no fluía. Recordaron los años de colegio, los compañeros, qué hacía cada uno ahora, pero evitaban temas personales. Quizá por el vino en ayunas, quizá por la oportunidad de hablar con alguien que no fuera familia, Katia sintió de pronto la necesidad de desahogarse. Apretando nerviosa una servilleta, contó a su amiga su triste historia, que hasta entonces no había compartido con nadie. *** Tras acabar el instituto, Katia no encontró trabajo de lo suyo. En su pueblo era imposible, en la capital, difícil. Una vecina le propuso ir a Madrid: allí siempre hacen falta manos y pagan mejor. Las chicas se colocaron de camareras en una pequeña cafetería. El trabajo era duro, pero los dueños pagaban bien. Al poco tiempo, ascendieron a Katia a encargada (su título universitario). Pero con la vivienda no tuvo suerte: nunca duraba mucho en ninguna habitación alquilada. Los caseros eran todos peculiares: una anciana medio loca, un tío que flirteaba descaradamente… Esto duró hasta que un compañero le propuso compartir un piso de dos habitaciones y dividir el alquiler. Tras pensarlo, Katia aceptó. Ella y Sergio eran buenos amigos, y por entonces Katia salía con otros. Pero sin darse cuenta, la amistad y la convivencia se convirtieron en romance. Alto, guapo, Sergio conquistó el corazón de Katia. Casi cada día le traía flores, le hacía regalos, viajaron juntos a la costa. Katia era feliz como nunca. Pero la felicidad duró poco. Tras unos meses de convivencia, Sergio cambió. Llegaba del trabajo callado, triste, y a sus preguntas respondía: “Tranquila, todo bien”. Pero Katia intuía que algo iba mal. Siguió preguntando hasta que Sergio confesó que se había enamorado de otra. —La amo tanto… no puedo vivir sin ella —se lamentaba. —¿Y yo? —Katia no podía creer lo que oía. —Eres maravillosa, pero te quiero de otra manera, como a una hermana. Katia, dime tú como mujer, ¿qué hago? —¡Vete al diablo! —gritó ella y se encerró en el baño para que no viera sus lágrimas. Pasaron días sin hablarse. Luego Sergio intentó reconciliarse. Resultó que la otra no le correspondía. Y Katia seguía ahí, buena, cariñosa, atenta. Ella perdonó, pero en el fondo quedó la inquietud. Dudaba: ¿seguir con Sergio y vivir siempre con miedo, o mejor sola? Todo se aclaró con el reconocimiento médico para el trabajo. Volvió nerviosa y confusa. —Sergio, tengo que decirte algo —dijo nada más entrar—. Vamos a tener un hijo… —Entonces, casémonos —respondió él, sencillo. *** La boda fue en su pueblo. Katia siguió trabajando en Madrid hasta la baja maternal. Para dar a luz volvió con sus padres. El parto fue duro, pero el pequeño fue la recompensa. Sergio pidió un mes de permiso y estuvo con ellos ayudando en todo. Pero el tiempo pasó y volvió a la capital. Al principio llamaba cada día, hablaban mucho, cada fin de semana visitaba a Katia y al niño. Luego empezó a ir menos, alegando el precio de los billetes. Las llamadas casi cesaron. Medio año después, en una visita, Sergio le dijo: —Tenemos que hablar a solas. Katia tenía al niño en brazos. El corazón le latía más rápido, como presintiendo algo malo. Y no se equivocaba. El horror de más de un año atrás se repetía palabra por palabra. —La amo tanto, no puedo vivir sin ella… —decía Sergio. Katia ya no preguntó: “¿Y yo?” Guardó silencio. Solo dijo: —¿Has pensado en tu hijo? Necesita a su padre. —No dejaré a Sashita. Es lo segundo más importante para mí. Después de ella. Y tú, en tercer lugar… —Mira, hasta medalla de bronce me llevo —sonrió Katia, amarga. Luego tuvo una crisis. Su madre, asustada, acudió al grito. Katia echaba a su marido de casa: —¡Vete con tu fulana! ¡Y no vuelvas por aquí! En la otra habitación, el niño despertó y rompió a llorar. En la puerta, Sergio preguntó: —¿Entonces pido el divorcio? —como si su consentimiento cambiara algo. *** Tras la segunda traición, Katia cayó en depresión. No recuerda si comía, dormía, caminaba como en una nube… Si no fuera por sus padres, su hermana y, sobre todo, por Sashita, quizá habría hecho una locura. Especialmente duro fue recibir la citación judicial. Ese mismo día fue al pueblo vecino a consultar a una adivina sobre qué hacer. ¿Dar el divorcio? Por ley podía negarse, el niño aún no tenía un año. La anciana echó las cartas y le dijo: “A tu marido lo ha embrujado una mujer. Puedo hacer que vuelva, pero no serás feliz. No es tu hombre. Si te traicionó una vez, lo hará otra vez.” —Y hoy nos han divorciado —concluyó Katia su relato—. Ahora no sé cómo seguir. ¿Cómo lo tomará Sashita? ¿Qué le diré cuando pregunte: ‘¿Dónde está mi papá?'” —¡Qué tonta eres, Katia! —Nadia se puso seria—. Deberías alegrarte de que eres joven, no le diste tus mejores años. Tienes salud, inteligencia, tus padres te apoyan… Y hombres, de esos hay para rato. —Fácil decirlo, tú tienes a Máximo y no se ha ido con otra… —No te lo creas, si lo hiciera, hasta le diría adiós con la mano. Últimamente viene borracho casi cada día, y empieza a discutir quién manda en casa… Ya me cansan sus reproches, y no tengo dónde ir. Mis padres lejos, la niña pequeña, sin trabajo… —¿Existen hombres decentes en este mundo? —soltó Katia. —¿Quién sabe? —Nadia se encogió de hombros y fue a la otra habitación a ver si la niña seguía dormida. Katia se quedó sentada, la cabeza entre las manos. Una gris y pesada desesperanza, como niebla otoñal, se arremolinaba en su corazón. *** Al día siguiente, al bajar del autobús, vio enseguida dos figuras queridas: su madre con Sashita en brazos. Al verla, el niño extendió los brazos y balbuceó alegremente. —¡Hola, pequeño! —lo abrazó, y él se aferró fuerte al cuello de su madre y empezó a jugar con su pelo. —Mira lo que te he traído —le dio un cochecito de juguete comprado en el quiosco de la estación—. Es de parte de papá (“Y Sergio ni una golosina le ha mandado”, pensó). —Ta-ta-ta —balbuceó Sashko, y a Katia se le saltaron las lágrimas. —¿Cómo estás, hija? —preguntó la madre, compasiva. —Todo bien —sonrió Katia—. “Tengo que ser fuerte. Aguantaré por ellos”, se repetía como un mantra. Y en voz alta dijo: —Vamos a casa, mamá. Qué ganas tenía de veros…