—Ya he metido tus cosas en la maleta —anunció el marido —Hijo, ¿pero para qué te vas a casar con ella? —trataba de disuadirle su madre. —¡Que la quiero, mamá! —respondía él, casi indignado: ¿acaso no era obvio? —¡Vas a sufrir con esa muchacha! Solo piensa en sí misma, ¡no ve a nadie más! La guapa rubia Lucía pensó en hacerle a su marido un regalo a la altura de una reina por su quinto aniversario de boda. Y, al fin y al cabo, ¿quién dice que todas las rubias son tontas? ¡Que me presenten a ese valiente! A Lucía, o Lucienne, como la llamaba él, le encantaba presumir de carácter y mentalidad. Y quiso demostrarlo a Álex precisamente con aquel regalo. Aunque él ya la adoraba de sobra. Llevaban casados cinco años: ese era su primer gran aniversario y el motivo del esperado sorpresón. Su historia juntos no tenía nada de extraordinario: unos amigos comunes les invitaron al cumpleaños de alguien. Bailaron juntos toda la noche, él la acompañó a casa, consiguió su número, empezaron a verse. Y así, la pareja preparaba su quinto aniversario de una feliz vida juntos. Aunque la bella Lucienne empezaba a encontrar a su marido algo aburrido. Todas las historias empiezan igual: una mujer se aburre… Álex, en realidad, trabajaba muchísimo: apenas tenía energías ni tiempo que dedicarle. Su mujer prefería no complicarse la vida trabajando: lo de ser influencer no cuenta. Así que él sostenía solo el pequeño hogar de ambos. El “influencer” de Lucienne no daba dinero: la gente no se suscribía para ver a una rubia medio desnuda, por mucho que se empeñara. Era la moda: en internet de eso había para dar y tomar. Pasaba el día buscando el ángulo perfecto, probando nueva luz, haciendo fotos y vídeos sin cesar. Por supuesto, ese trabajo “titánico” incluía parones: para comer, ir de compras, quedar con amigas, cuidarse y superarse. Vamos, la clásica vida de una belleza moderna, que, al final, le deja a su pareja disfrutar de tan exquisitos encantos. Pero Álex la amaba igual: al fin y al cabo, se ama por encima de todo. Él no era ningún tonto, lo veía claro. Las chapuzas de influencer, la autovaloración desmedida, el desprecio hacia cualquier actividad que no fuera mimar su propio ego. ¿Y qué? Sí, Lucienne era así… ¡Y se ama a la persona completa, grietas incluidas! —Hijo, ¿para qué te casas con ella? —insistía la madre. —¡Porque la quiero! —insistía el hijo—. ¿No te parece suficiente? —Vas a pasarlo mal, no le importa nadie más que ella. Pero su madre estaba equivocada: ¿cómo que no veía a nadie? Lucía era una chica normal. Vale, no encontraba trabajo tras la uni: ¡le pasa a muchos! No iba a ponerse de repartidora, ¿no? Además, con lo que ganaba Álex, les llegaba bien, y cuando decidieran tener hijos, él encontraría la forma. Y su madre, viendo que no tenía razón, dejó el tema. Así que llegó el aniversario: ¡cinco añazos casados! Cada uno preparó un regalo. Él, unos pendientes de brillantes preciosos, y ella… ¡tachán!: una cámara de coche a la última, con grabadora y micrófono: “¡Toma, cariño, para que veas que sí entiendo de tecnología!” Celebraron el aniversario en un restaurante: todo de lujo. Álex agradeció el regalo como se merecía: “¡Qué bien me conoces!” Lucía se relamía viendo las miradas de envidia de los amigos y sus mujeres: “¡Sí que te ha tocado la lotería con la tuya!”, decían. Especialmente Borja, el amigo de Álex del colegio: su mujer, Irina, no era lo que se dice guapa… Lucía disfrutaba de la gloria: “¡Cómo los he dejado!” Esto no es ropa interior térmica ni una cartera grabada, ¡a ver quién me supera ahora! Pasó el aniversario y volvió la rutina. Álex pensó en tener hijos. Pero Lucía, de pronto, decidió centrarse en el autodescubrimiento. Un paso más: ya lo había intentado antes, pero esta vez, en serio. Se apuntaría a cursos presenciales: “¡Mucho más eficaz! Online, nanay…” —Cari, me quiero apuntar a cursos presenciales —anunció Lucía en la cena de pizza. Y, poniéndole morritos, suplicó—: ¿Me los pagas, cielo? —Por supuesto, mi vida —contestó él. Los cursos eran dos veces por semana, de día. Total, él estaba siempre en el trabajo. ¿Que si valdrían para algo? Quién sabe, al menos la tendría entretenida. A Álex, en el fondo, le daba vergüenza pensar en la opinión de su madre sobre Lucía. A él le valía, pero su madre… No dijo nunca nada, pero su mirada lo decía todo: “¿Esto es una esposa?” Ni para robar ni para vigilar. Ni para cocinar ni limpiar: todo lo hacían el personal o el mismo Álex. Incluso lavaba y tendía la ropa: “Cari, es que no entiendo esos botones tan tontos…” Su madre sufría en silencio. Igual que la de aquel relato de Chéjov, al ver a su hijo haciendo el trabajo de la mujer. Aunque, curiosamente, la de ese relato acabó engañando también al marido con su primo… Pero Álex estaba conforme. Cuando terminara sus cursos, ya se pondrían a lo esencial: ¡tener familia! Sí, pensaba en una niña pequeña, con pamela y botines, para completar la familia. Y su madre ayudaría con la nieta. Pero Lucía acababa un curso y se apuntaba a otro: “¡Quiero más!” Y Álex, una vez más, cedía y pagaba. El perfeccionismo de Lucienne salía por los poros. Tampoco era tan grave: ella tenía veintisiete, él treinta. Ahora se puede ser madre casi hasta la jubilación, ¡si hasta los políticos lo hacen! Llegaba Navidad, el favorito de Álex. Estaba eufórico. Celebrarían con Borja e Irina: amistad de casas y familias. Álex necesitaba borrar cosas del grabador del coche. Echó un vistazo a la cámara y… encontró allí mismo a Borja y Lucía “perfeccionándose” juntos a lo grande, en el asiento trasero. Y no una vez, sino muchas; en cada supuesto “curso” de Lucía. Grabado todo: voz incluida… y luego, se reían de sus parejas: Lucía de Álex, Borja de Irina. Y quedaban ambos como poco aptos para los “estándares internacionales”. —¡Álex ni sabe besar! —presumía Lucía en la grabación—. ¡Solo saliva por todas partes! Nada que ver contigo, “cariño”. Así que no era solo ella a quien le llamaba “cariño”. Y resulta que no sabía ni besar… Álex se hundió: ¡Con que esas teníamos! Y ella que, según decía, estaba siempre satisfecha con su vida íntima… ¿Mentía en todo? Vale, Lucía una traidora… Pero, ¿y Borja? ¿Se había olvidado de que el coche grababa? ¡Menudo automovilista! Álex, bloqueado: ¿así que llevaba casi un año poniendo cuernos? ¿Y con su mejor amigo y en su propia cara? Y Borja pretendía aún cenar en su casa en Nochevieja… ¡Manda narices! Todo igual que aquel relato de Vasili Makárovich: la mujer le fue infiel, igual que Clara, la protagonista. Destrozado, Álex esperó a Lucía: no estaba en casa, salía con amigas. Llegó feliz, anunciando otro curso recomendado por Tania. “¡Imagínate los nuevos horizontes!” Él la contemplaba en silencio, recordando las palabras de su madre: “¿Para qué la quieres?” Y horizontes había abierto ya, en todas las direcciones, y con su mejor amigo. —¡No me escuchas! —hizo pucheros Lucía—. ¿Sabes de qué hablo? —Sí, de que no sé besar —contestó justo Álex. Ella se quedó muda, luego preguntó bajito: —¿De dónde sacas eso? —De tu conversación con tu “cariño” Borja. La cara de Lucía se llenó de manchas rojas, alucinando: ¿cómo lo sabía? ¡Y justo eso! —Creo que si no cumplo con los estándares mundiales, debemos separarnos —dijo él, helado—. Tus cosas ya las he metido en la maleta; puedes irte a donde aprecien tu afán de “perfeccionarte”. —¡Álex, perdóname! —lloró Lucía—. ¡Fue un error! —Ah, un año de error: subiste a Borja en el coche “por error”, “por error” le fuiste infiel, “por error” te burlaste de mí… ¿Es que estabas también “por error” anestesiada? Era irreconocible: Lucía nunca lo había visto así. —Y gracias por el regalo —continuó Álex—. Si no fuera por tu grabadora, habría seguido con los cuernos toda mi vida. —¿La grabadora? —balbuceó ella—. ¿Qué tiene que ver? —Lo tiene todo que ver: ¡la grabadora graba también aquí! —citó la famosa publicidad. Así que fue la grabadora. A Lucía le caía el alma a los pies: “¡Qué idiota! ¿Y ahora qué? No me lo perdona, seguro. Ni Borja tampoco… ¡Dios mío, ayúdame!”, pensó Lucía, que ni creía en Dios. Pero Dios no ayudó. Y a pesar de suplicar, llorar y prometer… acabó sola, arrastrando sus cosas al rellano. A Álex tampoco le fue fácil. Lucienne se perdió en el frío anochecer de la víspera de fiesta. ¿Adónde iría? Seguramente, a casa de su madre, en una vieja “miniatura” de barrio. Álex luego envió la grabación, con sonido, a su “mejor amigo”. Aunque le tentó mandársela también a Irina… pero prefirió no vengarse así de la esposa de Borja: que se apañen solos. Borja intentó llamar y disculparse, pero fue bloqueado: “¡Con amigos así…!” Y así, con semejante final triste, terminó ese año para Álex. El divorcio fue rápido: nada que repartir. El piso era suyo, el coche también, y Lucía no tenía un duro propio, ni pinta de que lo fuera a tener… Con tanto afán de “perfeccionarse”, es mejor que lo explote en otras “profesiones”, Lucita: allí sí se valoran esas habilidades… Aquel año, Álex celebró Nochevieja solo con su madre: fuera tendría que fingir, y no estaba para eso. Al final, resultó que Lucía sí fue lista: gracias a ella, la vida de Álex cambió… para mejor. Pero esa ya es otra historia. Y dicen que el mundo no cambia… ¡Pues sí que cambia! Solo que los clásicos son eternos. Sobre todo, los relatos de Vasili Makárovich Shukshín.

Tus cosas ya las tengo recogidas anunció el marido.

Hijo, ¿pero para qué la quieres? intentaba disuadirle su madre ante la idea del matrimonio.
La quiero, mamá, ¿acaso no es suficiente? replicaba él, sin entender cómo no era obvio.
Vas a pasarlo mal, hijo. Ella solo mira por sí misma…

La bonita rubia Lucía decidió que, para el quinto aniversario de bodas, debía regalarle a su marido un auténtico obsequio de reina. Y, por favor, ¿quién dijo jamás que todas las rubias son tontas? ¡Que le traigan a ese!

Lucía, o Lourdes como la llamaba Ángelsu maridose tenía en altísima estima. Quería demostrarle a Ángel lo especial de su mentalidad precisamente a través del regalo que le preparaba.

Ni falta que le hacía; Ángel ya adoraba de sobra a su mujer guapísima.

Cinco años llevaban casados; el primer gran aniversario, el momento perfecto para hacerle aquel regalo sorpresa.

Su historia tampoco era de novela: amigos comunes invitaron a ambos jóvenes al cumpleaños de uno de ellos.

Bailaron juntos toda la noche, él la acompañó de regreso, pidió su número y empezaron a verse. Así, los dos, al poco, se preparaban a celebrar cinco años de una vida juntos, en general, dichosa.

Aunque lo cierto es que Lucía últimamente consideraba a Ángel algo aburrido. Todo venía de lo mismo: la rutina de la mujer insatisfecha…

Ángel realmente trabajaba muchísimo: a casa llegaba exhausto y sin tiempo ni energía para grandes conversaciones. Lucía, por su parte, se negaba a complicarse la vida con trabajosus intentos de influencer y bloguera no contaban. El peso de mantener el hogar caía sobre él.

Y de bloguera, Lucía ni veía un euro: nadie tenía prisa por seguir a una guapa medio desnuda, estuviese como estuviese el asunto.

Eso estaba más que de sobra en internet.

La gente tenía sus propios problemas antes de entretenerse mirando traseros bonitos. Pues eso, un trasero bonito… y nada más.

Lucía no cejaba: buscaba nuevos ángulos, probaba luces, y así pasaban las jornadas.

Eso sí, el arduo trabajo tenía pausas: para comer, ir de compras, tomar café con amigas, tratamientos de belleza y ratos de autoayuda.

Vamos, lo habitual en la vida de una musa moderna, que además permitía magnánima que su pareja disfrutase de semejante tesoro.

Ángel la quería con locura: uno ama no por las razones, sino a pesar de todo. Ángel, inteligente, lo veía claro: los intentos de influencer, la altísima opinión que tenía Lucía de sí misma, hasta la pereza para cualquier cosa que no fuese alimentar su propio ego.

¿Y qué? Lucía era así, y uno ama a quien ama, con sus virtudes y resquicios.

Hijo, ¿pero para qué la quieres? repetía la madre cuando se iban a casar.
La quiero insistía Ángel, ¿no es suficiente?

Vas a sufrir; ella no ve a nadie más que a sí misma…

Tonterías, pensaba Ángel. Lucía era una chica normal. Que no conseguía trabajo tras la universidad ¿y qué? Eso hoy pasaba a muchos, y no por ello debías acabar repartiendo paquetería.

Al fin y al cabo, con su sueldo bastaba. Y si llegaba el día de tener un bebé, ya encontraría solución.

Su madre, viendo que de nada valía insistir, desistió.

Y así, el matrimonio cumplió cinco años. ¡Bravo!

Ambos prepararon su regalo: él le dio unos pendientes de brillantes, ella tachán: una cámara para el coche, último modelo, micrófono incluidopara que no dijera nadie que Lucía no sabía de tecnología.

El aniversario lo celebraron en un restaurante: todo salió de maravilla. Ángel apreció el detalle: ¡Qué lista eres, cielo!

Además, Lucía notaba las miradas de envidia entre los amigos de él y sus parejas: Te ha tocado la mejor mujer, desde luego.

Borja el amigo de Ángel desde el colegio se moría de envidia. Su mujer, Irene, parecía menos agraciada…

Lucía flotaba en la gloria: os he dejado a todos a la altura del betún, pensaba. Ni calzoncillos cálidos, ni carteras grabadas; a superarla, ¡a ver quién podía!

Pasó el aniversario, la vida prosiguió su cauce y entonces Ángel empezó a considerar la idea de tener hijos.

Pero Lucía decidió volcarse, todavía más, en el auto-perfeccionamiento. Solo que ahora, decía ella, la clave estaba en los cursos presencialesonline no valía.

Voy a apuntarme a clases presenciales anunció Lucía una tarde cenando pizza a domicilio, con carita de súplica y labios inflados. ¿Me lo pagas tú, bonito?

Por supuesto, cielo respondió Ángel. ¿Cómo negarse?

Las clases eran dos veces por semana por la mañana, justo cuando él estaba en la oficina. ¿Le servirían? Quién lo sabía, pero mejor eso que pasar el día aburrida

A decir verdad, Ángel sentía un poco de vergüenza ante su madre. Él estaba conforme, pero sabía que su madre desaprobaba: ¿Y ésta es tu esposa?
Ni sabía robar ni vigilar los fuegos ni cocinar, ni limpiar; todo lo hacían las empleadas o el propio Ángel.

Hasta la colada: Nunca me aclaro con esos botones, amor.

Su madre callaba y sufría. Como en aquel cuento de Delibes, donde la madre sufría de ver a su hijo haciendo la colada, como la protagonista Clara.

Y en ese otro cuento, la mujer también acaba engañando con el primo del protagonista…

Pero Ángel, cabezón, estaba conforme. Cuando Lucía acabara sus cursos, podrían crear vida: una niña pequeña, de sombrerito y zapatos.

La familia sería completa. Su madre cambiaría el gesto y se convertiría en una abuela entregada.

Pero Lucía acabó un curso y se apuntó a otro: ¡Quiero más!

Y Ángel otra vez pagó. El auto-perfeccionamiento ya desbordaba.

En fin, nada grave; ella tenía veintisiete, él treinta. Hoy día se tienen hijos hasta bien tarde.

Hasta el Congreso retrasa la vejez, los famosos tienen hijos a cualquier edad.

Se acercaba la Navidad. Ángel estaba feliz: ¡la vida le sonreía! Decidieron celebrarla junto a Borja e Ireneeran familias cercanas.

Y entonces Ángel, queriendo revisar o quizás borrar algunos vídeos de la cámara-coche, miró las grabaciones. Y allí, en el asiento trasero, Borja y Lucía auto-perfeccionándose con tanto ahínco.

Para colmo, ni era la única vez ni un desliz aislado: la grabación mostraba encuentros reiterados en las mismas horas en que Lucía iba a sus clases, aprovechando que Ángel le prestaba el coche mientras él iba en metro.

Con el sonido bien captado: ¿para qué avergonzarse? Nadie más miraba, nadie oía

Y luego ellos dos bromeaban sobre sus respectivos esposos: Lucía de Ángel, Borja de Irene.

Lucía, entre risas: Ni siquiera sabe besar, el pobre, ¡solo saliva y burbujas! No es como tú, cielo…

Resulta que cielo no era solo Ángel. Y, encima, ni siquiera sabía besar…

Ángel quedó destrozado: ¿toda la pasión marital era mentira? ¿Siempre había fingido Lucía?

Vale, lo de Lucía era de juzgado, ¿pero Borja? ¿Cómo pudo olvidar que la cámara grababa? ¡Si era el mayor aficionado a los coches!

Ángel se quedó helado. Llevaba casi un año soportando cuernos, y no solo cuernos sino con su supuesto mejor amigo, en su propio coche.

Y ese amigo, para colmo, iba a celebrar la Nochevieja en su mesa. ¡Qué descaro!

Era, vamos, como aquel relato de Delibes donde la esposa termina engañando al protagonista.

Atónito, Ángel aguardó el regreso de Lucía, que aún estaba de cañas con sus amigas.

Lucía entró alegre y empezó a hablar:
¿Sabes que Tamara me aconseja nuevos cursos? ¡Imagínate qué horizontes se me abrirán!

Ángel miraba serio a su mujer y pensaba que su madre había tenido razón: ¿Para qué la querré?

Horizontes… los suyos estaban abiertos de más, y con su propio amigo.

¡No me escuchas! Lucía frunció los labios, en plan niña mimada. ¿Sabes de qué hablaba?

Sí, de que no sé besar respondió Ángel, glacial.

Lucía palideció, luego preguntó bajito:
¿De dónde lo has sacado?

De tu charla con el cielo Borja.

Lucía se puso a manchas rojas, incrédula: ¿cómo sabía él eso?

Veo que como no doy la talla mundial, lo mejor será separarse anunció Ángel, sin levantar la voz. Tus cosas ya están recogidas: vete donde prefieras y busca a alguien que aprecie tus dotes para el auto-perfeccionamiento.

¡Ángel, perdóname! ¡Fue un accidente!

¿Un año de accidentes? ¿Casualmente te subiste con él, te entregaste y me criticaste a escondidas? ¿Y todo por error?

Anda ya, ¿no estarías bajo anestesia un año entero?

La cara de Ángel era irreconocible; Lucía nunca lo había visto así.

Gracias por el regalo continuó Ángel. Si no llega a ser por tu cámara, habría sido cornudo hasta el fin de mis días.

¿La cámara? balbuceó ella. ¿Qué tiene que ver?

Eso mismo, Lucía. Incluso aquí graba la cámara, como decía aquella publicidad Y aquí lo grabó todo, Lucía.

Empezó Lucía a darse cuenta. ¡Menuda la he liado! No me perdonará nunca Y Borja, vaya tela. Por primera vez, la escéptica Lucía rezó en silencio: Dios mío, ayúdame

Pero Dios no respondió. A pesar de llantos y súplicas, Lucía fue echadaliteralmente con cajas y maletasal rellano. Para Ángel, también, aquello le partía el alma.

Lucía se perdió en el crepúsculo de la víspera de fiestas. ¿Adónde fue? Quién sabe; quizás a casa de su madre, en aquel piso modesto de la capital.

Ángel mandó la grabacióncon audioa su ex amigo. Estuvo tentado de enviarla también a Irene, la esposa de Borja, pero prefirió no ser ruin: que lidiasen ellos con sus miserias.

Borja, por su parte, llamó e insistió, pero Ángel lo bloqueó: Con eso no se juega, amigo

Así terminó, con tamaña tristeza, aquel año.

Pronto se divorciaron. No hubo nada que repartir: la vivienda era de Ángel, el coche también; Lucía, dinero propio, no tenía y no parecía que fuese a tenerlo pronto

Con ese auto-perfeccionamiento, Lucía solo tenía futuro en el escenario, y ni eso

Aquella Nochevieja, Ángel la pasó con su madre. En otros sitios, debía fingir normalidad, y aún no podía.

Así Lucía, de rebote, demostró tener mucha cabeza: gracias a ella la vida de Ángel cambióy para mejor. ¿Cómo terminó? Eso ya es otra historia.

Dicen que el mundo no cambia. ¡Claro que cambia! Solo la buena literatura permanece, y los cuentos de Delibes y de los clásicos, siempre.

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—Ya he metido tus cosas en la maleta —anunció el marido —Hijo, ¿pero para qué te vas a casar con ella? —trataba de disuadirle su madre. —¡Que la quiero, mamá! —respondía él, casi indignado: ¿acaso no era obvio? —¡Vas a sufrir con esa muchacha! Solo piensa en sí misma, ¡no ve a nadie más! La guapa rubia Lucía pensó en hacerle a su marido un regalo a la altura de una reina por su quinto aniversario de boda. Y, al fin y al cabo, ¿quién dice que todas las rubias son tontas? ¡Que me presenten a ese valiente! A Lucía, o Lucienne, como la llamaba él, le encantaba presumir de carácter y mentalidad. Y quiso demostrarlo a Álex precisamente con aquel regalo. Aunque él ya la adoraba de sobra. Llevaban casados cinco años: ese era su primer gran aniversario y el motivo del esperado sorpresón. Su historia juntos no tenía nada de extraordinario: unos amigos comunes les invitaron al cumpleaños de alguien. Bailaron juntos toda la noche, él la acompañó a casa, consiguió su número, empezaron a verse. Y así, la pareja preparaba su quinto aniversario de una feliz vida juntos. Aunque la bella Lucienne empezaba a encontrar a su marido algo aburrido. Todas las historias empiezan igual: una mujer se aburre… Álex, en realidad, trabajaba muchísimo: apenas tenía energías ni tiempo que dedicarle. Su mujer prefería no complicarse la vida trabajando: lo de ser influencer no cuenta. Así que él sostenía solo el pequeño hogar de ambos. El “influencer” de Lucienne no daba dinero: la gente no se suscribía para ver a una rubia medio desnuda, por mucho que se empeñara. Era la moda: en internet de eso había para dar y tomar. Pasaba el día buscando el ángulo perfecto, probando nueva luz, haciendo fotos y vídeos sin cesar. Por supuesto, ese trabajo “titánico” incluía parones: para comer, ir de compras, quedar con amigas, cuidarse y superarse. Vamos, la clásica vida de una belleza moderna, que, al final, le deja a su pareja disfrutar de tan exquisitos encantos. Pero Álex la amaba igual: al fin y al cabo, se ama por encima de todo. Él no era ningún tonto, lo veía claro. Las chapuzas de influencer, la autovaloración desmedida, el desprecio hacia cualquier actividad que no fuera mimar su propio ego. ¿Y qué? Sí, Lucienne era así… ¡Y se ama a la persona completa, grietas incluidas! —Hijo, ¿para qué te casas con ella? —insistía la madre. —¡Porque la quiero! —insistía el hijo—. ¿No te parece suficiente? —Vas a pasarlo mal, no le importa nadie más que ella. Pero su madre estaba equivocada: ¿cómo que no veía a nadie? Lucía era una chica normal. Vale, no encontraba trabajo tras la uni: ¡le pasa a muchos! No iba a ponerse de repartidora, ¿no? Además, con lo que ganaba Álex, les llegaba bien, y cuando decidieran tener hijos, él encontraría la forma. Y su madre, viendo que no tenía razón, dejó el tema. Así que llegó el aniversario: ¡cinco añazos casados! Cada uno preparó un regalo. Él, unos pendientes de brillantes preciosos, y ella… ¡tachán!: una cámara de coche a la última, con grabadora y micrófono: “¡Toma, cariño, para que veas que sí entiendo de tecnología!” Celebraron el aniversario en un restaurante: todo de lujo. Álex agradeció el regalo como se merecía: “¡Qué bien me conoces!” Lucía se relamía viendo las miradas de envidia de los amigos y sus mujeres: “¡Sí que te ha tocado la lotería con la tuya!”, decían. Especialmente Borja, el amigo de Álex del colegio: su mujer, Irina, no era lo que se dice guapa… Lucía disfrutaba de la gloria: “¡Cómo los he dejado!” Esto no es ropa interior térmica ni una cartera grabada, ¡a ver quién me supera ahora! Pasó el aniversario y volvió la rutina. Álex pensó en tener hijos. Pero Lucía, de pronto, decidió centrarse en el autodescubrimiento. Un paso más: ya lo había intentado antes, pero esta vez, en serio. Se apuntaría a cursos presenciales: “¡Mucho más eficaz! Online, nanay…” —Cari, me quiero apuntar a cursos presenciales —anunció Lucía en la cena de pizza. Y, poniéndole morritos, suplicó—: ¿Me los pagas, cielo? —Por supuesto, mi vida —contestó él. Los cursos eran dos veces por semana, de día. Total, él estaba siempre en el trabajo. ¿Que si valdrían para algo? Quién sabe, al menos la tendría entretenida. A Álex, en el fondo, le daba vergüenza pensar en la opinión de su madre sobre Lucía. A él le valía, pero su madre… No dijo nunca nada, pero su mirada lo decía todo: “¿Esto es una esposa?” Ni para robar ni para vigilar. Ni para cocinar ni limpiar: todo lo hacían el personal o el mismo Álex. Incluso lavaba y tendía la ropa: “Cari, es que no entiendo esos botones tan tontos…” Su madre sufría en silencio. Igual que la de aquel relato de Chéjov, al ver a su hijo haciendo el trabajo de la mujer. Aunque, curiosamente, la de ese relato acabó engañando también al marido con su primo… Pero Álex estaba conforme. Cuando terminara sus cursos, ya se pondrían a lo esencial: ¡tener familia! Sí, pensaba en una niña pequeña, con pamela y botines, para completar la familia. Y su madre ayudaría con la nieta. Pero Lucía acababa un curso y se apuntaba a otro: “¡Quiero más!” Y Álex, una vez más, cedía y pagaba. El perfeccionismo de Lucienne salía por los poros. Tampoco era tan grave: ella tenía veintisiete, él treinta. Ahora se puede ser madre casi hasta la jubilación, ¡si hasta los políticos lo hacen! Llegaba Navidad, el favorito de Álex. Estaba eufórico. Celebrarían con Borja e Irina: amistad de casas y familias. Álex necesitaba borrar cosas del grabador del coche. Echó un vistazo a la cámara y… encontró allí mismo a Borja y Lucía “perfeccionándose” juntos a lo grande, en el asiento trasero. Y no una vez, sino muchas; en cada supuesto “curso” de Lucía. Grabado todo: voz incluida… y luego, se reían de sus parejas: Lucía de Álex, Borja de Irina. Y quedaban ambos como poco aptos para los “estándares internacionales”. —¡Álex ni sabe besar! —presumía Lucía en la grabación—. ¡Solo saliva por todas partes! Nada que ver contigo, “cariño”. Así que no era solo ella a quien le llamaba “cariño”. Y resulta que no sabía ni besar… Álex se hundió: ¡Con que esas teníamos! Y ella que, según decía, estaba siempre satisfecha con su vida íntima… ¿Mentía en todo? Vale, Lucía una traidora… Pero, ¿y Borja? ¿Se había olvidado de que el coche grababa? ¡Menudo automovilista! Álex, bloqueado: ¿así que llevaba casi un año poniendo cuernos? ¿Y con su mejor amigo y en su propia cara? Y Borja pretendía aún cenar en su casa en Nochevieja… ¡Manda narices! Todo igual que aquel relato de Vasili Makárovich: la mujer le fue infiel, igual que Clara, la protagonista. Destrozado, Álex esperó a Lucía: no estaba en casa, salía con amigas. Llegó feliz, anunciando otro curso recomendado por Tania. “¡Imagínate los nuevos horizontes!” Él la contemplaba en silencio, recordando las palabras de su madre: “¿Para qué la quieres?” Y horizontes había abierto ya, en todas las direcciones, y con su mejor amigo. —¡No me escuchas! —hizo pucheros Lucía—. ¿Sabes de qué hablo? —Sí, de que no sé besar —contestó justo Álex. Ella se quedó muda, luego preguntó bajito: —¿De dónde sacas eso? —De tu conversación con tu “cariño” Borja. La cara de Lucía se llenó de manchas rojas, alucinando: ¿cómo lo sabía? ¡Y justo eso! —Creo que si no cumplo con los estándares mundiales, debemos separarnos —dijo él, helado—. Tus cosas ya las he metido en la maleta; puedes irte a donde aprecien tu afán de “perfeccionarte”. —¡Álex, perdóname! —lloró Lucía—. ¡Fue un error! —Ah, un año de error: subiste a Borja en el coche “por error”, “por error” le fuiste infiel, “por error” te burlaste de mí… ¿Es que estabas también “por error” anestesiada? Era irreconocible: Lucía nunca lo había visto así. —Y gracias por el regalo —continuó Álex—. Si no fuera por tu grabadora, habría seguido con los cuernos toda mi vida. —¿La grabadora? —balbuceó ella—. ¿Qué tiene que ver? —Lo tiene todo que ver: ¡la grabadora graba también aquí! —citó la famosa publicidad. Así que fue la grabadora. A Lucía le caía el alma a los pies: “¡Qué idiota! ¿Y ahora qué? No me lo perdona, seguro. Ni Borja tampoco… ¡Dios mío, ayúdame!”, pensó Lucía, que ni creía en Dios. Pero Dios no ayudó. Y a pesar de suplicar, llorar y prometer… acabó sola, arrastrando sus cosas al rellano. A Álex tampoco le fue fácil. Lucienne se perdió en el frío anochecer de la víspera de fiesta. ¿Adónde iría? Seguramente, a casa de su madre, en una vieja “miniatura” de barrio. Álex luego envió la grabación, con sonido, a su “mejor amigo”. Aunque le tentó mandársela también a Irina… pero prefirió no vengarse así de la esposa de Borja: que se apañen solos. Borja intentó llamar y disculparse, pero fue bloqueado: “¡Con amigos así…!” Y así, con semejante final triste, terminó ese año para Álex. El divorcio fue rápido: nada que repartir. El piso era suyo, el coche también, y Lucía no tenía un duro propio, ni pinta de que lo fuera a tener… Con tanto afán de “perfeccionarse”, es mejor que lo explote en otras “profesiones”, Lucita: allí sí se valoran esas habilidades… Aquel año, Álex celebró Nochevieja solo con su madre: fuera tendría que fingir, y no estaba para eso. Al final, resultó que Lucía sí fue lista: gracias a ella, la vida de Álex cambió… para mejor. Pero esa ya es otra historia. Y dicen que el mundo no cambia… ¡Pues sí que cambia! Solo que los clásicos son eternos. Sobre todo, los relatos de Vasili Makárovich Shukshín.
La suegra insiste en que toda la familia se mude a su piso de tres habitaciones Stas se plantó en la puerta, impidiendo que los niños salieran. —Nika, tranquilízate —dijo con una firmeza inusual—. Hay dos opciones: o ahora cogemos a los niños y nos vamos al piso de tres habitaciones; o tú coges la maleta y te vas con tu madre. Sola. Los niños se quedan conmigo: puedo mantenerlos y darles techo. Créeme, los servicios sociales estarán de mi parte. —¡No te atreverás! —Nika alzó la mano para abofetearlo. Stas le sujetó la muñeca. —Sí que me atreveré. Esta mañana mientras quitaba nieve pensaba: ¿Por qué tengo que pasar por esto? Soy ingeniero, soy un hombre, trabajo como un burro. ¿Para qué? ¿Para aguantar tus berrinches? Se acabó, Nika. La buena vida terminó. Elige. Lidia, la madre de Stas, dejó el manojo de llaves sobre el mantel nuevo de la cocina. —Pues nada, Stas, Nika, acomodaos —sonrió—. Los techos son altos, la moblaje sencillo pero de calidad. Para empezar, lo ideal. Stas examinaba entusiasmado el suelo, abría armarios… Era un chico discreto y agradecido, de verdad ilusionado con el regalo tan generoso. —Gracias, mamá, de verdad —la besó, levantándola del suelo. Nika, de brazos cruzados, ni siquiera se quitó el abrigo, mirando por la ventana. —¿Y por qué nos dais un estudio? —preguntó, entornando los ojos pintados—. Lidia, usted siempre ha dicho que tiene tres pisos propios. Aquí vamos a estar apretados como sardinas. ¿Y si viene un niño? —Nika, es un regalo de boda —contestó Lidia amablemente—. Lo compré antes de que os casárais; no tiene deudas. Vivid aquí, ahorrad. Las otras tres viviendas son el fondo de pensión nuestro, se alquilan, son nuestro sustento. Ya os estamos dando un inicio que muchos sólo pueden soñar. —Ya veo —Nika fue a por las llaves—, o sea que aquí estoy “de prestada”. ¿O sea que ya me vas a empadronar mañana? Lidia se quedó quieta. —¿Para qué, Nika? Ya tienes padrón con tus padres en las afueras. —Porque me pienso quedar aquí —replicó seca—. O, ¿tiene miedo de que le quite a su hijo la mitad de este cubículo? Qué manera tan rara de entender la familia tienen. Si nos hemos casado, todo debe ser común. ¿No es así, Stas? … [Y sigue con la historia adaptada…] Después de todos los líos y años de convivencia forzada entre las dos familias, la tensión se disparó: La suegra insiste en que toda la familia se mude a su piso de tres habitaciones, aunque la nuera se niega porque la propiedad no está a nombre de ambos y teme quedarse en la calle si la situación se tuerce. ¿Debe aceptar la ayuda o seguir esperando su propio hogar?