¡Búscame, mamá! A Katia le contaban en el orfanato cómo la encontraron: envuelta en una manta de franela de bebé, dejada en el portal del hospital de la ciudad. Apenas tenía unos días de vida, toda limpita y bien cuidada, aunque en pañales desgastados. En una nota, puesta junto a la manta, con letras temblorosas, alguien había escrito: “Perdóname, hija mía”. A Katia siempre se le saltaban las lágrimas al oír esta historia. Un día pidió ver la nota que se guardaba en su expediente personal. Se emocionó tanto que incluso llegó a oler el papel, pensando que aún tendría el aroma de su madre. Tras ser encontrada, le esperaba el destino de la mayoría de los abandonados: casa-cuna, orfanato infantil, colegio-internado para niños huérfanos. ¡Cuánto le dolía cada historia feliz cuando uno de sus compañeros encontraba una familia! Sobre todo, si lograban reunirse con su madre. Noches y noches lloraba en silencio, apretando la almohada, aunque sabía que no era la única; nadie se atrevía a mostrar el dolor, así que se guardaban los sentimientos. Cuando Katia lograba conciliar el sueño, siempre soñaba con la misma mujer que le acariciaba la cabeza suavemente y le susurraba: —Hija, mi niña de mi sangre. El sueño era tan real que al despertar se sentía ligera como una pluma, convencida de que su madre jamás la olvidaría y que algún día se reencontrarían. Una de las educadoras, doña Ana Pérez, mujer mayor, sentía especial compasión por Katia. Una tarde, conversando, le hizo una propuesta: —Katia, ¿por qué no escribimos una carta al periódico? Quizá tu madre la lea y te encuentre. A Katia se le iluminaron los ojos. Sin decir una palabra, se lanzó al cuello de doña Ana. Juntas redactaron la carta y al amanecer, de camino al trabajo, la mujer la dejó en la redacción. La publicaron a toda página con la foto de Katia y un llamativo titular: “Búscame, mamá”. Tras la publicación comenzaron a llegar visitantes al internado. Algunos llevaban regalos, otros querían adoptar a Katia. Pero ella se negó en redondo: esperaba a su madre. Su madre, de nombre Alejandra, vivía en la España profunda, sin familia ni amigas, porque en el pueblo pequeño las mujeres no tienen margen para las amistades: hay demasiado trabajo para tan pocas manos. Llevaba una vida humilde, pero su casa siempre estaba limpia y acogedora. Nadie sabía cuántas noches en vela, cuántas lágrimas había derramado en su almohada, al recordar cómo su madre la obligó a dejar a su hija recién nacida en el hospital de la ciudad. —No podrás con ello —le insistía—, y yo no puedo ayudarte, estoy enferma, y tu padre es un borracho. Si traes una hija a casa, nos echa a las dos. Así, al menos, la niña podrá ir a una buena familia, criada por buena gente. Alejandra, entonces le llamaban Sandra, intentó resistirse, pero no tenía otra salida: estudiaba en la formación profesional, vivía apenas de la beca, y apenas lograba llegar a fin de mes. El novio desapareció antes de que naciera la niña, diciéndole que no estaba preparado para tal responsabilidad, y Sandra no se atrevió a acercarse a sus padres, que nunca la aceptaron. No le permitieron acceder a la residencia de estudiantes con la hija. Dos compañeras la sacaron del hospital y la acogieron unos días en su piso de alquiler. Entonces apareció la casera (alguien había avisado de que se oían lloros de bebé) y ordenó a Sandra marcharse. A punto estuvo de echar también a sus amigas, pero lograron convencerla para que se calmara. Desesperada, la joven madre escribió la nota en un banco del parque del hospital, la metió en el envoltorio de su hija y se acercó al hospital. Cuando vio que una mujer recogía a la pequeña, Sandra, empapada en lágrimas, se marchó sin mirar atrás. Esperaba poder volver a por su hija: terminar los estudios, poner en orden su vida y encontrarla. Nunca pensó que pudieran adoptarla. Aun así, su hija se le aparecía en sueños, acariciándola y susurrando la misma frase: “Hija mía, mi niña de mi sangre”. El tiempo pasaba y algo siempre impedía ir a buscarla. Primero, no tuvo suerte con el trabajo. Después de cumplir con su primer empleo, se tuvo que marchar lejos, a donde la destinaron. Ya no quedaban padres: su madre falleció, su padre murió en un incendio provocado por su propia juerga. Consiguió una casita barata en un pueblo alejado y se colocó como cartera. Una mañana, al clasificar el correo, se le cayó el periódico provincial. Se abrió justo por una página y sus ojos leyeron el titular: “¡Búscame, mamá!”. En la foto reconoció a su hija sin dudarlo: era su viva imagen. Todo se volvió borroso y tuvo que apoyarse en una pared. Una compañera corrió a socorrerla: —Doña Alejandra, ¿le ocurre algo? Aquel día no pudo trabajar; sus jefes le concedieron unos días libres por motivos familiares y Alejandra comenzó a preparar el viaje para buscar el colegio donde estaba Katia. Ya no quedaban autobuses, pero un conductor se ofreció a llevarla al internado. Iba temblando al cruzar la verja. Tras los cristales, varios niños espiaban a la desconocida. Katia no estaba entre ellos. Un poco después la llamaron al despacho del director. Cuando entró, la reconoció de inmediato—a la mujer de sus sueños. —¡Mamá! —¡Hija mía! —Y corrieron a abrazarse… La madre no dejó de pedirle perdón, y Katia, al oír la dolorosa historia, sólo respondió: —Mamá, no te culpo, no tenías otra salida. …Pasaron los años. Katia creció, se casó, formó una familia con un marido cariñoso y un hijo. Y su madre, Alejandra, siempre estuvo a su lado: Katia era su luz en la ventana. Ayudando a cuidar del nieto, Alejandra sentía que compensaba lo perdido, y ya poco importaba de quién era la culpa o si fue un error. Nunca dejó de asombrarse por su hija, agradecida con la vida incluso por sus pruebas, y repitiendo que la felicidad siempre hay que merecerla. Ambas pagaron su precio, ¿qué podían hacer? Ser felices. Katia, ahora mujer hecha y derecha, recuerda hasta el último detalle, y aunque su madre ya no está, jamás la culpó por nada. Siempre la tuvo y durante mucho tiempo estuvo a su lado, y eso es lo que más valora. Dale a “Me gusta” y deja tus comentarios.

Escúchame, te voy a contar una historia que me ha tocado el corazón.

A Lucía le contaban en el orfanato cómo la encontraron: envuelta en una mantita de franela de bebé, la dejaron en la puerta del hospital de Valladolid. Tenía unos pocos días de vida, limpia, bien cuidada, aunque envuelta en pañales algo viejos. Dentro de la mantita, había una nota escrita con letra temblorosa que decía: Perdóname, hija.

A Lucía siempre se le saltaban las lágrimas cada vez que lo recordaba. Un día incluso pidió que le enseñaran aquella nota que guardaban en su expediente; se emocionó tanto que hasta olió el papel, pensando que podría quedarle el olor de su madre.

Luego de aquel día en que la recién nacida fue hallada, le esperó el mismo camino de otros niños abandonados: la casa cuna, luego el hogar de menores, más tarde el internado para huérfanos.

Cómo le dolía escuchar historias de otros compañeros que encontraban una familia y le invadía esa envidia grande cuando, de casualidad, era la madre biológica la que llegaba a por su hijo. Por las noches, lloraba en su almohada; no era la única, claro, pero allí cada uno tragaba su tristeza en silencio porque no era costumbre mostrar tus emociones.

Cada vez que conseguía dormir, tenía el mismo sueño: una mujer dulce que le acariciaba el pelo y le susurraba al oído: Hija, mi sangre y mi vida. El sueño era tan vívido que al despertar se sentía ligera como una pluma, convencida de que, donde estuviese, su madre se acordaba de ella y que algún día se volverían a encontrar.

Doña Benita, una de las cuidadoras, ya mayor, tenía una debilidad especial por Lucía. Una tarde, hablando en voz baja, le propuso: Lucía, ¿y si escribimos una carta al periódico? Igual tu madre la lee y te encuentra. Los ojos de Lucía se iluminaron y, de pura emoción, se abrazó fuerte a Benita. Las dos escribieron juntas el texto y, al día siguiente, la mujer llevó la carta a la redacción antes de irse a casa.

La publicaron bien grande, con una foto de Lucía y el título que llegó al corazón de cualquiera: ¡Búscame, mamá!.

A partir de ese momento empezaron a llegar visitas al internado en Salamanca. Algunos simplemente traían regalos, otros querían adoptar a Lucía, pero ella, de ninguna manera, aceptaba. Esperaba a su madre.

Su madre, Carmen Valdés, vivía en un pueblecito perdido de Castilla. No tenía familia. De amistades, tampoco muchas, que en el pueblo la vida es dura y cada cual bastante tiene con lo suyo. Su casa era sencilla, pero siempre limpia y cálida, aunque nadie sabía cuántas noches había pasado sin dormir, llorando por su hija. Recordaba como la suya, la madre de Carmen, le insistió para dejar a la niña en el hospital: No vas a poder, hija; yo estoy enferma y tu padre… ya sabes, con la bebida. Si la llevas a casa, nos echa a las dos. Así, a lo mejor la cría una buena familia.

Carmen, a la que todos llamaban Carmenchu, intentó resistirse, pero no había salida. Estudiaba un ciclo formativo, vivía de la beca y no podía ni pagarse la comida. El padre desapareció antes incluso de enterarse de que estaba embarazada, y la familia de él nunca la quiso. En la residencia de estudiantes no la aceptaron con el bebé. Dos amigas suyas, que vivían de alquiler, la acogieron unos días, pero un vecino alertó a la casera por los lloros de niña y la echaron a la calle.

Desesperada, Carmen escribió aquella nota en un banco del parque del hospital, envolvió bien a la niña y la dejó dormida en la entrada. Al irse, no pudo más que pararse tras la verja, esperando de lejos a que alguien la recogiera, y luego se marchó llorando, sin rumbo.

Siempre pensó que podría recuperar a su hija: que terminaría de estudiar, encontraría trabajo y la buscaría. Nunca se le ocurrió pensar que pudieran adoptarla. Soñaba con ella, también; la veía en sueños y le repetía, como un mantra: Hija, mi sangre y mi vida.

Pasaron los años y siempre, por un motivo o por otro, la búsqueda de Lucía se iba aplazando. Primero, el trabajo no llegó, y cuando sí, la destinaron lejos de su pueblo. Para entonces, ya no tenía padres: su madre falleció enferma y su padre, después de un incendio que él mismo causó al quedarse dormido tras una noche bebiendo, tampoco estaba.

Con sus ahorros, compró una humilde casita en otro pueblo de Zamora por unos pocos euros y empezó a trabajar como cartera.

Un día, mientras clasificaba el correo, se le cayó el periódico de la provincia. Se abrió directamente en la página en que había una foto de su hija grande y el titular: ¡Búscame, mamá!. Carmen reconoció a Lucía al instante; era su viva imagen.

Las piernas le temblaban. Logró apoyarse en la pared y su compañera le tuvo que ayudar. Aquel día no pudo ni trabajar. En la oficina fueron comprensivos y le dieron unos días libres por motivos familiares, así que pudo preparar el viaje a Salamanca, donde estaba el internado.

El autobús ya había pasado, pero tuvo la suerte de que un hombre la acercara en coche al enterarse de la historia. Carmen llegó con el corazón en un puño. En la verja, varios niños la miraban curiosos, y Lucía no estaba entre ellos; la llamaron después a la dirección. En cuanto entró, la reconoció enseguida: era la mujer de sus sueños.

¡Mamá!

¡Hija mía! Y se abrazaron, llorando las dos.

Carmen no dejó de pedirle perdón, pero Lucía, cuando escuchó toda la historia, la tranquilizó: Mamá, no te culpo, no había otra salida.

Pasaron los años. Lucía creció, se casó, formó una familia feliz con su marido, su hijo. Y Carmen, siempre a su lado, ayudando con el pequeño, sintió que al fin recuperaba el tiempo perdido y, aunque nunca dejó de pensar en el error cometido, aprendió a dejar el pasado atrás. Lucía, por su parte, nunca perdió la gratitud ni siquiera ante las dificultades, y decía que todo tiene un precio, incluso la felicidad.

Las dos pagaron el suyo con creces. ¿Y qué quedaba después? Pues eso, disfrutar y ser felices.

Ahora Lucía, ya mujer hecha y derecha, lo recuerda todo, no juzga a su madre a la que ya perdió y agradece haberla tenido a su lado durante tantos años. Porque, al final, eso es lo más importante.

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¡Búscame, mamá! A Katia le contaban en el orfanato cómo la encontraron: envuelta en una manta de franela de bebé, dejada en el portal del hospital de la ciudad. Apenas tenía unos días de vida, toda limpita y bien cuidada, aunque en pañales desgastados. En una nota, puesta junto a la manta, con letras temblorosas, alguien había escrito: “Perdóname, hija mía”. A Katia siempre se le saltaban las lágrimas al oír esta historia. Un día pidió ver la nota que se guardaba en su expediente personal. Se emocionó tanto que incluso llegó a oler el papel, pensando que aún tendría el aroma de su madre. Tras ser encontrada, le esperaba el destino de la mayoría de los abandonados: casa-cuna, orfanato infantil, colegio-internado para niños huérfanos. ¡Cuánto le dolía cada historia feliz cuando uno de sus compañeros encontraba una familia! Sobre todo, si lograban reunirse con su madre. Noches y noches lloraba en silencio, apretando la almohada, aunque sabía que no era la única; nadie se atrevía a mostrar el dolor, así que se guardaban los sentimientos. Cuando Katia lograba conciliar el sueño, siempre soñaba con la misma mujer que le acariciaba la cabeza suavemente y le susurraba: —Hija, mi niña de mi sangre. El sueño era tan real que al despertar se sentía ligera como una pluma, convencida de que su madre jamás la olvidaría y que algún día se reencontrarían. Una de las educadoras, doña Ana Pérez, mujer mayor, sentía especial compasión por Katia. Una tarde, conversando, le hizo una propuesta: —Katia, ¿por qué no escribimos una carta al periódico? Quizá tu madre la lea y te encuentre. A Katia se le iluminaron los ojos. Sin decir una palabra, se lanzó al cuello de doña Ana. Juntas redactaron la carta y al amanecer, de camino al trabajo, la mujer la dejó en la redacción. La publicaron a toda página con la foto de Katia y un llamativo titular: “Búscame, mamá”. Tras la publicación comenzaron a llegar visitantes al internado. Algunos llevaban regalos, otros querían adoptar a Katia. Pero ella se negó en redondo: esperaba a su madre. Su madre, de nombre Alejandra, vivía en la España profunda, sin familia ni amigas, porque en el pueblo pequeño las mujeres no tienen margen para las amistades: hay demasiado trabajo para tan pocas manos. Llevaba una vida humilde, pero su casa siempre estaba limpia y acogedora. Nadie sabía cuántas noches en vela, cuántas lágrimas había derramado en su almohada, al recordar cómo su madre la obligó a dejar a su hija recién nacida en el hospital de la ciudad. —No podrás con ello —le insistía—, y yo no puedo ayudarte, estoy enferma, y tu padre es un borracho. Si traes una hija a casa, nos echa a las dos. Así, al menos, la niña podrá ir a una buena familia, criada por buena gente. Alejandra, entonces le llamaban Sandra, intentó resistirse, pero no tenía otra salida: estudiaba en la formación profesional, vivía apenas de la beca, y apenas lograba llegar a fin de mes. El novio desapareció antes de que naciera la niña, diciéndole que no estaba preparado para tal responsabilidad, y Sandra no se atrevió a acercarse a sus padres, que nunca la aceptaron. No le permitieron acceder a la residencia de estudiantes con la hija. Dos compañeras la sacaron del hospital y la acogieron unos días en su piso de alquiler. Entonces apareció la casera (alguien había avisado de que se oían lloros de bebé) y ordenó a Sandra marcharse. A punto estuvo de echar también a sus amigas, pero lograron convencerla para que se calmara. Desesperada, la joven madre escribió la nota en un banco del parque del hospital, la metió en el envoltorio de su hija y se acercó al hospital. Cuando vio que una mujer recogía a la pequeña, Sandra, empapada en lágrimas, se marchó sin mirar atrás. Esperaba poder volver a por su hija: terminar los estudios, poner en orden su vida y encontrarla. Nunca pensó que pudieran adoptarla. Aun así, su hija se le aparecía en sueños, acariciándola y susurrando la misma frase: “Hija mía, mi niña de mi sangre”. El tiempo pasaba y algo siempre impedía ir a buscarla. Primero, no tuvo suerte con el trabajo. Después de cumplir con su primer empleo, se tuvo que marchar lejos, a donde la destinaron. Ya no quedaban padres: su madre falleció, su padre murió en un incendio provocado por su propia juerga. Consiguió una casita barata en un pueblo alejado y se colocó como cartera. Una mañana, al clasificar el correo, se le cayó el periódico provincial. Se abrió justo por una página y sus ojos leyeron el titular: “¡Búscame, mamá!”. En la foto reconoció a su hija sin dudarlo: era su viva imagen. Todo se volvió borroso y tuvo que apoyarse en una pared. Una compañera corrió a socorrerla: —Doña Alejandra, ¿le ocurre algo? Aquel día no pudo trabajar; sus jefes le concedieron unos días libres por motivos familiares y Alejandra comenzó a preparar el viaje para buscar el colegio donde estaba Katia. Ya no quedaban autobuses, pero un conductor se ofreció a llevarla al internado. Iba temblando al cruzar la verja. Tras los cristales, varios niños espiaban a la desconocida. Katia no estaba entre ellos. Un poco después la llamaron al despacho del director. Cuando entró, la reconoció de inmediato—a la mujer de sus sueños. —¡Mamá! —¡Hija mía! —Y corrieron a abrazarse… La madre no dejó de pedirle perdón, y Katia, al oír la dolorosa historia, sólo respondió: —Mamá, no te culpo, no tenías otra salida. …Pasaron los años. Katia creció, se casó, formó una familia con un marido cariñoso y un hijo. Y su madre, Alejandra, siempre estuvo a su lado: Katia era su luz en la ventana. Ayudando a cuidar del nieto, Alejandra sentía que compensaba lo perdido, y ya poco importaba de quién era la culpa o si fue un error. Nunca dejó de asombrarse por su hija, agradecida con la vida incluso por sus pruebas, y repitiendo que la felicidad siempre hay que merecerla. Ambas pagaron su precio, ¿qué podían hacer? Ser felices. Katia, ahora mujer hecha y derecha, recuerda hasta el último detalle, y aunque su madre ya no está, jamás la culpó por nada. Siempre la tuvo y durante mucho tiempo estuvo a su lado, y eso es lo que más valora. Dale a “Me gusta” y deja tus comentarios.
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