¿Pero hasta cuándo, por favor? Clara soltó la toalla sobre la mesa, empapada de rabia. He llegado hace una hora del trabajo y ni tiempo he tenido de cambiarme.
¿Y ahora qué te pasa? Javier se apoyaba en el marco de la puerta, atascando la salida de la cocina. Mi madre, que ha venido cinco minutos.
¿Cinco minutos? ¿De verdad? Clara señaló la montaña de platos sucios. ¿Y los otros diez, qué, venían a echar la siesta y se han quedado a cenar? ¿Todos juntos, casualidad?
Desde el salón llegó una carcajada ensordecedora. Alguien subió el volumen de la televisión, como si la antena trajera sonidos de un circo lejano.
No sigas con eso, mujer Javier frunció el ceño, moviéndose apenas. Estamos juntos, todo en familia, felices.
Tú muy feliz, claro, escuchando historias de tu cuñado y riendo a pierna suelta. Yo ya voy por la tercera tanda de ensaladilla rusa Clara agitó la mano hacia la pila de patatas. Y son las nueve de la noche, Javier. Mañana tengo una presentación, por cierto.
Siempre con tu presentación. ¡Si son sólo dibujitos…!
¿Dibujitos? El rostro de Clara enrojeció, un volcán a punto de hacer erupción. ¡Es un proyecto de un millón de euros! ¡Qué…
¡Clariña! la voz melosa de su suegra, Carmen Fernández, inundó la cocina. Ajustándose un tirabuzón, apareció en el umbral. ¿Por qué tardas tanto con la ensalada? La gente tiene hambre.
¿Podrían avisar antes de venir? intentó Clara, remando en calma fingida.
¡Madre de Dios, qué tontería! exclamó su suegra, metiendo la mano en la fuente de pepinillos. Esta es tu familia, hija. Antes veníamos sin avisar y nadie protestaba…
En su época tampoco había móviles susurró Clara.
¿Cómo? Carmen entrecerró los ojos como un gato.
Que ya está la verdura lista Clara blandió el cuchillo y empezó a cortar el chorizo.
Javito dijo Carmen dirigiéndose a su hijo, la mujer se te ha vuelto de hielo. Ni pizca de hospitalidad ni respeto por los mayores…
Mamá, déjala Javier cambiaba el peso de un pie a otro. Está cansada, eso es todo.
¡Cansada! bufó la suegra. ¡A tu edad yo ya criaba a cuatro, trabajaba, lavaba y cocinaba! Y nunca me quejé.
En el salón, estalló otra andanada de risas. Desde allí se escuchó: “¡Javi, ven, que Pedro está contando una que no te lo crees…!”
Ay, voy a ver qué cuentan Javier escapó a la primera de cambio.
Igual que siempre susurró Clara entre dientes. Cuando hay que hacer, desaparece como un fantasma.
¡No me hables así de mi hijo! replicó la suegra. Más te vale estar agradecida de que se haya casado contigo, hija. Con ese carácter…
Clara ya ni oía. Miraba el cuchillo, la tabla, el bote de mayonesa. Y de pronto recordó la cajita de gotitas que había comprado meses antes en la farmacia…
¿Sabe qué, Carmen? pronunció Clara despacio, como si recitara un conjuro. Tiene razón. Van a tener una cena en esta casa que no van a olvidar en la vida.
¡Eso está mejor! festejó la suegra. Voy a llamar a la Mari, que también venga, que vive cerca.
¿Te acuerdas, Carmen, de la última vez que tu nuera echó sal al arroz? ¡Nos pasamos la noche entera bebiendo agua! rió tía Pilar, desde el salón.
Así es, así es asintió la suegra, asomando la cabeza. Clarita cocina… original.
Clara removía la ensaladilla como un autómata, contando hasta diez. Tocaron el timbre.
¡Esa será la Mari! Carmen avivó el paso. ¡Javi, abre tú!
Estoy ocupado gritó Javier. ¡Clara, abre, anda!
Tengo las manos hechas un asco gruñó Clara.
¡Pero qué clase de mujer eres! se quejaba Carmen, dirigiéndose ella misma a la puerta. ¿Ni un favor a tu marido?
En la entrada no sólo aparecieron la abuela Mari, sino también la hermana de Javier, Lucía, con marido y dos niños a la zaga, arrastrando carritos, juguetes y paquetes.
Pasábamos por aquí sonrió Lucía, empujando a los críos. Y he pensado, vamos a ver al hermano.
Ya, ya, todos pasabais por aquí bufó Clara, sacando más mayonesa, con el reloj marcando las nueve y media.
¿Qué murmuras ahora? replicó la suegra.
Nada, pasen todos a la mesa subió el tono Clara. Enseguida está todo.
Sacó del bolso la cajita sagrada. Decía el prospecto que el efecto se notaba en una hora. Mejor, así estaría lejos de casa… y del baño. Clara sonrió y vació un tercio del frasco en la ensalada.
¿Clara, qué hay de primero? asomó Javier. Los niños de Lucía tienen hambre.
Lo hay asintió ella. Todo: filetes rusos, puré de patata, salsa… hoy, especial.
¡Esa es mi mujer! Javier, feliz como si le hubieran regalado un avión de papel. Ya pensaba que no ibas a cocinar más.
Si es que no sales de la oficina apoyó la suegra. ¡Nunca cuidas la casa!
Hoy me voy a esmerar, sí señor Clara removía como si fuera alquimista el contenido de la ensaladera. Van a recordar esta cena hasta en sueños.
Entonces volvieron a llamar.
¡Mira, debe ser Pedro y Raquel! gritó Javier. Les dije que vinieran.
Clara se quedó petrificada, cuchara en alto.
¿También los has invitado?
Pues claro. Ya que estamos todos. Pedro dijo que su suegra andaba por aquí, también vendría.
Clara miró la diminuta caja casi vacía, sopesó el número creciente de comensales…
Pues nada, haré salsa especial para todos sacó otro envase del bolso. No quiero que nadie se quede sin probarla.
¡Eso, que haya para todos! clamó desde el salón una voz. ¿Qué sería una cena sin salsa?
Sin salsa, no vale nada asintió Clara, echando más gotas al cuenco. Que nadie se quede con hambre.
¡A la mesa! proclamó Carmen. ¡Mirad cómo se ha esforzado Clarita!
El zumbido de los parientes llenó la sala. Los niños se abalanzaron sobre la ensalada.
¿No sería mejor empezar por el caliente? sugirió Clara con falsa delicadeza. Que la ensalada repose…
Siempre tan tiquismiquis replicó su suegra. Deja que los críos coman, mujer.
Sí, sí tía Pilar ya atiborraba su plato. Antes nadie esperaba que reposara nada…
Nada, nada Clara sonrió. Esta noche va a ser inolvidable.
¿Y tú, Clara, no comes? preguntó Javier con la boca llena.
Ya he picoteado en el trabajo se apoyó en el marco de la puerta. Y con tanto olor, ya me he saciado.
Mírala ella bufó Lucía. Ni siquiera quiere compartir una cena con la familia. Siempre con sus proyectos de creatividad…
A propósito, ¿pagáis por esos dibujos, Clara? intervino Pedro. ¡Qué fácil lo tenéis algunos, oye!
Clara seguía contemplando el reparto de platos y las sucesivas vueltas a la fuente, como en procesión pasmosa.
¡Qué rico todo! masticaba abuela Mari. Al fin aprendiste a cocinar, hija. Antes, pura modernidad sin sabor.
Y el otro día ese césar con pan tostado… me quemaba por dentro añadió Raquel.
No os preocupéis hoy susurró Clara. Hoy nada de ardores, ya veréis… serán otras sensaciones.
¿Cómo? preguntó la suegra.
Digo, que ponemos música para ambientar, ¿no?
¡Eso! celebró Javier. Traigo el altavoz.
Se levantó, pero al cruzar la puerta vaciló.
Clara, te noto rarísima hoy.
Estoy bien, sólo os observo, cómo os atiborráis. Diría que os llenáis… para el invierno.
Anda ya él la palmoteó en el hombro. ¡Si hasta mamá te felicita!
Eso es lo importante, ¿no? Clara asintió. Ah, y la salsa, la he hecho con cariño para tu madre. Que pruebe, por favor.
Miró el reloj. Sus cálculos apuntaban a que los primeros efectos se notarían en media hora: justo cuando todos se sintieran plenos y felices.
Clariña, ¿habrá té? la suegra preguntó desde la mesa.
Sí, sí, pero tengo que salir ahora de inmediato… algo urgente del trabajo, imprevisto.
¿Que te vas? se ofendió Javier. ¿En medio de la cena? ¿Has visto la hora?
¿Y qué? respondió, por primera vez absolutamente sincera y risueña. Vosotros llegáis sin avisar, yo me voy igual. Así es la familia, ¿no?
¡Así es la juventud hoy! Carmen agitó la mano. ¡Sin respeto para los valores familiares!
Pero media hora después, el respeto era un lujo lejano…
Javi, me duele la tripa gimió Carmen, tiesa en la silla.
A mí igual se revolvió Pedro. Debe de ser la ensalada…
Tía Pilar no llegó a terminar la frase: se levantó de un salto y salió disparada al baño.
¡Eh, espera! Lucía corrió tras ella. ¡Que voy yo primero!
¿Primero tú? protestó Raquel, adelantándolas camino del retrete. ¡Que voy justa…!
En cinco minutos, el pasillo era una cola de feria. La fila del baño ocupaba la casa entera.
¡Mamá, me encuentro fatal! lloriqueaban los críos de Lucía.
¡Aguantad! ella se retorcía de pie. Carmen, ¿tarda mucho ahí?
¡Acabo de entrar! sonó la voz tras la puerta, mezclada con estruendos asombrosos.
No recuerdo nada igual lamentó Mari apoyada en la pared. En mis tiempos esto no pasaba…
¡Javier! rugió la suegra, atrincherada en el baño. ¡Llama ya a tu mujer! ¡Todo por su dichosa cocina!
Javier buscó el móvil, pero Clara no contestó. Sólo llegó un mensaje: Espero que os haya sentado bien la cena. Por cierto, en casa de los vecinos también hay baño. Y Pedro tiene piso en la manzana de al lado. Corred, familia, corred. A lo mejor llegáis.
¿Lo habrá hecho a propósito? chilló tía Pilar, mano en boca.
¡Mamá, sal ya! gimió Lucía. ¡Hay cola hasta la cocina!
¡No puedo! aulló Carmen. ¿Qué demonios nos ha dado esa descastada?
En ese momento, el timbre. La vecina del tercero en el umbral:
¿Todo va bien? Que se me mueve la lámpara con tanto alboroto…
No puedo más sollozó alguien en la cola. ¿Y si llamamos a urgencias?
¿Urgencias, tú? Javier saltó. ¿Para qué se entere todo el vecindario?
¿Prefieres la vergüenza familiar? se defendió Lucía, apartando a Pedro.
Móvil de Javier: mensaje de Clara. Por cierto, mañana pido el divorcio.
¿¡Cómo que divorcio!? gritó Carmen, liberando por fin el baño. ¡Javito, esa no puede hacerlo!
Ahora no, mamá rugió Pedro, emergiendo al vuelo. ¡Hay cosas más graves ahora!
Los niños, a coro, lloraban. Raquel telefoneaba a vecinos. Mari decía que la juventud estaba perdida. El móvil continuaba escupiendo mensajes:
He cogido mis cosas mientras disfrutabais la cena. ¡Que disfrutéis la digestión!
PD: Esos dibujos de los que te burlas, Javier, sólo me dan a mí de comer ya. El proyecto del millón lo he entregado ayer. Así que trabajo tengo, tranquilo.
Por cierto, o buscas nueva cocinera, o te aprendes a fregar y guisar. Dinero para restaurantes no te queda: he vaciado la cuenta, rey, espero que no te importe. ¡Somos familia!
La cola al inodoro se alargaba bajo la luz fluorescente. Se escuchó, a lo lejos, el grito histérico de Lucía: ¡Los vecinos no abren!
Y Clara, por fin libre, se encontraba en una cafetería diminuta del barrio de Malasaña. Leía a medias el periódico, saboreando un capuchino entre las luces del local, mientras por primera vez en tres años experimentaba esa felicidad que sólo regalan los sueños más extraños: el dulce aroma de haber despertado.







