Bajo el yugo de una madre: La historia de Varvara, una mujer de treinta y cinco años que, tras una vida marcada por la timidez y la ausencia de afecto, encuentra la valentía para liberarse del control de una madre autoritaria y egoísta, descubriendo al fin el camino hacia la independencia, el amor propio y la felicidad junto a un hombre que la aprecia de verdad.

Bajo el yugo de la madre

A sus treinta y cinco años, Estefanía era una mujer discreta y, como se suele decir, retraída. Jamás había salido con chicos ni hombres, aunque hacía años que trabajaba como contable en la misma oficina donde empezó tras terminar el colegio.

No se preocupaba mucho por su aspecto, vestía ropa holgada, tenía una figura robusta, siempre lucía una mirada triste y los labios caídos. Su madre, Carmen, la había tenido con dieciocho años, de un padre desconocido, pues Estefanía nunca había sabido quién era. Se crió en el pueblo con su abuela. Terminó allí la escuela y sólo al ingresar en el instituto se fue a vivir con su madre.

Mientras Estefanía crecía en el pueblo, Carmen disfrutaba de la vida en Madrid, siempre de fiesta, aunque tenía trabajo. Iba cambiando de parejas, era guapa y despreocupada. Solo visitaba el pueblo una vez al mes, a veces cada dos, llevando algún juguete y desapareciendo de nuevo. La abuela era muy estricta, así que Estefanía nunca recibió cariño ni de ella ni de su madre.

Ahora todavía compartía piso con Carmen. Su madre, con sus más de cincuenta años, lucía espectacular, se veía joven y elegante, usaba los mejores cosméticos, frecuentaba salones de belleza y salía de vez en cuando a citas. Estefanía era todo lo opuesto.

Finalmente, al acabar otro interminable día de trabajo, Estefanía entregó los papeles a la compañera que la iba a sustituir durante sus vacaciones y salió de la oficina.

Otra vez vacaciones pensaba, el dinero del paro está en el bolso Qué pena, mi madre seguro que me lo vuelve a quitar. Otra vez atrapada en casa. No aguanto más esta situación. ¿Por qué no soy capaz de plantarle cara? Ya no soy una niña y ella me retiene a su lado, me exige todo mi dinero, cada euro, nunca puedo decidir sobre mi sueldo. No veo salida

Al abrir la puerta de casa, Carmen ya la esperaba en el pasillo.

Por fin llegas, dijo. ¿Has cobrado el dinero de las vacaciones? Suéltalo.

Sí, lo he cobrado. Ahora te lo doy, déjame al menos quitarme el abrigo.

Da tiempo de sobra para eso replicó Carmen.

Estefanía, rebuscando en su bolso, buscaba el monedero.

Madre mía, con ese bolso tan desastrado parece que eres una vieja, todo hecho polvo ¿No te da vergüenza? dijo su madre con tono incisivo.

Estefanía se quedó helada, casi con lágrimas en los ojos.

¿Y cómo voy a comprarme uno nuevo, si tú me dejas sin nada? se le escapó a Estefanía, sorprendida de su propio atrevimiento.

No sólo el bolso es horrible, tú también lo eres, igual de desaliñada y gordita. Ponte a dieta y ponte guapa, se burló Carmen sin piedad, da vergüenza salir contigo a la calle.

¿Vergüenza? gritó. ¿A ti no te da vergüenza quitarme todo el dinero? Además, ni salgo contigo… y, dando media vuelta, salió corriendo del piso.

Las lágrimas le nublaron la vista, bajó por las escaleras y se dejó caer en un banco, cubriéndose la cara. No supo cuánto tiempo pasó, pero de repente escuchó una voz.

Estefi, ¿qué haces aquí sentada? levantando la cabeza vio a Doña Ana, una señora mayor que vivía en el portal de al lado. Se sentó a su lado y le cogió la mano. ¿Estás llorando? ¿Tan mal estás que no puedes evitarlo?

Sin poder evitarlo, Estefanía le contó todo a Doña Ana.

Mi madre me quita todo el dinero, lo gasta en cremas y ropa cara, y yo voy hecha un desastre. Es culpa mía, siempre he sido sumisa, nunca me atreví a contradecir a mi abuela, y ahora tampoco a mi madre. Ella es dominante y dura Ana movía la cabeza y Estefanía se sintió mal de repente.

Ay, qué cosas digo de mi madre pensará usted que soy una chismosa, aunque de fracasada sí tengo algo.

Doña Ana conocía bien a Carmen y nunca la había respetado, siempre miraba a Estefanía con compasión, sabiendo que sufría bajo el dominio de su madre.

Mira, Estefi, deja de preocuparte y llorar. Eres una mujer adulta, hace tiempo deberías decidir por ti misma.

¿Mujer yo? Doña Ana Nunca nadie me ha querido, ni yo misma No sirvo para nada.

Mira, deberías irte de casa de tu madre le aconsejó.

¿Irme? Con mi sueldo no puedo pagar un piso Y mi madre se enfadará, debería darle el dinero de las vacaciones No aguanté más, me dolió lo que me dijo y salí corriendo.

¿Así que todavía tienes el dinero? No te preocupes por ella, ya se las apañará, siempre tiene de sobra. Piensa en ti por primera vez. Si quieres, puedes quedarte en mi casa de campo, a las afueras de Segovia. Es grande, la construyó mi difunto marido. Además, ahora que tienes vacaciones, disfruta sin preocuparte por el dinero, no te voy a cobrar nada.

¿No le da reparo dejarme su casa? preguntó Estefanía.

Nada de eso, te conozco bien. Espera aquí, te traigo las llaves, la dirección y mi teléfono.

Estefanía se fue a la estación, compró billete de tren de cercanías y se sentó mirando por la ventana a los otros pasajeros. Mientras el tren estaba parado, observaba a la gente subiendo y bajando. Jamás había salido de Madrid, sólo casa y trabajo. Nadie reparaba en ella, así que tranquila, admiró el paisaje pasando. Bajó en su parada y caminó hacia la casa. Usó la llave y entró.

La envolvió un silencio absoluto, miró alrededor y se sentó en una butaca vieja.

Dios, qué paz, qué maravilla estar sola, es un mundo desconocido de libertad pensó.

Su madre no podía vigilarla ni humillarla. En la mesa vio el mando, encendió la tele. Había un programa de tertulia, le encantó mirar, pues en casa Carmen sólo veía sus programas favoritos, ignorando los deseos de su hija.

Eres igual de torpe que los programas esos que ves se burlaba su madre, sin dejarle responder, y usando palabras hirientes.

Estefanía nunca levantaba la voz, agachaba la cabeza más y más cuando Carmen la insultaba groseramente. Ni se le pasaba por la cabeza ponerla en su sitio.

Contrastando la casa, encendió el frigorífico y puso los alimentos que había comprado justo antes de salir de la estación: una bandeja de croquetas, una de queso manchego y yogur.

Cocinó las croquetas, comió hasta saciarse y por fin sintió paz.

Qué felicidad estar sola se dijo.

Al cabo de un rato, su madre llamó al móvil.

¿Te has fugado? Te vi hablando con Ana en el banco. Bueno, ya verás, vivirás sola y te arrepentirás. Has hecho caso a desconocidos. No eres autosuficiente, no vales para nada. Sin mí estás perdida

Estefanía colgó sin escuchar más; sabía que vendría una ráfaga de insultos. Pero no se sintió mal. Por la tarde llamó Doña Ana.

¿Estefanía, cómo vas por allí? ¿Ya has echado un vistazo?

Sí, muchas gracias, Ana.

Mañana irá mi sobrino, Jaime, a llevarte tus cosas.

¿Qué cosas?

Pues Carmen vino con un gran paquete, tus cosas, y me dijo: Como te llevas a mi hija, llévate también sus cosas.

Vale, Ana, ¿cómo le reconozco?

Es alto, lleva gafas y vendrá en coche, conoce perfectamente la finca

¿Es buena idea?

Estefi, deja de preguntar tonterías, tienes que empezar a vivir por ti misma, y sobre todo aprende a quererte. Invierte un poco en ti, cómprate ropa nueva, eres mona, sólo necesitas cuidarte. Bueno, hablamos.

El césped estaba cubierto de rocío, se escuchaba un perro ladrar, y los pájaros cantaban. Estefanía meditó lo que le dijo Ana y se fue al espejo.

La verdad, me he dejado ir Si lo pienso, tengo unos ojos bonitos, aunque tristes, el pelo espeso, sólo que siempre lo recojo como una abuela. Debería perder peso, eso sí es cierto.

Esa noche durmió como nunca. Por la mañana, al abrir los ojos, la cortina dejaba pasar el sol, y al asomarse vio el rocío brillando, los pájaros cantando, y el perro ladrando a lo lejos.

Qué maravilla, qué bonito es este amanecer pensó, estirándose.

Pronto, con café en la terraza y la tele encendida, pensó en buscar otro trabajo y mudarse de casa, pues vivir en campo y viajar era complicado. Ni siquiera recordó a Carmen. Sentía el corazón a punto de estallar de esperanza.

Por fin voy a ser independiente, sin depender de mi madre sus sueños se vieron interrumpidos por unos golpes suaves en la puerta.

¿Quién será? se alarmó al abrir la puerta.

Un hombre alto, con gafas y una gran bolsa la saludó con una sonrisa.

Hola, dijo amigablemente, soy Jaime, ¿eres Estefanía?

Sí, adelante le invitó a pasar.

Mi tía Ana me pidió traerte tus cosas y ayudarte. ¿Te apetece ir a algún sitio? Tengo el coche fuera, dijo Jaime, con voz cálida. No tengas vergüenza, Estefi, añadió, mi tía me contó que eres muy tímida. Perdona, conozco tu historia por Ana.

Así conoció Estefanía a quien sería su futuro marido. Jaime la quiso de inmediato, más aún después de un desengaño amoroso. Al enamorarse, Estefanía dio un giro inesperado: perdió el andar tímido y el gesto abatido. Adelgazó, quería estar atractiva para él. Fue a la peluquería y se transformó; ni creía verse tan distinta.

¿De verdad soy yo? reía al mirarse en el espejo, con los ojos brillando.

Jaime la llevó a su piso en Madrid.

Estefi, siempre soñé con alguien como tú: amable, sincera y buena. No perdamos tiempo, ¿quieres casarte conmigo?

Estefanía aceptó, entendía la suerte que tenía con Jaime, eran parecidos. La boda fue sencilla, pero invitaron a Carmen. Ella no perdió ocasión de hacer comentarios maliciosos, pero Ana la puso en su sitio. No tardó en irse y nadie la extrañó; Estefanía ni se sintió mal.

La familia de Jaime acogió a Estefanía con cariño. Él la miraba embelesado y pensaba:

Tarde o temprano la felicidad llega a todos; nos ha llegado a mí y a Estefi.

Al poco tiempo, Estefanía esperaba un hijo, su felicidad ya era doble. Aunque llegó tarde, por fin tenía suerte. Olvidó completamente la vida llena de temor y control materno, y halló la fuerza para transformar su existencia. No sólo mejoró su aspecto, sino que, sobre todo, aprendió a quererse y florecer.

Aprendió que la verdadera libertad se encuentra en quererse a uno mismo y decidir vivir lejos de quienes nos hacen daño, porque la vida comienza realmente cuando uno se atreve a dejar atrás el miedo y se da una oportunidad para ser feliz.

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Bajo el yugo de una madre: La historia de Varvara, una mujer de treinta y cinco años que, tras una vida marcada por la timidez y la ausencia de afecto, encuentra la valentía para liberarse del control de una madre autoritaria y egoísta, descubriendo al fin el camino hacia la independencia, el amor propio y la felicidad junto a un hombre que la aprecia de verdad.
Primera impresión —Mamá, ella es Leonor —presentó Rodrigo, ligeramente sonrojado, trayendo a la chica a casa a horas intempestivas. —Buenas noches —respondió Fernanda, mirando a la inesperada visita con cierto desagrado—. ¡Vaya hora para presentaciones! Falta media hora para las doce… —Le dije a Rodrigo que ya era tarde —replicó la chica al instante—. Pero ¿me hace caso? ¡Es más terco que una mula! “Buena jugada,” pensó Fernanda. “Se ha justificado y encima le ha echado la culpa a él. Qué desagradable, esta muchacha.” —En fin, pasad —invitó la madre, sin añadir más, y desapareció por el pasillo hacia su cuarto. ¿Qué más podía hacer? No iba a echar de casa a su único hijo a medianoche, ¡y menos por culpa de una desconocida! Si querían vivir juntos, que vivieran. Una madre está para proteger a su hijo y hacerle ver la realidad. Y ella, Fernanda, iba a hacerlo rápido. Rodrigo acabaría dando la patada a esa tal Leonor, ¡sin remordimientos! Hasta se sentiría aliviado al librarse de ella. Pasó toda la noche en vela, maquinando un plan para echar a la intrusa. No estaba en contra de que Rodrigo se casara. El muchacho ya tenía treinta años, estaba más que listo para una vida en pareja. ¡Pero no con ella! Primero, era claramente más joven. Señal de cabeza de chorlito, inestabilidad. ¿Qué clase de esposa, madre o ama de casa sería? Segundo, el carácter ya lo decía todo: se planta en una casa ajena de noche, ¡ni siquiera pide disculpas! Peor aún, echa la culpa de todo a su hijo… Y para colmo, ¡se queda a dormir! ¿Sería la primera vez o sería costumbre? Tercero. Simplemente no le gustó. Así que, pronto, Rodrigo dejaría de gustarle también. ¿Para qué perder el tiempo? Al final, el plan no hizo falta. La propia Leonor le dio motivos suficientes a Fernanda para poner orden en la casa. El primer aviso llegó por la mañana. Leonor entró al baño y no salió hasta casi una hora después. Rodrigo iba de un lado a otro, nervioso, al borde del enfado. —Hijo, ¿pasa algo? —preguntó Fernanda dulcemente, demasiado dulcemente—. La chica se está arreglando, querrá gustarte… —¡Pero tengo que irme a trabajar! —Llama a la puerta y explícale que no está sola en el piso —sugirió la madre. —No puedo —bufó él—. Luego hablamos. ¿Tú, mamá? ¿No llegas tarde al trabajo? —¿Yo? No. Ya estoy lista. He hecho quesadas. Ven a desayunar. —¡Si ni me he lavado todavía! —No pasa nada, te duchas después. Aprovecha y desayuna bien, que te espera un largo día. Rodrigo se sentó a la mesa. Fue entonces cuando Leonor salió del baño, con la toalla en el pelo. Estaba estupenda. —¡Por fin! —exclamó Rodrigo, lanzándose sobre el espejo empañado. Se lavó a toda prisa, se afeitó corriendo, devoró la quesada más pequeña y, ya saliendo, gritó: —¡Hasta la noche! Espero que os llevéis bien. —¡Rodrigo! —llamó Leonor—. Hoy íbamos a por mis cosas, ¿te acuerdas? —Iremos. Esta noche. ¡No te enfades! —la voz ya venía del portal. Fernanda se levantó, fue a la entrada, cerró la puerta tras su hijo, se volvió hacia Leonor y preguntó, sin rodeos: —¿No tienes vergüenza? —No —sonrió la chica—. ¿Tendría que tener? —¡Rodrigo va a llegar tarde por tu culpa! —No llegará. Seguro coge un taxi. Tranquila, todo irá bien. —De todos modos, recuérdalo: aquí no estás sola. Si quieres pasar una hora en el baño, te levantas antes. Menos mal que hoy yo no tenía trabajo. —No lo volveré a hacer —respondió Leonor, muy sencilla—. Disculpe. Fernanda quedó un poco descolocada. Esperaba una bronca. Pero esto… —Está bien —refunfuñó, yendo hacia el baño. Lo primero que vio fue el tubo de pasta de dientes. Nuevo, abierto, aunque el otro aún tenía para rato. —Leonor, ¿por qué abriste otra pasta? —Me gusta más esa… —Espero que traigas la tuya, y tu champú también. —Por supuesto, doña Fernanda… —¡Y toallas! —Las traeré… Por más que intentó montar una discusión, Leonor no le dio pie. Todo lo aceptaba, asentía con docilidad, “anotando” las obligaciones futuras. Cansada de buscar excusas, Fernanda fue al grano. —¿A qué has venido aquí? —Rodrigo y yo nos queremos… —¡Claro que quieres a un chico así! Pero hay algo que no entiendo: ¿qué ve él en ti? —Nunca se lo he preguntado… —¿Quiénes son tus padres? —Mi madre es costurera en una fábrica. —¿Y tu padre? —Nunca lo conocí. —Ya veo. Criada sin padre. ¿Y cómo piensas ser una buena esposa para mi hijo? —Lo intentaré… —Inténtalo, no intentes… Contigo no hay nada que hacer, niña. Mi hijo no te ama. ¡Cree que te ama! Le conozco mejor que nadie. Jamás se casará contigo. ¿Para qué? Si ya lo has dado todo. —Él me quiere —la voz de Leonor tembló—. Lo sé. Descubre más —Te equivocas. ¿Te crees que eres la primera? —No lo pienso… Pero tampoco importa… —¿No importa? ¡En una semana se cansará de ti! ¡Ni sois de la misma categoría! ¡Intelecto! ¿Has oído esa palabra alguna vez? —La conozco. Pero aquí no viene al caso. —¿Y por qué? —Tengo estudios superiores. —¿Y qué? Mira, chica, lo mejor sería que volvieras a tu casa. Aquí no pintas nada. Llevo toda la mañana intentando explicártelo y no lo entiendes. —Está bien, me iré. ¿Pero qué le dirá a Rodrigo? No le va a gustar. —¡Eso no es asunto tuyo! Vete y no vuelvas. Aquí no eres bienvenida. Fernanda habló y se sorprendió de sí misma: ¿qué demonios le pasaba? Jamás le había dicho a nadie ni la décima parte de lo que le soltó a Leonor. Las palabras venenosas le salían a borbotones. ¿Y Leonor? La chica miró a Fernanda y lo comprendió todo. ¡La madre tenía celos de su hijo! Y llevaban menos de un día conociéndose y, aun así… Y, sin embargo, cuando el sol se puso sobre Madrid, Fernanda notó, por primera vez, el peso del silencio en un piso donde nunca resonaría la risa de un nieto.