Encontrarás tu suerte. No hay que apresurarse. Todo llega a su tiempo.
Desde hace años tenía una costumbre un poco curiosa, casi única. Cada diciembre, justo antes de que llegara el Año Nuevo, acudía a una adivinadora. Madrid está lleno de rincones extraños y de gente con poderes peculiares, así que nunca me resultó difícil dar con alguien nuevo.
Lo cierto es que siempre me sentí sola. Por más que intentaba conocer a algún joven honesto y amable, acababa decepcionada. Al final parecía que todos los buenos chicos hacía mucho que tenían pareja…
¡Este año encontrarás tu destino! anunció solemne la adivinadora, una mujer morena de ojos profundos, mientras observaba atentamente su bola de cristal.
¿Dónde será? ¿Dónde lo voy a encontrar? pregunté apremiante. Cada año me dicen lo mismo. Los años pasan… y mi destino me esquiva.
Me habían recomendado a esta adivinadora por ser la más reputada de Madrid. Esta vez exigí información concreta. ¡Quería la dirección exacta! Si no me lo daba, lo contaría a medio barrio y nadie volvería a visitarla
La adivinadora rodó los ojos, visiblemente harta de mí y mi obstinación. Sabía que si no improvisaba una mentira, me pondría a organizar un motín allí, impidiendo que la próxima clienta entrara.
En un tren lo encontrarás murmuró, cerrando lentamente los ojos. Lo veo claro… es alto, rubio, y muy guapo. Parece sacado de una novela de caballerías…
¡Qué ilusión! exclamé yo con genuina esperanza. ¿En qué tren? ¿Cuándo exactamente?
Antes de Nochevieja siguió divirtiéndose la adivinadora. Ve a la estación y deja que tu corazón te guíe en la dirección al comprar el billete…
¡Gracias! sonreí, entusiasmada.
Salí de aquel viejo portal y corrí a buscar un taxi que me llevara a la estación de Atocha. Pero al llegar frente a la ventanilla de los billetes en la estación, mi emoción se esfumó un poco. Aquel tablón de horarios me resultaba incomprensible. ¿Hacia dónde debía ir?
¿Qué desea? me despertó la voz impaciente de la taquillera.
Sevilla… Para el treinta de diciembre. Asiento en compartimento, por favor apenas pude articular.
Ya me veía sentada en ese compartimento cálido, tomando un té y esperando que, en cualquier momento, se abrieran las puertas y entrara él… mi príncipe azul.
Al llegar a casa, comencé rápidamente a meter lo esencial en mi maleta. El tren salía por la noche, ni tiempo de pensar en las consecuencias: ¿qué haría en la Nochevieja, sola en una ciudad ajena? Solo quería que el presagio se cumpliera cuanto antes.
Es difícil sentirse invisible, prescindible, especialmente en estas fechas. Por todas partes veía familias llevando productos para la cena navideña, con paquetes envueltos y besos de afecto. Todos… menos yo.
Unas horas más tarde, ya estaba sentada en el compartimento, con el vaso de té humeante. Todo tal y como lo había imaginado. Solo faltaba esperar la entrada triunfal del galán…
¡Buenas noches, hija! saludó animada una señora mayor, colocando una maleta gigante en el compartimento. ¿Dónde está el otro asiento?
Aquí… respondí, algo desconcertada, señalando la litera de enfrente. Disculpe, ¿está segura que es este vagón?
Claro que sí, cariño sonrió la abuela, sentándose.
Perdón… Deje pasar murmuré, ya convencida de que estaba cometiendo una locura. ¡Déjeme salir, he cambiado de opinión!
Espera, déjame guardar la bolsa contestó la anciana, sin comprender mi urgencia.
Pues nada… ya hemos arrancado suspiré resignada. ¿Y ahora qué hago?
¿Por qué querías salir de repente? ¿Olvidaste algo? preguntó, curiosa.
Ignoré la pregunta y miré por la ventana. No era culpa suya, era mi desatino.
Mientras tanto, Mercedes González así se llamaba la señora sacó unos empanadillas recién hechas y me ofreció como si fuésemos familia.
He ido a casa de mi hija unos días me explicó Mercedes. Ahora regreso porque mi hijo y su prometida llegan para Nochevieja. Celebraremos juntos.
Qué suerte… Yo seguro la paso en la estación, sola comenté con un nudo en la garganta.
Palabra va, palabra viene, y acabé confesándole toda mi peripecia.
¡Pero mira que eres ingenua! ¿Para qué andar con esos farsantes? me reprochó, casi tiernamente. Encontrarás tu suerte, pero no hay porqué correr. Todo llega a su tiempo.
Al día siguiente, bajé en el andén de una ciudad que no conocía. Ayudé a Mercedes a sacar la maleta y me quedé parada, sin destino claro.
Gracias, Carmen. ¡Feliz Año! me deseó Mercedes.
Igualmente… respondí, intentando sonreír.
Mercedes percibió mi derrota y tras pensar unos segundos, me ofreció:
Carmen, ¿por qué no vienes a casa? Le ponemos luces al árbol, preparamos la cena…
No sé… me da corte dudé.
¿Te da menos vergüenza quedarte en la estación, rodeada de maletas? replicó la anciana. ¡Venga, vamos! No admito discusión.
Al final, acepté. Mercedes tenía razón; además, una tormenta de frío y viento hacía imposible quedarse vagando por la estación.
David y Martina ya están en casa sonrió la señora.
David vio por la ventana cómo su madre llegaba en taxi. Corrió enseguida a por la maleta pesada.
David, cariño, hola. No he venido sola, traigo compañía le guiñó a Mercedes. Esta es Carmen, hija de una amiga muy antigua.
¡Un placer! dijo David con simpatía. Pase, por favor, Carmen.
Le miré: alto, guapo, de pelo claro… tal cual el de la profecía. ¿Sería una broma del destino otra vez?
¿Dónde está Martina? preguntó la madre.
Mamá… Martina ya no está, y no volverá. No quiero hablar del tema, ¿vale? contestó David, serio.
Vale… murmuró Mercedes, sin entender.
Al caer la noche, nos sentamos a la mesa, despidiendo el año.
Carmen, ¿vas a quedarte varios días? me preguntó David, amable, sirviéndome ensalada.
No… Mañana me marcho respondí, aunque no tenía ganas de irme.
Me daba mucha pereza dejar esa casa cálida tan rápido. Sentía como si conociera a Mercedes y David desde siempre.
No entiendo por qué te quieres ir tan rápido protestó Mercedes. Carmen, quédate un poco más.
De verdad, quédate insistió David. Aquí hay una pista de patinaje preciosa. Mañana podemos ir todos juntos. No te vayas aún.
Está bien, me convencisteis sonreí. Me quedo encantada.
Y el siguiente Año Nuevo lo pasamos los cuatro: Mercedes, David, yo y el pequeño Diego…
¿Y tú? ¿Crees en los milagros de Año Nuevo?







