¡Madre mía, cómo se ha vuelto de altiva tu Alba! Es cierto lo que dicen: ¡el dinero echa a perder a la gente! Yo, la verdad, no entendía de qué hablaban ni de qué modo podía haber ofendido a alguien.
Hace mucho, tenía un matrimonio que era, literalmente, para enmarcar. Un marido estupendo y dos hijos con más energía que una fiesta de San Isidro. Pero un buen día, todo se fue al garete. Mi querido esposo volvía del trabajo y tuvo un accidente. Pensé que no iba a superar ese golpe, pero mi madre me convenció recordándome que tenía que aguantar por los niños. Así que me hice fuerte y empecé a trabajar como una jabata. Cuando los críos crecieron y empezaron a pedir cosas más caras que el jamón ibérico, me puse un mundo por montera y salí a buscarme la vida fuera.
Me planté primero en Portugal y, más tarde, acabé en Inglaterra, que allí dicen que hay más trabajo. Cambié de curro como de chaqueta hasta que por fin logré juntar algo de dinero decente. Les enviaba euros cada mes y, al cabo de un tiempo, les pude comprar un piso a cada uno. Yo, venga a reformar mi casa que no veas cómo lucía después. Eso sí, tan orgullosa que pensé en volver a Madrid para siempre, pero hace un año mi vida dio un giro inesperado: conocí a un hombre. Un compatriota, pero que llevaba ya veinte años en Inglaterra. Empezamos a quedar y, oye, sentí que la cosa podía funcionar.
Pero claro, las dudas me invadían más que la lluvia en Londres. Luis no podía regresar a España y yo moría de ganas de volver a mi tierra. Así que, hace poco, agarré las maletas y me vine. Primero, con los hijos, luego con mis padres, porque esto de volver es como hacer un tour familiar. Lo único que me faltaba era visitar a los suegros pero tiempo, lo que se dice tiempo, tenía menos que agua en el desierto. Encima llega mi amiga Carmen, que trabaja de cajera, y se presenta en casa con el cotilleo de la semana:
Tu suegra está ofendidísima contigo.
¿De qué va eso?
Pues fíjate que la oí hablando con la vecina de toda la vida. Dice que te has vuelto una engreída y que el dinero te ha cambiado. Que ni un euro les has soltado.
Imagínate el plan. Yo sola tirando de los dos niños, trabajando por todos, y encima tener que aguantar esos comentarios. Si encima tuviera que mantener a los suegros, ya me cambian el nombre por Santa Alba, patrona de la paciencia.
Después de oír eso, ganas de ir a verlos tenía menos que de comer ensaladilla en Navidad. Pero me armé de valor, pasé por Mercadona como si fueran Las Rebajas, llené la cesta a tope y fui a la casa de los suegros. Todo empezó bien, pero el runrún de la conversación me carcomía. Al final no pude más y solté:
Mirad, no penséis que ha sido todo coser y cantar estos años, que las he pasado canutas. Todo lo que he hecho ha sido por los chicos, porque apoyo no tenía ninguno.
Pues nosotros también estamos más solos que la una. Todos tienen hijos que les echan una mano, y nosotros, míranos, ¡esto sí que es vivir como huérfanos! Lo normal es que volvieses y nos ayudaras.
Mi suegra, vamos, que casi me da una lección de moral. No me atreví ni a contarles que en Inglaterra ya tengo pareja. Salí de ahí con el ánimo más bajo que los precios del Primark. Y ahora no sé qué hacer. ¿De verdad tengo que mantener también a los padres de mi difunto marido? ¡No sé cuánto más voy a aguantar!







